Capítulo 12 Coordenadas en el atlántico
Alistair Finch mantenía la vista clavada en las tres tiras de papel continuo desplegadas sobre el tablón de pino de la bancada cuatro.
El frío de la estancia le agarrotaba las falanges.
La mano diestra le pesaba: la tela rígida del vendaje de Marcus, endurecida por la costra parda de sangre vieja y tiznada de carbonilla, le tiraba del lecho de la uña del pulgar cada vez que cerraba el puño.
Alistair no retiró los dedos de la cuadrícula.
Había algo en el encabezado de las intercepciones navales de la estación Y de Scarborough.
Tres mensajes transmitidos en la frecuencia de socorro de onda corta de la Kriegsmarine durante las últimas setenta y dos horas.
La misma combinación de letras en el preámbulo: una secuencia meteorológica fija, un parte de calado de torpedos con el mismo error de espaciado en la segunda cifra. Un crib idéntico.
Alistair tomó el lápiz Faber. La mina raspó el papel con trazos secos y angulosos.
Alistair se puso en pie de golpe. El taburete cojo chirrió contra el entarimado.
Miró hacia la cabina acristalada de transmisiones de la Royal Navy, situada en el flanco sur de la nave.
Estaba a oscuras. El oficial de enlace naval había abandonado el barracón dos horas antes para una reunión de mando en la mansión victoriana.
La reja de hierro forjado que cerraba el acceso a la línea directa de teleimpresoras con el Almirantazgo permanecía clausurada con una cadena y un candado de latón pesado.
Nadie sin rango de oficial o despacho firmado podía cruzar ese vano.
Alistair no esperó el relevo de las seis.
Agarró las dos hojas de cálculo con la mano izquierda.
Se echó el abrigo raído sobre los hombros, sin meter los brazos en las mangas, y cruzó la puerta batiente hacia el exterior enfangado.
El viento glacial de Buckinghamshire le cortó la respiración al salir al sendero de tablas.
La tormenta de medianoche había amainado, dejando tras de sí un lodazal negruzco cubierto por una capa frágil de hielo que se quebraba bajo sus suelas desgastadas.
Alistair avanzó a trompicones hacia la garita de guardia de la verja norte.
El papel cuadriculado le crujía entre los nudillos fríos.
Llegó a la caseta de madera alquitranada. Empujó la hoja con el hombro sin golpear.
El calor de la estufa de fundición lo recibió como un golpe seco.
Olía a hulla encendida, café de achicoria amargo y grasa de cerrojo de fusil.
El capitán Marcus Sterling estaba sentado tras una mesa metálica de campaña, revisando los libros de registro de los centinelas bajo la bombilla encapuchada de azul.
Vestía la guerrera caqui abotonada hasta el cuello, con el correaje Sam Browne ajustado y la pistolera de servicio en su costado.
Marcus levantó los ojos al oír el portazo.
Su mandíbula se endureció al instante.
—Señor Finch —dijo el oficial, sin levantarse. Su voz era áspera, carente de inflexión matinal—. Le ordené que no abandonara la Hut 8 sin supervisión de seguridad.
—El convoy HX-212 está a punto de entrar en una bolsa de torpedeo —soltó Alistair, jadeando con la boca entreabierta.
Dejó caer los pliegos manchados de carbón sobre la chapa de zinc del escritorio—.
He roto la clave meteorológica de las cinco.
La manada está fondeada en el cuadrante treinta y siete.
El teniente naval no está en su puesto y la jaula del teletipo está bajo llave.
Quedan menos de cincuenta minutos antes de que los submarinos alcancen la distancia de disparo.
Marcus no miró las columnas de cifras. Sus pupilas grises subieron despacio desde el papel tembloroso hasta los ojos enrojecidos del civil.
Observó el pecho hundido de Alistair subiendo y bajando a ritmo desacompasado, las mejillas demacradas por tres días sin descanso y el temblor involuntario de su mano vendada.
—El protocolo de transmisiones exige la firma de un oficial naval para cursar despachos de grado rojo a Whitehall —declaró Marcus con sequedad militar—. Si yo abro esa línea sin la autorización del teniente, cometo insubordinación directa bajo el Código de Disciplina del Ejército.
—Si usted espera a que el teniente regrese de desayunar en la mansión, el Atlántico se tragará diez cargueros cargados de grano y acero canadiense —replicó Alistair, inclinándose sobre la mesa.
Sus nudillos desnudos se apoyaron en el borde metálico, a escasos centímetros del antebrazo de Marcus—.
Son más de mil marineros, capitán. Mire las constantes de la fila cuatro.
La matriz no falla. Se lo juro por mi vida.
Marcus se puso en pie despacio. Su estatura llenó la pequeña caseta.
Apoyó el pulgar de su mano enguantada sobre el margen del documento, comprobando la firma rápida que Alistair había estampado al pie de las permutaciones: A.
Finch. El militar no intentó descifrar la matemática naval; no la comprendía ni le correspondía hacerlo.
Pero conocía el calibre del hombre que tenía delante.
Reconoció la misma tenacidad obsesiva con la que Alistair se había dejado cortar la carne en los tambores de baquelita sin soltar un quejido.
Marcus descolgó del cinturón un manojo de llaves de acero pavonado.
—Camine delante de mí —ordenó Sterling, abriendo la puerta de la garita de un empujón.
Regresaron a la Hut 8 con paso de marcha forzada.
El capitán no se detuvo en el pasillo central ni atendió a los dos analistas que levantaron la vista de sus reglas de cálculo.
Llegó a la cabina de transmisiones, introdujo la llave maestra en el candado de la cancela de hierro y la abrió de un tirón seco que hizo repicar los eslabones de la cadena.
Empujó a Alistair hacia el interior del habitáculo acristalado y cerró la cancela a sus espaldas, quedando ambos encerrados en el espacio estrecho.
Allí dentro el aire olía a aceite mineral frío, a tinta de cinta entintada y al polvo que desprendían las bobinas de papel continuo de alta velocidad.
La consola de la teleimpresora Creed rugía en silencio, conectada por un cable bifilar directo con la sala de operaciones del Almirantazgo en Londres.
Marcus se quitó el guante de la mano derecha con los dientes.
Extrajo su sello personal de oficial de contrainteligencia militar del bolsillo de la pechera, lo entintó en el tampón negro y estampó la marca ovalada sobre la cabecera de la cuartilla de Alistair con un golpe seco de la palma.
Al lado, firmó con trazo rápido de su pluma de servicio, validando la transmisión bajo la cláusula de seguridad extrema del Intelligence Corps.
—Siéntese al teclado y transmita las cuadrículas —ordenó Marcus.
Alistair se dejó caer en la banqueta giratoria.
Con los dedos sanos de la mano izquierda y el índice rígido de la derecha, comenzó a golpear las teclas circulares de baquelita.
El mecanismo electromecánico del teletipo despertó con un traqueteo ensordecedor, metálico y constante, escupiendo los códigos alfanuméricos hacia la línea telegráfica de Londres.
El capitán se situó justo detrás de él, con las botas separadas y el pecho pegado casi al respaldo de madera de la banqueta.
En el habitáculo de seis pies de ancho, el vaho que ambos expulsaban se condensaba en una sola nube densa que empañaba los cristales de la cabina.
Alistair sentía el calor que desprendía el cuerpo de Marcus actuando como un escudo contra el frío que entraba por las rendijas del suelo.
El teletipo repicó por última vez y cortó la cinta. Un chasquido eléctrico confirmó la recepción directa en Whitehall.
Alistair levantó las manos del teclado. Las falanges le temblaban por la descarga de tensión.
Marcus alargó el brazo por encima del hombro del analista para recoger la cuartilla original con las coordenadas. Al hacerlo, la manga de su guerrera rozó la nuca de Alistair.
El oficial dobló el papel despacio, marcando el pliegue con los dedos enguantados, y se lo tendió al civil.
Al entregarlo, el cuero áspero del guante de Marcus rozó de forma deliberada y prolongada los nudillos helados de la mano derecha de Alistair.
El contacto duró dos segundos completos en mitad del chirrido de los engranajes que se detenían.
Marcus se inclinó apenas dos pulgadas sobre su oreja. Su voz sonó baja, cortante, con la aspereza de una sentencia militar:
—Acabo de empeñar mis galones y mi cuello en esa cinta telegráfica, señor Finch —murmuró el capitán, mirándolo fijamente a los ojos—.
Si esa intercepción resulta ser un error de cálculo o una falsa alarma, el informe del Almirantazgo no tardará dos horas en llegar.
Y para el mediodía, usted y yo estaremos sentados en una celda de la prisión militar de Shepton Mallet esperando la corte marcial por traición.
Vuelva a su mesa y no se mueva de allí hasta que reciba el acuse de Londres.
Marcus abrió la cancela de un empujón de hombro y se cuadró en el pasillo central, esperando que el civil saliera antes de volver a pasar la cadena con un golpe metálico.