Código de silencio (Amores en la Segunda Guerra Mundial nº 7) Capítulo 11 Goteras en el barracón
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Capítulo 11 Goteras en el barracón

La tormenta reventó sobre Buckinghamshire poco antes de la medianoche.

Alistair Finch se levantó de la banqueta con un sobresalto que tiró su silla al suelo.

El agua caía oscura, arrastrando alquitrán y virutas podridas del tejado.

Una cortina turbia ya empapaba las carpetas grises con los registros del cuarto rotor.

Si la celulosa se deshacía en pulpa, las secuencias del convoy de Groenlandia quedarían borradas antes del amanecer.

Alistair se lanzó hacia la estantería. Agarró el primer cajón de madera terciada; la madera húmeda pesaba el triple.

Tiró con la izquierda, pero el dolor del pulgar derecho lacerado le arrancó un chasquido entre los dientes. La tela rígida del vendaje de Marcus, endurecida por la sangre seca, tiraba del lecho vivo de la uña con cada tracción muscular.

—¡Finch, no use esa mano! —la orden restalló a su costado.

Marcus Sterling ya estaba allí. Había cruzado la nave sorteando los cubos de zinc que otros analistas colocaban bajo los chorros menores.

El capitán no llevaba capote; su chaleco de lana caqui estaba empapado en los hombros, y la camisa reglamentaria mostraba manchas oscuras de agua de lluvia.

Con un movimiento coordinado y seco, Marcus metió sus brazos anchos bajo el fondo del cajón, apartando el cuerpo de Alistair con un empujón lateral de cadera que obligó al matemático a apoyarse en el montante.

—Cárguese los fajos secos al hombro y sígame —ordenó Marcus, levantando el cajón de treinta libras como si fuera una caja de munición vacía. Los tendones de sus antebrazos desnudos se tensaron, marcados por venas gruesas bajo el vello oscuro.

Salieron por el pasillo posterior.

El viento que se colaba por el corredor helaba la ropa.

Marcus empujó con la bota la puerta del cobertizo de suministros anexo, un cuartucho ciego sin aberturas al exterior que servía para apilar sacos de arpillera con carbón de estufa, bobinas de cable vulcanizado y estanterías metálicas de repuesto.

Entraron.

Apenas había espacio para dos hombres de pie entre las pilas de zinc y los bidones de grasa para generadores.

Olía a madera podrida, a yute mojado y al óxido ferroso que desprendían las herramientas arrumbadas.

Marcus depositó el cajón sobre dos barriles de lubricante con un impacto sordo.

Alistair entró detrás, apretando tres legajos atados con bramante contra su pecho.

Tenía los faldones del abrigo chorreando y el agua le resbalaba por el cuello, enfriándole el esternón.

Afuera sonó un estruendo.

Una ráfaga huracanada azotó el patio.

La puerta exterior del cobertizo, mal ajustada sobre goznes corroídos, se cerró de golpe con la violencia de un cañonazo.

El pestillo de resorte cayó en la hembrilla con un chasquido de hierro seco y definitivo.

La oscuridad fue instantánea, total.

El ruido del agua golpeando la chapa de zinc del tejado se volvió ensordecedor, un repiqueteo continuo que vibraba en los huesos.

Encerrados en el vano de seis pies cuadrados, no se veía ni el contorno de los dedos.

Solo se escuchaba el jadeo de Alistair y la respiración regular, pausada, del oficial.

Marcus tanteó el correaje de su cintura. Un chasquido metálico rompió la negrura. Encendió la linterna militar con filtro de oscurecimiento azul cobalto y la plantó vertical sobre la tapa plana de un bidón de carburo.

El haz mortecino rebotó en el techo bajo, bañando el habitáculo con una luz espectral, viscosa, que recortaba las aristas de las estanterías.

No había dónde moverse.

Alistair estaba aculado contra el maderamen del fondo.

Su hombro izquierdo rozaba una hilera de ganchos de hierro; el derecho no tenía salida.

Marcus ocupaba todo el frente. El capitán sostenía un segundo fajo de fichas navales que acababa de rescatar del borde del cajón, manteniéndolo apretado contra su propia pechera para evitar que el goteo de una fisura en el zinc lo alcanzara.

Para proteger los papeles clasificados de la humedad que escurría por la pared, el militar tuvo que inclinarse medio paso al frente.

La manga caqui de la guerrera de Marcus chocó de lleno contra el brazo empapado de Alistair.

La tela áspera de intendencia, pesada por el agua absorbida, raspó la lana civil del traje del analista. Alistair contuvo el aire. El contacto fue macizo, firme, sin posibilidad de elusión. Marcus no se apartó.

La corpulencia del capitán lo encerraba contra las tablas rugosas del tabique.

El olor del oficial, que Alistair reconocía ya con una precisión quirúrgica, anuló el hedor a moho del cuchitril: lana virgen calada por la tormenta, cuero aceitado, la frialdad metálica de los botones de latón y un rastro amargo de tabaco de racionamiento.

Alistair alzó la vista despacio.

La bombilla azul iluminaba desde abajo los ángulos cortantes del rostro de Sterling: los pómulos marcados, la sombra gris de la barba rasurada de madrugada y la cicatriz pálida de la sien que brillaba con una fina capa de sudor frío.

Sus bocas estaban a menos de seis pulgadas.

Con cada respiración de Marcus, una bocanada de vaho tibio y denso golpeaba la nuez de la garganta de Alistair, templándole la piel erizada por la helada.

En el código militar británico, la permanencia no reglamentaria de dos hombres a puerta cerrada en un espacio no asignado bastaba para levantar cargos de indecencia flagrante.

Cualquier oficial de guardia que abriera esa puerta desde fuera vería una proximidad que los manuales de disciplina militar castigaban con la degradación y el confinamiento en prisión.

Alistair sentía el latido de su propia sangre percutiendo contra las sienes. Los dedos de su mano izquierda se clavaban en la madera húmeda de la pared, buscando un anclaje.

Marcus bajó la mirada. Sus pupilas grises no examinaron el uniforme ni las fichas navales.

Se detuvieron en los labios partidos de Alistair, resecos por el aire de los barracones y entreabiertos por la falta de oxígeno del encierro.

La mandíbula del militar se tensó con tanta fuerza que los molares crujieron de forma audible sobre el estruendo de la tormenta.

Su pecho, ancho y duro como un fardo de trinchera, subió y bajó, rozando con el botón de latón de su bolsillo la camisa desgastada de Alistair.

El aire dentro del cobertizo se volvió irrespirable, cargado de una densidad eléctrica que nada tenía que ver con los generadores de la base.

Marcus no bajó los ojos ni intentó disimular la fijeza del contacto. Durante cuatro segundos que se sintieron como una condena en suspenso, la respiración del capitán se mezcló con la del matemático en una misma ráfaga de vaho.

De pronto, Marcus giró el torso apenas una fracción.

No para tomar distancia, sino para asentar el hombro izquierdo directamente contra la madera maciza de la puerta atrancada.

La cadera del capitán rozó el muslo de Alistair en el giro, un roce pesado y áspero que transmitió la dureza de la cartuchera militar a través del pantalón de franela.

—Sujete el fajo contra la balda alta, Finch —murmuró Marcus. Su voz era un gruñido rasposo, quebrado por la contención física, desprovisto de la compostura habitual de mando.

Alistair levantó los brazos como pudo y apretó los papeles contra la chapa de la estantería.

Marcus echó el cuerpo atrás un palmo y embistió la hoja de la puerta con la masa de su hombro.

Un golpe seco, brutal, ejecutado con la precisión técnica de la infantería.

El madero cedió con un crujido agudo; el pestillo de hierro saltó de la hembrilla con un chasquido metálico que partió el aire inmóvil del cuarto.

La puerta se abrió de golpe. El vendaval y la lluvia helada de la medianoche barrieron el cobertizo, disolviendo el calor estancado y el olor a tabaco en una ráfaga glacial.

Marcus no se volvió a mirarlo. Se ajustó la guerrera empapada con un tirón seco hacia abajo, recogió la linterna del bidón con la mano diestra y salió al lodo con paso marcial, dejando expedito el camino hacia el barracón.