Capítulo 25
M e pasas otra pasta cereza? —dijo Vanessa apenas acabó de dar un sorbo a su taza de café—. Joder, ¡están buenísimas!
La chica se encontraba recostada sobre uno de los sofá que decoraban el salón de los Carrasco.
Era la primera vez que Coat la veía en su casa.
Por primera vez desde que se conocían tenía una cierta sensación de seguridad, como si de algún modo, al estar en su territorio, tuviera más control de la situación.
Era irónico, pensó, que tras los acontecimientos de las últimas semanas, aún la chica siguiera poniéndole tan nervioso.
Su rostro había quedado parcialmente desfigurado a causa de los golpes de Juan Carlos.
Tenía varios moretones, y podía percibirse una herida en proceso de cicatrización sobre la mejilla derecha.
Sin embargo, Coat miraba más allá de la maraña de golpes que sembraban la cara de Vanessa, y veía a la chica que todavía seguía haciéndole temblar.
Una de las cosas que conservaba de su antiguo ser.
Por fortuna, o por desgracia, su hermano les acompañaba en aquella cita. Su madre les había preparado el café y las pastas, ya que los tres jóvenes estaban lesionados y no tenían fuerzas ni siquiera para poder coger una taza sin romperla.
El sargento Carrasco se encontraba en ese momento fuera de casa.
Había tenido mucho trabajo desde que su pequeño retoño había acabado con la vida de su profesor de Química.
El papeleo que era necesario para regularizar la situación en la que se encontraba su hijo podría haber tenido ocupado al mejor de los abogados durante meses.
Había tenido que reclamar bastantes favores para tapar todo aquel asunto, amén de limpiar las huellas de su hijo de la pistola y situarla en la mano de fallecido.
Para ser su primer disparo, Coat había tenido la precisión de hacer un tiro limpio a la cabeza del profesor, lo que facilitó la historia del suicidio.
Por supuesto, cuando el resto de la orden se enteró de la historia de cómo el último gran maestre había asesinado a su predecesor, no perdieron tiempo en facilitar la labor.
Habían sido unos días de estrechar muchas manos y conocer a mucha gente nueva.
Tanto barullo había hecho que a Coat se le pasara rápidamente.
En aquellos momentos, todo aquello le parecía muy lejano.
Sentado enfrente de Vanessa, solo podía pensar en lo cansado que se encontraba, incluso días después de todo el ajetreo.
—Ten cuidado con las que comes —dijo Coat, mientras se inclinaba hacia delante para acercarle la galleta a la chica—. Ahora no estás haciendo tanto deporte como antes.
—¿Me estás llamando gorda, chaval? —contestó la chica, con tono burlón.
—Para nada —respondió con seguridad. Jugar en casa realmente le beneficiaba bastante.
—Ten cuidado con lo que dices, Coat —dijo Toni desde su asiento, algo más separado de los dos jóvenes—. Eso entra dentro de lo que nunca debes decirle a una chica.
—En fin. —Coat se ruborizó—. ¿Qué va a pasar ahora?
—¿A qué te refieres? —dijo Vanessa, aun con media pasta en la boca.
—Bueno… Con la orden, los exámenes, el instituto…
—Ay, eres tan joven… Eres una monada, chaval.
—Todo a su debido tiempo, hermanito. Aún es pronto para selectividad, tienes tiempo de sobra para estudiar, presentarte y que te dé la nota para entrar en la carrera que quieras.
Y no espero menos, por cierto. —Toni apoyó la nunca sobre el cabecero del sillón y se quedó mirando al techo—.
Y en cuanto a la orden… Pronto harás la segunda prueba, y te convertirás en el problema de otra persona que no —dijo poniendo especial énfasis el «no»— seré yo.
—Qué fácil lo veis todo.
—Ahora eres miembro de la Orden del Conocimiento. Todo el mundo que conocías, todo lo que hasta ahora dabas por sentado, está a punto de cambiar. Prepárate para conocer el mundo cómo realmente es.
—Por Dios, no asustes al niño —intervino Vanessa—. Se va a pensar que le vamos a enviar a otro planeta.
—Nah, esas misiones están reservadas para los miembros de más rango. Como mucho, este irá a limpiar el suelo de la nave antes de que parta.
—Ah, mira, me siento halagado —respondió Coat ante tanta burla—. ¿También limpiaré sus botas?
Toni no pudo contestar. Su madre, que hasta ese momento les había dejado solos, acababa de hacer acto de presencia en la habitación. Estaban tan absortos en su conversación, que no la habían oído entrar. Ni tampoco a las dos personas a las que había abierto la puerta segundos antes.
—Discúlpeme, señor Antonio —dijo con sarcasmo—. Pero han venido unas personas de suma importancia a verle. Les he hecho pasar al despacho de su padre. ¿Desea recibirles allí?
—Sí, Adelaida —respondió su hermano con el mismo tono, continuando la broma de su madre—. Es todo. Puedes retirarte
—¡Vaya cara tienes! Anda, ve y no les hagas esperar. Parecía un asunto urgente. Adiós V. —dijo su madre dirigiéndose a Vanessa antes de irse—. Me alegro de volver a verte después de tanto tiempo.
Toni se levantó de su asiento y recuperó la compostura.
Era increíble, pensó Dani, cómo incluso estando en casa no dejaba de llevar traje.
Como si estuviera preparado en todo momento para que el presidente de la nación fuera a casa a verle y él tuviera que recibirle.
La idea de que ahora mismo esa persona se encontrara de hecho en la habitación de al lado pasó fugazmente por su cabeza, pero fue desechada rápidamente. O, más bien, deseó que no fuera así.
—En fin —dijo Toni mientras se ajustaba la corbata, ya en pie—. El deber me llama.
—Yo me voy ya. Tengo cosas que hacer en casa. Y tengo que hacer la maleta. Te vas a librar de mí —dijo Vanessa mirando directamente a Coat—. Vuelves a ser el mejor de la clase.
—Nunca he dejado de serlo, en realidad. Y ahora que tengo tiempo, quizás entrene a Tommy para que llegue a hacerme frente. No sé si lo conseguiré en tan poco tiempo, pero… En fin. Por cierto, ¿os costaba mucho decirme que era gay?
—Por Dios, tío —dijo Vanessa mientras se ponía en pie—. Se veía a la legua. Hasta un ciego lo habría visto. A saber dónde tenías puesta la cabeza —dijo esto último mientras dibujaba una sonrisa pícara a la vez que guiñaba un ojo.
—La verdad es que era bastante evidente, hermanito —dijo Toni—. Aunque supongo que yo lo tenía más fácil porque le he visto crecer. De todas formas, si él no quería decírtelo, teníamos que respetarlo, ¿no te parece?
—Ya, ya… Bueno, te acompaño a casa —dijo Coat, levantándose finalmente del sofá—. Necesito salir de aquí.
****
Toni entró en el despacho de su padre. Tenía el mismo tamaño que el resto de las habitaciones, pero al no haber una cama, parecía algo más grande.
El espacio estaba relleno en su lugar por un escritorio con un sillón, a un lado, y un par de sillas colocadas al otro, dispuesto para recibir a cualquier persona si tenía que tratar algún asunto allí.
Estos dos asientos se encontraban ahora ocupados por una pareja.
Un hombre y una mujer de edad avanzada. Toni nunca se había atrevido a preguntarse cuánto, pero desde que los conocía, y hacía mucho de aquello, siempre le había parecido que debían rondar los ciento cincuenta años.
—¡Los hermanos Blasco! ¡Cuánto honor! —Toni les estrechó la mano en cuanto estuvo lo bastante cerca, inclinando la cabeza ligeramente en señal de respeto—. ¿A qué debo el placer?
Los dos hermanos siempre habían ocupado un alto cargo dentro de la orden.
Ni siquiera Toni sabía cómo de alto era, ni si había más como ellos, o con un rango similar.
Lo único que sabía era que respondían directamente ante el gran maestre, y ante nadie más.
Inspiraban tal respeto, y a veces hasta cierto temor, que poca gente dentro de la orden se atrevía a contradecirles.
—Estamos aquí para resolver la crisis, obviamente —fue la mujer quién habló—.
Primero muere nuestro gran maestre, y unos meses después muere su sucesor.
¡Y asesinado por un Carrasco, nada menos!
Y, para colmo de males, resulta que nuestro último gran maestre asesinó también al anterior.
Todo esto está creando mucho malestar dentro de la orden.
Una falta de estabilidad podría crear un cisma.
Podrían surgir divisiones y, por primera vez en siglos, podríamos enfrentarnos a una guerra interna. Nos vemos obligados a intervenir.
—Ya veo. —Toni rodeó el escritorio y se acercó a la ventana que había tras él, dándole la espalda a la pareja. Desde allí pudo ver a su hermano y a V. alejándose por la calle—. ¿Y qué queréis de mí?
—Necesitamos un líder fuerte —Continuó la mujer—.
Que pueda manejar la situación y que no se venga abajo ante la presión.
Alguien que pueda mantener a la orden unida, y nos guíe hacia un nuevo futuro.
Pero también, tiene que ser alguien que pueda garantizarnos un…
gobierno de muchos años. Necesitamos sangre joven…
—No me gusta por dónde va esta conversación… —dijo Toni, sin darse la vuelta.
—Antonio Carrasco —esta vez, fue el hombre quién habló—, como alumno de un gran maestre, por la presente…
—Por favor, no lo digas…
—… te nombro, vigésimo tercer gran maestre de la Orden del Conocimiento.
—Joder, tuviste que decirlo.
Ninguno de los tres habló. Toni no podía ver sus rostros desde dónde estaba, pero tampoco le importaba.
Ya no podía ver a los adolescentes, que se habían alejado lo suficiente como para salir de su campo de visión.
Parecía perdido en sus pensamientos, mirando el horizonte.
Como si estuviera contemplando la eternidad antes de dar una respuesta.
Finalmente, Toni se giró para mirar de frente a los dos hermanos.