Capítulo 8 Humo de players
Quedaron encendidas únicamente dos bombillas con capuchón de chapa pintada de azul oscuro, fijadas a las vigas maestras del techo bituminoso.
Su resplandor caía sobre las bancadas desiertas como un velo de agua estancada.
El personal civil del turno de noche se replegaba en silencio hacia los camastros de lona; las suelas gastadas apenas rozaban los tablones crujientes.
Al fondo del tabique acorazado, en el habitáculo técnico anexo, el zumbido de las dos únicas máquinas auxiliares de pruebas se mantenía en un régimen bajo.
Tres operarias de las WRNS, con el uniforme de faena azul marino y cascos de escucha de baquelita ceñidos a las sienes, vigilaban la rotación lenta de los rotores sin alzar la vista de los cuadrantes.
Alistair Finch soltó el lápiz Faber de grafito blando sobre la cuartilla cuadriculada.
La mano derecha le temblaba por la rigidez articular.
El pañuelo blanco de Marcus, teñido de un óxido pardo por la sangre vieja y las raspaduras de carbonilla, seguía comprimiéndole el pulgar herido.
La carne viva bajo la uña desgarrada le latía con un compás ardiente.
El aire dentro del barracón se había vuelto espeso: una mezcla viciada de polvo de tiza suspendido, sudor frío de doce horas de cálculo y el tufo acre del aceite de linaza secándose en las junturas de madera verde.
El sopor le pesaba en las sienes como una plancha de plomo.
Se puso en pie sin hacer ruido. Se dejó el abrigo raído en la escarpia de hierro y empujó la puerta batiente que daba al porche cubierto exterior.
El golpe de aire glacial de Buckinghamshire le cortó la respiración de tajo.
El viento húmedo del norte se coló bajo su camisa de franela sin cuello, erizándole la piel de las costillas y despejando el letargo de sus párpados en un espasmo seco.
La lluvia había cesado, sustituida por una niebla densa que se arrastraba entre los abetos del parque de la mansión.
Desde el alero de madera alquitranada caía un goteo monótono, regular, estrellándose contra la hierba empapada del talud.
La oscuridad era total, regida por el toque de queda de la defensa pasiva.
Alistair apoyó la espalda contra uno de los pilares de pino crudo del porche.
Metió las manos en los bolsillos del pantalón de franela para resguardar los nudillos del relente.
Entre las costuras deshilachadas del forro izquierdo tanteó un cilindro fino: un cigarrillo de tabaco suelto, arrugado, doblado por la mitad.
Lo sacó y se lo llevó a la boca. La comisura de sus labios estaba agrietada por el frío, y el papel de liar seco se le pegó a la piel viva con una punzada breve. No tenía fósforos.
Un crujido de gravilla triturada sonó a seis pasos de distancia.
Alistair no se movió. Pegó la nuca a la madera alquitranada del poste.
Entre la bruma surgió una silueta alta, de hombros anchos y paso medido, regular como el escape de una biela.
Llevaba el capote caqui cerrado hasta el broche del cuello y el correaje Sam Browne terciado sobre el pecho.
El capitán Marcus Sterling patrullaba el alero exterior de la Hut 8.
El oficial no llevaba el fusil al hombro; sus manos, desnudas ahora de los guantes de dotación, colgaban a los costados.
Al advertir la presencia del civil bajo el porche, no dio la voz de alto ni llevó los dedos a la pistolera de cuero reglamentaria.
Se detuvo a su lado sin girar el torso, respetando la línea paralela, mirando al frente hacia el lodazal que se perdía en la neblina.
No hubo saludo militar ni fórmula de ordenanza.
El olor de Marcus anuló la humedad de la turba: paño de lana militar sin lavar, cuero encerado, frío de intemperie y el rastro amargo de la pólvora seca. Estaban a un pie de distancia.
—No debería estar fuera sin el abrigo, señor Finch —dijo Marcus. Su voz sonó baja, áspera, con el tono raspado de quien lleva horas masticando la vigilia.
—El aire de la nave huele a cadáver —respondió Alistair, con el pitillo colgando de los labios.
Marcus ladeó la cabeza un centímetro hacia la izquierda.
Sus ojos grises, enmarcados por sombras oscuras bajo las cuencas, repararon en el cilindro de papel doblado en la boca del matemático.
Con un movimiento pausado de los dedos, metió la mano derecha en el bolsillo lateral del capote y extrajo una pitillera plana de latón.
La tapa metálica se abrió con un chasquido elástico que quebró la quietud del porche.
En el interior quedaban dos cigarrillos de racionamiento, arrugados por la presión del metal.
Marcus sacó uno con la punta de los dedos y se lo colocó entre los labios. Guardó la pitillera. Luego, de un bolsillo interior, extrajo una caja de fósforos de lija.
Raspó la cabeza contra el lateral. El fósforo chisporroteó con un silbido breve y una llamarada amarilla iluminó la penumbra del alero.
El aroma acre a azufre y queroseno inundó el espacio entre los dos hombres.
Marcus ahuecó las palmas alrededor de la llama, protegiéndola del viento cortante del este que barría el porche.
Sus manos eran grandes, con cicatrices viejas en los nudillos y las cutículas manchadas de grasa de cerrojo.
Encendió su tabaco con dos caladas cortas; la brasa roja tiñó de carmín el corte recto de sus labios.
No apagó la cerilla.
Marcus dio medio paso hacia Alistair. El paño áspero y húmedo del capote militar rozó la manga delgada de la camisa de franela del matemático, prolongando la fricción con una pesadez deliberada.
Alistair sintió el calor corporal del oficial traspasar el tejido rancio de su ropa, una corriente seca que le paralizó los músculos de la garganta.
Sterling levantó las manos ahuecadas hasta la altura del rostro de Finch.
El dorso de los dedos callosos de Marcus rozó la mandíbula de Alistair, apenas un milímetro por debajo de la barba de dos días del académico.
La piel del militar estaba helada por fuera, pero despedía el ardor vivo de la circulación contenida.
Alistair no retrocedió. Inclinó la cabeza hacia delante y acercó la punta rota de su cigarrillo al fuego.
Aspiró hondo. El humo de Virginia, seco y amargo, le arañó los bronquios.
La brasa prendió en el papel de liar. Al soltar el aire, la ráfaga de humo blanco y vaho espeso salió al unísono de las bocas de ambos, mezclándose en una sola masa densa antes de disolverse contra las vigas de madera húmeda.
Marcus sacudió la muñeca con un giro seco. La cerilla murió.
A lo lejos, sobre la línea del horizonte hacia el este, un relámpago mudo rasgó la panza de las nubes bajas.
No era una tormenta natural. Era el resplandor blanco y lívido de las baterías antiaéreas pesadas de las defensas de Coventry, a treinta millas de distancia, abriendo fuego de barrera contra los bombarderos de la Luftwaffe.
La luz espectral del estampido iluminó durante una fracción de segundo el rostro del oficial: la nariz recta, la mandíbula apretada con la fuerza de un muelle de compresión y la cicatriz pálida de la sien izquierda brillando contra la piel curtida. Alistair no miró el cielo.
Mantuvo los ojos fijos en la boca de Marcus, en la ceniza del cigarrillo que el viento consumía despacio entre los labios del capitán.
La oscuridad volvió a caer sobre el porche con el peso de una manta mojada.
Marcus no dio un paso atrás. Mantuvo el hombro pegado al brazo de Alistair, sosteniendo la presión del contacto a través de las capas de lana.
Ninguno de los dos aflojó la postura. Estaban violando el régimen de oscurecimiento de Bletchley Park y la ordenanza de distanciamiento entre oficiales de seguridad y personal civil de la Crown Prosecution.
La ley militar británica castigaba la más mínima señal de familiaridad con la degradación inmediata, y la Sección 11 de la Ley de 1885 acechaba en cada sombra del perímetro.
Sin embargo, en el silencio del porche, la cercanía de sus cuerpos era el único anclaje firme frente a la carnicería del Atlántico.
Marcus expulsó el humo por la nariz en un chorro grisáceo que se perdió en la niebla.
—El reglamento de la defensa pasiva estipula arresto inmediato para quien encienda fuego en el perímetro exterior durante el toque de queda, señor Finch —murmuró Marcus con voz cavernosa, sin apartar la mirada de las sombras del bosque—.
La brasa de un cigarrillo se distingue desde mil pies de altura a través de la carlinga de un Heinkel.
Alistair dio otra calada.
La punta incandescente arrojó un destello rojizo sobre sus propios nudillos vendados.
—No hay aviones alemanes sobre este sector esta noche, capitán —dijo Alistair en un susurro, sintiendo el calor del brazo del oficial sosteniendo su costado—. Los alemanes están bombardeando las fundiciones del norte.
Marcus apretó el cigarrillo entre los dientes. La manga de su capote continuó rozando la camisa de Alistair.
—No tiente a la suerte, Finch —sentenció el capitán, con una inflexión áspera que no ocultaba la fijeza con la que medía la respiración del civil a su lado—. En este lugar, las bombas son la forma más limpia de perder el cuello.
Ninguno de los dos retrocedió. Permanecieron hombro con hombro bajo el gotear incesante del alero, consumiendo el tabaco en silencio mientras el trueno sordo de la artillería lejana hacía temblar la grava del camino.