Capítulo 21 #3
Vanessa se lanzó de nuevo contra él. Esta vez, estuvo preparado para esquivar sus puñetazos.
La chica era rápida, mucho más de lo que había sido su hermano en los entrenamientos.
Había sabido compensar la falta de contundencia debido a su cuerpo pequeño con una velocidad increíble.
De repente, Dani tenía encima una lluvia de puñetazos que venían desde todas partes.
No conseguía bloquearlos todos, y algunos se estrellaban contra su cuerpo.
Su estómago, sus costillas, su cara… No sabía qué hacer.
Era incapaz de contraatacar, y empezaba a dolerle todo.
De repente volvía a estar en el suelo, esta vez boca arriba.
Vanessa le sujetaba el mismo brazo que antes y tenía un pie presionando su cuello esta vez.
El brazo le dolía mucho. Estaba girado de tal forma que no podía ni siquiera abrir o cerrar la mano.
Esta vez la respiración era mucho más difícil que antes.
—Dani, no merece la pena. —Vanessa le hablaba muy cómoda y pausada desde su posición. Aunque se percibía cierto tono de preocupación, su voz no denotaba ningún signo de fatiga o agotamiento por la pelea—. Esto solo te va a causar dolor. Déjalo.
De nuevo se encontraba en una situación imposible.
Su cerebro volvía a trabajar a dos mil revoluciones por segundo.
Calculando una posible salida de aquella posición.
Esta vez Vanessa había aprendido del error anterior.
No la sorprendería por segunda vez con el mismo truco.
Tenía que hacer algo, y rápido, o pronto perdería el conocimiento.
«¿Y después qué, Dani? En el improbable caso de que consiguieras salir de aquí y librarte de Vanessa, ninguna de las personas que forman el círculo te dejará salir de ahí.
Te darán un golpe tras otro mientras ella se pone en pie y te da otra paliza.
No tiene sentido. Nada de esto tiene sentido.
Se supone que tienes que salir de aquí en menos de una hora.
¿Tienes que enfrentarte a unas veinte personas para poder salir?
¿Qué hace Vanessa entonces en el medio? Solo hay una posible respuesta: el objetivo nunca ha sido vencerlos a todos para salir.
Tiene que haber otra manera. ¿Pero cuál? ».
Y entonces cayó en la cuenta. Era tan simple que se avergonzó de no haberse percatado antes. Tomó todo el aire que pudo y dijo:
—Mátame si quieres, pero no me rendiré.
Hizo la declaración con la determinación que tanto le caracterizaba.
Una vez que la decisión estaba tomada, la llevaría hasta el final con todas sus consecuencias.
Sin embargo, si estaba en lo cierto, no tendría que llegar a tales extremos.
No solo se estaba jugando su puesto dentro de la orden, sino el tipo también.
Iba a apostarlo todo a una carta, y le daba igual.
Miró de reojo a su familia. Sus padres tenían una expresión de indiferencia.
Nunca había visto tanta frialdad en los ojos de sus progenitores.
Supuso que cuando acudieron a ese lugar ya estaban preparados para todo lo que pudiera ocurrir.
Probablemente lo hubieran visto miles de veces.
Su hermano, sin embargo, tenía su habitual media sonrisa en la cara, como si disfrutara con lo que estaba viendo.
La sorpresa fue mayúscula cuando en sus ojos vio algo que no había visto jamás en ninguno de los tres: orgullo.
La expresión de Toni era la de un artista que contempla su obra recién acabada satisfecho de lo que ha creado.
Un sentimiento de quietud le inundó. Si moría a manos de aquella chica que tanto le fascinaba, después de haber visto a un Toni orgulloso de él, moriría feliz. Se encontraba tranquilo. En paz. Libre de las presiones del instituto. Lejos de los problemas amorosos.
Con una patada a la vez que tiraba del brazo que tenía sujeto, Vanessa le dio la vuelta en el suelo. Volvía a encontrarse boca abajo, justo como había estado unos minutos antes. Su brazo izquierdo estaba totalmente estirado y no ofrecía ninguna posibilidad de movimiento.
—Última oportunidad, Dani. —Vanessa habló con seriedad. Lejos de cualquier tono de ternura o comprensión—. Ríndete, o sufre.
—Moriré para proteger el conocimiento si hace falta.
«Anda que no te tiras el pisto, Daniel. Esperemos que surta efecto».
Lo siguiente que ocurrió quedaría grabado a fuego en la mente de Dani para toda su vida.
Vanessa dio un pequeño salto para aterrizar con una pierna sobre su codo.
Sintió un dolor como no había sentido nunca.
Su brazo acababa de doblarse en la dirección contraria a la que debería hacerlo.
La chica que le gustaba acababa de romperle el brazo en vez del corazón. «Qué ironía», pensó Dani.
Vanessa soltó su brazo y se apartó. Dani no se movió al principio.
Se quedó quieto en el suelo esperando cualquier otro golpe proveniente de la chica.
No ocurrió nada. Permaneció inmóvil unos minutos en aquella posición.
El dolor era tal que estuvo a punto de vomitar.
Jamás había sentido un dolor tan intenso, físico o emocional.
Sentía un ardiente dolor allí donde el hueso se había quebrado si intentaba mover la extremidad.
La articulación comenzaba a hincharse. Tendría que colocarse pronto el brazo, o le dolería mucho más cuando estuviera hinchado.
Todo aquello quedaba muy lejos de su mente en esos momentos.
La agonía por la fractura nublaba todos sus pensamientos.
Se habría quedado en esa posición durante años si hubiera podido, pero tenía que levantarse. Si se quedaba allí y el tiempo se le agotaba, el sacrificio habría sido en vano. Era el momento de ser valiente. Tenía que sacar fuerzas de flaqueza y hacer un último esfuerzo. Pronto todo habría acabado.
Lentamente se incorporó apoyándose sobre la mano derecha. Procuraba mover el brazo malherido lo menos posible, pero el dolor era inevitable. Empezaba a sentir mareos. No sabía cómo iba a poder encarar a Vanessa en ese estado. La buscó con la mirada una vez que se hubo puesto totalmente en pie.
La chica estaba al lado de la puerta. El círculo de personas se había roto y los miembros se acumulaban en torno a la salida, formando un pequeño pasillo que invitaba a cruzarlo.
La intención estaba clara, y Dani no se hizo esperar.
Con paso firme pero lento avanzó hacia ellos.
El brazo colgando, lo más cerca posible de su cuerpo para evitar que se zarandeara.
Unos pocos metros lo separaban de la libertad.
Pasó al lado de su padrino al salir. Vio una expresión en sus ojos que no fue capaz de clasificar.
Una especie de orgullo mezclado con satisfacción. No se detuvo demasiado a pensarlo.
Atravesó la puerta y cruzó a la otra sala. Había salido por su propio pie. Había pasado la primera prueba.