Capítulo 6 La sombra de una fuga
A las seis de la mañana, la sirena de cambio de turno aulló sobre los tejados de fieltro bituminoso de Bletchley Park.
Alistair Finch apenas había descolgado su abrigo raído de la escarpia de la entrada cuando una mano enguantada se cerró sobre su antebrazo izquierdo.
El agarre fue seco, firme, sin violencia innecesaria pero con la rigidez de un grillete de dotación. Alistair no necesitó volverse.
El olor a lana cruda mojada, queroseno y tabaco rubio cortó el vaho helado de su propia respiración.
—Acompáñeme, señor Finch —dijo el capitán Marcus Sterling. La voz era un murmullo bajo que no rebasó el marco de la puerta batiente.
Cruzaron la explanada exterior sin intercambiar una sola sílaba.
La llovizna de Buckinghamshire se había transformado en un aguanieve fina que picaba en las mejillas como virutas de vidrio.
El lodo negro de los senderos absorbía el sonido de sus pasos.
Marcus no aflojó el paso de ordenanza; mantenía la distancia lateral de medio brazo, obligando al civil a forzar la zancada sobre los adoquines resbaladizos.
En la mano derecha de Alistair, el pulgar herido palpitaba dentro del vendaje endurecido por la sangre vieja, protestando con cada sacudida del cuerpo.
Alcanzaron el barracón de seguridad adosado a la verja norte, un habitáculo ciego de paredes de ladrillo visto y tejado de zinc.
Marcus empujó la puerta de pino alquitranado con el hombro, introdujo a Alistair en la estancia y pasó el pestillo de resorte.
El chasquido del hierro al encajar en la hembrilla sonó como un disparo dentro del cuarto cerrado.
La habitación carecía de ventilación.
El aire pesaba, estancado entre el olor acre a ceniza de carbón de hulla y la grasa de armas de los armeros de pared.
No había alfombra ni estufa encendida; el frío del suelo de cemento subía directo por las suelas gastadas de Alistair.
En el centro se alzaba una mesa auxiliar de chapa galvanizada, desnuda salvo por un cenicero circular de hierro fundido.
Marcus rodeó el mueble. Se desabrochó la pistolera de cuero reglamentaria con un ademán mecánico, dejándola sobre la chapa con un golpe sordo del metal contra el metal.
Luego, extrajo de su bolsillo interior las dos cuartillas encontradas en la nave.
Las arrojó sobre la superficie fría. El papel se desplegó a medias por la inercia.
—Reconozca el material, señor Finch —ordenó Sterling.
Alistair dio dos pasos hacia la mesa. Se inclinó despacio, apoyando el peso de su torso sobre los nudillos de la mano izquierda para no forzar el dedo lesionado. La chapa metálica le quemó la piel por el frío cortante del ambiente.
Los pliegos estaban cubiertos de columnas de cifras de cuatro dígitos, matrices de coeficientes cruzados y permutaciones de rotores navales trazadas con grafito blando.
La tinta de imprenta del encabezado correspondía a los cuadernos de registro del King's College que Alistair había traído en su maleta de cartón.
La caligrafía era espasmódica, inclinada hacia la derecha: los trazos nerviosos de su insomnio de dos noches atrás, cuando intentaba reconstruir el ciclo de paso del rotor Beta en su catre del barracón B-4.
Alistair tragó saliva; la nuez de su garganta se tensó contra el cuello deshilachado de la camisa.
—Son anotaciones de trabajo —dijo. La garganta le raspaba, seca por el polvo de caliza que flotaba en el aire confinado—. Permutaciones para el cuadro de conexiones de la Bombe. Debieron deslizarse de mi cartera cuando saqué los libros de señales al iniciar la guardia de anoche.
Marcus se inclinó hacia el tablero. Apoyó ambas palmas enguantadas sobre el borde de zinc, acortando el espacio entre sus cuerpos a menos de un pie. El capote caqui del oficial rozó el paño del traje de Alistair. Los ojos grises del militar, duros como perdigones de plomo, no pestañearon.
—El sargento de guardia las levantó del entarimado junto a los armarios de claves —dijo Marcus con un tono cortante, desprovisto de inflexión, que cayó como una losa sobre la mesa—.
Fuera de los archivadores ignífugos de la Hut 8.
Sin firma de control de salida. Sin supervisión de seguridad del Intelligence Corps.
—No contienen texto en claro —protestó Alistair, alzando la voz medio tono antes de morderse el labio inferior para contenerla.
Señaló con el índice izquierdo el margen superior de la primera hoja.
Sus dedos quedaron a dos pulgadas exactas del cuero del guante de Marcus; sintió el calor sordo que emanaba de la palma del militar irradiando sobre su propia piel amoratada—.
Mire la columna tercera. Hay un error aritmético en la matriz inversa.
Las constantes no cuadran con el sistema de la Kriegsmarine; es una serie nula.
Si un espía de la Abwehr recogiera esto en la calle Mayor de Bletchley, tardaría tres semanas en descubrir que los números conducen a una tautología algebraica.
No hay nada ahí que comprometa las órdenes del Almirantazgo.
Marcus no bajó la vista hacia las columnas. Sus pupilas permanecieron clavadas en el rostro de Alistair, recorriendo la palidez de sus sienes, el sudor frío que empezaba a brillarle en la frente y el tic nervioso en la comisura izquierda de sus labios.
—Al mayor Calthorpe y a los oficiales del MI5 les importa un carajo la tautología algebraica, señor Finch —murmuró Marcus.
Su voz bajó a un susurro denso, áspero, que rozó el lóbulo de la oreja del académico—.
Dos páginas con secuencias numéricas fuera de un casillero clasificado constituyen una violación directa de la Sección Primera del Acta de Secretos Oficiales.
Sospecha fundada de fuga de información de contrainteligencia.
¿Sabe cuál es el procedimiento reglamentario que debo firmar en este minuto?
Alistair no respondió. Mantuvo los ojos fijos en la boca cerrada del capitán. El aire entre ambos se volvió un vacío espeso, cargado de una tensión estática donde el zumbido exterior de la base militar parecía haberse extinguido.
—Un parte de arresto preventivo —continuó Sterling, sin mover un solo músculo del rostro—.
Custodia armada de la Policía Militar en el calabozo de la estación y un expediente de alta traición remitido por valija a Whitehall antes del mediodía.
En el penal militar de Shepton Mallet no le pedirán que demuestre si la matriz es nula o verdadera.
Lo sentarán ante un tribunal marcial y le colocarán una soga de cáñamo alrededor del cuello en menos de dos semanas.
Marcus retiró la mano derecha del zinc con un movimiento lento, contenido. Llevó los dedos al bolsillo exterior de su guerrera y extrajo un encendedor de trinchera de latón golpeado, marcado por las muescas del combate en el norte de África.
Con el pulgar hizo girar la rueda estriada contra el pedernal.
Un chasquido seco partió la penumbra.
La mecha prendió con una llamarada amarilla y temblorosa. El hedor penetrante a gasolina pesada y queroseno inundó el cuarto, sofocando el frío del metal. Marcus no titubeó. Con la mano izquierda tomó las dos cuartillas por el vértice y las acercó a la llama.
El papel de celulosa seca prendió de golpe.
El fuego devoró las ecuaciones y los diagramas matriciales con una llamarada azulada que arrojó reflejos dorados sobre los botones de latón del uniforme de Sterling y la mandíbula apretada de Alistair.
Marcus sostuvo las hojas en el aire mientras las cenizas se retorcían, aguantando la proximidad del calor contra los nudillos de su guante sin retirar los ojos de las pupilas dilatadas del civil.
Cuando la combustión alcanzó sus dedos, soltó los restos dentro del cenicero de hierro.
El humo azulado ascendió en espirales densas hacia el techo bajo, irritándoles los ojos y la garganta en el espacio sin corrientes de aire.
Una fina capa de pavesas negras cubrió el fondo del metal.
Marcus cerró la tapa del encendedor de un golpe seco. La llama murió al instante.
Apoyó de nuevo las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.
La cercanía física fue tan implacable que Alistair sintió el roce áspero del paño del capote caqui contra las solapas de su propio abrigo.
El vaho de Marcus, caliente y con regusto a tabaco, le golpeó en la boca abierta.
La destrucción del documento los acababa de atar en una complicidad clandestina que el código marcial castigaba con la misma horca que amenazaba al matemático.
—Esta es la primera y última vez que asumo una falta técnica en su nombre, señor Finch —susurró Marcus, con la voz quebrada por una aspereza que le tensó los tendones del cuello—.
Si vuelvo a encontrar una sola cifra de su puño y letra fuera de las mesas reglamentarias, redactaré el informe con mi propia pluma y entregaré las hojas al coronel antes de que termine su guardia. ¿Me ha entendido?
Alistair apretó la mandíbula hasta sentir el dolor punzante en las raíces de los dientes.
Asintió una sola vez con la cabeza, sosteniendo la mirada gris del oficial hasta que el aire en sus pulmones amenazó con agotarse.
Marcus se enderezó despacio, recogió la cartuchera de la mesa y se abrochó el correaje con un chasquido mecánico.
Giró sobre sus talones, retiró el pestillo de la puerta y la abrió de par en par, dejando que el viento gélido de Buckinghamshire barriera el humo del papel calcinado hacia los lodazales del exterior.