Capítulo 22
E ra necesario romperme el brazo?
Dani se encontraba recostado sobre el cabecero de su cama.
Una escayola decoraba su brazo izquierdo desde la mitad del bíceps hasta la muñeca, doblado en un ángulo de noventa grados en torno al codo.
Todo el armazón estaba sujetado por una tela color verde claro atada a su cuello.
A pesar del ibuprofeno, podía sentir su extremidad dolorida bajo el yeso.
No podría volver a utilizarlo en una buena temporada, pero había valido la pena.
El brazo no era lo único que tenía vendado.
Con la excitación de la pelea, no se había percatado, pero algunos de los puñetazos de Vanessa habían hecho que sus pómulos se abrieran y sangraran.
Su madre se había encargado de ponerle un esparadrapo en aquellos lugares donde los puntos de sutura habían sido necesarios.
El resto de los ataques de la chica no se habían quedado atrás y le habían causado moretones por todo su cuerpo. Su abdomen se había convertido en un amasijo de colores distribuido por toda la zona propio de un cuadro de Jackson Pollock.
Apoyado en la puerta justo enfrente de él se encontraba Toni, con los brazos cruzados sobre el pecho.
El anillo plateado que le identificaba como miembro de pleno derecho de la orden resplandecía en su dedo anular de la mano izquierda.
Dani había observado que cada miembro de la orden llevaba el anillo en un dedo distinto.
Anotó en algún recóndito lugar de su mente que debería dedicar tiempo a elegir en qué dedo lo llevaría una vez que pasara la segunda prueba.
—Tendrás que preguntárselo a ella —respondió Toni—. Personalmente creo que fue muy blanda contigo. Aún le sobró mucho tiempo para torturarte.
—¿Blanda conmigo? —Dani arqueó una ceja—. ¿Te parece que esto es ser blanda conmigo?
—Todavía puedes andar, e ir a clase. Ni siquiera te rompió el brazo con el que escribes. Si hubiese querido, ahora mismo estaríamos teniendo esta conversación en el hospital. O no la estaríamos teniendo siquiera.
—¿Tan seguro estás? A ver, es rápida y fuerte de narices, pero…
Toni suspiró.
—Dani, te diré una cosa. Vanessa lleva toda la vida entrenándose.
Con lo joven que es, he perdido la cuenta de las misiones en las que he estado.
Todos los adolescentes creéis que el mundo está en vuestra contra, que la vida es más injusta con vosotros que con el resto de las personas.
Pero, créeme, en su caso es verdad. —Toni hizo una pausa, para volver a hablar con un tono más serio—.
He visto a esa chica caer un millón de veces, y la he visto levantarse otro millón.
Lo que nunca la he visto hacer es quedarse en el suelo.
Aunque hubieras sido mejor que ella, que no lo eres, te habría perseguido, te habría arañado, te habría mordido.
Habría luchado con uñas y dientes y habría aguantado toda la hora para que no salieras de allí, aunque ella tampoco lo hiciera.
Un silencio sobrecogedor reinó durante unos segundos.
El discurso de Toni le impactó sobremanera.
No tenía ni idea de que Vanessa tuviera tal carácter y determinación, pero tampoco le sorprendió.
Desde un primer momento supo que esa chica era extraordinaria.
Cada nuevo detalle que conocía aumentaba su fascinación y le hacía sentir aún más atracción hacia ella.
—Yo diría que te hizo el daño justo para que pasaras la prueba —dijo Toni tras la pausa.
—¿Cómo que el daño justo? ¿Hay un umbral de dolor mínimo que tengo que sufrir para pasar la prueba?
—Verás —explicó Toni—. Hay un método para asegurarse de que la prueba será legítima, y que no…
se levantará la mano con nadie. —Toni guardó unos segundos antes de continuar.
Su mirada se tornó un poco sombría—. Al rival del aspirante se le da cierto incentivo para que luche con todas sus ganas.
El objetivo es que te retenga hasta que pase la hora, y no puedas salir a menos que le venzas.
Vanessa te dio una paliza, y vio que no ibas a rendirte, así que hizo algo drástico para justificar que tuviera que dejar de luchar y permitirte acabar la prueba. Algo inusual en ella, tengo que añadir.
—¿Qué clase de incentivo se le da?
Toni no respondió inmediatamente. Su mente parecía estar puesta en algún sitio muy lejos de allí, como si estuviera reviviendo algún momento del pasado. Fuera lo que fuera, no debía ser agradable porque, al responder, su tono se había vuelto más frío que de costumbre.
—Digamos que, como conseguiste pasar la prueba, será castigada. No necesitas saber más.
Dani no estaba conforme con esa respuesta, pero no estaba en posición de hacer ninguna réplica.
Tampoco tenía fuerzas para ello, pero anotó mentalmente preguntar al respecto en el futuro.
A pesar de la paliza que le había dado la chica, lo que sentía por ella no había cambiado ni lo más mínimo.
Más bien al contrario. Desde que había comprobado de primera mano sus habilidades de combate, Vanessa le atraía más todavía.
—En fin —dijo Dani incorporándose de la cama—. Será mejor que me prepare para ir a clase. Ya he perdido bastante tiempo en estos dos días de convalecencia, y tengo que recuperarlo. La selectividad se acerca.
A pesar de la «benevolencia» de Vanessa, Dani se había visto obligado a disfrutar de dos días de relativas vacaciones en casa mientras se recuperaba de su lesión.
El dolor era demasiado fuerte como para asistir a clase, a pesar de los analgésicos y los cuidados de su madre.
El brazo le ardía bajo la escayola cada vez que lo movía involuntariamente.
Cuando intentaba comer, mientras dormía…
Era una tortura constante. Vanessa había hecho un buen trabajo con un golpe tan seco.
Por supuesto, Dani no había perdido el tiempo en casa.
Además de adelantar trabajo del instituto y aprenderse las siguientes lecciones, había estado estudiando el libro que le había dado su mentor, que, como había descubierto el primer día que lo abrió, perteneció a su anterior profesor de Química.
El volumen estaba repleto de anotaciones en los bordes de las páginas y de palabras y frases subrayadas.
Era patente que había sido utilizado y consultado muchísimo a lo largo de los años.
Estaba disfrutando mucho leyendo los comentarios de su viejo profesor.
Incluso después de su muerte, le seguía enseñando.
En realidad, contando con las horas que habría pasado en el instituto, tenía muchísimo tiempo para estudiar.
Las últimas semanas se había dedicado a entrenar su cuerpo mientras se preparaba para la prueba.
Y aunque había intentado reservar unas horas al día para dedicarse a sus deberes, le era imposible destinar mucho tiempo, teniendo en cuenta que debía descansar para recuperar sus fuerzas y trasnochar le estaba vedado.
Había llegado el momento de compensar tanta dejadez hacia sus estudios.
—Te llevo, antes de volverme a Madrid —dijo Toni, abandonando su pose de brazos cruzados.
—¿Ya te vas?
—Sí, claro. No me necesitas para preparar la siguiente prueba. Pronto seremos hermanos no solo de sangre, sino a un nuevo nivel. —Toni hizo una mueca y añadió con tono sarcástico—. ¡Yuju!
—Sí, lo estoy deseando. —Dani respondió con la misma ironía que lo había hecho su hermano—. Estoy deseando irme con el CNI a recuperar información robada por los rusos.
Una carcajada precedió la réplica de su hermano
—Oh, vamos. Mamá solo estaba exagerando.
No te van a enviar a misiones complicadas en tu primer año, y menos con lo poco entrenado que estás.
Lo más seguro es que, aprovechando que vas a entrar en la universidad, empieces por recoger información de los tutores, por si acaso algún catedrático está desviando fondos de investigación para su propio beneficio personal.
—¿Eso entra dentro de nuestra jurisdicción?
—«El conocimiento es de todos» —repitió Toni como si fuera un mantra—. Todo lo que se interponga en ese ideal está dentro de nuestra jurisdicción. Y, por cierto, deberías ir pensando en un nombre en clave. Cuando pases la segunda prueba se te pedirá que tengas uno.
—Ah, sí, cierto. ¿Cuál es el tuyo? Para no repetirlo…
—Ya te gustaría saberlo, chaval.
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Dani habría pagado por tener en ese momento una cámara fotográfica, o su móvil a mano. Así habría podido hacer una foto de la cara de Tommy cuando le vio aparecer por la puerta de clase con el brazo escayolado.
Su mejor amigo estaba en su sitio habitual, hablando con Sara.
Había tenido que decirle que se había caído montando en bici y se había roto el brazo, para evitar las preguntas por su ausencia en clase.
Sin embargo, el chico no estaba preparado para ver el estado en el que se encontraba su cara.
Por fortuna, no llegó a ver el resto de su cuerpo.
«Otro detalle que tendrás que explicar con la caída repentina.
“Iba montando en bici y me tropecé con la acera. Me caí, y como rodé cuesta abajo me fui golpeando la cara con cada puñetera piedra de este pueblo”.
No suena demasiado creíble. ¿Y si añades que un camión te pasó por encima justo cuando te ibas a levantar?
Sí, mucho más creíble, dónde va a parar… ».
—¿Todo eso es por la caída de la bici? —preguntó Tommy en cuanto puedo recuperar el control de su cuerpo.
—Iba a toda leche por la cuesta de Las Encinas. Lo raro es que no me abriera la cabeza. Calculo que iba a unos treinta kilómetros por hora.