Código de silencio (Amores en la Segunda Guerra Mundial nº 7) Capítulo 19 La última clave del día
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Capítulo 19 La última clave del día

Alistair Finch se plantó frente a la máquina Bombe naval número cuatro, instalada en el habitáculo técnico acorazado.

El aire en el recinto era irrespirable. Pesaba la bruma agria del barniz recalentado, el ozono desprendido por los devanados y el humo sordo de los devanados de cobre sometidos a sobretensión.

A través de las vendas de gasa estéril y esparadrapo marrón que ceñían su dedo índice derecho, la sangre tibia volvía a filtrarse, formando una mancha oscura y húmeda sobre el lienzo blanco.

El esfuerzo mecánico de las últimas tres horas había reabierto el corte de la uña avulsionada. Cada vez que sus falanges rozaban una clavija de latón, una punzada viva le recorría el antebrazo hasta la axila, pero Alistair no retiró las manos del cuadro.

A su espalda, la puerta de chapa del habitáculo permanecía encajada.

El capitán Marcus Sterling ocupaba el vano.

Tenía las piernas abiertas a la distancia de ordenanza y los brazos cruzados a la espalda, interponiendo la anchura de sus hombros y el paño caqui de su guerrera como una barricada física contra cualquier intrusión del pasillo.

La mandíbula cuadrada del oficial estaba cerrada con una rigidez de piedra; la piel sobre el ángulo del maxilar tiraba en blanco.

Bajo la tela de su pechera, la cuartilla incautada en la taquilla con su propio perfil a carboncillo continuaba aplastada contra las costillas, compartiendo el bolsillo interior con el parte de bajas de El Alamein.

Marcus no miraba hacia el exterior. Sus pupilas grises seguían el movimiento torpe y sangrante de los dedos del matemático sobre el panel.

—Alinee el reflector delgado con el rotor Beta —ordenó Alistair. La voz le salió áspera, como si masticara virutas de cinc—. Luego encaje la rueda Gamma en la posición diecisiete.

Alistair empujó las tres clavijas de baquelita negra en las tomas del puente central.

Los cilindros exteriores encajaron con chasquidos sordos.

El dolor en el índice le nubló el ojo izquierdo durante dos segundos; apretó los molares hasta que las encías le supieron a hierro, conteniendo el espasmo para no perder la secuencia.

De pronto, un zumbido agudo quebró el compás.

Un chispazo azul saltó en la regleta de contactos del tercer tambor.

El olor acre a aislamiento de caucho chamuscado inundó de golpe el habitáculo.

La rueda de latón comenzó a desacelerar con un chirrido seco, arrastrando una resistencia que amenazaba con bloquear el eje maestro y fundir los conmutadores antes de cerrar el barrido.

La inercia de sesenta rotores vaciló en un tableteo irregular.

Alistair se quedó inmóvil. Las manos le quedaron suspendidas en el aire, trémulas, con la sangre manchando el borde inferior del chasis de acero.

La vista se le fijó en el filamento incandescente que ardía tras la placa de baquelita.

Las piernas le flaquearon; el colapso del sistema era también el colapso de su capacidad de respuesta.

Un paso pesado hendió las tablas.

Marcus no gritó.

Se despegó de la puerta con la velocidad entrenada de una emboscada. En dos zancadas se plantó tras Alistair.

El oficial no dudó en anular la distancia.

Apoyó su mano izquierda, ancha y pesada, sobre el hombro del matemático.

La presión de sus dedos enguantados en paño y músculo clavó al civil contra el banco técnico, sosteniendo su peso muerto antes de que las rodillas de Alistair tocaran el entarimado.

Marcus se inclinó hacia delante por encima de su cuerpo.

Su sien derecha rozó la frente húmeda de sudor frío de Alistair; el paño áspero de la solapa militar raspó la mejilla del civil, envolviéndolo en ese aroma inconfundible a tabaco Player's amargo, lana calada por la niebla y grasa de fusil.

La mejilla del oficial estaba ardiente por la tensión; Alistair sintió el vaho espeso y entrecortado de Marcus estrellarse contra su oreja.

—No suelte la palanca, Finch —susurró Marcus. La voz fue un raspón gutural, bajo, desprovisto de formulismos marciales—. Empuje conmigo. Ahora.

Marcus alargó el brazo derecho y envolvió con su mano descubierta los dedos heridos de Alistair, cubriendo la gasa ensangrentada y la palanca metálica del disyuntor general en un solo puño de hierro.

El calor vivo de la piel del militar sofocó el dolor punzante del desgarro. Con un empuje combinado que descargó el peso de ambos cuerpos contra el mecanismo, vencieron la resistencia del resorte recalentado.

El interruptor bajó con un estampido metálico.

La corriente directa saltó a los circuitos de bypass. La regleta chisporroteó, escupiendo una brizna de humo negro, pero el puente aguantó.

Los sesenta tambores de la máquina Bombe cobraron una aceleración brutal. Giraron con un estruendo ensordecedor que hizo temblar las vigas maestras del tejado y las chapas de los mamparos. En el frontal de latón, las hileras de letras alemanas pasaron en un torbellino ciego de reflejos cobrizos.

Marcus no se retiró de inmediato. Mantuvo la frente pegada a la sien de Alistair dos segundos más, con la mano firme sujetando los nudillos vendados contra el metal.

El pecho del capitán, ancho y duro como un fardo de trinchera, subía y bajaba al compás de la respiración rápida del civil.

En mitad del estrépito maquinal de Bletchley Park, compartieron el aire enrarecido de la nave sin retroceder los dos pasos de ordenanza. Ninguno de los dos aflojó la carne.

Eran dos piezas trabadas en el mismo engranaje, desafiando el Código de Justicia Militar y el abismo penal de la Sección 11 en un silencio sellado por la urgencia de la sangre.

De pronto, un chasquido unánime y seco retumbó en las entrañas del bastidor.

El relé general saltó. Los sesenta tambores se clavaron en seco a la vez, como si una barra de acero hubiera atravesado los piñones.

El estruendo cesó de golpe.

El silencio que cayó sobre el habitáculo técnico fue absoluto, pesado como un bloque de plomo.

Solo quedó el zumbido residual de las válvulas termoiónicas y el goteo denso de la sangre de Alistair cayendo sobre el zinc.

Marcus apartó despacio la mano de la palanca, deslizando los dedos sobre la piel fría de la muñeca del civil antes de erguirse con rigidez de ordenanza.

Frente a ellos, el carro de la teleimpresora auxiliar dio dos sacudidas. El rodillo avanzó con un golpe de carro y la aguja de acero perforó la tira de papel continuo.

Alistair bajó los ojos, con el vaho empañándole los cristales de las gafas.

La cinta escupía las letras en claro, despojadas del cifrado Triton: la posición geográfica de la nave capitana del almirante Dönitz, las órdenes de ataque nocturno y el meridiano exacto por donde la manada de U-Boot iniciaba la aproximación contra el convoy.