Código de silencio (Amores en la Segunda Guerra Mundial nº 7) Capítulo 10 La sospecha de Whitehall
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Capítulo 10 La sospecha de Whitehall

El chirrido de las suelas de caucho sintético sobre el linóleo encerado anunció la entrada antes de que la puerta batiente golpeara contra el marco de pino.

El barracón enmudeció. El tableteo de las reglas de celuloide cesó de golpe en la bancada central.

Un teletipista de la Royal Navy detuvo el carrete de papel continuo con la palma de la mano, dejando que el silencio de la sala fuera ocupado únicamente por el traqueteo lejano de las dos máquinas auxiliares que operaban tras el tabique acorazado.

Alistair Finch no levantó la vista de la mesa cuatro. Mantuvo la punta del lápiz Faber inmóvil sobre la cuadrícula del cuadrante naval.

Los dedos de la mano derecha le ardían; el vendaje del pulgar, tieso por la costra de suero y tiznado de grafito, tiraba del lecho de la uña con cada pulsación acelerada de su sangre.

El agente más alto, un hombre de pómulos afilados y ojos pequeños tras unas gafas de montura de carey, se detuvo junto a la tarima del jefe de turno.

No se quitó el sombrero. Dejó una orden ministerial sobre el pino sin barnizar.

El papel portaba el sello en seco del Directorio de Inteligencia Militar de Whitehall.

—Inspección sumaria de personal y protocolos de custodia —anunció el agente con un tono neutro, metálico, acostumbrado a los despachos sin ventanas de Curzon Street—.

Tenemos constancia de retrasos deliberados en la remisión de claves navales y desplazamiento no autorizado de analistas fuera de las horas reglamentarias.

La mirada del hombre barrió las filas de bancos de pino.

Ignoró a las mujeres del WRNS. Saltó por encima de los lingüistas ancianos del King's College y se detuvo en la esquina donde Alistair permanecía encorvado sobre los formularios de telemetría.

Las ausencias registradas durante el cambio de guardia nocturno y el paseo en mitad del apagón comenzaban a cobrar su peaje administrativo.

—Usted. Finch, ¿verdad? —dijo el segundo inspector, señalándolo con el índice enguantado en cuero negro—. Acompáñenos a la sala de archivos. Traiga consigo los cuadernos de cálculo y sus efectos de trabajo.

Alistair se puso en pie despacio. La madera del banco crujió bajo su peso.

El traje de tweed marrón le pesaba en los hombros, impregnado de la humedad que subía de los tablones mal ensamblados.

Recogió la carpeta de lino alquitranado con la mano izquierda.

Al caminar por el pasillo central, sintió las miradas de sus compañeros fijas en sus zapatos desgastados.

Nadie se movió. En Bletchley Park, la visita de Whitehall equivalía a una sentencia previa de purga.

Entraron en el cuarto de archivos del fondo, una celda ciega flanqueada por estanterías de acero prensado saturadas de carpetas de cartón gris y legajos atados con bramante verde.

El aire dentro del habitáculo olía a humedad reconcentrada, a moho de papel viejo y al ácido acético de las cintas telegráficas almacenadas.

La lluvia caía con fuerza sobre el tejado de zinc exterior, amortiguando cualquier ruido de la nave contigua.

El inspector de carey cerró la puerta a medias y se apoyó contra un archivador metálico, cruzando los brazos sobre la pechera de su gabardina.

—Nos constan dos salidas del barracón civil B-4 en horario de toque de queda —dijo el agente, consultando una cuartilla mecanografiada que extrajo de su bolsillo—.

Y una anotación de seguridad por merodear cerca del perímetro de alambre de espino sin salvoconducto firmado por la oficialidad naval.

Además de un rendimiento errático en la decodificación del cuarto rotor.

¿Guarda usted correspondencia personal o notas privadas dentro de este recinto, señor Finch?

Alistair apretó la mandíbula hasta que los molares le rechinaron. El pulso le golpeaba en la nuez de la garganta con la fuerza de un resorte. El recuerdo del boceto a carboncillo y las notas trazadas durante el insomnio en su catre le paralizaron los pulmones.

—Solo manejo las series que me asigna la subsección naval —respondió Alistair. La voz le salió seca, raspando contra el paladar—. Mis cuadernos contienen únicamente desarrollo algebraico de matrices.

—Eso lo determinaremos nosotros —dijo el segundo agente, dando un paso hacia él y estirando la mano abierta para arrebatarle la cartera de lino—. Vacíe los bolsillos sobre esa balda y abra la chaqueta. Registraremos también su taquilla antes de pasarlo al calabozo de la estación.

La mano del civil se cerró sobre la lona con fuerza espasmódica. El borde metálico de la estantería le mordió los omóplatos al retroceder un paso.

La puerta de madera se abrió de par en par con un golpe violento que retumbó en las chapas de acero.

El capitán Marcus Sterling ocupó el vano completo de la entrada.

Llevaba la guerrera caqui abotonada hasta el broche metálico del cuello, las cartucheras de cuero pulidas y la gorra de plato encajada con rigor de ordenanza sobre las cejas.

No traía guantes. En la mano derecha sostenía un portafolios rígido de latón con el membrete del Intelligence Corps.

Sus ojos grises, fríos como esquirlas de pedernal, barrieron la estancia angosta sin pestañear, clavándose primero en los dos agentes civiles y luego en la postura acorralada de Alistair.

Marcus dio un paso al frente y se cuadró con un golpe seco de tacones que hizo vibrar el suelo encerado. Se situó exactamente entre los inspectores y el analista, cerrando el ángulo con la anchura de sus hombros.

El olor a paño militar mojado, betún de intendencia y tabaco inundó el cuarto, barriendo la pestilencia a papel mohoso.

—Caballeros —dijo Marcus. Su voz no era alta, pero cortó el aire con la aspereza de una bayoneta calada—. Esta sección opera bajo el régimen especial de contrainteligencia de las Fuerzas Armadas. Toda inspección civil en la Hut 8 requiere autorización sellada de la comandancia de la mansión.

El agente de las gafas de carey enderezó la espalda, buscando sostener la mirada del militar.

—Somos de la Sección B del MI5, capitán —respondió con suficiencia burocrática, señalando el papel oficial—.

Tenemos competencias directas sobre cualquier sospecha de sabotaje o desviación en el personal adscrito al Ministerio de Guerra.

Este analista tiene cargos pendientes por vulneración del toque de queda y tenencia irregular de documentos.

Vamos a requisar sus pertenencias y a trasladarlo a Londres.

Marcus no se movió un solo milímetro. Levantó el portafolios de latón y extrajo una cuartilla con membrete de la Crown Prosecution y su propia firma al pie.

—El señor Finch es un analista adscrito a mi supervisión directa de seguridad bajo la Sección Primera del Acta de Secretos Oficiales de 1911 —declaró Marcus, modulando cada sílaba con una frialdad marcial que no admitía quiebre—.

Sus movimientos nocturnos corresponden a instrucciones de servicio emanadas de este puesto para la comprobación del tendido de cables de las máquinas Bombe.

Cualquier pesquisa sobre su persona, sus cuadernos o su casillero entra en colisión con el secreto de Estado de mayor prelación de la Corona.

El inspector frunció los labios; la comisura izquierda le tembló en un gesto agrio.

—Está usted extralimitando sus funciones, capitán Sterling —dijo el agente, dando medio paso hacia el umbral—. Whitehall no tolera el blindaje corporativo cuando hay riesgo de fuga. Si este hombre oculta material subversivo o inmoral, usted responderá ante el tribunal de instrucción militar.

Marcus apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos maseteros se le marcaron como cuerdas bajo la piel rasurada. No bajó la cabeza. Sus ojos se fijaron en la corbata del civil con un desapego implacable.

—Si tienen una orden firmada por el Primer Lord del Almirantazgo o por el brigadier Menzies, muéstrenla ahora mismo —sentenció Marcus, señalando la puerta abierta con un movimiento cortante del brazo—.

De lo contrario, desalojen este barracón inmediatamente.

Tengo un turno naval operando contra el convoy de Groenlandia y no voy a permitir que dos burócratas de trinchera interfieran con el esfuerzo de guerra. Fuera.

El silencio se tensó como un cable de acero sometido a tracción.

El agente de carey midió la corpulencia del capitán, la cartuchera abrochada a su costado y la absoluta falta de titubeo en su postura.

Comprendió que cualquier intento de avanzar requeriría la intervención de la guardia armada de la garita, un escándalo jurisdiccional que Whitehall evitaba en mitad de una ofensiva marítima.

El inspector recogió su documento con un tirón seco de dedos.

—Volveremos con la autorización del Ministerio, capitán —murmuró el agente, calándose el sombrero con rabia contenida—. Y cuando lo hagamos, ni sus galones ni sus actas de secreto le van a servir de escudo. Vigile bien a este hombre.

Los dos agentes civiles salieron al corredor. El ruido de sus botas de goma se alejó por la tarima de la nave hasta que la puerta exterior de la Hut 8 se cerró con un estampido sordo.

Marcus no se movió hasta que el eco de los pasos se extinguió por completo.

Extendió el brazo izquierdo hacia atrás, empujó la hoja de madera del cuarto de archivos y pasó el pestillo de hierro. El mecanismo encajó con un chasquido metálico que clausuró la estancia.

El capitán giró despacio sobre sus talones.

El espacio entre ambos era apenas de dos pies; el calor de sus cuerpos comprimidos en el habitáculo angosto chocaba contra el frío de las paredes de cinc.

Marcus se quitó la gorra de plato y la apretó contra su cadera con dedos rígidos.

Tenía el pelo revuelto en la coronilla y una gota de sudor frío le resbalaba junto a la oreja izquierda.

La respiración le salía en ráfagas densas, cortadas por la tensión del pulso contenido.

Alistair no se había apartado de la estantería. Sostenía la cartera de notas contra el pecho, sintiendo el metal frío del archivador clavársele en los riñones. Miró la boca cerrada del oficial, el corte recto de sus labios y la sombra oscura que le cubría las ojeras.

Marcus dio un paso hacia él. La manga caqui de su guerrera rozó deliberadamente el paño del traje de Alistair, atrapándolo contra las baldas de acero sin dejarle vía de escape.

El oficial se inclinó apenas dos pulgadas sobre el rostro del civil; su aliento templado, con el regusto amargo del tabaco de guardia, le golpeó directo en la mejilla helada.

—A partir de hoy, usted no da un solo paso en Bletchley sin que yo lo autorice, Finch —susurró Marcus.

La voz era un murmullo cavernoso, desgarrado por una furia sorda que le hacía vibrar el esternón—.

Ni al comedor, ni al perímetro, ni a mear a las letrinas de madrugada.

¿Tiene alguna idea de lo que habrían hecho esos perros si le meten la mano en los bolsillos?

Alistair tragó saliva con dificultad; la nuez de su garganta rozó el cuello raído de su camisa. Sostuvo la mirada gris de Marcus, incapaz de retroceder, consciente del abismo que acababan de abrir bajo sus pies.

—Lo sé —respondió en un murmullo apenas audible entre el repiqueteo del agua contra el tejado.

Marcus clavó los ojos en las pupilas dilatadas del matemático durante tres segundos que parecieron no tener fin. Luego, con un movimiento seco de mandíbula, dio medio paso atrás para restablecer la ordenanza, aunque sus nudillos permanecieron rozando la madera de la puerta cerrada.