Capítulo 16 La visita de contrainteligencia
La puerta batiente se abrió sin aviso reglamentario. El golpe contra el marco de pino dejó entrar una ráfaga gélida que hizo oscilar las bombillas bajas bajo sus pantallas de hojalata.
El mayor Calthorpe cruzó el umbral con el capote militar desabrochado, revelando las insignias de corona en las hombreras de su guerrera de paño fino y el correaje Sam Browne, cuyo cuero húmedo chirriaba con cada movimiento del torso.
Dos suboficiales de la Policía Militar, tocados con cascos de plato y brazaletes de paño rojo con las siglas MP, se cuadraron a ambos flancos de la cancela, bloqueando la salida con los fusiles Lee-Enfield sujetos a la funerala.
El olor a cera rancia para muebles oficiales, colonia de lavanda inglesa y tabaco rubio Virginia —el aroma inconfundible de los despachos ministeriales de Whitehall— barrió de golpe la peste a baquelita chamuscada y sudor frío que llenaba la nave.
El capitán Marcus Sterling estaba de pie junto al banco cuatro, a dos pasos de la mesa donde Alistair Finch intentaba alinear las matrices del cuarto rotor con los dedos rígidos por el vendaje. Al oír los pasos marciales, Marcus no vaciló.
Giró sobre sus talones con un movimiento limpio.
Se cuadró con rigor de infantería: la espalda recta, las piernas juntas sin que mediara una pulgada entre los talones y los brazos pegados a las costuras del pantalón caqui.
Su mano derecha subió a la sien en un saludo de ordenanza impecable, cortando el aire a la altura de la ceja.
—Capitán Sterling, oficial de seguridad de guardia en la subsección naval —anunció Marcus. Su voz era un bloque de piedra, monocorde y carente de inflexión.
Calthorpe no devolvió el saludo.
Tenía los ojos pequeños, hundidos bajo cejas pobladas y canosas, y la comisura de los labios apretada en una mueca de desprecio burocrático.
Llevaba bajo el brazo el libro de registro de entradas y salidas nocturnas de la garita norte, encuadernado en tela negra y con los cantos de papel manchados de barro reciente.
Lo arrojó sobre el extremo libre del banco de trabajo con un golpe seco que hizo saltar una regla de celuloide.
—Descanso, capitán —dijo Calthorpe. Su tono era pausado, mordaz, con la lentitud venenosa de quien tiene la firma del Estado Mayor en el bolsillo—. Ahorrémonos las formalidades de trinchera. Vengo a revisar las irregularidades de este puesto.
Alistair no levantó la cabeza del tablero.
Mantuvo la punta del lápiz Faber inmóvil sobre el papel cuadriculado, pero los tendones del cuello se le tensaron visiblemente.
Bajo la gasa endurecida por la sangre vieja, la uña desprendida del pulgar derecho le palpitaba con latidos cortos que le hacían temblar las falanges.
Podía ver la puntera lustrada de las botas del mayor a cuatro pies de su taburete.
Calthorpe abrió el registro con el pulgar enguantado. Pasó tres páginas de un tirón áspero.
—Tres salidas del barracón civil fuera del horario de toque de queda en las últimas setenta y dos horas —señaló el mayor con la uña, golpeando el papel—.
Permanencia en el perímetro de alambre de espino sin escolta armada.
Acceso directo a la cabina de transmisiones de la Royal Navy a las cinco de la madrugada.
Todas con el mismo nombre civil: Finch, Alistair.
Y todas avaladas por su rúbrica personal, capitán Sterling.
¿Tiene la Sección de Seguridad de Bletchley por costumbre convertir a los analistas matemáticos en paseantes nocturnos mientras la flota mercante se desangra en alta mar?
Marcus mantuvo la vista fija en la insignia de bronce del cuello de Calthorpe, sin pestañear. Los músculos maseteros de su mandíbula se marcaron bajo la piel rasurada, pero no alteró la respiración.
—El señor Finch ha estado operando bajo mis órdenes expresas, señor —respondió Marcus con una firmeza seca.
Cada palabra sonaba como el mecanismo de un cerrojo bien aceitado—.
Las salidas nocturnas correspondían a la inspección técnica del tendido de cables de alta tensión entre los generadores del parque y las unidades Bombe del anexo.
Los fallos de inductancia amenazaban con quemar los rotores auxiliares.
Asumo la responsabilidad operativa y disciplinaria de cada minuto que el analista ha permanecido fuera de los barracones civiles.
Calthorpe dio medio paso al frente. El cuero de su correaje crujió de nuevo. Se inclinó hacia Marcus, reduciendo el espacio entre sus rostros hasta que el vaho de su boca golpeó la barbilla del capitán.
—No me tome por imbécil, Sterling —masculló el mayor en un susurro cortante, cargado de bilis institucional—.
La inteligencia militar no es un club de caballeros de Cambridge.
El encubrimiento de conductas anómalas, los desplazamientos clandestinos y la excesiva familiaridad entre oficiales y personal civil se tipifican bajo el Código de Justicia Militar y la Ley de Traición de 1940.
Si un oficial del Intelligence Corps relaja la custodia por motivos personales o simpatías inadmisibles, el destino no es una reprensión en su hoja de servicios.
Es la degradación sumaria, la pérdida de paga y cinco años de trabajos forzados en la prisión militar de Shepton Mallet.
Alistair apretó los molares con tanta fuerza que el dolor le subió por las sienes.
El lápiz se le quebró entre los dedos; un fragmento de grafito saltó sobre el papel.
Quiso volverse, quiso hablar, pero la disciplina aprendida a golpes en las últimas semanas le clavó la lengua al paladar.
Si abría la boca, si miraba a Marcus dos segundos seguidos, la soga se cerraría sobre el cuello de los dos.
Marcus no parpadeó. Ni un solo músculo de su rostro cedió ante la amenaza penal. Sostuvo la mirada del mayor con la frialdad implacable de quien ya ha visto morir a su regimiento entero y no teme a los burócratas de uniforme.
—Mi informe está firmado según la ordenanza, mayor Calthorpe —dijo Marcus, sin levantar el tono un ápice—.
Si el Estado Mayor considera que he vulnerado la seguridad del recinto, solicito formalmente la apertura de una vista ante un tribunal militar.
Mientras esa orden no llegue sellada por Whitehall, la seguridad interior de la Hut 8 sigue bajo mi mando directo.
Calthorpe sostuvo el duelo en silencio durante cinco segundos interminables. Sus ojos buscaron una vacilación, un temblor en las manos del capitán, pero solo hallaron la rigidez de un soldado curtido en el desierto.
El mayor cerró el libro de registro de golpe. El estampido del papel seco resonó en el barracón.
—Que así sea, capitán —sentenció Calthorpe, enderezándose con una mueca agria—.
Pero no espere a que amanezca para rendir cuentas.
A las cinco y media en punto ordeno una inspección general y exhaustiva de todas las dependencias de la sección naval.
Registraremos los camastros, los archivadores y los casilleros personales de todo el personal civil adscrito a este turno.
Si encontramos una sola cuartilla no autorizada, una anotación irregular o cualquier indicio de conducta contraria al código marcial, usted y su protegido saldrán de Bletchley escoltados por mis cabos con esposas de hierro.
El mayor dio media vuelta sobre sus talones. Sus pasos marciales retumbaron sobre las tablas en dirección a la salida, flanqueado por los dos policías militares. La puerta batiente se cerró tras ellos con un chasquido sordo de hierro.
El silencio volvió a caer sobre la Hut 8, roto únicamente por el zumbido distante de las máquinas Bombe.
Marcus no se movió durante diez segundos completos. Mantuvo la posición de firmes, con la mandíbula apretada y la mirada fija en el vano de la puerta cerrada. Luego, bajó despacio los brazos a los costados. Giró la cabeza hacia la bancada cuatro.
Sus ojos grises se clavaron en la nuca de Alistair.
El matemático seguía inmóvil, con la espalda encorvada sobre la mesa y los puños apretados contra el pino.
En el fondo del casillero del barracón B-4, la cuartilla doblada con el croquis a carboncillo del rostro del militar y las frases manuscritas al margen ardía en la memoria de ambos como una sentencia de muerte inminente.
Quedaba menos de una hora antes de que los candados de chapa fueran reventados por las bayonetas.