Código de silencio (Amores en la Segunda Guerra Mundial nº 7) Capítulo 3 El zumbido de la Hut 8
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Capítulo 3 El zumbido de la Hut 8

La sirena de las seis de la mañana rasgó la niebla baja de Buckinghamshire con un aullido sordo, amortiguado por la turba húmeda del parque.

Alistair Finch avanzaba hundiendo las suelas civiles en la senda de tablas sin cepillar que cruzaba el lodazal.

El frío de la madrugada le mordía los tobillos a través de los calcetines de estambre zurcido.

El barro, una masa arcillosa y densa, salpicaba los bajos de sus pantalones de franela con cada zancada.

Delante de él, el sargento de escolta caminaba con paso firme, el Lee-Enfield sujeto al hombro mediante una correa empapada y la linterna de oscurecimiento proyectando un haz azul cobalto contra el suelo.

El suboficial empujó el portón exterior de madera cruda.

Alistair cruzó el umbral y una corriente de aire caldeado, seco y viciado le golpeó la cara.

La nave principal olía a una mezcla asfixiante de aceite de maquinaria, baquelita chamuscada, papel carbón rancio y humo de tabaco Player's condensado durante la guardia nocturna.

Treinta hombres y mujeres se inclinaban sobre bancos corridos de pino sin barnizar.

Nadie levantó los ojos al ver entrar al recién llegado.

El espacio estaba saturado por el repiqueteo seco de las reglas de cálculo de celuloide, el pase apresurado de tiras telegráficas perforadas y el chirrido de los plumines sobre los formularios de intercepción naval de las estaciones Y.

En los tabiques de madera, los mapas de cuadrícula del Atlántico Norte mostraban hileras de alfileres de cabeza roja que marcaban las últimas posiciones estimadas de los convoyes aliados.

—Finch, mesa cuatro —dijo el sargento con un ademán seco de la barbilla hacia el centro de la estancia—. Su turno termina a las catorce horas. Los diagramas erróneos van directos a la saca de quema de documentos.

Alistair llegó a la bancada que le habían asignado. La superficie de madera estaba marcada por cercos oscuros de tazas de té de achicoria y muescas de navaja.

Sobre el tablero descansaba un fajo de formularios alemanes interceptados en la frecuencia de onda corta de 4.

500 kilohercios, tres lápices de grafito duro con la madera astillada y una cuartilla con el alfabeto cifrado de la Kriegsmarine.

Dejó la cartera de notas junto a la pata del banco, se quitó el abrigo húmedo y lo colgó de una escarpia de hierro clavada en el montante.

El frío de la habitación contigua le erizó el vello de los antebrazos bajo la camisa de franela sin cuello.

Alistair levantó la vista hacia el extremo norte de la nave.

Sobre una pasarela de tablones elevada a dos metros del suelo, apoyado en la barandilla de madera tosca, el capitán Marcus Sterling supervisaba el relevo de la guardia.

El oficial no llevaba guerrera; vestía un chaleco de lana caqui de cuello en pico sobre la camisa militar abotonada hasta la nuez, con las mangas recogidas con dos vueltas firmes por encima de los codos.

Sus antebrazos, anchos y cubiertos de vello oscuro, sostenían un reloj de bolsillo de dotación de la Crown Prosecution.

Los ojos de zinc del militar barrieron la nave.

No se detuvieron en los analistas experimentados. Bajaron directos hacia la mesa cuatro.

Alistair sintió la fijeza de esa mirada posarse en su espalda con la densidad de una orden marcial.

La respiración se le cortó un instante en la garganta. Para evitar el escrutinio, bajó la cabeza hacia los pliegos de registro y tomó el primer lápiz.

La mina raspó el papel basto, trazando árboles de permutación entre los grupos de cinco letras.

Durante dos horas no hubo descanso: las columnas de cifras navales se sucedían sin revelar la posición del reflector.

Alistair borraba con la yema del pulgar las líneas muertas; el grafito le teñía la piel de un gris metálico.

A las ocho y cuarto, el jefe de la subsección naval, un civil de pelo ralo y gafas redondas atadas con bramante, se inclinó sobre su hombro.

—Lleve estas tres hojas de menú al barracón técnico anexo —ordenó en voz baja, dejándole tres pliegos de cartulina perforada en el borde de la mesa—. Compruebe si la máquina auxiliar número tres responde a los emparejamientos del rotor Gamma. Rápido.

Alistair tomó las cartulinas y se puso en pie.

Empujó la puerta batiente del fondo, que daba a un corredor cubierto y estrecho protegido por planchas de chapa ondulada.

Al final del pasillo, una puerta blindada con doble cerrojo daba acceso al habitáculo técnico acorazado donde se alojaba la unidad de pruebas de la máquina Bombe.

Al abrir la hoja metálica, el estruendo lo ensordeció.

La máquina era un bastidor de acero de más de dos metros de altura por tres de largo.

En el frontal giraban decenas de tambores cilíndricos de baquelita negra y carcasas de latón, girando acompasados con un claqueteo metálico implacable que hacía temblar las vigas del suelo.

El calor allí dentro era asfixiante. Olía a barniz de devanado recalentado y a grasa mineral pesada.

Alistair se acercó al cuadro posterior de conmutación. Cotejó los pares de letras de su cartulina con las clavijas de baquelita del tablero de conexiones.

De pronto, un zumbido agudo y disonante quebró el ritmo de los engranajes.

Un olor acre a cobre chamuscado invadió el habitáculo.

En el tercer bloque de tambores, la chispa de un cortocircuito saltó entre los contactos de las lengüetas flexibles.

Los rotores comenzaron a frenar con sacudidas irregulares que amenazaban con desalinear las secuencias de cálculo del día.

—¡El puente central se está trabando! —gritó la operaria del WRNS desde los interruptores de encendido, con la mano suspendida sobre la palanca de parada general.

—¡No corte la corriente todavía! —exclamó Alistair, inclinándose sobre el chasis abierto. Si el circuito se apagaba de golpe sin fijar el tope, las matrices de la madrugada quedarían invalidadas.

Alistair introdujo la mano diestra entre las varillas de latón para corregir la posición de la lámina flexible que rozaba el inducido.

El calor del metal le abrasó la piel de los nudillos.

Con el pulgar intentó forzar la lengüeta hacia su carril guía.

El resorte de retorno saltó con violencia: el filo vivo del latón le segó la yema del pulgar derecho en un corte limpio y profundo.

Una gota densa de sangre roja brotó al instante, salpicando las clavijas doradas del tambor.

Alistair ahogó un silbido de dolor entre los dientes y retiró el brazo de golpe, apretándose la base del dedo herido con la mano izquierda.

Unos pasos pesados retumbaron en el entarimado del corredor.

La puerta de chapa se abrió con un golpe seco.

El capitán Sterling entró en el habitáculo.

La altura del oficial llenó el marco de la entrada.

Sus ojos grises barrieron la chispa apagada de los tambores, la operaria inmóvil junto a la palanca y la figura encorvada del civil que sostenía su mano ensangrentada contra el pecho.

Marcus no gritó.

No formuló una sola pregunta sobre el retraso en la máquina.

Cruzó el espacio que los separaba con tres zancadas largas y firmes.

Al llegar junto a Alistair, apoyó la mano izquierda con fuerza sobre el hombro del matemático, inmovilizándolo contra el marco de acero de la Bombe.

La cercanía física fue tan repentina que Alistair percibió la respiración caliente del capitán sobre su propia sien.

Sterling metió los dedos en el bolsillo interior de su chaleco de lana y extrajo un pañuelo de algodón blanco doblado con simetría de ordenanza.

Sin aflojar el agarre del hombro, tomó con su mano libre la muñeca herida de Alistair.

Los dedos de Marcus eran anchos, duros y estaban calientes por la actividad.

El contacto de esa piel callosa contra los huesos finos de la articulación de Alistair provocó un espasmo en el brazo del matemático.

Marcus no soltó la presa. Envolvió el pulgar lacerado con la tela blanca, apretando con una presión firme y calculada para cortar la hemorragia.

Una mancha carmesí se expandió de inmediato a través de las fibras del algodón.

—Apriete con la otra mano —ordenó Marcus. Su voz, grave y áspera, sonó pegada a la oreja de Alistair, casi sumergida en el zumbido de los generadores.

Alistair levantó la vista. Tenía los ojos empañados por el dolor punzante del corte.

La mandíbula de Marcus estaba tan cerca que distinguió un poro dilatado junto al labio inferior y la tensión rígida del músculo masetero.

Los ojos grises del oficial no miraban la herida; miraban fijamente las pupilas de Alistair, con una mezcla de severidad marcial y una contención física que parecía costarle un esfuerzo silencioso.

Durante dos segundos interminables, la mano del militar sostuvo la del civil en mitad del aire cargado de humo.

—Vuelva a la mesa cuatro a terminar de transcribir —dijo el capitán, retirando los dedos de la muñeca despacio, como si desenganchara un mosquetón.

Dio medio paso atrás para restablecer los dos pasos reglamentarios—.

El sudor y la sangre estropean los contactos de baquelita, señor Finch.

No vuelva a meter las manos en una máquina en marcha.

Marcus se volvió hacia la operaria del WRNS.

—Conecte el disyuntor auxiliar y reinicie la serie —ordenó.

La mujer bajó la palanca. Los sesenta tambores volvieron a girar con un estrépito metálico que hizo vibrar el habitáculo acorazado.

Marcus salió hacia el corredor cubierto sin volver la cabeza, con las manos a la espalda y los hombros rectos, dejando a Alistair solo entre el humo y el algodón blanco manchado de rojo.