CAPÍTULO SIETE
Sé lo que estás pensando: «Venga ya, Abby, ¿no eres un poco bajita para ese coche?» Cállate.
Hasta hacía unos meses, había tenido un Impala. Aunque ofrecía mucho espacio para la familia, era cuadrado y no se manejaba como yo necesitaba. No me quedó más remedio que deshacerme de él y conseguir un cuatro puertas que no se acobardara en las curvas ni ante las cuestas.
Acababa de salir del camino de entrada dando marcha atrás cuando Kang me llamó al móvil. —Abby, acabo de recoger la orden de registro del tong. Vamos allá cuanto antes.
—Te veo fuera del tong en quince minutos.
—Hasta ahora.
Metí la marcha a la bestia negra pero no pisé el acelerador a fondo. Supuse que Kang había pasado a primera hora por casa de algún juez o se había reunido con uno en los juzgados —lo más probable era lo segundo—, así que vendría desde el Civic Center, y yo llegaría antes que él sin problema.
Exactamente quince minutos después, giré hacia Waverly Place.
Aparqué a quince metros de la entrada del tong y esperé en el coche.
Apenas había peatones, y aparte del mío, solo había unos pocos coches aparcados en la calle.
La mayoría de las pequeñas tiendas aún no habían abierto.
El restaurante de la esquina de Waverly con Clay, en cambio, sí.
Desde el coche, tenía una vista despejada del edificio del tong.
Nada en él llamaba la atención; se parecía mucho a los otros tongs del callejón.
Tenía cinco plantas y estaba construido principalmente con ladrillo rojo.
Una escalera de incendios con plataformas serpenteaba por la fachada.
En las barandillas había carteles verde bosque con letras doradas que anunciaban el nombre del tong.
Una puerta doble de cristal con un tintado oscuro sellaba la entrada principal.
Mientras esperaba a Kang, revisé el correo en el móvil. Vi uno de Reilly. Quería verme en cuanto llegara a la oficina. Le contesté que me pondría en contacto con él en cuanto Kang y yo termináramos de registrar el tong.
Estuve dándole vueltas a lo que Castro me había dicho esa mañana, sobre que la recompensa por mi cabeza era un elemento disuasorio, y me pregunté si realmente era solo eso.
Quizás éramos el único equipo que había recibido el mensaje, y era una forma de hacernos perseguir nuestra propia sombra eternamente y permitir que el juego continuara sin interferencias.
Por el retrovisor, vi a Kang aparcar su Crown Vic azul marino detrás de mí. Mientras se acercaba al coche, bajé la ventanilla. —No veo movimiento en ninguna de las ventanas. Me pregunto si habrá alguien.
—Da igual. Tengo una orden de «entrada y registro encubierto». No hace falta que haya nadie.
Kang y yo fuimos rápidamente hacia el tong. —¿Cómo se te ocurrió? —pregunté.
—Pasé por aquí ayer y estuve vigilando un par de horas. Nadie entró ni salió. De hecho, el tong tenía el mismo aspecto que ahora: vacío.
Cuando llegamos a la entrada, Kang sacó un pequeño estuche de cuero del bolsillo interior de la chaqueta.
—Tu propio juego de herramientas. Estoy impresionada —dije.
Kang me dedicó una sonrisa antes de ponerse manos a la obra. La cerradura de la puerta principal era un cerrojo de cilindro simple, no precisamente el más seguro. Kang la abrió en menos de un minuto.
Una vez dentro, vimos enseguida que tanto la recepción como la pequeña biblioteca informativa estaban vacías.
Las luces estaban apagadas, pero entraba suficiente luz por las ventanas para no necesitar encenderlas.
Nos quedamos escuchando un minuto aproximadamente y no oímos nada que indicara que hubiera alguien.
Aun así, desenfundamos las armas y subimos las escaleras.
En el segundo piso, nos encontramos con una sala de recreo vacía.
Las luces estaban apagadas, pero de nuevo la zona estaba iluminada por el sol.
Los cojines de los tres sofás estaban perfectamente colocados.
Las revistas de la mesa de centro seguían desplegadas en abanico, tal como recordaba haberlas visto hacía unos días.
A un lado había dos mesas de teca con tapetes de fieltro verde, típicas del mahjong.
Sin embargo, no vi fichas por ninguna parte.
Registramos la cocina. No había platos sucios en el fregadero.
Abrí el grifo y el agua salió a borbotones antes de convertirse en un chorro continuo.
Señal de que llevaba tiempo sin usarse. Extraño.
De las dos oficinas de la planta, una estaba equipada con todo lo necesario: un escritorio con silla ejecutiva de cuero, un archivador y una estantería llena de libros en chino.
Revisé el archivador. Vacío. Los cajones del escritorio, también.
Aparte de un bloc amarillo con un bolígrafo encima, no vi nada que indicara que allí se hubiera hecho ningún trabajo administrativo.
La otra oficina tenía una mesa y unas cuantas sillas; quizás servía como sala de reuniones.
—Kyle, ¿estás pensando lo mismo que yo?
—Sí. Este tong puede que haya pasado página, pero sigue estando podrido.
Lo que habíamos descubierto hizo que agarrara la empuñadura de mi Glock con más fuerza y que deseara llevar puesto el chaleco antibalas.
Nos acercamos a la escalera acordonada y escuchamos una vez más antes de subir.
Kang desenganchó la cuerda y fue delante, pegado a la pared.
Antes de llegar al rellano, vimos que el tercer piso estaba más oscuro que los anteriores.
Kang se asomó por encima del último escalón. —Parece vacío —susurró.
Lo estaba.
El tercer piso era un gran espacio vacío.
Había una puerta cerrada a la izquierda.
Yo cubrí las escaleras mientras Kang avanzaba.
Nuestra prioridad había pasado de registrar el edificio a despejarlo.
Teníamos que asegurarnos de que estábamos solos.
Tras una rápida comprobación, me susurró: —Es un armario vacío.
Había un par de ventanas con cortinas que daban a la calle. Kang apartó las cortinas para dejar entrar la luz. Cambió todo.
Fui delante hacia el siguiente piso, pegada a la pared de la estrecha escalera.
Los escalones eran de madera pero sorprendentemente silenciosos.
Esperaba crujidos a cada paso, pero no oí ninguno.
El cuarto piso también estaba oscuro, pero pude distinguir muebles dispares y unas cuantas cajas de archivo apiladas contra la pared del fondo.
Kang cubrió las escaleras mientras yo despejaba la zona.
Continuamos hasta el último piso. Seguí yendo delante. Enseguida noté una diferencia. Primero, era más pequeño, más bien una buhardilla. Segundo, no estaba oscuro como los otros dos pisos. Tercero, alguien vivía allí.