Capítulo 5 El perímetro de alambre de espino
El aullido agudo de las sirenas de la defensa pasiva quebró la quietud de las nueve de la noche con tres toques prolongados.
La oscuridad no llegó sola. Una niebla espesa, amarillenta por las emanaciones de carbón de las locomotoras de la estación cercana, reptaba sobre la turba húmeda de Buckinghamshire.
El aire helado le mordió la garganta con la aspereza del mineral quemado.
Alistair ajustó las solapas raídas de su abrigo civil, cubriéndose la boca con el cuello de lana mientras tanteaba la barandilla de la pasarela elevada con la mano izquierda.
No usó la derecha; el pulgar seguía atenazado por el pañuelo reglamentario de Marcus, ya endurecido por la sangre coagulada, palpitando con una punzada continua que el frío nocturno volvía más viva.
En el bolsillo derecho, el peso de la lata abollada de corned beef golpeaba contra su cadera con la cadencia de sus pasos inseguros.
Alistair dio cinco pasos a ciegas. El fango se tragaba los tacones de sus zapatos, desorientándolo por completo.
Giró los hombros buscando la referencia de la chimenea de ladrillo de la mansión, pero el cielo estaba cubierto por un techo de nubes bajas y opacas.
Avanzó dos metros más hacia el sendero auxiliar.
La puntera de su pie tropezó con una raíz gruesa de abedul oculta bajo el barro; el equilibrio se le quebró de golpe y el cuerpo se le precipitó hacia delante en una caída ciega.
No llegó a tocar el suelo.
Un brazo rígido, macizo como un madero de trinchera, se interpuso en su trayectoria y lo golpeó de lleno en el pecho, frenando el impacto con la fuerza mecánica de un resorte.
Alistair chocó contra una silueta ancha que apenas se recortaba entre la niebla.
La culata de un fusil Lee-Enfield tintineó contra las hebillas de un correaje Sam Browne.
El aire se le escapó de los pulmones en un quejido seco.
Antes de que pudiera retroceder, el antebrazo enguantado lo empujó hacia atrás contra un poste de telégrafos, inmovilizándolo por reflejo militar con el peso de un cuerpo entrenado para el combate cuerpo a cuerpo.
—¡Alto! —la orden fue un chasquido áspero, pronunciado a escasos centímetros de su rostro—. Identificación y salvoconducto.
Alistair no respondió. Respiraba a ráfagas rápidas, con el pecho subiendo y bajando contra el paño grueso de la manga que lo aplastaba. Reconoció de inmediato el aroma: el tabaco rubio, la lana militar empapada de neblina y el olor seco a betún de intendencia.
El oficial aflojó la presión del antebrazo apenas un centímetro. Sus dedos enguantados palparon la textura raída del paño del abrigo civil y la estrechez de los hombros de Alistair.
—¿Finch? —preguntó Marcus. La voz perdió el tono de ordenanza, sustituido por una aspereza contenida.
Un clic metálico sonó bajo el correaje del capitán. Marcus encendió una linterna militar con filtro de oscurecimiento azul cobalto, dirigiéndola en ángulo recto hacia el fango.
El haz mortecino apenas arrancó un brillo ceroso al lodo y a la puntera reluciente de las botas claveteadas del oficial, colocadas a menos de diez pulgadas de los zapatos deformados por el agua del matemático.
No subió la luz hacia sus rostros. No era necesario: el destello azulado rebotaba en el suelo, iluminando en penumbra la mandíbula cuadrada de Sterling, sus labios apretados en una línea recta y la gota de sudor frío que resbalaba por la mejilla demacrada de Alistair.
Marcus no retiró el brazo. Mantuvo la palma apoyada sobre el esternón del civil, sintiendo el latido desbocado que golpeaba bajo las costillas a través de las capas de tela.
La respiración de ambos se condensaba en una sola nube de vaho espeso que flotaba entre sus bocas.
Estaban tan cerca que Alistair percibió el calor seco que emanaba del cuello de la camisa del militar, una radiación viva en mitad de la helada nocturna.
El silencio se prolongó durante cinco segundos exactos. El alambre de espino crujió a su espalda por el peso de la escarcha que empezaba a cuajar sobre el metal.
La mano de Alistair, la sana, buscó apoyo en el poste de madera alquitranada; sus nudillos rozaron la manga de la guerrera de Marcus.
El roce del paño áspero fue suficiente para que los ojos grises del oficial bajaran un instante hacia el contacto antes de volver a clavarse en sus pupilas dilatadas por la penumbra.
—Las normas de la Sección de Seguridad interior son taxativas, señor Finch —dijo Marcus en un murmullo que apenas rebasó el rumor del viento.
Su boca no se movía más de lo necesario—.
Todo civil desorientado en el perímetro exterior durante el toque de queda debe ser conducido al calabozo de la garita norte para interrogatorio sumario.
Alistair tragó la saliva amarga del cansancio; la nuez de su garganta se tensó visiblemente.
—Perdí el trazado de las tablas tras sonar la sirena —explicó, con la voz tomada por la humedad de la noche—. La Hut 8 apagó las luces antes de que pudiera cruzar el vado.
Marcus bajó la mirada hacia el bolsillo del abrigo de Alistair, donde el bulto metálico de la lata de raciones seguía marcando la tela. La comisura de sus labios se contrajo en un gesto mínimo de rigor.
—No se ha comido la ración —dijo el capitán.
—No he tenido tiempo —respondió Alistair.
El oficial sostuvo la linterna sin mover el haz del barro.
Su mano izquierda, aún apoyada sobre el pecho de Alistair, ejerció una presión firme, deliberada, que obligó al analista a permanecer pegado a la madera del poste.
Era un contacto que desafiaba cualquier protocolo militar, un peso físico sostenido en la clandestinidad de la niebla donde cada segundo constituía una infracción gravísima bajo el código penal militar británico.
Marcus retiró la mano con lentitud calculada, deslizando los dedos por la solapa del abrigo hasta que cayeron a su costado con un chasquido de cuero. Con el pulgar de la otra mano apagó la linterna.
La penumbra volvió a cerrarse sobre ellos como un muro de brea.
—El barracón B-4 está a cincuenta yardas al sudoeste —indicó Marcus en la oscuridad, con una aspereza seca que ocultaba el esfuerzo de recomponer la compostura de mando—.
Siga la línea de los postes de teléfono; no se desvíe hacia los depósitos de carbón si no quiere que un centinela bisoño le meta una bala del trescientos tres en el abdomen antes de pedirle el salvoconducto.
Alistair dio un paso vacilante sobre la gravilla, buscando el firme. El hombro de Marcus permaneció como una barrera sólida en la niebla, rozando apenas la tela de su ropa al pasar.
—Capitán —murmuró Alistair, deteniéndose a medio paso.
—Camine, señor Finch —cortó Marcus desde la sombra. El sonido de sus botas claveteadas reinició de inmediato la marcha, hundiéndose en la bruma hacia el sector oeste del parque sin esperar una sola sílaba más.
Alistair no se movió hasta que el crujido de la gravilla bajo los pasos del militar se disolvió por completo tras el zumbido del alambre de espino.