Capítulo 18 El registro de la taquilla
—¡Todo el mundo en pie! —bramó el sargento de la Policía Militar. Su voz, ronca por la humedad de las guardias, quebró el sopor de la nave—. ¡Firmes junto a los camastros! ¡Inspección sumaria de seguridad!
Eran las cinco y media de la madrugada. Una corriente de aguanieve y niebla helada entró desde el lodazal exterior, barriendo el tufo agrio a jergones de paja húmeda, pies descalzos y betún militar rancio.
Los analistas civiles, aún aturdidos por el sueño roto tras jornadas interminables de cálculo, saltaron de sus mantas grises con torpeza.
Once hombres se alinearon en el pasillo central, encogiéndose bajo camisas descoloridas o calzoncillos largos de lana que picaban sobre la piel sin lavar.
El mayor Calthorpe avanzó por el entarimado hueco.
Sus botas de suela claveteada marcaban un compás pesado y seco sobre las tablas mal ajustadas.
Tras él, dos cabos con cascos de acero y brazaletes de paño rojo sostenían candiles de carburo encendidos; la llama amarillenta siseaba, despidiendo un humo espeso con olor a gas quemado que tiznaba las paredes.
Al fondo del pasillo, junto a la litera inferior del último vano, Alistair Finch permanecía de pie.
Tenía la espalda pegada a los barrotes de hierro fundido de la armadura del catre.
El pantalón de franela gris mostraba salpicaduras oscuras de barro seco en los bajos y una mancha reciente de sangre coagulada a la altura de la rodilla derecha.
Mantenía el brazo diestro pegado a la cadera: la mano estaba envuelta en el vendaje compresivo que Marcus le había aplicado en el botiquín.
El lienzo blanco, cruzado en ocho sobre el nudillo y fijado con esparadrapo marrón, le inmovilizaba la falange desgarrada, pero el dolor sordo de la uña arrancada le martilleaba la muñeca con latidos febriles que el frío de las rendijas del suelo volvía punzantes.
Un paso marcial, rápido y sonoro, cortó el avance de los policías militares.
El capitán Marcus Sterling se interpuso en el pasillo central.
Había llegado desde el acceso lateral con la guerrera caqui abotonada hasta el cuello, el correaje Sam Browne terciado y la gorra de plato calada recta.
Tenía las manos desnudas de guantes, pero las mangas caqui ocultaban las manchas de sulfamida y la sangre seca de Alistair que aún le teñían las cutículas.
Se cuadró ante el mayor con un taconazo seco que detuvo la comitiva.
—Mayor Calthorpe —dijo Marcus. Su tono era glacial, uniforme, carente de la más mínima vacilación—.
El protocolo de contrainteligencia de Bletchley Park establece que toda requisa en el sector de personal adscrito a la Sección Naval debe ser ejecutada por el oficial de seguridad del Intelligence Corps asignado a la unidad.
La Policía Militar no tiene autorización para manipular material de cifrado sin pase de nivel uno.
Calthorpe apretó la mandíbula. El correaje de su torso crujió bajo el capote fino.
—No intente escudarse en el reglamento, Sterling —masculló el mayor, señalando con la fusta de cuero el casillero metálico adosado al cabecero de Alistair—. Si hay claves alemanas retenidas indebidamente en este barracón, saldrán a la luz ahora mismo. Abra esa taquilla.
Marcus no pestañeó.
Sostuvo los ojos del mayor durante dos segundos antes de girar sobre sus talones.
Dio tres pasos hacia la litera de Alistair.
Se plantó a medio palmo del analista. La proximidad del militar fue tan densa que Alistair percibió el calor seco que emanaba de su guerrera de lana, contrastando con el vaho gélido que salía de sus propias bocas.
Olía a tabaco Player's viejo, a jabón de afeitar barato y al rastro metálico del alcohol quirúrgico con que acababa de lavar sus heridas en el botiquín.
Alistair clavó la vista en el tercer botón de latón de la pechera de Marcus; no se atrevió a subir los ojos a su rostro.
La nuez de su garganta subió y bajó en un trago seco.
Marcus extrajo del bolsillo de su pantalón un manojo de llaves maestras de acero. Escogió la más corta. La introdujo en el ojo del candado de chapa que aseguraba el casillero B-4. El resorte saltó con un chasquido metálico, áspero por la herrumbre.
El capitán abrió la puerta de chapa de un tirón. Las bisagras chirriaron con un lamento agudo que resonó en el silencio sepulcral del barracón.
Marcus comenzó la inspección con movimientos mecánicos, precisos, sin la brusquedad destructiva de los cabos. Vació la primera balda: dos camisas de franela gris gastadas, tres pares de calcetines de lana tosca zurcidos en el talón y una navaja de afeitar con mango de hueso.
Dejó cada prenda sobre el jergón de paja. En la segunda balda reposaban tres volúmenes encuadernados en tela gris: manuales de cálculo matricial y teoría de conjuntos del King's College.
Marcus los hojeó sujetándolos por el lomo con una sola mano, dejando que las hojas pasaran en abanico sin que cayera una sola tira de papel. Al fondo, dos cajetillas cerradas de tabaco racionado y una pastilla de jabón carbólico partida por la mitad.
—Siga buscando, capitán —apremió Calthorpe desde el centro del pasillo, con los brazos cruzados tras la espalda—. La balda inferior.
Marcus flexionó las rodillas despacio. Su hombro rozó la manga del brazo sano de Alistair al descender. La tela caqui picó contra el antebrazo del civil a través de la camisa rota.
En el fondo del casillero metálico yacía una toalla gris de intendencia, endurecida por los lavados en agua fría. Marcus levantó el lienzo con la mano izquierda.
Debajo apareció una cuartilla de papel de dibujo grueso, doblada en cuatro partes desiguales. Los bordes estaban manchados de carbonilla y rozados por el roce de la chapa.
Marcus desdobló el pliego con los dedos diestros, manteniendo el cuerpo inclinado para bloquear el ángulo visual de Calthorpe con la anchura de su espalda. No eran cifras navales de la Kriegsmarine. No había cuadrículas de posición de U-Boot ni alfabetos cifrados.
Era un boceto.
Trazado a carboncillo con trazos rápidos, nerviosos y seguros, el papel reproducía la silueta de Marcus Sterling de espaldas, recortada en la garita norte durante una patrulla nocturna.
El carboncillo captaba la caída recta del capote caqui, la línea cuadrada de la mandíbula bajo la visera de plato y la postura rígida de las piernas sobre la gravilla.
En los márgenes, Alistair había anotado a mano las horas exactas de los relevos de guardia de la sección de seguridad: 02:00, 04:30, 06:00.
Y justo al pie de la figura, con una caligrafía minuciosa y apretada, una frase pronunciada por el oficial en el porche durante la noche de niebla: «En este lugar, las bombas son la forma más limpia de perder el cuello».
No era una nota técnica.
Era el testimonio explícito de una fijación personal, un registro clandestino de devoción.
En manos de Calthorpe, ese pliego no solo significaba la expulsión deshonrosa del ejército para el capitán; conducía a ambos directamente a las celdas de la prisión militar de Shepton Mallet antes de que cayera la tarde.
El cabo de la Policía Militar dio un paso hacia el casillero, inclinando el candil de carburo hacia el hueco. El olor a gas sulfuroso se volvió sofocante.
—¿Qué hay ahí abajo, mi capitán? —preguntó el cabo.
Marcus actuó con la velocidad aprendida en los asaltos de trincheras.
Su mano derecha, ancha y pesada, cayó sobre el papel como una trampa de acero, cubriendo el dibujo por completo con la palma antes de que el cono de luz amarilla alcanzara el fondo de la balda.
Con la mano izquierda empujó la toalla gris hacia delante, arrugándola sobre la chapa vacía.
—Solo trapos de limpieza de armamento y grasa de protección, cabo —dijo Marcus. Su voz sonó cavernosa, raspada contra el metal del armario—. Aléjese de la litera.
El cabo retrocedió un paso, intimidado por la orden seca del oficial.
Marcus se incorporó despacio. La cuartilla doblada quedó oculta en el hueco de su puño derecho cerrado. Al erguirse, sus ojos se cruzaron con los de Alistair.
Fueron dos segundos exactos.
Alistair estaba blanco como la caliza; los párpados le temblaban y las uñas de su mano sana se clavaban en la madera del jergón hasta amoratar los nudillos.
Vio el papel comprimido entre los dedos de Marcus.
Supo que el oficial había visto su silueta, su mandíbula y las palabras copiadas en la penumbra.
Marcus sostuvo la mirada del matemático sin pestañear.
Sus pupilas grises eran pozos opacos, pero en la fijeza del contacto no había desprecio ni reproche marcial.
Había una determinación férrea, suicida y definitiva.
Con un movimiento fluido de muñeca, manteniendo el torso de espaldas al mayor Calthorpe, Marcus deslizó la mano cerrada hacia la pechera de su guerrera caqui.
Empujó el papel dentro del bolsillo interior, dejándolo caer junto a la cuartilla requisada en la estación y el telegrama oficial de los fusileros muertos.
La solapa de lana se cerró sobre el bulto sin que la tela del uniforme se abombara de forma perceptible.
Marcus empujó la puerta de la taquilla con el talón de la mano izquierda. La chapa metálica cerró con un golpe seco. Pasó el candado y giró la llave.
Dio media vuelta sobre las botas claveteadas y se cuadró frente al mayor Calthorpe. Levantó la barbilla; la nuez de su cuello se tensó con rigidez de cuartel tras la tirilla de la camisa.
—Registro completado, señor —informó Marcus, proyectando la voz hacia el techo del barracón con una firmeza impecable—. Casillero civil B-4 libre de documentación naval clasificada, material de claves o cualquier indicio de infracción a la Ley de Secretos Oficiales.
Calthorpe barrió con los ojos la taquilla cerrada, la ropa desordenada sobre la litera y la figura inmóvil de Alistair, cuyos dedos vendados no habían dejado de latir bajo el vendaje.
El mayor bufó por la nariz, expulsando un chorro de vaho tibio que se disolvió en el aire helado del barracón.
Sabía que no podía exigir una segunda requisa sin acusar formalmente de perjurio en acto de servicio a un capitán del Intelligence Corps en presencia de la tropa.
—Recojan los candiles —ordenó Calthorpe a los policías militares, con la voz cargada de bilis retenida—.
Volvemos a la garita de seguridad. Pero esto no ha terminado, Sterling.
Si a las ocho de la mañana el convoy SC-107 no tiene una ruta de escape clara en el mapa del Almirantazgo, usted y su analista responderán juntos ante un tribunal de guerra.
El mayor dio media vuelta sobre sus talones.
Los dos cabos de la Policía Militar cerraron filas tras él.
El grupo marchó por el pasillo central con paso apresurado, saliendo al exterior encharcado.
La puerta del barracón B-4 se cerró de nuevo, dejando la nave en una penumbra rota únicamente por el resplandor ceniciento del preamanecer que se colaba por las claraboyas.
Los otros analistas comenzaron a recoger sus ropas en silencio, evitando mirar hacia la litera del fondo. Nadie se acercó. Nadie pronunció una sola sílaba.
Marcus permaneció de pie junto al cabecero de hierro. No miró a Alistair. Su mano derecha descansaba sobre el cuero del correaje, a dos pulgadas del bolsillo donde la cuartilla a carboncillo ardía contra sus costillas como una condena a la horca.
—Vístase, Finch —dijo Marcus en un susurro áspero, sin volver la cara, mirando hacia la salida—. Quedan cincuenta minutos para la última pasada de las Bombes. El capitán de corbeta no va a esperar a que termine de temblar.
Marcus avanzó hacia la puerta del barracón con paso largo y firme, sin esperar a que el civil se atara los cordones de los zapatos, dejándolo solo entre el olor a paja húmeda y el latido desbocado de sus propias sienes.