Codiciar, acechar, poseer (Bésame, psicópata 1) 28 Naomi
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28 Naomi

NAOMI

Truco de acosadora número uno: esconder tu coche.

Truco de acosadora número dos: encontrar una sudadera con capucha para ocultar tu cara y disimular tu silueta.

Truco de acosadora número tres: desenterrar una peluca de un viejo disfraz de Halloween para subir el nivel del engaño. Rizos rojos que se enganchan en las ramas y pican cuando tu cabeza suda.

Le envié un mensaje a Decker a las siete en punto: Espero que la noche de póquer sea divertida y que estés ganando un montón de pasta. ¿Hablamos mañana?

Cuando no recibí respuesta, lo intenté de nuevo a las siete y media: ¿Estás bien?

Nada. Podría haber hecho los mensajes más seductores, como No llevo bragas, pero no estoy segura de que hubiese captado mi intención. Quizás habría contestado: ¿Quieres que te compre algunas?

Pero al menos así, sabría dónde está. Que no esté espiando por mis ventanas ni interrogando a mis compañeros, revisando mi correo para obtener información sobre mis cosas favoritas.

Quiero saber que no es un traficante de drogas con ese móvil de usar y tirar, ni un espía, ni un hombre obsesionado con torturar a quienes me hicieron daño.

Quiero saber que no es un mentiroso.

No puedo creer que esta sea mi vida. No puedo creer que realmente esté haciendo esto. Verdaderamente he perdido la cabeza.

No responder a un mensaje de una chica a la que conoces hace menos de dos semanas no es un delito.

Puede que ni siquiera tenga el móvil si está usando el móvil de usar y tirar.

Pero después de mi tarde en la comisaría del sheriff, no podía dejarlo pasar.

Es decir, la sangre. El Cybertruck. La forma en que lee mi mente.

Esas flores. Y después de todo lo que he pasado, quizás un poco de locura está justificada.

Aunque todavía no sepa exactamente qué estoy haciendo aquí, arrastrándome por el bosque, con mi coche aparcado a tres kilómetros para que no sospeche que soy una maldita acosadora.

Al menos hice mi carrera, caminando por los bosques que rodean la iglesia, mis zapatillas golpeando la tierra. Fue lento durante un rato, pero la luna está casi llena, lo que facilita ver mi camino entre la maleza.

¿Qué espero encontrar?

Nada: esa es la respuesta corta. No tengo motivos para pensar que esté haciendo algo ilegal o siquiera cuestionable esta noche. Pero no creo que esté jugando al póquer con el sacerdote. Lo dejé pasar en su momento, pero ¿no se me erizó la piel aunque solo fuera un poco cuando lo dijo?

Da igual. Si no está aquí, al menos sabré que me mintió. Y si está aquí...

¿Me quedaré satisfecha si llego a la iglesia y los veo jugando a las cartas? ¿O simplemente volveré a seguirle mañana, esperando a que cometa un error?

Quiero que todo esto esté solo en mi cabeza—de verdad, de verdad que sí.

Quiero que su pasado militar sea precisamente eso: pasado.

Incluso entiendo por qué se mostró reacio a revelarme su verdadero puesto de trabajo.

"Torturador profesional" no es precisamente la descripción laboral más reconfortante para una mujer que sale de una relación abusiva.

Y un tatuaje tampoco lo demuestra realmente.

Por favor, que solo sea intuitivo. Por favor, que simplemente le gusten las tostadas francesas, los sándwiches de queso y el vino poco conocido. Por favor, que todo sea una coincidencia.

Una parte de mí realmente cree eso. Pero no la parte que lleva puesta la peluca y está abriendo la verja metálica que rodea la propiedad de la iglesia.

No puedo ver el pequeño aparcamiento desde aquí—unos densos arbustos de hoja perenne me bloquean casi toda la vista.

Pero la iglesia en sí es un antiguo edificio de piedra con laterales desconchados, un modesto campanario y unas magníficas vidrieras que asoman por encima de la vegetación.

No hay frescos de torturas morbosas—solo elaboradas formas geométricas que probablemente resplandecen cuando les da el sol.

Me acerco, manteniéndome en las sombras a lo largo del borde de la propiedad. Tengo los músculos tensos, la mandíbula apretada, y los nervios me retumban en los oídos—¡corre, vuelve al coche, vete a casa y finge ser una persona normal!

Le estoy acosando. Después de lo que Marcus me hizo, estoy haciendo lo mismo a otra persona. Pero sigo caminando. Es demasiado tarde para volver atrás. Solo necesito verificar que él está aquí. Que está jugando a las cartas. Y entonces... entonces ¿qué?

¿Qué estoy haciendo? ¿Qué coño estoy haciendo?

Me agacho cerca del lateral del edificio, mirando por las ventanas—intentándolo, al menos. No hay ventanas en el sótano, y la primera planta está completamente cubierta de vidrieras. Todo lo que puedo ver son formas amorfas y difusas cortadas por difusos arcoíris en la amarillenta luz de las velas.

Doblo la esquina hacia el frente de la iglesia. Hay una camioneta en el aparcamiento, pero no el Camry de Decker.

Se me cae el alma a los pies—mierda. Si está aquí, su coche definitivamente debería estar. A menos que un amigo le haya recogido. West y Decker no jugarían al póker solos.

Me deslizo por la acera y me detengo fuera de la entrada principal, una puerta de madera con un tirador en forma de cruz, lo que me parece un poco obvio.

¿Debería abrirla? No creo que estén sentados en medio de los bancos o jugando a las cartas sobre el altar.

Pero si oigo su voz desde otra habitación, la reconoceré.

Eso será suficiente para que me vaya a casa—me obligaré a que sea suficiente.

Tomo aire. Tiro del picaporte.

La puerta no cede.

Frunzo el ceño y tiro con más fuerza—nada. Está cerrada con llave.

Si no hubiera nadie aquí, ¿dejarían las velas encendidas? ¿Cierran las puertas cuando juegan al póquer? Quizás el buen Padre no quiere que sus feligreses lo pillen apostando. Pero... ¿qué es eso?

Me quedo inmóvil e inclino la cabeza—escuchando. Es fuerte, pero distante, haciendo eco contra la piedra. Un motor, zumbando desde algún lugar detrás de la iglesia. El cementerio, creo.

Bordeo el lado opuesto del edificio. El ruido se estabiliza, más lento, más silencioso, y luego se acelera en un rugido mecánico y chirriante. ¿Una cortadora de césped? ¿Quién cortaría el césped a oscuras?

Camino a lo largo del lateral del edificio, cruzando la grava. En la parte trasera de la iglesia hay un vehículo que no había notado antes—un Jeep Wrangler. Mercer Point Sheriff's Department rotulado en el lateral.

¿La... policía está aquí? Quizás juega al póquer con un agente además de con el sacerdote.

Paso por la barata verja de tela metálica en la parte trasera de la iglesia. El cementerio se extiende, colinas ondulantes salpicadas de lápidas, algunos árboles grandes dispersos por el paisaje. Un cuadro en blanco y negro—kilómetros de césped y luz de luna.

Y en algún lugar ahí afuera... un ruido que ciertamente no es una partida de póquer. Pero si Decker no está jugando al póquer, ¿qué demonios está haciendo? ¿Está siquiera aquí?

No me importa si estoy haciendo de novia controladora con un tío que acabo de conocer, si soy una acosadora, si estoy loca.

He venido hasta aquí—he corrido kilómetros por el bosque después de abandonar mi coche.

Pasé un año en una relación de mierda, haciéndome nudos mientras él se convertía en un monstruo.

Otros nueve meses intentando escapar. Quiero saber—necesito saber—en qué me estoy metiendo.

Necesito saber si mintió sobre sus planes para esta noche.

Solo quiero saber si él está aquí. Eso es todo.

Entrecierro los ojos en la oscuridad. Podría rodear y volver al bosque, pero haré ruido en la maleza, rompiendo ramitas bajo mis zapatillas.

En el cementerio, la extensión nocturna jugará a mi favor.

Hay muchos árboles y tumbas, varios mausoleos.

Y si no puedo ver a quien esté ahí fuera, ellos tampoco pueden verme a mí.

Me arrastro por la hierba, agachándome detrás de las lápidas y alrededor de los árboles, el débil siseo de mis zapatos imperceptible tras el rugido de la maquinaria. Este lugar es mucho más grande de lo que pensaba. Me llevaría toda la noche llegar allí agachada, y mis muslos ya están ardiendo.

Da igual. Necesito hacer ejercicio. Últimamente he estado saltándome mis carreras matutinas porque he pasado las noches entrenando con Decker.

Un calor se extiende por mi pecho y sube hasta mi cara con ese pensamiento, y sí, vale, también lo siento en la entrepierna. ¿Por qué mi cuerpo es tan estúpido?

Contrólate, vagina de Naomi.

Aparto el pensamiento y continúo. El ruido viene del extremo más alejado del terreno, más allá de los mausoleos, donde los árboles son más densos.

También es más oscuro por allí, pero las sombras no me molestan en absoluto ahora que Marcus se ha ido.

Mitch no ha vuelto. Aunque estoy aquí para "investigar", sigo sintiéndome libre.

Con cada paso que doy, estoy más y más convencida de que mi paranoia me ha jugado una mala pasada.

El sonido es más fuerte ahora—no es un cortacésped. ¿Qué demonios es eso?

Me agacho, moviéndome detrás de un gran monumento de granito. Mi corazón late con fuerza, palpitando en mis sienes. Salgo de detrás del mausoleo, corro hacia un roble cercano y miro alrededor del tronco.

Oh... sé lo que es: una retroexcavadora. Mis hombros se relajan. Soy tan tonta. Estoy aquí persiguiendo conspiraciones, y solo son sepultureros, cavando un agujero para un próximo funeral. Decker podría seguir en el sótano o algo así.

Pero la retroexcavadora no se mueve, la pala inmóvil y silenciosa en el aire nocturno—suspendida sobre el agujero.

Me deslizo desde detrás del árbol hacia otra lápida, luego a otro árbol, hasta que estoy lo suficientemente lejos como para ver alrededor de la retroexcavadora.

Una trituradora de madera está en el lado opuesto, con el motor en marcha y las cuchillas trabajando a toda potencia. El zumbido mecánico debería eclipsar todos los demás sonidos, pero todavía puedo oír el pum-pum-pum-pum de mi corazón retumbando en mis oídos.

Dos figuras se recortan contra los árboles, ambas de espaldas a mí, una a cada lado de la trituradora. El de la izquierda es alto y de hombros anchos, moviéndose con una precisión controlada que reconocería en cualquier parte—Decker. Pero... ¿lleva un pasamontañas? Eso es más que sospechoso.

El otro hombre es casi tan grande y igual de corpulento, con la misma postura militar de hombros cuadrados.

Su cara también está cubierta—con un pañuelo blanco y negro.

No tengo ni idea de quién es. Solo veo sus caras en pequeños vistazos cuando se giran para coger más trozos del suelo y alimentar con ellos la trituradora.

Tienen un accesorio en la máquina que dirige los residuos por un tubo de láminas de plástico hasta el agujero.

No es madera, estoy segura de ello. Las formas abultadas y disparejas en el suelo podrían ser troncos, pero lo que salpica contra el interior de ese tubo de plástico transparente no son astillas de madera.

Parece gelatinoso. Negro bajo la luz de la luna.

Mi corazón se entrecorta, y luego se detiene por completo.

Decker coge otro paquete envuelto en plástico que tiene cerca de los pies. El otro hombre pone una mano enguantada contra el conducto y dice algo que no puedo oír por encima del ruido de la máquina. El viento arrecia, la brisa sopla a través de mi peluca, agitando las ramas.

La trituradora gime, zumba, sisea; lo que fuese que había en ese paquete está llevando la máquina al límite. Y entonces la brisa cambia de dirección.

Se me revuelve el estómago. Reconocería ese olor en cualquier parte, lo conozco mucho mejor que la postura o los movimientos de Decker. Lo huelo cada día en el hospital.

Sangre. Putrefacción. Intestinos perforados.

Decker se tensa. Si mi visión no estuviera enfocada en él, no habría notado el leve cambio en sus hombros, la ligera inclinación de cabeza. La corteza del árbol se clava en mi palma, se hunde bajo mis uñas, pero no soy capaz de soltar mi agarre.

Vine aquí preguntándome si era un mentiroso, tal vez un acosador. Consideré que podría haber asesinado a Marcus, pero realmente creía que me equivocaba. Es una locura, una completa locura.

Pero no me equivoco. No es solo un acosador o un interrogador. Es un asesino. Y por la forma en que tiene su método de eliminación perfeccionado hasta convertirlo en una ciencia, está lejos de ser la primera vez que lo hace.

El aire sigue atrapado en mis pulmones cuando él mira por encima de su hombro. El otro hombre sigue concentrado en el conducto, en el oscuro rociado que sale por el otro extremo, pero los ojos de Decker se encuentran con los míos.

No puedo leer su expresión; su cara sigue cubierta por la máscara. Pero sé que es él. Lo sé.

Por fin consigo apartar la mano del árbol. Me alejo, acercándome hacia el mausoleo. Todavía no se ha lanzado contra mí, pero su cuerpo está tenso. Preparado. No sé si puedo ganarles corriendo... creo que sí. Pero no quiero averiguarlo.

Me agacho, echo un vistazo al otro hombre —su espalda sigue vuelta hacia mí. No han pasado más de tres segundos desde que Decker se giró y me vio mirándole.

Corro.