Capítulo 17 Falsas pistas y dedos rotos
Alistair Finch tenía la vista fija en los tres tambores centrales del panel inferior. Las veintiséis coronas de latón giraban a trompicones, descompasadas del ciclo de barrido del rotor Beta.
Los cables puente del cuadro posterior vibraban con un zumbido agudo, quebrado por el salto de chispas intermitentes en la regleta de contactos.
—¡No empareja! —gritó la operaria de las WRNS, apartando las manos del selector de fase con el rostro bañado en sudor frío—. La serie salta en la letra doce. Los tambores cuatro y cinco están fuera de sincronía. El engranaje de cobre patina en la muesca de retorno.
Alistair miró el cronómetro de bolsillo sujeto con bramante al chasis: las cinco y doce minutos.
En dieciocho minutos, el piquete de la Policía Militar del mayor Calthorpe reventaría los candados del barracón civil B-4 con sus bayonetas. En alta mar, los catorce U-Boot de la manada estrechaban la distancia contra la quilla de los cargueros del convoy SC-107.
El pánico técnico le nubló el juicio. No esperó a que la operaria alcanzara el disyuntor.
Alistair metió la mano diestra por el hueco ciego del bastidor posterior, buscando a tientas la varilla de embrague del tercer rotor para forzar el acople antes de que la inercia detuviera la serie del día.
Los engranajes giraban a seiscientas revoluciones por minuto en un torbellino de grasa negra y dientes metálicos.
Una lengüeta afilada de latón flexible, combada por la temperatura del circuito, actuó como una guillotina.
El metal mordió. El engranaje de baquelita atrapó la falange distal del dedo índice derecho, prensándola contra la platina de cobre con un chasquido sordo. La lengüeta segó la yema en un corte limpio, profundo y oblicuo, desgarrando a su paso la mitad de la uña con un tirón brutal.
El aire se le escapó a Alistair de los pulmones en un silbido seco, ahogado entre los dientes.
El dolor no fue inmediato; fue una onda blanca, ardiente, que le paralizó el diafragma antes de que la sangre comenzara a brotar a borbotones, salpicando las clavijas doradas y el cableado del bastidor.
Un golpe seco retumbó junto al cuadro de control.
Marcus Sterling, apostado junto a la entrada del anexo, no gritó.
Bajó la palanca del disyuntor general con el talón de su mano abierta, cortando el suministro eléctrico en una descarga de chispas azules que dejó la máquina en un silencio sepulcral.
Dio un paso largo, atrapó a Alistair por el antebrazo izquierdo con una fuerza demoledora y tiró de él hacia atrás, sacándolo del bastidor antes de que el civil perdiera el equilibrio.
—Ni una sola palabra —masculló Marcus, con una dureza que cortó el gemido en la garganta del matemático.
El capitán pasó el brazo bajo la axila de Alistair, cargando la mitad del peso del civil contra su propio costado.
Empujó la puerta de chapa de la salida de servicio hacia el callejón de barro que bordeaba el anexo técnico, eludiendo el pasillo central de la Hut 8.
La cellisca helada de Buckinghamshire les azotó el rostro en la penumbra del preamanecer.
Marcus no aflojó la zancada sobre la gravilla congelada; arrastró a Alistair en volandas hacia la parte posterior de la garita norte, donde una cancela de madera daba acceso al botiquín de campaña de la guardia.
Abrió la puerta con la culata de su bota militar, metió al civil de un empujón contenido y cerró la hoja de madera pasando el cerrojo de hierro.
La estancia era una celda húmeda de seis pies por ocho, sin calefacción.
En el techo colgaba una bombilla de quince vatios encapuchada en papel azul oscuro, proyectando un círculo lívido sobre el suelo de cemento desportillado y un lavabo de latón oxidado.
Olía a éter sulfúrico rancio, alcohol quirúrgico y óxido ferroso.
Alistair se tambaleó contra el borde del lavabo.
Las rodillas le cedieron. La sangre caliente le empapaba la palma de la mano, goteando de forma constante sobre el desagüe de zinc con un tintineo espeso.
El corte en el índice palpitaba con la violencia de un electrochoque, sumándose al dolor sordo del pulgar magullado días atrás.
El frío del cuarto le hacía temblar la mandíbula.
Marcus tiró su gorra de plato sobre una banqueta de madera tosca.
Se quitó la guerrera caqui de un tirón seco de hombros, dejándola caer sobre un arcón. Se remangó la camisa militar por encima de los codos con movimientos rápidos y precisos. Tenía los antebrazos anchos, tensos por venas abultadas y cubiertos de vello oscuro.
—Ponga la mano sobre la pila —ordenó Marcus. La voz era baja, áspera como la lija, pero firme como un parapeto de sacos terreros.
Alistair estiró el brazo diestro. El temblor muscular era tan violento que el miembro oscilaba en el aire.
Marcus no dudó: alargó su mano izquierda, ancha y callosa, y atenazó la muñeca de Alistair con una presa de hierro, inmovilizando los tendones contra el borde frío de latón.
Con la derecha, descorchó una botella de vidrio ámbar de alcohol quirúrgico.
—Muerda esto —dijo el oficial, acercando la manga izquierda de la camisa de franela del propio Alistair a la boca del civil.
Alistair negó con la cabeza con un espasmo terco. Levantó el brazo izquierdo sano, se metió el envés de su propia muñeca entre los dientes y clavó los molares en el tejido de lana cruda para no quebrar el silencio del barracón.
Marcus vertió el líquido transparente sobre la carne viva.
El alcohol mordió la herida profunda. El cuerpo de Alistair se arqueó hacia atrás en una sacudida brutal; un quejido ronco y ahogado vibró contra su propio brazo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas involuntarias provocadas por el espasmo térmico. Las suelas resbalaron en el cemento húmedo.
Marcus no retrocedió un milímetro. Apretó la muñeca del matemático con más fuerza aún, anclándolo a la superficie de metal.
Con la mano libre, tomó un frasco cilíndrico de hojalata y espolvoreó una capa densa de sulfamida en polvo sobre la incisión.
El polvo blanco absorbió la hemorragia al instante, coagulando en una costra pálida y grumosa.
Con una destreza aprendida en los puestos de socorro de infantería, Marcus tomó un rollo de gasa estéril.
Comenzó a envolver el índice derecho con un vendaje compresivo, cruzando las tiras en ocho alrededor de la base del nudillo para fijar el colgajo de piel y la uña desprendida sin bloquear por completo el riego de la falange.
Sus dedos eran duros, ásperos por la arena y el metal, pero se movían sobre la carne destrozada de Alistair con una precisión quirúrgica, conteniendo cada sacudida del civil con una presión calculada.
Cortó el extremo del lienzo con una navaja de bolsillo y aseguró el vendaje con dos vueltas ceñidas de esparadrapo marrón.
Terminó. No soltó la mano de Alistair.
Marcus mantuvo la palma diestra del analista aprisionada entre sus dos manos grandes y calientes, transmitiéndole un calor vivo que cortó el temblor espasmódico de los dedos del civil.
La respiración de ambos era un jadeo corto y húmedo que condensaba una nube espesa de vaho bajo el cono azul de la bombilla.
Alistair soltó la muñeca izquierda de entre los dientes. Tenía la carne marcada por sus propias muelas. La cabeza le pesaba como un bloque de plomo fundido; la debilidad física lo venció.
Dio medio paso al frente. Su frente cayó hacia delante y se apoyó directamente contra el paño basto de lana caqui que cubría el hombro derecho de Marcus.
El contacto duró un segundo exacto.
Alistair sintió la dureza del músculo del oficial bajo la camisa, el olor a jabón amargo de afeitar, tabaco Player's viejo y el sudor limpio del esfuerzo contenido.
Marcus no se apartó. No dio la orden de ordenanza ni retrocedió los dos pasos de disciplina marcial.
Mantuvo la espalda rígida, sosteniendo el peso de la cabeza del matemático contra su cuerpo en mitad del frío cortante del botiquín.
Sus dedos enguantaron la mano herida con una firmeza que desafiaba cada párrafo del código penal británico de 1942.
Un chasquido seco partió la penumbra.
Afuera, sobre la grava triturada del sendero, el paso marcial de dos pares de botas claveteadas se detuvo en seco. El chirrido del cuero húmedo de un correaje de la Policía Militar sonó a cuatro pulgadas de la madera podrida de la puerta.
Una sombra recortó la rendija inferior del marco. La patrulla de Calthorpe estaba al otro lado.