Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 24 #2
96%

Capítulo 24 #2

—Curiosos estos anillos —continuó Coat, mientras extraía su propio anillo de un bolsillo, con su brazo sano—.

Uno podría pensar que una orden tan antigua y poderosa debería fabricar unos anillos de algún metal noble para sus miembros.

Oro, plata… o acero, al menos. Pero no. Están hechos de aluminio.

Tiene un sabor muy característico, como el de las llaves ¿Y qué ocurre si dejas caer un trozo de aluminio dentro de un bote de ácido clorhídrico?

Que comienza a liberarse hidrógeno, dentro de una habitación cerrada a cal y canto.

La chispa de un interruptor habría bastado para causar una explosión.

O, lo que estaba esperando tu hermano: la combustión producida por la pólvora de la pistola al disparar.

Seguramente pensó que sería justicia poética: al apretar el gatillo, estarías provocando tu propia muerte, además de la suya.

Se hizo el silencio. Juan Carlos no se atrevió a contestar.

—Sí, tu hermano nos explicó esa reacción química hace años —dijo finalmente Coat—. «Una forma fácil de fabricar una bomba». Solía bromear con que nos estaba convirtiendo en terroristas.

—¿Cómo…? —empezó a decir Juan Carlos entre jadeos—. ¿Cómo se te ha podido ocurrir?

—Me alegro de que me hagas esa pregunta.

—Volvió a introducir la mano dentro su bolsillo para guardar el anillo.

Después lo estiró para coger algo que descansaba en la mesita, justo al lado de donde había estado el bote segundos antes.

Se trataba del libro de química que Juan Carlos le había prestado, meses antes.

Coat lo levantó para que Juan Carlos pudiera verlo bien—.

¿Reconoces esto? El libro que me diste, que, casualmente perteneció a tu hermano.

Ahora que lo pienso, otra forma de restregarle tu victoria.

—Coat suspiró antes de continuar—. Verás, he tenido tiempo para leerlo en estos dos días que no he podido ir al instituto, y he descubierto algo muy interesante.

No sin cierta dificultad, Coat abrió el libro sobre su regazo y comenzó a pasar páginas hasta que llegó a una en concreto.

Desde donde estaba, Juan Carlos no pudo ver bien lo que había en la hoja, pero sí pudo apreciar varias líneas subrayadas con un tono fluorescente y muchas anotaciones en los márgenes.

—Verás, supuse que, ya que querías asesinar a tu hermano para demostrar que eres mejor que él, habrías querido quedarte con algún trofeo.

Algo que fuera suyo y que simbolizase tu triunfo sobre él al quedártelo.

Al principio, pensé que habría sido su anillo, al no haberse encontrado.

Pero luego me di cuenta de que no podías habértelo quedado ya que fue destruido cuando tu hermano lo tiró dentro del bote de ácido clorhídrico.

Y aunque hubieras intentado recuperarlo después, ya estaría muy corroído.

Así que te quedaste con el libro, como premio de consolación.

Un volumen de química que había pertenecido a Silvestre durante muchos años.

Ya que los dos estudiasteis química. Pero tu hermano fue más listo.

Supuso que, si de algún modo fallaba en su plan de llevarte con él a la tumba, tu reclamarías esto, y por eso dejó explicado en esta página cómo provocar la explosión.

Las líneas que ves subrayadas explican la reacción del ácido más el aluminio, y las anotaciones del margen hacen referencia a usar el anillo de la orden para producir el hidrógeno.

Una vez más —dijo Coat recostándose sobre su asiento, como hacía de forma habitual en clase cuando terminaba de hacer una explicación a Tommy—. Silvestre te ha ganado, incluso muerto.

Volvió a hacerse el silencio. Toni seguía impasible desde su posición, sin perder detalle de la escena.

Coat, satisfecho tras su exposición, se había permitido dibujar una mueca de arrogancia en su rostro.

Juan Carlos, en ese momento, pudo apreciar que el chico llevaba puesto un abrigo negro que ocultaba el cabestrillo que inmovilizaba su brazo roto, como si fuera una armadura, tan oscura como el cielo en el exterior.

—Claro, ¿cómo no? —Juan Carlos no pudo más. Cedió ante el nerviosismo que ahora se apoderaba de él, y no pudo sino romper a reír.

Ninguno de los dos hermanos pareció inmutarse ante el ataque de psicosis de su anfitrión.

La risa era tan fuerte que hasta podría haber hecho daño a los tímpanos más sensibles.

Aquel hombre corpulento parecía ahora sacado de una historia de miedo infantil.

Por fin, Juan Carlos consiguió dominarse.

Dio un paso hacia donde estaba sentado Coat.

—¿Cómo no iba a asegurarse Silvestre de dejar bien claro que iba a asesinarle?

Ese cabrón siempre ha ido dos pasos por delante de mí.

Desde siempre ha sido el hijo listo. Un niño modelo —dijo esto último con retintín, como si imitara a alguien—.

Me quitó la matrícula de honor en la universidad, me quitó el puesto de gran maestre, y ahora me quita esto. Por supuesto.

—Así que… —empezó a decir Toni, interviniendo por primera vez en la conversación— ¿lo admites?

—Sí. ¡Sí! Lo admito. Fui yo. Fui yo quien le mató. ¿Me oyes, hijo de la gran puta? —dijo Juan Carlos mirando al suelo fuera de sí, como si le hablara a alguien—. ¿Puedes oírme desde el infierno, cabrón? ¡Fui yo quien te mató!

—Cabrón… —Toni se separó de la pared. Descruzó los brazos y se enfrentó al profesor—.

No sabía cómo iban a ir las cosas cuando mi hermano me dijo que viniera.

No pensaba que tuviera razón. Me dijo: «No puedo decirte nada, pero vamos a desenmascarar a un asesino».

Tengo que reconocerlo, Coat — dijo mirando a su hermano—. No volveré a dudar de ti.

—¿Y ahora qué, Toni? —dijo Juan Carlos—. ¿Vas a enfrentarte a mí? ¿Vas a llamar a tu padre para que venga a salvarte el culo?

—Hijo de puta. —Toni apretó los puños. Coat le miraba de reojo.

Era la primera vez que veía a su hermano tan enfadado.

Tuvo una sensación de frío parecida a cuando tenía una intuición, pero diferente a la vez—.

Has matado a tu hermano. Has apagado una llama del conocimiento.

Has segado la vida del gran maestre. Pero, por encima de todo —dijo mientras comenzaba a subirse las mangas de la camisa—, has matado a mi maestro y uno de mis mejores amigos.

No vas a salir de aquí con vida, bastardo.

Esto te va a doler, y pienso disfrutarlo mucho.

—Oh, ¿me vas a dar a una paliza? ¿El gran Antonio Carrasco? —dijo Juan Carlos sarcásticamente—. Lo tuyo no es más que una leyenda, alimentada en gran parte por mi hermano. «El alumno de Silvestre». ¿Pensáis que vais a poder conmigo? ¿Un tullido y un niñat…?

No pudo acabar la frase. Una persona, que había comenzado a acercarse despacio a través de la puerta que había a sus espaldas, acababa de rodear con sus brazos el cuello del profesor formando una estrangulación que cortó su respiración.

Vanessa hizo un esfuerzo sobrehumano para que su presa no consiguiera zafarse de ella con su zarandeo.

Toni no perdió el tiempo y se precipitó sobre su enemigo con el puño preparado.

El ataque combinado habría sido un éxito, de no haber estado luchando contra una persona tan experta como Juan Carlos.

A pesar del dolor que le estaba causando la chica en el cuello, consiguió detener el avance de Toni propinándole una patada en el pecho y haciéndole caer de espaldas al suelo.

Después, llevando sus brazos hacia atrás, agarró con una mano el hombro de la chica y con la otra la coleta que se había hecho, y la proyectó hacia delante, dejándola caer encima de Toni.

Toni soltó un grito de dolor cuando sintió el cuerpo de Vanessa caer sobre el suyo, pero ella no pareció inmutarse.

En un acto de profesionalidad, la chica de levantó del suelo para continuar atacando a su agresor.

Una lluvia de golpes se precipitaron sobre Juan Carlos, que conseguía esquivarlos todos mientras la pareja se movía por la sala.

Finalmente, el profesor consiguió agarrar a su agresora por un brazo y propinarle un puñetazo en la cara.

La sangre comenzó a manar de su nariz, pero esto no hizo que Juan Carlos se detuviera.

Continuó lanzando golpes contra el rostro de Vanessa una y otra vez, liberando parte de la furia que sentía al haberse desvelado su secreto, y, sobre todo, al haber descubierto que su hermano había conseguido quedar por encima de él, incluso ahora.

La pareja de jóvenes no era rival para la ira que sentía en ese momento.

El rostro de Vanessa comenzaba a estar sembrado de moretones.

La muchacha habría muerto por la paliza si Toni no hubiera conseguido ponerse en pie y atacar de nuevo.

Juan Carlos soltó a la chica con un último golpe y volvió a lanzarse contra el muchacho.

Esta vez, la edad le jugó una mala pasada.

La fuerza que le había conferido el momento de furia se había ido disipando y los estragos de un cuerpo maduro dañado en mil batallas comenzaron a salir a la luz.

Esta vez no consiguió defenderse de todos los ataques del joven, y varios de ellos impactaron contra él.

Aun así, con una defensa de kárate y un golpe en las costillas, volvió a someterle.

Coat se levantó del asiento. Debido a su estado físico, no podía intervenir en la pelea, pero Juan Carlos estaba lo suficientemente cansado como para prestarle atención.

—Se acabó, Juan Carlos —dijo Coat. Tenía la mano visible dentro de su bolsillo.

El abrigo, puesto por encima, parecía más una capa que un abrigo.

No tenía ninguno de los brazos metido por las mangas.

Eso le hacía parecer más grande y pomposo de lo que en realidad era—.

Mi padre tiene instrucciones de venir con varias patrullas si no tiene noticias nuestras en quince minutos, y he dejado escrito todo lo que te he dicho en mi habitación.

Todo ha terminado. Ríndete ahora que aún te lo permito.

—¿Ahora que aún me lo permites? Qué pena, Daniel.

Tenía muchas esperanzas puestas en ti —dijo Juan Carlos, jadeando por el esfuerzo.

Tenía la cara bañada en sudor. Acababa de reducir a dos atacantes considerables, y estaba realmente agotado.

Sin embargo, aún tenía fuerzas para uno más—.

Yo estoy acabado, pero al menos, me llevaré por delante al alumno de mi querido hermano, al pequeño Carrasco y a su novia.

Nos vemos todos en el infierno, cabrones.

Juan Carlos se levantó para alcanzar al muchacho.

En ese momento, Coat dejó caer su abrigo hacia atrás.

La prenda se precipitó hacia el sillón que había estado ocupando, y dejó ver el brazo tullido del chaval.

No llevaba ningún cabestrillo. En su lugar, con un ligero temblor debido al dolor por el hueso roto, había una pistola en su mano.

Era de tonos negros y grises metálicos. Era la pistola que su padre guardaba en un baúl bajo su cama.

Antes de que su padrino llegara a alcanzarle, Coat apretó el gatillo.