Codiciar, acechar, poseer (Bésame, psicópata 1) 17 Decker
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Es una idea profundamente mala jugar con un psicópata.

No se lo dije a ella, por supuesto. No solo significaría admitir que soy, de hecho, un psicópata, sino que seguramente se interpretaría como una amenaza.

Bajo por las escaleras exteriores, con el sol quemándome el puente de la nariz. No estoy seguro de qué hice para molestarla, pero siento la furia burbujeando en mi pecho. Mi visión está negra en los bordes, roja hacia el centro, y mis pulmones duelen.

Hice lo que se suponía que debía hacer. Estudié novelas románticas y libros de autoayuda sobre relaciones, elaboré meticulosa y cuidadosamente cada detalle para demostrarle que soy seguro, que me importa.

No soy tan tonto como para creer que mi forma de querer es igual que la de otros hombres —hombres normales—, pero mi manera es mejor.

No dejaré que las emociones me superen. No tiraré cosas ni ligaré con sus amigas. Jamás jamás le sería infiel.

Pero incluso cuando hice todo bien, terminé así, con la sangre hirviéndome y la mandíbula dolorida de apretar los dientes.

Cuanto más cerca está alguien, más rápido hombres como yo pasamos de cero a cien; esa es la razón por la que los cuatro hicimos ese acuerdo en primer lugar.

Sin ataduras. Sin relaciones. Sin complicaciones.

Joder.

Estaba tan seguro de todo anoche. Pensaba que era mía, que los juegos habían terminado. ¿Qué demonios pasó? Incluso lo de cocinar desnudo no funcionó, y todos los libros de romance dicen que sí. ¿Están todos los libros equivocados? ¿O soy solo yo?

Llego a la entrada y me dirijo hacia la calle.

La mayoría de las casas en esta calle han sido remodeladas en apartamentos de tres plantas por la misma empresa —una constructora que posee la familia de West—, lo que significa que las entradas y la calle suelen estar llenas.

Hoy también se cumple, con la habitual variedad de coches compactos y camionetas, pero...

Algo no va bien.

La sensación me sube por la columna y araña su camino a lo largo de mis hombros, apuñalando mi tronco cerebral, transformando la neblina roja y negra en una plata afilada.

Un profano podría llamarlo intuición, pero no es algo tan simple.

Esto es entrenamiento: años de reconocimiento de patrones forjados al filo de una navaja.

¿Dónde estás, hijo de puta?

No me detengo para mirar a mi alrededor, ni siquiera disminuyo el paso mientras camino por la carretera junto a la hilera de coches vacíos—el aparcamiento en la calle solo está permitido a la derecha, frente a las casas.

El desnivel en ese lado de la calle es demasiado pronunciado para poder construir sin una importante reforma por parte de los ingenieros civiles. Eso me ayudará hoy.

Me meto entre los árboles al final del callejón sin salida. Nadie que esté observando pensará que es extraño—es un atajo conocido para llegar al centro del pueblo, una de las razones por las que los apartamentos aquí son tan codiciados.

Giro a la izquierda detrás de un pino enorme, entornando los ojos a través de las espesas agujas para mirar la calle.

Una vista parcialmente oculta, pero puedo ver a alguien que baje de un coche.

Nadie lo hace mientras retrocedo por el bosque, crujiendo entre la maleza, con las espinas enganchándose en mis pantalones caqui.

Emerjo en el lado opuesto de la calle, pegado al pronunciado desnivel, y miro por encima del monovolumen aparcado al final de la fila.

Como sospechaba, no estoy solo.

Cinco coches más adelante, una sombra se mueve en el asiento del conductor de un sedán gris de modelo antiguo. No tiene nada de particular salvo el hecho de que está ocupado con el motor apagado.

El coche no estaba aquí anoche—estoy seguro. Podría ser alguien esperando a otro residente. Pero mientras me deslizo más cerca por detrás de la fila de vehículos, no hay parte de mi cuerpo que crea eso.

El conductor no se ha movido. Está sentado bajo en el asiento, pero no lo suficiente—trabajo de aficionado. Si es un investigador privado, es terrible en su trabajo.

Estoy más cerca ahora, moviéndome en cuclillas tácticamente, manteniendo mi cabeza por debajo de la línea de las ventanillas de los coches, mi mirada fija en su retrovisor.

El conductor se mueve de nuevo, girándose lo suficiente para que pueda ver sus ojos.

Una furia ardiente se inyecta en mi sangre. Conozco esa cara. La vi en una de las escasas fotos de redes sociales de Naomi, de pie junto a ella en una gala benéfica del hospital. Con el brazo alrededor de su cintura.

¿Marcus?

Pero no puede ser Marcus en ese Ford viejo y destartalado. El hombre está en paradero desconocido, buscando un nuevo trabajo, ¿no?

Entorno los ojos, estudiando su cara con más detenimiento en el retrovisor. Rasgos similares, complexión similar, pero...

No, no es Marcus. Es alguien que se parece a Marcus. ¿Un familiar?

Se endereza, y me agacho detrás del coche, pero no hacía falta; la puerta del conductor se abre. Me incorporo lo justo para verle a través de las ventanillas traseras mientras se estira, con las palmas presionadas contra la parte baja de la espalda como si hubiera estado sentado demasiado tiempo.

Estoy seguro de que lo ha estado. Si está aquí por Naomi, habrá podido verme deambulando por su apartamento, preparando mi famoso sándwich de queso a la plancha. Ha estado esperando a que me fuera. Ahora cree que lo he hecho.

Mis músculos se tensan; mi columna se endereza. Mis venas se hielan, carámbanos que se clavan en mi cabeza.

Dame una razón. Solo una.

Aparta las manos de la parte baja de su espalda y cruza la calle. Sonrío.

Espero quince segundos, dejando que atraviese la entrada. Rodea la casa en dirección a la escalera que conduce al apartamento de Naomi.

Me incorporo y bordeo el coche con sigilo.

Le sigo.