Codiciar, acechar, poseer (Bésame, psicópata 1) 38 Naomi
93%

38 Naomi

NAOMI

Soy la Dra. Naomi Chamberlain. Dra. Naomi Chamberlain. No una asesina, no una cómplice, solo una doctora. Una salvadora de vidas.

Han pasado tres semanas desde que Kennedy me entrevistó, desde el día en que descubrí que Mitch «se había suicidado». Tres semanas desde que suturé el vientre de Decker.

Todavía no he tenido noticias de Decker. Pero los sueños no han cesado, ni tampoco este vacío que siento por dentro. Últimamente he estado trabajando por las tardes, de mediodía a medianoche. ¿Para qué estar en casa a la hora de dormir si de todas formas no puedo conciliar el sueño?

He salido con Jenna y Alexis: más películas, más cenas.

He vuelto a correr, todos los días antes de trabajar.

Incluso he ido al gimnasio con Kennedy cuatro veces, más de lo que hemos ido en todo el año.

Casi me rompo la muñeca dándole una paliza a un muñeco de goma de tamaño natural, lo que hizo que me preguntara si estaba «llevándolo bien».

Dijo que conocía a un buen psiquiatra. Probablemente debería pedir cita, pero los secretos que me consumen no son cosas que pueda contarle a nadie. Bueno, excepto a una persona.

Soy la Dra. Naomi Chamberlain. Dra. Naomi Chamberlain.

Lo he estado repitiendo como un mantra durante todo el día, como si recordármelo de alguna manera me hiciera sentir mejor por dentro.

Pero solo hace que la máscara se sienta más pesada mientras trato una sobredosis, suturo una herida causada por un accidente de cocina —las tostadas de aguacate son una bendición para la industria de las suturas— y evalúo el tobillo torcido de una niña, que aún lleva puesta la camiseta de fútbol.

No pueden ver detrás de la máscara, me aseguro a mí misma. Mis amigos tampoco pueden ver detrás de la máscara. Incluso Kennedy, que sabe lo de mi padrastro, no tiene idea de que la orden de detención que emitió contra Marcus después del incendio de la casa era una falsa acusación.

Estaba desesperada. Pero esa es la verdadera yo, pienso.

No estaba tan desesperada cuando le mentí en la sala de interrogatorios.

Quiero ser otra persona, intento ser otra persona, pero el hecho de que nunca haya pasado un cadáver por una trituradora de madera no significa que no lo haría si me acorralaran.

Dejo a la pequeña futbolista y me detengo en el cubículo siete.

Una sensación de inquietud me retuerce el estómago mientras la miro, y luego miro su historial.

Hillary Crandall, veintidós años, pómulos prominentes y un brazo roto, según muestran las radiografías que pedí.

Se ve adorable incluso con ese labio partido.

También se veía adorable la última vez, cuando tropezó en un bordillo y se rompió la nariz.

—¿Hay alguien aquí con usted?

—Mi novio está en la sala de espera. Tuvo que atender una llamada de trabajo, pero vendrá a verme pronto.

Sé exactamente de quién está hablando. Es un tipo bien arreglado, estilo pijo de Brooks Brothers, con un móvil pegado perpetuamente a la oreja.

La última vez que estuvo aquí, agarró a uno de los camilleros en el pasillo —«¿Puede darme alguna información?

¿Por favor?» No fue agresivo, no realmente, pero su tono fue suficiente para ponerme tensa.

Es educado. Preocupado. Falso hasta la médula. También es su contacto de emergencia —ella le dio acceso a su historial médico.

—¿Cómo ocurrió esto? —pregunto, entrecerrando los ojos ante las radiografías. Una fractura espiral de húmero.

—Me caí por las escaleras. Debí de tomar demasiado vino con la cena.

La respuesta es monótona, ensayada. También es la excusa más tópica que existe.

Me giro hacia ella, pero no me está mirando. Está jugueteando con un hilo suelto de sus vaqueros con su mano sana.

—Su novio parece bastante preocupado por usted.

Traga saliva con dificultad, pero mantiene los ojos fijos en sus pantalones. —Lo está. Me quiere.

Acerco la silla con ruedas a la camilla y me siento, observándola hasta que finalmente levanta la mirada.

—Este tipo de lesión suele producirse cuando el brazo es retorcido o tirado hacia atrás —digo suavemente—. No tiene por qué volver a casa con él.

Sus ojos se abren de par en par —miedo genuino—. —No, lo ha entendido todo mal. Él no es... No siempre es así. Él cuida de mí.

Hago un gesto hacia su brazo. —Ya lo veo. —Incluso yo noto la acusación en mi voz. La rabia burbujea en mi estómago, caliente y amarga.

Sus fosas nasales se dilatan. —Solo... él solo está estresado. Estoy bien, de verdad.

No me está pasando a mí, pero reconozco la situación en la que se encuentra acorralada.

Y hay poco que las fuerzas del orden puedan hacer si ella no coopera.

Si llamo a Kennedy, Hillary negará el maltrato.

Se negará a presentar cargos. Se irá a casa con él, y él le hará más daño porque ella le «hizo parecer sospechoso».

Continúo con el resto del examen, comprobando si hay problemas nerviosos, asegurándome de que puede extender la muñeca, que su pulso radial es fuerte, que todavía tiene sensibilidad en el dorso de la mano. Todo parece bien—tan bien como puede estar. Pero será peor la próxima vez. Siempre empeora.

A menos que alguien le detenga.

¿A cuántas personas ha herido su novio? ¿Cuántas podrían salvarse si él desapareciera? Solía pensar eso con mi padrastro. ¿Salvé vidas al deshacerme de Greg, o soy un monstruo—una loca desquiciada? Al final me decidí por lo primero.

Pero quizás me estaba haciendo las preguntas equivocadas.

En lugar de «¿Soy un monstruo?», tal vez una mejor pregunta sea «¿Qué clase de monstruo soy?».

En vez de «¿Debería delatar a Decker?», ¿y si la pregunta correcta fuese «¿Qué les pasa a mujeres como yo, como Hillary, si hombres como Decker acaban entre rejas?»?

—¿Doctora?

Hillary me está observando ahora—todavía tengo su muñeca en mi mano. Con suavidad la vuelvo a colocar sobre el brazo móvil de la camilla y me pongo de pie, mientras una idea se solidifica en mi mente.

Hay líneas que los médicos no deberían cruzar. Hay límites que las fuerzas del orden no pueden traspasar. Pero la negativa de quienes tienen el poder para proteger a quienes están bajo su cuidado es lo que mantiene atrapadas a mujeres como Hillary. Mujeres como yo.

Como mi madre.

Cuando se trata de maltrato, hay muchos testigos inocentes. Pero desafortunadamente para el novio de Hillary, yo estoy lejos de ser inocente. Y estoy cansada de quedarme de brazos cruzados mientras hombres terribles hacen cosas terribles. Cansada de fingir que el sistema funciona.

Estoy tan jodidamente cansada.