Capítulo 23
C oncentrarse en clase parecía un reto imposible para Dani después de la experiencia que acababa de vivir.
Aunque se encontraba más calmado, podía sentir todavía el palpitar de su corazón acelerado en el pecho.
Durante toda su vida, su instinto había estado dormido; acompañándole y guiándole silencioso en cada paso que daba.
Ahora era consciente de él, y, por primera vez, podía utilizarlo en su beneficio. Y no iba a dejar pasar la oportunidad.
De haber recibido el adiestramiento adecuado, posiblemente podría separar su mente en dos, dedicar una parte a seguir a la clase y la otra a procesar lo ocurrido.
Por desgracia, todo lo que consiguió fue fingir que atendía en clase mientras intentaba atar cabos en su interior.
El frío que había sentido al sostener el anillo que Juan Carlos le había regalado continuaba ejerciendo presión sobre su pecho, y todavía resultaba un misterio para él.
«Veamos, ¿por qué el anillo? Has estado viendo estos anillos mucho tiempo.
En el dedo del Chaleco, en el de Toni… Incluso pudiste sentir el tacto de uno de ellos cuando Mike te agarró el brazo.
No puede ser el anillo lo que te inspire este temor ¿O quizás sí?
¿Y si es este anillo en concreto? Tendría sentido.
No habías tenido esta sensación hasta que sostuviste este anillo, así que debe tener algo que le diferencie de los demás.
Pero, ¿el qué? Solo has tenido un par de segundos para verlo, y en cuanto lo has visto has sentido náuseas.
No has podido fijarte en ningún detalle importante antes de…
¡Un momento! ¿Y si no ha sido al verlo? Ha ocurrido todo muy deprisa.
Quizás, no sea lo que hayas visto, sino lo que hayas sentido.
Recuerda que has pensado fugazmente lo irónico que era lo mucho que se parecía el frío del anillo al frío que has sentido en tu cuerpo.
Y las pequeña asperezas que has notado en la mano…
Sí, ha sido eso. Tu instinto se ha puesto alerta en cuanto lo has notado en la mano.
Aún no sabías que era el anillo, pero el mareo se ha incrementado en cuanto lo has descubierto.
Así que son dos avisos distintos, por eso ha sido tan fuerte esta vez».
Dani no podía creer lo rápida que iba su mente.
Tuvo que hacer un esfuerzo por no esbozar una sonrisa tras ese descubrimiento.
Se estaba descubriendo a sí mismo. Todo adolescente pasa por una serie de cambios que le hacen dejar de ser el niño que ha sido durante toda su vida para convertirse en el hombre que llegará a ser algún día.
En el caso de Daniel Carrasco, esta transformación iba mucho más allá.
El joven que estaba allí sentado no era ni de lejos el adolescente que había ocupado ese mismo pupitre al principio del curso.
«Entonces ha sido eso. Por una parte, el tacto, el peso, el frío…
Por otra, descubrir que todo eso correspondía con un anillo de la Orden del Conocimiento.
Todo está relacionado. Todo ello tiene algo que mi cerebro considera peligroso.
¿Qué es? ¿El metal puede hacerme daño? ¿El frío?
Ni siquiera parecía un metal demasiado pesado como para causarle una herida si se lo lanzaban con fuerza.
¿Qué daño puede hacerme la orden con un anillo de… ?».
Sus pensamientos se pararon en seco. Una idea acababa de dibujarse en su cabeza.
Era fina y delicada como una burbuja. El más leve soplo de aire podría haberla destruido.
Cualquier distracción podría haber hecho que desapareciera de la mente de Dani para siempre.
Y, sin embargo, él la había visto. De repente, la idea creció, y conectó con otra idea que acababa de nacer.
«Y si…».
Las ideas se multiplicaron, formando un entramado dentro de su cabeza.
De repente, empezó a encajarlo todo. Un comentario fuera de lugar, un gesto aquí, una mirada de odio allá…
Una sucesión de acontecimientos que habían estado ocurriendo delante de él y de los que no se le habría pasado por la cabeza que pudieran estar relacionados, hasta que sostuvo ese anillo en su mano.
Esa era la pieza que faltaba de puzle. La clave de bóveda.
La chispa que había encendido la llama en su interior.
«Joder, tienes que comprobarlo».
Se metió la mano en el bolsillo. El anillo seguía allí, justo donde lo había dejado.
Lo extrajo rápidamente sin abrir el puño, para que nadie pudiera ver que había sacado algo.
Se aseguró de que ni siquiera Tommy lo estuviera mirando antes de llevárselo a la boca.
Como si simplemente pusiera el puño delante de la cara con una expresión de concentración.
Sacó la lengua a través de su mano, e hizo contacto con el anillo.
El sabor inundó sus papilas gustativas. Lo probó un par de veces para asegurarse.
«¡Lo sabía! Estaba seguro, no podía ser de otra forma.
Esto confirma tus sospechas. Entonces, tuvo que ser así…
Piensa, no reacciones. De momento es solo una intuición.
Tienes que llamar a Toni. Cerciórate antes de lanzar ninguna acusación.
Podrías perderlo todo por una corazonada, con lo que te ha costado llegar hasta aquí. Pero si no lo es…».
De repente sonó el timbre que indicaba el final de la clase, y el comienzo del recreo.
Dani nunca se había alegrado tanto de oír ese sonido.
Los chavales fueron saliendo del aula para aprovechar al máximo esos pocos minutos de descanso que tenían antes de la siguiente clase.
Pronto no quedaba nadie más dentro aparte de Tommy, que le esperaba fielmente.
Dani, sin embargo, no tenía un segundo que perder. Guardó todas sus cosas en la mochila y se dispuso a abandonar el colegio. Tenía que ir a casa. Tenía que avisar a su hermano. Si estaba en lo cierto, habían estado conviviendo con un asesino, y él era el único capacitado para desenmascararle.
—¿A dónde vas? —preguntó Tommy al ver que Dani había guardado todas sus cosas en la mochila—. ¿No te quedas a Historia?
—No… Tengo que ir al médico. —Dani improvisó la mentira tan rápidamente y de forma tan convincente que le sorprendió lo bien que lo había hecho. Empezaba a resultarle algo natural—. Solo he podido venir un par de horas.
—No me lo habías dicho…
—Ya, bueno… Es que tengo muchas cosas en la cabeza —dijo mientras se colgaba la mochila en el único brazo sano que le quedaba—. Ya te contaré lo que me diga.
—Supongo que hoy tampoco podremos quedar para que me ayudes con los deberes, ¿no?
—Eh, no, no… Estoy liado
—¿Con qué?
—Tengo que estudiar, Tommy. —Dani comenzaba a impacientarse. Tenía que salir de allí y llamar a su hermano. No podía pensar con claridad
—Siempre estás estudiando, tío. Ya no tienes tiempo para quedar con tus amigos. Y te necesito. Si no me ayudas voy a suspender bachillerato, y no podré hacer selectividad.
—Lo harás bien, Tommy, confía en ti. —Dani pasó a su lado camino de la puerta—. De verdad tengo que irme…
—No, Dani. Yo no soy como tú, estoy muy agobiado. Porfa, un par de horas esta tarde…
—Te he dicho que no puedo, Tommy —dijo Dani girándose para contestarle. Su tono se había vuelto más brusco por la impaciencia.
—Joder, Dani. No todos tenemos la suerte de ser superdotados, ¿sabes? —Tommy cortó en seco la marcha de su amigo con esas palabras—. Ya me gustaría a mí tener tu vida.
Ese comentario fue la gota que colmó el vaso. Hacía tiempo que Dani llevaba guardándose su opinión acerca de la actitud pusilánime de Tommy. No quería hacerle daño a su amigo, y había estado buscando el momento y las palabras adecuadas para tener una conversación seria con él.
Sin embargo, en esos momentos no podía pensar con claridad.
Su mente se encontraba demasiado aturdida por la maraña de pensamientos que la invadían.
Trató de dominarse, pero no pudo. Dejó caer la mochila llena de libros al suelo.
No le importó que algo pudiera haberse roto.
Giró sobre sus talones y se enfrentó a su mejor amigo.
—¿Qué es lo que has dicho? ¿Qué te gustaría tener mi vida?
—Joder, tío, tu vida es perfecta. Sacas sobresalientes en todas las asignaturas, te lías con todas las chicas que quieres…
—¿Crees que mis sobresalientes son gratis?
¿Te crees que chasqueo los dedos y aparecen?
Me paso estudiando día y noche. Me acuesto tarde, me levanto temprano.
Estudio en cada puto momento libre que tengo, incluso los fines de semana.
Estudio hasta en verano, mientras tú estás echando la siesta o en la piscina.
¿A qué hora te acostaste ayer, eh, Tommy?
No hubo respuesta.
—¿De qué iba el capítulo de la serie que viste antes de ayer? —continuó Dani—. Mientras tú pierdes el tiempo viendo la tele, o en las redes sociales, yo estoy con dolor de cabeza estudiando. Practicando y practicando para ser el mejor. Así que no me digas que tengo suerte.
—¿Es que no puedo parar para descansar ni un rato? —contraatacó Tommy.
—¿Descansar? No me hagas reír, Tommy. Para descansar primero tienes que haberte cansado. Y con lo poco que tocas los libros, algo que te he dicho mil veces antes, dudo que necesites descansar.
—Tú lo ves muy fácil, pero para mí no lo es tanto. —Tommy había empezado a gritar. Sus ojos empezaron a humedecerse, y un pequeño atisbo de lo que Dani creyó que era ira salpicó sus pupilas. Algo que no perturbó a Dani.
—Otra vez con eso. El mismo discurso de siempre.
La misma actitud pusilánime. ¿Sabes, Tommy?
Si eres tan mediocre es porque quieres. Si siempre tienes esa actitud derrotista ante todos los problemas que se te pongan por delante, nunca conseguirás superar ninguno.
Siempre afrontas todas las dificultades de la vida desde la perspectiva de que vas a fallar, de que vas a perder.
Llorando porque ninguna chica quiere salir contigo. Culpando de tu vida a la mala suerte.