Capítulo 4 Cuarenta minutos de margen
El filo del lápiz de grafito duro se partió contra la cuadrícula de papel continuo con un chasquido seco.
Alistair Finch no retiró la mano del tablero.
Las falanges derechas, engarrotadas tras catorce horas de turno continuo frente a los despachos meteorológicos del Wetterkurzschlüssel, se negaban a abrirse.
La vista se le nubló en un velo grisáceo donde los grupos de cuatro letras de la red Triton se montaban unos sobre otros, borrando los márgenes entre latitud y longitud.
El pulgar vendado, envuelto en el pañuelo de Marcus que ya mostraba una costra parda y endurecida por la sangre seca, le palpitaba con latidos sordos que le subían hasta el antebrazo.
Apoyó ambas palmas contra el borde astillado de la mesa de pino para frenar el mareo que le vaciaba la cabeza.
La madera estaba fría, impregnada de polvo de grafito y del sudor rancio de tres turnos de analistas.
El olor a aceite pesado de las poleas de los barracones anexos se mezclaba con el humo agrio del tabaco Player’s y la acidez del té de achicoria enfriado en los pocillos de loza desportillada.
A través de las vigas del suelo, los generadores diésel exteriores transmitían un temblor regular, monótono, que hacía vibrar las plumillas y los tinteros en una cadencia mecánica que taladraba las sienes.
Alistair parpadeó despacio. La espalda se le combó sobre el respaldo del banco; sus hombros oscilaron hacia delante, vencidos por el agotamiento muscular.
Una bota de marcha golpeó la tarima a su lado con un impacto sordo.
Marcus Sterling no esperó a que el civil recuperara el eje.
Había bajado de la pasarela de vigilancia sin apresurarse, cruzando la nave entre las hileras de bancos sin rozar a los lingüistas que cotejaban los libros de señales navales.
Se plantó junto a la mesa cuatro con las piernas abiertas según la ordenanza y el capote de paño caqui desabrochado sobre la guerrera.
Con un movimiento seco y preciso de los dedos enguantados, le arrebató a Alistair el muñón de lápiz roto, dejando sobre el papel solo una muesca negra.
—En pie, señor Finch —dijo el capitán.
La voz de Marcus sonó baja, áspera, modulada para no quebrar el murmullo de trabajo del barracón, pero cargada con el peso incontestable de la jerarquía militar.
Alistair alzó la cabeza. Tenía los ojos inyectados en sangre y la piel de las mejillas cenicienta por el aire viciado. La mandíbula le temblaba ligeramente por la debilidad muscular.
—Quedan dos series de intercepción del cuadrante BF-40 antes del mediodía —protestó Alistair, pasándose la manga raída del chaleco por la frente húmeda.
La voz le salió tomada, áspera como el papel de lija—.
Si la estación de Scarborough no recibe la confirmación de la posición del reflector delgado en veinte minutos, los destructores del convoy perderán la ventana de escucha. No puedo retirarme.
Alistair intentó recuperar el lápiz alargando la mano izquierda, pero el esfuerzo descompensó su equilibrio. El torso se le fue hacia el frente; las rodillas le flaquearon bajo el peso del abrigo civil.
Marcus actuó con el reflejo adiestrado de la infantería.
Dio medio paso al frente e interceptó la caída atrapando a Alistair por el codo derecho con una presa de hierro.
Los dedos de cuero del oficial se cerraron con firmeza sobre el paño áspero de la manga, sosteniendo el peso muerto del matemático con una fuerza descomunal que no admitía resistencia.
El contacto fue tan brusco que el pecho de Alistair chocó contra el brazo de la guerrera militar.
Olía a lana cruda empapada en llovizna, a cuero curtido y a ese rastro seco de tabaco rubio que parecía impregnar cada pliegue del uniforme de Sterling.
La cercanía obligó a Alistair a tragar aire caliente; el vaho de su boca rozó la insignia de latón de la solapa de Marcus, empañando por un instante el metal pulido.
Durante tres segundos, ninguno de los dos se movió.
Marcus mantuvo el agarre con una rigidez implacable, sintiendo el temblor espasmódico del brazo delgado del civil bajo el paño desgastado.
Sus ojos de zinc descendieron hacia los labios partidos de Finch, evaluando el grado exacto de desgaste físico, antes de volver a clavarse en sus pupilas dilatadas.
Con la mano libre, el oficial extrajo de los bolsillos del capote dos objetos y los depositó sobre el fajo de cuadrículas navales con un golpe metálico: una lata abollada de carne enlatada corned beef sin etiqueta y tres galletas duras de intendencia envueltas en papel parafinado.
—No le he preguntado por las series de Scarborough, señor Finch —dijo Marcus en un susurro cortante, sin soltarle el codo, obligándolo a mantenerse erguido sobre sus propias piernas—. Le he dado una orden.
Alistair apretó los labios hasta blanquearlos.
El orgullo académico, forjado en las aulas frías del King’s College donde la mente bastaba para gobernar el entorno, chocaba de frente contra la brutalidad pragmática del soldado.
Intentó zafarse con un tirón seco de hombro, pero la presa de Marcus ni siquiera osciló.
—Soy un empleado civil del Ministerio de Guerra, capitán Sterling —masculló Alistair, con la respiración entrecortada por la falta de aliento—. No respondo a su régimen disciplinario.
Marcus apretó un milímetro más la presión sobre el codo. El pulgar enguantado se hundió en el tendón, provocando que Alistair sofocara un gemido de impotencia entre los molares.
—En este perímetro, usted responde ante el oficial de guardia que firma su salvoconducto de salida —replicó Sterling con frialdad matemática.
Su rostro se inclinó apenas dos pulgadas sobre la sien del civil; el aire que expulsaba era templado, limpio, en violento contraste con la atmósfera podrida del barracón—.
Un analista al borde del síncope comete errores de transcripción.
Una cifra invertida en una coordenada de cuadrícula envía a un destructor británico al fondo del canal.
Y un criptógrafo inconsciente desplomado sobre las mesas es una brecha de seguridad inadmisible bajo el Acta de 1911.
Marcus soltó el brazo de Alistair con un desapego seco, como si retirara la mano de un cerrojo de fusil. El analista dio un traspié contra el banco, pero logró afianzarse clavando los talones en las hendiduras de los tablones.
El capitán recogió las raciones de intendencia y se las metió a Alistair directamente en el bolsillo lateral del abrigo, forzando la tela con un golpe seco de nudillos. Luego, consultó su reloj de pulsera de dotación militar, golpeando el cristal con la uña del pulgar.
—Tiene exactamente cuarenta minutos de margen, señor Finch —sentenció Marcus, dándole la espalda para señalar la puerta batiente que conducía al exterior enfangado—.
Salga al aire libre, cómase esa ración y limpie el vaho de sus gafas.
Si a las doce en punto no está sentado frente a esta bancada con el pulso firme, redactaré un informe de incapacidad física y el coronel le retirará el pase de acceso al turno naval antes de que caiga la noche. Camine.
Marcus dio media vuelta sobre sus botas claveteadas y avanzó hacia el puesto de control del acceso norte, con las manos a la espalda y los hombros tensos bajo el paño caqui, sin verificar si el civil acataba la orden.
Alistair permaneció inmóvil dos segundos.
El bolsillo derecho del abrigo le pesaba contra la cadera con la frialdad del metal de la lata.
Respiró hondo, tragó la bilis amarga del cansancio y, tras recoger su sombrero de fieltro descolorido, arrastró los pies hacia el umbral de la Hut 8 para enfrentar la llovizna helada de Buckinghamshire.