Capítulo 20 Luz verde para el almirantazgo
El silencio en el habitáculo técnico cayó con la pesadez de una plancha de plomo.
Los sesenta tambores de la máquina Bombe naval número cuatro habían frenado en seco, trabados por el relé general.
Ya no vibraban las vigas de madera ni las planchas de acero del bastidor.
Quedaba únicamente el siseo residual de las válvulas termoiónicas, un zumbido sordo que se extinguía despacio en el aire viciado por el ozono, la baquelita sobrecalentada y el barniz de devanado quemado.
Alistair Finch mantenía la frente a escasos centímetros del chasis metálico. La tela blanca del vendaje compresivo en su dedo índice derecho estaba empapada en sangre fresca, goteando sobre el reborde de zinc. El corte de la falange le latía al compás acelerado de las sienes.
Con la mano izquierda, limpia de apósitos pero tiznada de grafito y grasa de cerrojo, Alistair sujetó el extremo de la tira de papel continuo que asomaba por el carro de la teleimpresora auxiliar. Tiró con suavidad hacia arriba, rasgando la celulosa contra la cuchilla dentada.
No necesitó consultar las tablas del Wetterkurzschlüssel.
La posición de los cuatro rotores —el reflector delgado y la rueda Beta enclavada en la fase diecisiete— había abierto el texto de la red Triton en canal.
Alistair apoyó la cuartilla sobre el borde seco de la consola de madera.
Tomó un trozo de mina de lápiz que descansaba junto al tintero y, con trazos rápidos de la mano zurda, transcribió las coordenadas de reunión fijadas por el mando de submarinos de Kernevel: cuadrícula AK-24, longitud treinta y cuatro oeste.
Catorce cascos de acero convergiendo en abanico sobre la derrota del convoy SC-107.
—Está cerrada —dijo Alistair. La voz le salió tomada, áspera por el polvo de carbón. La nuez de su garganta se movió con un trago seco.
El capitán Marcus Sterling dio un paso al frente.
La bota claveteada del militar golpeó la tarima sin titubeo.
El olor a paño caqui, sudor contenido y tabaco amargo envolvió de nuevo el espacio estrecho.
Marcus se inclinó sobre el tablero. No rozó los dedos heridos de Alistair; apoyó la palma izquierda desnuda sobre el maderamen, a media pulgada del codo del civil, mientras con la diestra extraía del bolsillo de su guerrera el tampón de tinta negra y su cuño de oficial de seguridad.
Entintó el caucho con un golpe seco.
Estampó el sello ovalado del Intelligence Corps directamente sobre el margen de la tira transcrita, validando la prioridad extrema bajo la cláusula del Acta de Secretos Oficiales. Con su propia estilográfica de dotación trazó una rúbrica veloz: M. Sterling, Capt..
Marcus tomó el papel, abrió la puerta de chapa del anexo técnico y cruzó el pasillo hacia la nave central de la Hut 8. Alistair se incorporó apoyándose en el chasis caliente de la máquina y lo siguió arrastrando las suelas gastadas.
La sala de descifrado naval continuaba sumida en una penumbra sucia.
A través de las ranuras altas del oscurecimiento obligatorio, la primera luz del alba de Buckinghamshire se colaba como una neblina grisácea y descolorida que apenas alcanzaba a iluminar los montones de formularios.
Los analistas de los bancos contiguos permanecían inmóviles, con los rostros desencajados y los pocillos de té de achicoria frío abandonados entre reglas de cálculo.
En el vano de la cabina acristalada de comunicaciones, el suboficial de enlace de la Royal Navy aguardaba con la gorra ladeada y los auriculares de baquelita colgando del cuello.
Marcus no se detuvo.
Le plantó el despacho en la pechera del uniforme azul marino con un ademán tajante.
—Prioridad roja a la sala de operaciones del Almirantazgo —ordenó Sterling. Cada sílaba cayó con el peso de una bala de plomo—. Cifrado inmediato por la línea protegida de Whitehall.
El marinero recorrió la cuartilla con los ojos muy abiertos. No hizo preguntas. Entró de un salto en la cabina, bajó el interruptor de la teleimpresora Creed y comenzó a golpear el teclado con furia mecánica.
El tableteo metálico del teletipo de alta velocidad llenó el barracón. El motor eléctrico zumbó, escupiendo los impulsos binarios por el cable bifilar hacia Londres.
Alistair se detuvo a dos metros del cristal, apoyando el hombro sano contra el pilar de pino de la nave.
El brazo derecho le colgaba inerte; el esparadrapo marrón del vendaje se volvía oscuro por la hemorragia persistente.
Miraba las botas de Marcus, plantadas con rigidez reglamentaria sobre las tablas sucias de barro seco.
El capitán no se volvía. Mantenía los brazos cruzados tras la espalda.
Bajo la lana de su guerrera, en el bolsillo interior izquierdo, la cuartilla incautada en la taquilla con el boceto a carboncillo continuaba pegada a sus costillas como una mecha encendida.
Pasaron cuatro minutos. Cuatro minutos en los que solo se oyó el siseo del cable y la respiración fatigada de los treinta analistas.
Un timbre estridente sonó dos veces en la consola de Whitehall.
El carro de la Creed avanzó con un estampido sordo. La aguja de acero imprimió una línea corta en la cinta receptora. El teletipista naval arrancó el papel, leyó en voz baja y se volvió hacia la nave. Se quitó los auriculares.
—Acuse de recibo de Whitehall, 06:51 horas —leyó el marinero con un hilo de voz que se quebró en la última consonante—.
La orden de evasión ha sido cursada a la escolta del convoy SC-107.
Los destructores ejecutan viraje de emergencia en rumbo dos-cero-cinco.
Se alejan cien millas náuticas al sur de la posición de la manada.
Cuarenta y dos cascos fuera de la zona de torpedeo.
Nadie aplaudió. No hubo vítores ni palmadas en los hombros.
Dos analistas veteranos soltaron los lápices sobre el tablero y se frotaron los ojos con las mangas raídas de sus jerseys.
El alivio en la Hut 8 no se proclamaba; se traducía en el descenso de los hombros agarrotados y en el trago amargo del aire frío.
En el acceso norte de la nave, una silueta se recortó contra el marco de pino.
El mayor Calthorpe había presenciado la lectura desde el corredor de guardia.
Llevaba la fusta de cuero apretada bajo la axila de su capote de paño fino.
Sus ojos pequeños barrieron la escena: la tira telegráfica sellada con el cuño del Almirantazgo, el enlace naval doblando el resguardo oficial y la compostura imperturbable del capitán del Intelligence Corps.
La misión estaba cumplida bajo registro formal de Whitehall.
Ya no quedaba cobertura reglamentaria para justificar la requisa de taquillas ni el arresto de los criptógrafos por retraso deliberado.
Calthorpe apretó los labios en una mueca de hiel.
Miró a Marcus fijamente durante un segundo que supo a amenaza aplazada. Luego, con un ademán seco de la cabeza hacia los dos policías militares que flanqueaban la puerta con los fusiles calados, dio media vuelta sobre sus talones.
—Retén, rompan filas —masculló el mayor.
El chasquido marcial de las tres pares de botas sobre la gravilla exterior se alejó hacia la verja de entrada.
La puerta batiente osciló, dejando entrar una ráfaga de viento glacial que barrió el olor a tabaco y levantó las esquinas de los papeles sobre las bancadas.
Marcus se giró despacio.
Sus ojos grises pasaron por encima de las cabezas inclinadas de los civiles y se clavaron en Alistair.
El matemático no se había movido del pilar.
Tenía la mandíbula tensa y la piel de las mejillas cenicienta por el agotamiento, pero sostuvo la mirada del oficial sin pestañear.
Durante un instante, en medio del rumor del barracón que volvía a ordenar sus tablas de cifras, no existió la guerra en el mar ni el protocolo de contrainteligencia.
Existía únicamente la complicidad delictiva de dos hombres atados por el mismo pliego de carboncillo y la misma orden de silencio.
Marcus avanzó dos pasos hacia la mesa cuatro, deteniéndose a la distancia exacta de ordenanza. No hubo una palabra de reconocimiento ni una flexión en su gesto de piedra.
—El turno ha terminado, señor Finch —dijo el capitán con voz baja y áspera, modulada para el estricto servicio militar—. Vaya a la enfermería a que le laven ese corte con yodo antes de que se le pudra la mano. Luego, al camastro.
Marcus se ajustó el correaje Sam Browne con un tirón seco hacia abajo.
Se colocó la gorra de plato, calando la visera sobre las cejas.
Dio media vuelta sobre sus botas claveteadas y enfiló la salida hacia la mansión con paso firme y regular, dejando que el crujido de la madera marcara la distancia inquebrantable entre los dos.