Capítulo 23 #2
Tommy no dijo nada. Se había quedado mudo ante la duras palabras de su mejor amigo.
Dani pudo ver cómo sufría por dentro, pero era lo mejor.
Tenía que hacerle daño para que se diera cuenta de la situación.
Para que espabilara de una vez. Y el estado de nerviosismo en el que se encontraba no ayudaba.
Estaba desatado, y ahora no podía detenerse.
—Siempre pensando que no lo vas a conseguir.
Que eres patético. —Dani continuó atacando—.
Si piensas que no podrás con algo, no podrás.
Siempre estás diciendo «no puedo», «no soy como tú», «ojalá fuera como tú».
¿Sabes a qué me recuerdas? A un satélite.
Eres como la luna. Siempre reflejando la luz del sol.
Siempre siendo la sombra de algo más grande ¿No estás cansado de ser así?
¿No quieres ser una estrella, y brillar con luz propia?
—Dani hizo una pausa—. Por eso nunca sacas más de un aprobado, y por eso no consigues liarte con ninguna chica.
Puedes buscar la excusa que quieras, pero solo son eso: excusas.
La verdad es mucho más dolorosa, y más difícil de aceptar, pero es esta: la culpa es tuya.
Tú tienes la culpa de tus notas, y tú tienes la culpa de que ninguna chica quiera estar contigo.
Se hizo el silencio. Dani había terminado de desahogarse.
Había soltado todo lo que llevaba guardándose durante mucho tiempo.
Tommy estaba cabizbajo. No se atrevía a mirar a su amigo a la cara, y mucho menos a los ojos.
Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada.
Dani había olvidado la prisa que tenía por salir de allí.
Tommy no tenía fuerzas para hacer o decir nada.
Fuera se oía el sonido de los chicos hablando, o jugando el fútbol, pero dentro del aula reinaba el silencio.
—Entonces… ¿Crees que debería lanzarme, y hacer algo para cambiar mi vida? —dijo Tommy, arrastrando las palabras entre sollozos, como si no quisiera llegar al final de la frase.
—Por supuesto —dijo Dani finalmente, mucho más calmado esta vez—. Es tu responsabilidad. Tendrás lo que te ganes, cuándo te lo ganes. Si quieres algo, tienes que ir a por ello. Nadie te lo va a dar. Tienes que luchar por ello y…
No pudo terminar la frase. El movimiento fue demasiado rápido para que Dani pudiera reaccionar.
No estaba preparado para esa respuesta por parte de su mejor amigo.
Habría reaccionado antes ante un ataque de Vanessa, o ante unos ninjas armados.
No se esperaba lo que acababa de ocurrir.
Le habría sorprendido menos si el Chaleco hubiera entrado por la puerta en ese momento, o si lo hubiera hecho Emma Watson.
La boca de Tommy se había precipitado contra la suya.
Sus manos, que en un principio le había agarrado por las solapas de su camisa para atraerlo hacia sí, ahora se encontraban tras él, acariciando su nuca.
Los labios de Tommy eran más ásperos que los de cualquier chica que hubiera besado.
No resbalaban ni tenían la suavidad a la que estaba acostumbrado.
No se había atrevido a utilizar su lengua, y él tampoco le dio pie.
Nunca había estado tan cerca de su mejor amigo. Podía sentir cómo su respiración agitada, cada vez más calmada, chocaba contra su cara a través de la nariz. Por alguna razón, fue incapaz de separarse de él. No era dueño de su cuerpo. No podía mover ni un músculo. Estaba paralizado.
No sabía muy bien qué hacer cuando aquello terminara.
A pesar de todo lo que acababa de decir, Tommy era su mejor amigo, y no quería hacerle daño.
No quería perderle. Las ideas cruzaban su mente como abejas alrededor de la colmena, impidiéndole pensar con claridad.
Miles de imágenes se materializaron ante él, augurando la posible escena que sucedería a aquel beso.
De repente, Dani empatizó con él. Por primera vez desde que se conocían, pudo comprender su comportamiento.
¿Cómo iba a pensar con claridad? ¿Cómo iba a estudiar, si tenía que ver a la persona que quería, todos los días sin poder decirle lo que sentía?
¿Cómo podría concentrarse, cargando con el dolor de verle en los brazos de una chica?
En ese momento, no pudo sentir otra cosa que compasión.
Por fin, Tommy hizo acopio de valor una vez más, y se separó de él. Sus ojos le miraban directamente. Un delgado hilo de lágrimas que manaba de sus ojos recorría sus mejillas. Su expresión era de temor, pero también de alivio. Sin duda se había quitado un peso terrible de encima.
—Joder, Tommy… —empezó a decir Dani, con la voz calmada, tratando de no asustar a su amigo—Pero… ¿desde cuándo?
—No lo sé, Dani… Supongo que desde siempre.
—Tommy hizo amago de quitarse las lágrimas con la mano—.
Mira no… No quiero que te sientas mal, ni comprometido ni…
Ni quiero que cambie nada entre nosotros.
Solo… Solo necesitaba decírtelo. Necesitaba soltarlo y…
—Apartó la mirada de Dani a la vez que se ruborizaba— siento haberlo hecho así… Perdóname si te ha molestado.
—Sssh. —Dani colocó su mano derecha sobre el hombro de su amigo para tranquilizarle—.
No hay nada que perdonar, Tommy. Soy yo el que debería pedirte perdón.
Y me encantaría quedarme a hablar contigo, de verdad.
Pero tengo que irme. Sé que es una faena, y sé que ahora me necesitas.
Pero confía en mí. Tengo algo que hacer, y cuando termine, estaré a tu lado.
—¿Me lo prometes?
Dani apretó la mano alrededor del hombro de Tommy, no tan fuerte como lo había hecho Mike, pero si lo suficiente para reconfortarle.
—Te lo juro.
****
Dani llegó a casa a toda prisa. Lo primero que oyó al llegar fue el característico sonido que emitía la campana extractora de humo de la cocina. Su madre se encontraba preparando la comida. Ese día podrían comer decentemente, ya que su padre tenía turno mañanero y no podía dedicarse a cocinar.
«Gracias a Dios».
Cerró la puerta tras de sí, y fue directo a su habitación a toda prisa.
Soltó la mochila en su lugar habitual y sacó el móvil del bolsillo.
Había esperado hasta estar en casa para llamar.
A estas alturas, se esperaba que hasta las farolas tuviesen oídos.
Con el brazo sano marcó el número de su hermano.
No hubo respuesta. Uno tono, dos tonos, tres tonos…
—¿Qué haces tan temprano en casa? —Su madre había ido a su habitación en cuanto pudo asegurarse de que su cocina no acabaría ardiendo si desatendía el fuego unos minutos.
—No puedo explicártelo, mamá, pero tengo algo que hacer. Relacionado con la orden.
Cuatro tonos… Cinco tonos…
—¿Ya te han llamado para la segunda prueba? —Cruzó los brazos por delante del pecho a la vez que arqueaba una ceja—. No creo. Es demasiado pronto todavía.
Seis tonos… Siete tonos…
Una vez más, la mente inquisitiva de su madre hacía acto de presencia. Sin lugar a duda, su alta capacidad intelectual la había heredado de ella. Tuvo que pensar con rapidez. La emoción del momento le impedía concretar una excusa mejor, así que decidió jugar la única carta que le quedaba.
—Mamá, ¿alguna vez te he mentido o te he decepcionado?
Ocho tonos…
—Pues… —Su madre se quedó muda. Con eso no contaba—. No, que yo sepa
Nueve tonos…
—Más vale que sea importante. —Toni finalmente respondió al otro lado del auricular.
—Pues confía en mí —dijo mientras se apoyaba el móvil en el hombro para que su hermano no les oyera al otro lado—.
Tengo que hacer una cosa y tengo que hacerla ahora.
—Se volvió para darle la espalda a su madre.
Tras unos segundos, ella abandonó la sala.
Se había salido con la suya. Ahora venía la parte difícil—. Toni, tengo que hablar contigo.
—Sí, «y tienes que hacerlo ahora» —dijo Toni con retintín, tratando de imitar a su hermano—. Ya puede ser importante. Estoy bastante liado ahora mismo.
—Lo es, lo es. —Dani empezó a caminar nervioso por la habitación. Cerró la puerta y siguió caminando. Lo primero era asegurarse—. Antes de nada, tengo que hacerte una pregunta.
—Dime.
—¿Qué ha pasado con el anillo del Chaleco?
—¿Para eso me llamas?
—Tú… responde, por favor.
—No se ha encontrado. No lo llevaba puesto cuando se encontró el cadáver, y tampoco está por la casa o su despacho.
—¿Y eso no os preocupa?
—Pues no, Dani —contestó Toni con impaciencia—. A nadie le importan esos malditos anillos. Son algo simbólico. Ni siquiera son valiosos, están hechos de…
—Sí, ya sé de qué están hechos —dijo Dani, interrumpiendo a su hermano—. Necesito que vengas aquí.
—¿Para… qué? —dijo Toni arrastrando la última sílaba.
—Creo que he descubierto algo terrible, y necesito tu ayuda para demostrarlo. Nunca te he pedido nada ni…
—Ahórratelo Dani, que yo no soy mamá.
Se hizo el silencio. Dani sabía que no podría convencer a su hermano de la misma forma que a su madre.
Él era mucho más inteligente que los otros tres miembros de su familia juntos.
Sabía que se arriesgaba a salir de su trabajo por una trivialidad, fruto de un subida de hormonas juvenil. Tenía que darle algo que él quisiera.
—Creo que se te pasó algo en la muerte del Chaleco. Algo importante.
—Lo dudo. Lo revisé personalmente. Fue un suicidio, Dani. Punto. —El tono de su hermano revelaba que había conseguido su objetivo. Su orgullo se había herido. Había sido solo un rasguño, pero lo suficiente como para que Dani pudiera penetrar.
—Estoy seguro, Toni, pero necesito que vengas para demostrarlo. Además, he tenido una intuición muy fuerte. Ya sabes a qué me refiero…
—¿Qué has sentido? —dijo Toni, esta vez con bastante interés—. ¿Cuándo ha ocurrido?
—Necesito que vengas, Toni.
Ahora sí le tenía enganchado. Dani no iba a revelar sus cartas.
Si le describía la situación, o si le contaba sus sospechas, se arriesgaba a que su hermano no le tomara en serio y perdiera el interés.
Debía mantener la intriga. Había mordido el anzuelo, y ahora debía tener paciencia al tirar del sedal para que no se escapara.
—Está bien —dijo finalmente su hermano—. Pero esta es tu única oportunidad. Si la cagas, no volveré a fiarme de ti jamás.
Dani no podía creerlo. Lo había conseguido. Dejó de caminar por la habitación. Sin soltar el móvil para no perder contacto con su hermano, abrió como pudo el armario. De camino a casa había tenido un frío terrible. Necesitaba coger algo de abrigo.
Y entonces lo vio. Estaba colgado, en su sitio habitual.
Ocupando casi la mitad del armario él solo.
Su madre por fin lo había encontrado, y lo había dejado allí para que él lo encontrara.
Lo contempló durante unos segundos. No era la primera vez que lo usaba, pero si era la primera que lo veía desde que había descubierto quién era.
Y, realmente, esa era la expresión. En esos meses, Daniel Carrasco había crecido no solo física, sino mental y emocionalmente.
La situación lo había acelerado. Prepararse para las pruebas le había pulido.
Enfrentarse a ellas le había forjado. El beso de su mejor amigo le había templado.
Había renacido. No iba a decirlo en alto, pero lo sentía dentro de él.
Dejó el móvil sobre la cama, con su hermano aun al otro lado. Cogió su abrigo negro, y se lo echó por encima. Con sumo cuidado pasó el brazo escayolado a través de la manga, y después el sano. Se colocó la venda que le hacía de cabestrillo, y recogió el teléfono de la cama.
—Dani, ¿sigues ahí?
—No me llames Dani, hermano. Tú no.
—Ya veo… Así que ya lo tienes. Pues tú dirás.
—Desde ahora, soy Coat. Te espero en casa, hay mucho que hacer.