Capítulo 24
H abía caído la noche. Hacía un frío glacial en las calles, típico de una noche de diciembre en Madrid.
Las farolas estaban encendidas iluminando débilmente la calzada.
Una pequeña película de condensación recubría las bombillas.
Los peatones apenas podían vislumbrar dos pasos más allá de lo que tenían delante.
Esa calle nunca había estado demasiado bien iluminada, a pesar de tratarse de un barrio en el que residía gente tan adinerada.
Quizás por su antigüedad, al contrario que las zonas más modernas y modestas del pueblo.
Juan Carlos Pérez volvía a casa después de un largo día en el instituto.
Las vacaciones navideñas estaban próximas, y tenía que preparar, diseñar y más tarde corregir varios tipos de exámenes para todas las asignaturas de Química que impartía en el instituto si quería dedicar a la orden la atención que requería durante las Navidades.
Y, por supuesto, también había que encargarse de Dani.
Su hermano le había preparado muy bien para la primera prueba, pero la segunda era su terreno.
Por supuesto, no pensaba que necesitara demasiado entrenamiento para ella, pero estaba deseando involucrarse.
Por fin había conseguido apadrinar a un Carrasco, y pensaba disfrutar del momento.
Finalmente llegó a su casa tras un breve paseo desde donde había aparcado.
No podía aparcar dentro de la casa, ya que el espacio que habría ocupado el garaje estaba destinado a la sala en la que se celebraban las reuniones de la orden.
El resto de los vecinos debían pensar que tenía un coche caro dentro de la cochera y que solo lo sacaba en ocasiones especiales.
Estaba deseando entrar, quitarse el abrigo y acomodarse en su hogar. No quedaba mucho tiempo antes de que le llegara hora de meterse en la cama, pero al menos había tiempo para tomar un baño calentito y relajarse en su sillón con una copa de su mejor rioja.
Cerró la puerta principal y colgó el abrigo en el perchero que tenía en la entrada.
Perteneció a su hermano antes de él, y había preferido dejarlo ahí.
Le resultaba bastante útil en aquella época del año.
Entró a tientas en el salón. Se había cansado muy pronto de tener que volver a apagar la luz del hall después de encender la del salón.
Tuvo que contenerse para no gritar cuando accionó el interruptor.
Un sonido de algo pequeño cayendo dentro de un recipiente con líquido rompió el silencio.
Como una pastilla efervescente dentro de un vaso de agua.
Había un olor extraño allí, como el de una piscina.
Sin embargo, Juan Carlos apenas tuvo tiempo de percatarse de ello cuando la habitación quedó iluminada.
La luz de la lámpara del salón iluminó la figura de Antonio Carrasco, de brazos cruzados y apoyado en la pared enfrente de la puerta, situada al lado de la de su hermano menor, que estaba sentado en uno de los sillones, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda.
Instintivamente, Juan Carlos se llevó la mano al pecho, casi como si intentara aliviar la presión que sentía sobre la zona en ese momento.
—Buenas noches, Raíz.
—¡Joder, Antonio! —Juan Carlos no pudo evitar gritar—. ¿Qué cojones hacéis ahí, a oscuras?
—Pregúntaselo a tu ahijado. Por lo visto tiene que contarnos algo.
Juan Carlos miró entonces a Coat, todavía con el pulso acelerado.
—¿Y bien, Daniel? Menudo susto me habéis dado. —Se dejó caer sobre uno de los sillones que estaban libres—. No os importará que me ponga cómodo, ¿no?
—Como quieras, Juan Carlos. Voy a ir directamente al grano: creo que tu hermano fue asesinado.
El rostro de Juan Carlos palideció. Su corazón, ya machacado por la edad y el continuo uso que le había dado, volvió a darle un toque de aviso bajo su pecho. Definitivamente, ya no era tan joven como antes.
—Daniel, ¿a qué viene esto? —Empezó a decir con aire cansado—. Es muy tarde, y ha sido un día largo. ¿Podemos hablar de esto mañana?
—Tiene que ser ahora —continuó Coat—. Porque si estoy en lo cierto, fue Mike quien le mató.
—¿Miguel? ¿Tu profesor de Inglés? Daniel, en serio… —El tono de Juan Carlos tomó un ápice de impaciencia—, no tengo tiempo para esto. Miguel era ahijado de mi hermano. Entró en la orden gracias a él. ¿Por qué iba a querer matarlo?
—Para conseguir su puesto, por supuesto —siguió Coat. Parecía muy cómodo desde su posición—. Estando tan cerca de él, le habría resultado muy fácil argumentar que era la persona idónea para reclamar el puesto de gran maestre de la orden.
—¿El puesto de gran maestre? Será una broma.
—A pesar del remanente nerviosismo producido por el susto, esta vez Juan Carlos sonó irónico—.
Nadie quiere ser gran maestre, Daniel. Es un puesto de gran responsabilidad, pero exige mucho tiempo y dedicación, trabajar muchas horas después de tu otro trabajo, reuniones aburridas…
Dirigir la orden está bien, pero créeme, yo llevo poco tiempo y ya estoy deseando pasar el testigo —dijo mientras dibujaba una sonrisa.
—Oh, pero Mike no quería el puesto para eso.
—Esta vez fue Coat quien dibujó una sonrisa de satisfacción en su rostro—.
Simplemente, odiaba a su maestro, y quería todo lo que él tenía: ser profesor, el puesto de gran maestre…
Tal vez, hasta apadrinar a un Carrasco. Sin embargo, tú te has interpuesto en su camino.
Por esa razón, teníamos que venir inmediatamente a contártelo. Creo que estás en peligro.
—Ya veo. —Las pulsaciones de Juan Carlos comenzaron a aproximarse a su ritmo convencional—. Entiendo tu preocupación, Daniel. Pero lo que dices no tiene sentido. Además, mi hermano se suicidó. Fue una tragedia, pero es lo que pasó.
—Eso es lo que todos hemos pensado hasta ahora.
Pero no fue así. De hecho —dijo Coat mientras apoyaba la cabeza sobre su mano izquierda—, Silvestre pretendía matar a Mike ese mismo día.
Es más, su intención era morir en el proceso.
Sabía que Mike quería asesinarle, y le dejó continuar con su plan, pero tomó precauciones para que ambos murieran en el acto.
—Pero ¿por qué iba a querer morir mi hermano?
—Juan Carlos sonaba cada vez más impaciente.
Unas perlas de sudor comenzaron a aparecer en su frente.
Deseó poder quitarse los zapatos y la mitad de la ropa que llevaba puesta—.
Vamos a ver, si sabía que Miguel quería matarle, ¿por qué no llamó a la policía, o a algún miembro de la orden para que le protegiera?
—Porque la idea de que su propio alumno quisiera asesinarle era demasiado dolorosa para él, y en lugar de enfrentarse a ello, decidió acabar con la vida de los dos.
Se hizo el silencio. Toni no había movido ni un músculo durante toda la exposición de Coat. Ni siquiera había abierto la boca para respirar, y mucho menos para decir una palabra. Observaba la escena desde su cómoda posición.
—Y entonces, según tú, ¿cómo pretendía mi hermano matarlos a los…?
Su voz se fue apagando mientras hablaba.
No fue capaz de acabar la frase. El olor a cloro era demasiado evidente en ese momento.
En realidad no era cloro, pero sí algo muy parecido.
De repente fue consciente del recipiente de cristal que había situado entre él y Coat.
Se trataba de un bote de laboratorio, hecho de un vidrio que permitía ver su contenido.
Estaba relleno de un líquido claro y transparente.
En su interior, en el fondo, había algo pequeño que no fue capaz de vislumbrar, pero que estaba liberando una gran cantidad de burbujas hacia la superficie.
Juan Carlos reaccionó al momento. Se levantó de un salto, y agarró el bote como pudo, con sumo cuidado de no derramar ni una gota sobre su piel para evitar la quemadura química.
Se acercó rápidamente a la ventana más cercana.
La abrió con una mano y lanzó el bote fuera lo más lejos que pudo.
En ese momento se percató de que todas estaban cerradas.
—¿Por qué has hecho eso, Juan Carlos? —dijo Coat desde su asiento, con un evidente tono de burla—. Me has fastidiado el experimento de química.
—¿Es que estáis locos? ¿Sabéis lo que estabais haciendo? ¡Esa reacción química podría haber hecho saltar la casa por los aires!
—¿Qué reacción, Juan Carlos? —continuó Coat, sin cambiar el tono—. Era una simple reacción efervescente de bicarbonato sódico y vinagre.
—¡Eso no era vinagre! —dijo Juan Carlos, casi gritando—. ¡Era ácido clorhídrico con uno de nuestros anillos en el fondo…!
La voz de Juan Carlos se fue apagando mientras terminaba la frase.
Los latidos de su corazón, antes acelerados hasta alcanzar un ritmo similar al de un bólido de carreras, ahora habían comenzado a estabilizarse.
El miedo a la muerte había sido sustituido por un miedo distinto, mezclado con una pizca de excitación.
—Exacto, Juan Carlos —dijo Coat, esta vez en un tono mucho más serio que el de antes, pero manteniendo algo de satisfacción en él—.
Eso fue lo que trató de hacer tu hermano.
Sabía que ibas a matarlo esa tarde, así que dejó un bote de ácido clorhídrico en la sala, cerró todas las ventanas, se quitó el anillo, y lo dejó caer dentro.
Y habría funcionado, de no haberle asesinado antes de que todo el anillo se hubiera disuelto y la habitación se hubiera llenado de hidrógeno.
Nadie dijo nada. Toni levantó la mirada, hasta ese momento fija en el suelo para mirar al anfitrión de la casa.
Juan Carlos seguía paralizado, de espaldas a la ventana.
Podía sentir el frío manando del exterior de la casa a través de la abertura.
Se planteó brevemente lanzarse hacia atrás para salir de allí. Si hubiera sido más joven…