Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Qué os pasa a los tíos que siempre tenéis que hacer esas tonterías?

—Esta vez fue Sara la que habló. Estaba de pie hablando con Tommy cuando entró en clase.

Era la única chica pelirroja que había en todo el pueblo.

Ni siquiera su madre podía entrar en este conjunto, ya que el color del pelo lo había heredado de su padre.

Un rasgo que la convertía en el foco de atención de muchos de los chicos.

Aparte de eso, la muchacha no era demasiado atractiva.

Dani se preguntó si en su ausencia habría pasado algo entre ella y su amigo, pero desechó la idea casi en el mismo momento.

—¿Qué os pasa a las chicas, que os encanta que las hagamos? —contestó Dani, a la vez que la miró directamente a los ojos.

Sara se ruborizó casi al instante.

—Eso es… mentira. A mí me gustan los chicos centrados, que saben lo que quieren. No unos locos descerebrados.

—No como yo, que no sé lo que quiero en esta vida. No he aprobado una asignatura en mi vida. ¿Y un sobresaliente? Jamás he sacado uno, no…

Sara se puso roja en esa ocasión.

«Tranquilízate, Daniel. A este paso le vas a robar la chica a tu mejor amigo, y ni siquiera ha conseguido llevársela a la cama. ¿Quieres que te odie de por vida?».

Por fortuna para él, Juan Carlos entró en ese momento en clase, y Sara volvió a su sitio con rapidez, no sin cierto alivio.

Era la primera vez que Dani veía a su padrino desde la prueba.

No recordaba con demasiada lucidez lo que había ocurrido tras la pelea.

El dolor y el cansancio habían hecho que esos recuerdos estuvieran algo borrosos, pero sabía que había estrechado algunas manos con el único brazo que podía mover antes de irse.

También recordaba con claridad que Vanessa se había ido sin despedirse.

Instintivamente miró hacia el sitio que debía haber ocupado.

Su pupitre estaba vacío. Tantos días después de la prueba era como para que se hubiera recuperado.

No recordaba si había conseguido encajarle algún golpe, pero estaba seguro de que, de haberlo hecho, no serían tan fuertes como para que faltara a clase tanto tiempo.

Intuyó que su ausencia se debería al castigo que Toni había mencionado en casa.

A lo largo de la clase, Dani puedo observar que, en efecto, no se había perdido demasiado durante su convalecencia.

Cuando tienes que enfocar el contenido de tu temario a la prueba de selectividad, la temática de las clases tiende a volverse bastante repetitiva: examen tipo, simulacro de examen de selectividad, ejercicios que han caído otros años…

Y tenía varios de esos en casa para practicar.

Habría podido hacer el que había traído Juan Carlos ese día con los dos brazos escayolados.

Casi se sabía los ejercicios de memoria.

Estaba disfrutando de aquella situación.

Le encantaba la sensación de volver a entrar en calor ejercitando su cerebro, aunque fuera con unos problemas tan sencillos.

No era ni de lejos lo que sentía cuando le explicaba un ejercicio a Tommy, o cómo cuando se enfrentaba a uno de los complejos ejercicios que le había puesto el Chaleco el año anterior, pero le serviría de momento.

Su mente necesitaba trabajar, igual que un adicto necesita una dosis.

«¿Reacciones redox? ¿Formulación orgánica?

¿Formular un simple hidrocarburo? Oh, vamos, Juan Carlos, me esperaba mucho más.

Supongo que no es culpa tuya, es lo que marca la norma.

Te obligan a adaptarte a estos ejercicios estandarizados para que nos acostumbremos al patrón que nos vamos a encontrar.

Hablando de ecuaciones reducción-oxidación, esta me la sé de memoria.

“HCL + ZN2”. El Chaleco nos la enseñó alguna vez.

Una forma sencilla de fabricar una bomba.

De hecho, la hemos visto alguna vez en el libro de Juan Carlos».

El examen se le pasó volando. Por supuesto, lo terminó en la mitad de tiempo de lo que necesitaron sus compañeros.

Miró el reloj al terminar. Aún tenía veinte minutos más.

Revisó su examen un par de veces, pero tenía poco más que aportar.

Hasta con un brazo inutilizado, la selectividad sería un juego de niños para él.

Era una pena que el Chaleco no pudiera ver cómo sacaba un sobresaliente y entraba en la carrera que deseaba.

Por fin se acabó la clase. Juan Carlos pidió los exámenes, y los alumnos fueron entregándolos obedientemente.

Dani fue el último en hacerlo. Dada su condición, nadie le habría reprochado que tardara más en terminarlo.

Resultaba irónico que hubiera sido el primero en acabar.

Su padrino estaba recogiendo sus efectos personales dentro de la cartera que llevaba habitualmente consigo cuando se acercó al escritorio.

—Podías haberlo entregado en cuanto acabaste, ¿sabes? —dijo su profesor mientras recogía el examen.

—No quería dejar en evidencia al resto de la clase.

Una sonrisa se dibujó en los labios del profesor

—Anda, acompáñame fuera un momento —dijo mientras se levantaba, con los exámenes ya guardados dentro de su maleta—. Tengo que comentarte un asunto.

Dani le siguió en silencio fuera del aula.

Juan Carlos cerró la puerta tras de sí. No se giró para comprobarlo, pero estaba seguro de que Tommy le había seguido con la mirada y se estaría preguntando a dónde iba.

Él tampoco lo sabía exactamente, pero no le importaba demasiado.

La simple idea de pasar unos segundos a solas con su maestro le llenaba de excitación.

—¿Me acompañas un trozo hasta mi despacho? —dijo Juan Carlos, rompiendo el silencio mientras comenzaba a andar seguido de su pupilo—. No he tenido tiempo de darte la enhorabuena en condiciones. Ya puedes estar orgulloso.

—Podría haberlo hecho mejor —respondió Dani, no sin un cierto tono de orgullo en la voz—. No debí haber perdido el brazo.

—No creo que tuvieras elección, pero no seas tan duro contigo mismo. Fue un gran combate. Creo que has superado incluso a tu hermano. No esperaba menos de un Carrasco.

—¿Yo? ¿Superar al gran Toni? No lo quiera Dios.

—Te lo digo muy en serio, Daniel. Es más, con tiempo y el entrenamiento adecuado podrías incluso llegar a ser un agente del CNI mejor que él. No digamos ya un miembro de la orden de más… alto rango.

—¿A qué te refieres? —El corazón de Dani latía con mucha intensidad tras las aduladoras palabras de Juan Carlos. Luchó por dominarse a sí mismo, pero no pudo evitar que una leve rojez decorara sus mejillas.

—Todo a su tiempo muchacho, todo a su tiempo… Por lo pronto, quería darte esto —dijo mientras empezaba a buscar algo en el bolsillo de su chaqueta—. Extiende la mano.

Dani sintió el peso del objeto que su profesor le había dado. Era pequeño, pero pesado. Su excitación se incrementó cuando su profesor retiró la mano, revelando el brillo plateado que producía el anillo con el sello de la llama de tres puntas que su profesor le acababa de entregar.

El anillo estaba frío sobre la palma de su mano y, sin embargo, este contraste rivalizaba con el frío que sentía en su interior.

Algo no iba bien. Había visto ese anillo cientos de veces en los últimos meses, en distintas manos, en diferentes dedos…

Pero ese anillo que sostenía le asustaba.

Le daba miedo. Se quedó paralizado por unos segundos.

—¡No pongas esa cara! Ya, ya sé que aún no eres un miembro oficial de la orden, pero no tengo duda alguna de que pasarás la siguiente prueba. Así que ¿por qué esperar?

Dani apenas le oía hablar. Intentaba con todas sus fuerzas no exteriorizar el tremendo malestar que tenía en su interior.

El vacío que se había creado en su estómago era tal que estuvo a punto de tambalearse.

Luchó por evitar que Juan Carlos se diera cuenta.

Confiaba en él, por supuesto que sí, pero había permitido que demasiada gente supiera de su «alteración genética», y prefería empezar a reservarse esa carta bajo la manga.

Más tarde decidiría qué hacer con la información que acaba de obtener.

Se guardó el anillo en el bolsillo. Su estómago pareció calmarse. Aun sentía el frío de la sortija a través del pantalón, pero su cuerpo volvía poco a poco a la normalidad. La crisis había pasado. Por el momento.

—Muchas gracias, Juan Carlos —dijo, una vez que recuperó el control de su cuerpo—. No te decepcionaré.

—Oh, estoy seguro de ello. Tengo puestas muchas esperanzas en ti.

—Bueno —empezó a decir Dani—, será mejor que vuelva a clase.

—Sí, mejor. Si no, me echarán la culpa por haberte retenido. —Juan Carlos le dio unas palmadas leves en el brazo lesionado—. Y mejórate, que manco no nos sirves.

Dani agradeció la pequeña broma. La ligera carcajada le ayudó a liberar la tensión residual que aún tenía sobre el abdomen. Asintió con la cabeza y giró sobre sus talones para dirigirse al aula que había abandonado minutos antes.

A cada paso que daba, sentía el peso del anillo en el bolsillo del pantalón.

Aunque la crisis había pasado, no dejaba de darle vueltas.

Qué sería lo que su instinto le estaba diciendo.

Qué señal de peligro estaba percibiendo que su cerebro no era capaz de interpretar claramente.

La respuesta estaba cerca, delante de sus narices.

Podía sentirlo. Era como ver un puzle inacabado, perfectamente colocado salvo por una gran pieza central, sin la cual no podía adivinarse la figura que formaban el resto de ellas.

Era frustrante, pero también excitante. Estaba demasiado acostumbrado a saberlo todo, y, cuando no lo sabía, a encontrar fácilmente la respuesta.

Pero esto era diferente. No tenía ningún sitio al que acudir, ninguna página web que consultar. Ni siquiera podría contárselo a Tommy o a Vanessa. Estaba solo, ante la oscuridad de un abismo que se abría ante él, y ante un frío inquietante que manaba del interior de su bolsillo derecho.