Código de silencio (Amores en la Segunda Guerra Mundial nº 7) Capítulo 15 El cerco del lobo
63%

Capítulo 15 El cerco del lobo

El martilleo de la teleimpresora Creed estalló a las dos en punto de la madrugada con un repiqueteo agudo y roto. El carro metálico escupió la cinta perforada con una violencia que hizo temblar la carcasa de fundición.

Alistair Finch no desvió los ojos de la tira de papel.

El aire en el barracón se había vuelto una masa caliente, pegajosa y difícil de tragar.

En el habitáculo técnico anexo, las tres unidades auxiliares de la máquina Bombe rugían a régimen forzado.

El chasquido de los tambores de baquelita girando a máxima velocidad se filtraba por las junturas del tabique como una granizadora continua, haciendo vibrar las tablas del suelo bajo las suelas de Alistair.

El olor acre a barniz de devanado recalentado, baquelita chamuscada y grasa pesada de engranaje descendía desde las vigas, sofocando la peste rancia del tabaco de intendencia.

Alistair tomó el lápiz Faber. Sus falanges derechas estaban agarrotadas por el frío que aún subía desde los tablones.

La gasa que cubría el pulgar herido, rígida y endurecida por la sangre vieja y el carbón de las calderas, tiraba del lecho de la uña con cada movimiento del grafito.

Intentó plantear la matriz de entrada para el cuarto rotor, el cilindro Beta, combinando las posiciones del reflector delgado con la clave Triton.

Las columnas no cerraban.

Veintiséis multiplicaciones factoriales se abrían en ramas divergentes.

Alistair trazaba coeficientes; borraba con la yema del pulgar izquierdo; volvía a trazar.

El polvo de tiza en suspensión y el grafito pulverizado se le pegaban a las sienes y a la comisura de los labios.

Miró el reloj de pared de la Hut 8: las tres y media.

Noventa minutos consumidos en tres hipótesis nulas.

Tres mil marineros navegando a nueve nudos en mitad de un océano glacial, ajenos a las catorce quillas de acero que cerraban el cerco bajo las olas.

A las cuatro y cuarto, el pulso le falló.

Una punzada ardiente le atravesó la nuca y el campo de visión se le contrajo en un círculo estrecho, bordeado por un enjambre de motas negras.

La tensión arterial se le desplomó de golpe.

Alistair intentó asirse al borde de la mesa, pero los brazos se le doblaron como si estuvieran hechos de trapo mojado.

Su torso osciló violentamente hacia la izquierda; el codo barrió una pila de cintas telegráficas perforadas y dos cuadernos de cálculo, que cayeron al suelo con un crujido sordo de papel pisoteado.

La madera de la pasarela elevada crujió dos metros más arriba.

Marcus Sterling no descendió por la escalerilla; saltó los últimos tres peldaños con la agilidad seca de un fusilero. Sus botas claveteadas cayeron sobre la tarima con un impacto que hizo temblar los tinteros del banco contiguo.

El capitán llegó a la bancada cuatro antes de que la frente de Alistair tocara el pino astillado.

Con las manos desnudas, Marcus lo sujetó por los hombros con una presa implacable, clavando los dedos en el paño desgastado de la chaqueta civil hasta tocar la clavícula.

Tiró del cuerpo de Alistair hacia arriba, enderezándolo con un golpe seco de muñeca que obligó al matemático a apoyar la espalda contra el montante de madera.

—Finch. Arriba —la orden sonó áspera, raspada contra los dientes apretados del oficial.

Alistair no podía enfocar. La mandíbula le temblaba de forma espasmódica y el sudor frío le chorreaba por las mejillas, empapando el cuello deshilachado de su camisa sin botones. Tenía la boca seca, con un regusto amargo a bilis y hollín.

Marcus no aflojó la sujeción de los hombros. Su torso ancho, enfundado en la guerrera caqui con el cuello aún abierto por el despacho de la mañana, operaba como un muro de carga.

El militar se inclinó sobre él; la distancia entre sus rostros se redujo a menos de tres pulgadas. El calor seco del cuerpo de Marcus, con ese fondo inconfundible de tabaco Player's y lana virgen, envolvió a Alistair como un parapeto frente al colapso de la nave.

Con la mano izquierda, sin soltar el hombro del civil con la derecha, Marcus estiró el brazo hacia la esquina del banco.

Agarró un jarro de latón abollado que los ordenanzas usaban para rellenar los barreños de refrigeración.

El agua estaba turbia, helada, con el fondo arenoso de la cisterna de lluvia.

Marcus plantó la taza metálica contra la boca de Alistair, forzando los labios partidos del civil a separarse con el borde de cinc.

—Beba —masculló Marcus.

El líquido glacial le golpeó el paladar con la fuerza de un puñetazo.

Sabía a hierro y moho de tubería vieja, pero el frío le cortó el desvanecimiento de cuajo.

Alistair tragó a borbotones; dos chorros de agua le resbalaron por la barbilla y cayeron sobre la solapa de Marcus, oscureciendo el paño militar en una mancha limpia.

Marcus retiró la taza de un tirón y la estampó sobre el tablero.

Con la palma de la mano libre, empujó con fuerza la barbilla de Alistair hacia arriba, obligándolo a levantar la cabeza y clavar los ojos en la cartulina del menú de rotores que yacía intacta junto al tintero.

—Mire esa hoja, joder —susurró el capitán. Su voz era un silbido cavernoso, cargado de una furia utilitaria que le hacía vibrar los músculos del cuello—. No se me va a desmayar ahora. Fije la vista en la permutación de las tres.

Alistair parpadeó. La nuez de su garganta subió y bajó con un trago seco.

El pulso le latía desbocado en las sienes, pero la nube negra se había disuelto.

Sentía el peso de los dedos de Marcus perforándole la carne del hombro, manteniéndolo atado a la gravedad del barracón con una solidez que no admitía la rendición.

De repente, una chapa metálica vibró en el fondo de la estancia.

El timbre de emergencia de la línea directa con Whitehall comenzó a repicar con tres golpes dobles, cortos y estridentes.

El operador telegráfico se puso en pie de un salto, arrancando la tira que salía de la máquina con las manos temblorosas.

—¡Impacto en el sector de babor del mercante Clan Campbell! —gritó el teletipista con la voz quebrada por el pánico—. Dos torpedos confirmados. El barco se hunde por la proa; sesenta hombres en el agua. La manada está entrando en el convoy.

El murmullo en la Hut 8 murió de golpe. Solo quedó el zumbido enloquecido de los tambores electromecánicos tras el tabique.

Marcus no se volvió hacia el operador.

Mantuvo los ojos grises, fijos y duros como remaches de blindaje, clavados en las pupilas de Alistair. Se inclinó un centímetro más; sus labios rozaron casi el cartílago de la oreja del matemático. El aliento templado del oficial le quemó la piel helada de la sien.

—Quedan exactamente cinco horas, Finch —susurró Marcus, con una calma espantosa que heló el aire entre ambos—. Cinco horas para que tres mil hombres no acaben en el fondo de ese mar congelado. Coja el lápiz y calcule.

Marcus aflojó la presión de los hombros con una lentitud calculada, deslizando las palmas por los brazos de Alistair hasta soltarlo por completo.

Dio un paso atrás para recuperar la distancia reglamentaria, cuadrando los hombros bajo la luz cruda de la lámpara, y permaneció inmóvil junto a la mesa como un centinela de hierro mientras los dedos vendados de Alistair volvían a cerrarse alrededor de la madera del lápiz.