Capítulo 13 El toque de queda roto
Las sirenas de toque de queda habían aullado a las once de la noche desde la torre de ladrillo de la mansión victoriana. A las dos de la madrugada, Bletchley Park era un páramo sumido en la brea más absoluta.
Apartó el cobertor áspero. El frío glacial de la noche en Buckinghamshire le mordió los tobillos al poner los pies en el entarimado desnudo. No encendió cerillas. A tientas, sacó su abrigo civil raído de la cabecera del catre y se lo echó sobre los hombros.
Se calzó los zapatos húmedos sin atarse los cordones. No llevaba guantes. En la mano derecha, el vendaje del pulgar —la tela del pañuelo de Marcus, tiesa por la sangre oxidada y el roce de la baquelita— le palpitaba con latidos secos que se acompasaban con el pulso de su mandíbula.
Cruzó la puerta trasera del barracón con un movimiento medido, levantando la aldabilla para evitar el chasquido del hierro.
Afuera, la helada había calcinado la turba.
La tierra margosa, blanda durante el día, se había convertido en un lecho duro de barro petrificado que crujía bajo las suelas desgastadas.
El viento del norte cortaba la piel con la limpieza de una navaja barbera.
Alistair caminó con la cabeza baja, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón de franela para resguardar las falanges del aire.
Abandonó la línea trazada de los caminos de tablas. Se adentró en el parque sombrío de la mansión, buscando la soledad de los árboles centenarios para apagar el zumbido de las cifras que le devoraban la sesera.
Sus pupilas, dilatadas por la penumbra, tardaron minutos en distinguir los troncos negros de los robles contra el cielo encapotado.
El vaho denso que expulsaba por la boca se condensaba al instante, depositando una escarcha microscópica en sus pestañas y en el borde deshilachado de las solapas.
Llegó a la orilla del estanque ornamental.
La lámina de agua estaba sellada por una costra de hielo negruzco, rota únicamente en los bordes por las ramas de sauce caídas que el peso de la helada había partido en astillas.
Alistair se detuvo a dos pies de la ribera de piedra musgosa.
El aire allí pesaba el doble: un hedor mineral a cieno congelado, vegetación podrida bajo el fango y tierra agria.
Sacó las manos del abrigo. El frío le entumeció los dedos en cuestión de segundos; la piel de los nudillos se le tornó violácea y la herida del pulgar ardió con una puntada viva, como si una aguja de plata le atravesara la uña desprendida.
Fijó los ojos en el centro del estanque.
Cuarenta minutos antes, el teletipo del Almirantazgo había confirmado que el convoy HX-212 navegaba a ciegas en mitad de la misma helada, en algún punto entre Islandia y las islas Feroe.
Si su cálculo de la madrugada fallaba, si el rotor Gamma entraba en ciclo antes del mediodía...
Un chasquido seco partió la noche a diez yardas a su espalda.
El sonido de una rama de tejo quebrándose bajo una suela pesada. El roce inconfundible de una cantonera de fusil golpeando la hebilla de un ceñidor militar.
Alistair se quedó inmóvil. La sangre se le congeló en el esternón con más crudeza que el aire del estanque.
Quebrantar el toque de queda en el perímetro interior de una instalación de máxima seguridad en 1942 no era una infracción civil; los centinelas del Intelligence Corps tenían orden de disparar a bulto ante cualquier sombra que no respondiera al santo y seña al primer requerimiento.
La silueta emergió entre dos tejos frondosos.
No hubo grito de alto ni cerrojazo metálico de Lee-Enfield.
Solo una linterna militar que se encendió con un chasquido sordo, apuntando su haz con filtro azul cobalto directamente contra el suelo cubierto de escarcha.
La luz pálida rebotó en la hierba cristalizada, ascendiendo hasta iluminar el bajo del capote caqui y las botas claveteadas del oficial.
Marcus Sterling se detuvo a tres pasos de la orilla. Llevaba la gorra de plato calada recta, las solapas del capote subidas hasta cubrirle las orejas y el fusil reglamentario cruzado a la espalda por la correa de lona.
Sus ojos grises, enmarcados por sombras espesas de insomnio, barrieron la figura encorvada del civil: el abrigo sin abotonar, la camisa abierta en la garganta y los pies mal calzados.
No pidió el salvoconducto. La mandíbula del capitán estaba apretada con tanta fuerza que la piel sobre los pómulos parecía a punto de rasgarse.
Marcus dio un paso hacia él. La escarcha crujió bajo sus suelas con un lamento seco. El olor a cuero húmedo, lana militar sin lavar y el rastro amargo del tabaco cortó el hedor a cieno del estanque.
El oficial bajó la mano izquierda hasta su propia cintura.
Tiró del puño de su guante de cuero de dotación con un movimiento rápido y sobrio de los dedos.
El cuero crujió al descalzarse. Marcus extendió el brazo hacia delante, sosteniendo el guante rígido en el aire, a escasas pulgadas del pecho de Alistair.
—Póngaselo en la mano derecha —ordenó Marcus. La voz era un susurro cavernoso, áspero, que apenas vibró sobre el hielo—. La carne abierta se le va a gangrenar antes del amanecer con esta escarcha.
Alistair miró el guante.
La pieza conservaba la forma ancha de la mano del capitán, deformada en la palma por el roce continuo de las culatas y los correajes.
Olía a grasa de armamento y al calor vivo que acababa de abandonar la piel de Marcus.
El académico no alargó el brazo. Dio medio paso atrás, tocando el borde helado del brocal de piedra.
—No quiero su guante, capitán —respondió Alistair. Los labios le temblaban tanto por el frío que las palabras le salieron quebradas, arrastrando las consonantes—. Guárdelo.
Marcus no retiró la mano extendida durante dos segundos. Luego, con un movimiento seco de muñeca, se metió el guante en el bolsillo lateral del capote.
Avanzó el paso que los separaba.
La invasión del espacio fue inmediata, aplastante.
Marcus apoyó su mano derecha, aún enguantada en cuero grueso, directamente sobre el hombro izquierdo de Alistair.
Los dedos del oficial se cerraron con una fuerza implacable sobre el paño raído del abrigo, aplastando la tela hasta tocar el hueso de la clavícula.
El peso seco del cuero y el músculo del militar transmitieron una sacudida que obligó al civil a girar el torso hacia el sendero que conducía a los barracones.
Alistair intentó resistirse con un tirón de cuello, pero Marcus no aflojó la presa un solo milímetro.
El oficial se inclinó sobre él; su rostro quedó a menos de dos pulgadas de la oreja helada del matemático.
El aire caliente que salía de la boca de Marcus, denso y con regusto a tabaco negro, le golpeó en la piel entumecida, haciéndole estremecer la nuca.
—No sea estúpido, Finch —susurró Marcus, con una aspereza contenida que le raspó el tímpano—.
En esta orilla un hombre puede morir congelado en media hora o fusilado por el piquete de guardia en diez segundos.
Y créame: con las directivas que han llegado de Londres esta tarde, nadie se molestará en comprobar cuál de las dos cosas le ocurrió primero.
Alistair sostuvo la tensión. La suela de su zapato izquierdo resbaló un palmo sobre el borde del hielo; el crujido agudo de la costra cediendo resonó como un disparo en la noche.
El capitán clavó los talones en el barro endurecido y tiró del hombro del civil hacia atrás con un golpe seco, sacándolo del abismo del agua y pegando la espalda de Alistair contra su propio pecho.
Durante tres segundos completos, el contacto fue total.
El paño grueso del capote caqui aplastó la espalda delgada del analista.
Alistair sintió el latido pesado de Marcus golpeándole entre los omóplatos, la dureza del correaje Sam Browne clavándosele en los riñones y la respiración acompasada del militar levantándole los mechones de pelo de la sien.
Era una cercanía prohibida, un ultraje flagrante a la distancia de ordenanza y una prueba punible que los habría llevado a ambos a un consejo de guerra sumario si una sola linterna patrullera hubiera cruzado el parque en ese instante.
Marcus no lo soltó hasta que el equilibrio del matemático estuvo asegurado sobre la grava firme.
Retiró la mano del hombro con una lentitud deliberada, deslizando los dedos enguantados por el brazo de Alistair hasta rozar el dorso desnudo de su mano helada.
La aspereza del cuero contra la piel viva provocó un espasmo en el civil.
Marcus apagó la linterna con el pulgar. La penumbra volvió a tragárselos.
—Camine delante de mí —murmuró Marcus en la sombra, empujándolo suavemente por la espalda con el antebrazo—. Directo al B-4. Si vuelve a salir de ese jergón antes del toque de diana de las seis, yo mismo lo meteré en el calabozo con mis propias manos.
Alistair bajó la cabeza.
Con las manos hundidas en los bolsillos y el pulgar palpitándole bajo el trapo sucio, enfiló la senda entre los robles sin mirar atrás, sintiendo a su espalda el compás regular y pesado de las botas claveteadas del capitán escoltando cada uno de sus pasos hacia el barracón.