Coit Tower (Thriller del FBI de Abby Kane 5) CAPÍTULO UNO #2
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CAPÍTULO UNO #2

Kilduff chasqueó los dedos y el cerdo la siguió de rodillas. Cogió el móvil de la repisa sobre la pequeña chimenea antes de dejarse caer en un sofá de cuero blanco. Apoyó una pierna sobre el cojín y dejó la otra descansando en la alfombra, lo que dejó a la vista la abertura de su traje de látex.

—Ponte a trabajar.

Kilduff se entretuvo con el teléfono, nada impresionada hasta el momento por los esfuerzos de su cerdo. Por desgracia, su cuenta bancaria estaba casi vacía, y había esperado que este cerdo pudiera darle el impulso que necesitaba para completar el juego en Amberes.

Observó cómo un dragón chino animado aparecía en la pantalla del teléfono. Resopló fuego y danzó antes de transformarse en el logo de Chasing Chinatown. Mientras el juego terminaba de cargar, pensó en lo inevitable: tener que evaluar a otro candidato. Unos segundos después, tuvo una idea diferente.

Equipo Lucky - A medio camino entre Melbourne y Sídney, Australia

Richie Pritcher se llevó la bolsa de plástico metalizado a la barbilla y dejó caer las últimas patatas fritas en su boca abierta.

Masticó y tragó mientras hacía una bola con la bolsa y apuntaba a un vaso grande de plástico sobre una mesita.

Su lanzamiento se desvió a la derecha y rebotó contra la ventana de la autocaravana, y la bola de basura rodó fuera de la mesa y acabó debajo de uno de los sofás abatibles. A la próxima.

A Pritcher no le apetecía recoger la bolsa, que crujía mientras se desdoblaba sola; al fin y al cabo, había alquilado la autocaravana. Se encogió de hombros, resignado a su puntería, y se limpió las manos en la camiseta, completamente ajeno a las manchas naranjas que dejaba.

Tras completar con éxito todas las Atracciones de Chasing Chinatown en Melbourne, el siguiente destino de Pritcher resultó ser Sídney.

Pensó que un viaje por carretera sería una forma divertida de ver el campo.

Mientras sus ojos recorrían la vieja autocaravana, se rascó la barba rojiza-anaranjada.

La otra mano se le coló en los pantalones cortos cargo caqui y se rascó el trasero fofo.

Solo dejó de acicalarse cuando vio el mango de madera del cuchillo de carnicero que había estado buscando. Estaba parcialmente oculto bajo una bolsa grande de pasas cubiertas de chocolate en la encimera de la cocina del vehículo.

Pritcher tenía un pie en el suelo seco del bosque y el otro todavía en la autocaravana cuando se detuvo.

Volvió la vista hacia el tentempié de chocolate.

Ya había devorado la mitad de la bolsa esa mañana y se había prometido guardar el resto para esa noche.

Se balanceó de un pie a otro mientras su conciencia hacía todo lo posible por luchar contra su estómago gruñón.

Un momento después, cogió la bolsa y salió del vehículo.

Completar las Atracciones en Melbourne había sido difícil para Pritcher.

Le había llevado el doble del tiempo que había pasado en Lima, Perú.

Nada parecía salirle bien; incluso le habían rechazado una de sus presentaciones por falta de creatividad.

Había considerado rendirse en Melbourne, pero el premio de cinco millones de dólares era demasiado tentador como para dejarlo pasar.

Había frotado su pata de conejo de la suerte, comprado otra herradura para la autocaravana, se había negado a viajar en viernes trece, había evitado los gatos negros y había seguido cruzando los dedos antes de cada asesinato.

Pritcher creía en esas tontas supersticiones.

Juraba que esas eran las razones por las que la suerte lo acompañaba en la vida.

Era esa creencia la que le impedía rendirse de verdad.

Soy el hombre más afortunado del mundo , pensó.

Seguro que mi buena estrella prevalecerá y me hará rico.

Se encajó el cuchillo bajo la axila izquierda, mordisqueó unas pasas y fue hacia la parte trasera del vehículo. Allí estaba la autoestopista que había recogido unas horas antes. No le servía para el juego. Era solo para su disfrute.

Un rato antes, le había atado las muñecas al parachoques trasero con un cable eléctrico y le había metido un pañuelo viejo en la boca para que no gritara.

Había pasado veinte minutos hablándole y manoseándole los pechos por encima de la camisa hasta que le entraron ganas de ir al baño de la autocaravana.

Cuando volvió, ella abrió los ojos de par en par y él vio una lágrima escapar de la comisura de su ojo izquierdo. Ella pataleó intentando alejarse de él. No pudo. Sus pantalones cortos blancos estaban manchados de la tierra parda que cubría casi todo el terreno de alrededor.

Pritcher le sonrió a la mujer y le preguntó con tono amable:

—¿Quieres unas pasas?

Ella respondió con un gemido ahogado.

Antes de que pudiera decir nada más, le vibró el bolsillo delantero del pantalón.

—Disculpa.

Dejó el cuchillo y la bolsa de golosinas sobre el parachoques y sacó el móvil del bolsillo. Tenía un mensaje del juego. «Buenas noticias, espero».

Casi se atragantó con el último puñado de pasas que se había metido en la boca. «¡No puede ser!». Dio una vuelta sobre sí mismo de pura alegría mientras de su boca salían carcajadas y algunas pasas a medio masticar.

—No me lo puedo creer. Diez millones de dólares.

Pritcher leyó el mensaje una y otra vez mientras daba vueltas distraído. Cuando se giró hacia la chica para compartir la noticia, quince centímetros de acero inoxidable se le clavaron en el pecho.

Inspiró con brusquedad mientras miraba fijamente el mango del cuchillo. No sintió dolor, solo presión donde se lo habían clavado. «¿Cómo?». Miró hacia el parachoques; el cable eléctrico yacía en el suelo, debajo.

La mujer estaba de pie frente a él. Las lágrimas le habían abierto surcos en la mugre de la cara, dejando marcas visibles.

Respiraba de forma entrecortada, con los ojos clavados en el cuchillo.

Soltó el mango de madera y retrocedió despacio hasta que al fin se dio la vuelta y echó a correr con todas sus fuerzas.

Sus pies descalzos levantaban nubecillas de polvo a su paso mientras desaparecía entre un grupo de árboles.

Pritcher, todavía confundido por lo que acababa de pasar, se dejó caer al suelo y se apoyó contra el parachoques de la autocaravana.

La pechera de la camisa empezó a pesarle y a calentarse.

Con cada respiración, el cuchillo subía y bajaba.

Despacio, rodeó el mango con la mano, con cuidado de no moverlo.

Después contuvo la respiración, contó hasta tres y tiró.