Capítulo 9 El té frío de las cuatro
Alistair Finch acumulaba cincuenta horas de servicio discontinuo.
Sus párpados ardían con una costra fina de sal seca y polvo de tiza.
Las vértebras cervicales se le habían fijado en un arco rígido que le enviaba punzadas ardientes hasta el omóplato izquierdo.
Sobre el tablón de pino de la bancada cuatro, una tira de papel continuo perforado serpenteaba entre fajos de telemetría naval y gomas de borrar gastadas hasta el metal del casquillo.
Tomó el lápiz Faber que Marcus le había entregado días atrás.
Quiso trazar una letra griega para marcar el intervalo de permutación del cuarto rotor.
Los dedos no le respondieron. Un espasmo involuntario le sacudió la muñeca diestra; el grafito blando resbaló sobre la cuadrícula, dejando una línea torcida y quebrada que atravesó tres columnas de cifras limpias.
Alistair apretó los molares con un crujido sordo. Intentó fijar la vista en el encabezado del mensaje interceptado por la estación Y de Southwold.
Las letras bailaban en manchas dobles. El pulgar vendado, cubierto todavía por el pañuelo blanco de Marcus endurecido por el suero y la sangre reseca, latía con un ritmo febril que le entumecía la palma.
A seis pulgadas de su codo reposaba un pocillo de loza blanca desportillada en el borde.
El té de achicoria de la distribución de mediodía estaba muerto.
En la superficie se había formado una película oleosa, irisada por el hollín que flotaba en el aire estancado del barracón.
El aroma era una combinación rancia de agua recalentada en caldera de cinc y metal oxidado.
Alistair volvió a contar las secuencias del rotor Beta. Tres veces. Cuatro veces.
La matriz se anulaba. El ciclo no cerraba en la posición veintiséis.
El álgebra lineal no admitía componendas: si la permutación no arrojaba una constante fija antes del paso de la rueda Gamma, la clave naval entera de la jornada era una ilusión estéril.
Todas las horas de vigilia, los ojos quemados por las lámparas de taller, las manos manchadas de grafito hasta los nudillos… nada. Cero absoluto.
Una respiración sibilante se le atascó en la garganta.
El raciocinio se quebró de golpe.
No fue un grito; fue una convulsión muscular que le crispó los hombros.
Alistair clavó los dedos de ambas manos en los pliegos originales mecanografiados del Almirantazgo británico.
Apretó la celulosa gruesa. El papel crujió con desgarros secos bajo sus palmas.
Sus uñas se hundieron en los márgenes sellados en tinta roja; la tela del vendaje tiró con violencia del lecho sangrante de la uña del pulgar, pero no sintió el dolor.
Solo quería hacer astillas la cuartilla, triturar las columnas, pulverizar las cifras que se negaban a rendir su lógica.
Una bota militar golpeó los tablones a su espalda. Sin preámbulos.
Marcus Sterling no dio la voz de alarma. Cayó sobre él con la velocidad entrenada de quien ha desarmado centinelas cuerpo a cuerpo en el desierto.
La mano izquierda de Marcus, enfundada en el guante reglamentario de cuero crudo, descendió como una mandíbula de hierro sobre la muñeca derecha de Alistair, aplastándola contra la superficie del banco.
La diestra del oficial, desnuda y callosa, atrapó la muñeca izquierda del analista al mismo tiempo.
En un solo movimiento mecánico, seco y vertical, Marcus tiró de los dos brazos hacia abajo, inmovilizando los puños crispados de Finch contra la madera astillada de la mesa.
El peso muerto del torso del militar se volcó sobre los hombros del civil.
Los pliegos clasificados quedaron atrapados bajo los antebrazos cruzados.
—Suelte el papel —la orden llegó como un látigo de arena, murmurada contra la comisura de la oreja de Alistair.
Alistair forcejeó. Un espasmo de rebeldía física le sacudió la caja torácica.
Intentó levantar los codos, arquear la espalda, romper la presa que le cortaba el riego en las articulaciones.
Era inútil. Marcus no cedió un milímetro.
La complexión ancha del capitán, forjada en marchas forzadas y cuarteles de piedra, operaba como una prensa hidráulica.
La manga áspera de la guerrera caqui rozaba el cuello desnudo de la camisa de Alistair; el paño militar picaba contra la piel húmeda de sudor frío.
—He dicho que abra las manos, Finch —repitió Marcus. La voz no temblaba. Era un susurro rasposo, denso, cargado de una vibración seca que le golpeó el tímpano al matemático—. Ahora mismo.
Alistair aflojó los tendones. Sus dedos se abrieron espasmódicamente sobre la madera. Los trozos arrugados del despacho naval quedaron libres, marcados por las huellas sudorosas de sus yemas.
El esfuerzo le vació los pulmones. La frente de Alistair cayó hacia delante, vencida, hasta tocar la solapa gruesa de la guerrera militar.
El contacto duró cinco segundos completos.
Alistair apoyó la sien contra el paño caqui, jadeando con la boca entreabierta.
Olía a tabaco Player's viejo, a la cera de abejas con que Marcus pulía el correaje Sam Browne y al calor denso, limpio y vivo del cuerpo del oficial que irradiaba a través del uniforme reglamentario.
Era una cercanía prohibida por cada artículo del código militar, un roce que en cualquier otro barracón habría bastado para una investigación de conducta indecente.
A tres metros de allí, dos analistas de la subsección naval discutían en voz baja sobre un parte de convoyes, sin levantar la vista de las reglas de celuloide.
El zumbido constante de los generadores y el chirrido lejano de los rotores en el habitáculo acorazado cubrieron el silencio de la bancada cuatro. Nadie miraba. Nadie sospechaba.
Marcus no apartó el torso.
Mantuvo a Alistair aprisionado contra la mesa dos segundos más de lo necesario para asegurar la neutralización física. Su respiración, acompasada y templada, chocaba contra el pelo revuelto del civil.
Alistair sintió el latido firme y pesado de la arteria carótida del capitán marcando el tiempo contra su propia sien.
El oficial aflojó la presión despacio. Retiró primero la mano desnuda, luego la enguantada, con una lentitud calculada que parecía evitar cualquier aspereza innecesaria.
Alistair se enderezó a duras penas. El mareo lo hizo tambalearse sobre la banqueta. Levantó los ojos.
Marcus permanecía de pie a medio paso de distancia, con la espalda recta y las botas separadas según el manual de infantería.
No había desprecio en sus ojos de zinc; había una fijeza implacable que no permitía que el desmoronamiento continuara.
Sus mandíbulas estaban tan apretadas que los tendones del cuello se dibujaban como cuerdas bajo la camisa reglamentaria.
Con un movimiento sobrio, el capitán estiró las cuartillas del Almirantazgo con las palmas, alisando las arrugas del papel sobre el pino. Luego, apartó el pocillo de té frío con la punta de dos dedos, empujándolo hacia el rincón del tablero.
—Si vuelve a perder el control sobre el material de Whitehall, no podré evitar que el sargento llame al retén de guardia —dijo Marcus.
Su voz recuperó la cadencia seca del servicio, pero mantuvo el volumen contenido, exclusivo para los dos—.
Y en la garita norte no habrá cuartilla que quemar para salvarlo de un consejo de guerra por sabotaje.
Beba agua de la jarra del pasillo y rehaga la matriz desde la fila doce.
Alistair tragó saliva. La nuez de su garganta rozó la tela raída del cuello. Miró las manos de Marcus, que volvían a cruzarse a la espalda con rigor de cuartel.
—La serie se anula, capitán —susurró Alistair, con la voz rota por el letargo.
—Entonces obligue a esos números a hablar, señor Finch —respondió Marcus sin pestañear, clavando la mirada en sus ojos—. No tenemos otra cosa entre nosotros y el fondo del Atlántico.
Marcus dio media vuelta sobre sus talones. El cuero de sus botas claveteadas resonó en el pasillo central mientras enfilaba con paso regular hacia la pasarela de vigilancia, sin volver la vista atrás.