Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Si acepto el puesto, me veré obligado a dejar el trabajo de campo. La orden perderá un gran activo, y tendría que dejar mi puesto en el CNI. Puesto que me ha costado mucho conseguir y mantener. Si queréis que renuncie a todo eso para dirigir la orden, lo haré con una condición.

—Tú dirás.

—Quiero que mi hermano sea miembro efectivo de la orden, desde este momento. Sin necesidad de la segunda prueba.

—Por Dios… —empezó a decir la mujer—. ¿Qué tenéis los Carrasco en contra de la segunda prueba?

—Es una pérdida de tiempo para él. Sabéis que la superará sin esfuerzo, y así ahorraremos tiempo. Quiero que sea miembro de pleno derecho desde hoy. Además, resolvió el asesinato de Silvestre él solito, cosa que yo no pude hacer. Debería ser prueba suficiente para entrar en la orden.

—No es tan sencillo, Antonio. Hay reglas…

—… que me puedo saltar. Ya lo hice una vez, y ahora soy el gran maestre. Es una orden.

—Aún no eres el gran maestre —dijo la mujer—, oficialmente. Habrá una ceremonia en condiciones. Esto es provisional.

Los tres se miraron a los ojos. Toni fue cambiando lentamente, de uno a otro, sin decir palabra.

—Sin embargo —dijo finalmente el hombre—, es un precio pequeño, a cambio de tu colaboración. Está bien. Tu hermano, es, desde este momento, miembro de la Orden del Conocimiento.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Toni.

«En menudo lío nos has metido, Antonio. Aunque tienes que reconocer que, en el fondo, muy muy en el fondo, te encanta». «Ah, cállate…».

****

—Entonces, ¿Juan Carlos fue el tipo de la moto que nos persiguió en casa de Silvestre? —dijo Vanessa, apenas los dos chicos hubieron salido del portal.

—Sí. Encontraron la moto en su casa de Madrid. El tío la usó para venir a limpiar todo rastro de su presencia aquí, y luego la dejó allí para que no pudiéramos relacionarle.

—Vaya genio… La verdad es que no lo esperaba de él.

Siempre fue muy amable conmigo cuando entré en la orden.

Igual que su hermano. Pero supongo que… Son muchos años de guardar rencor, hasta que finalmente, termina explotando por algún lado.

—El tono de Vanessa se había vuelto nostálgico.

Su mirada estaba perdida, fija en el horizonte, en algún lugar y un tiempo muy muy lejanos—.

El rencor es como un veneno que te va corroyendo por dentro, y que te quema las entrañas poco a poco, hasta que termina devorando tu alma y dejas de ser el hombre bueno que una vez fuiste…

—Uf, qué profundo —empezó a decir Coat, para quitarle hierro a la situación, pero enseguida se dio cuenta de que era mejor no seguir. Prefirió guardar silencio. No era el momento de hacer bromas.

—Bueno —dijo Vanessa, rompiendo el silencio—, puedes estar orgulloso: has superado a tu hermano. A él no se le habría ocurrido siquiera que Silvestre podría haber sido asesinado.

—Es lógico que no lo pensara. En realidad, solo se me podría haber ocurrido a mí.

—¿Y eso por qué?

—Porque Toni no tiene un hermano mayor. No sabe lo que es criarse a la sombra de alguien, ver cómo siempre te comparan con él, y cómo, hagas lo que hagas y por mucho que te esfuerces, siempre quedas por detrás de él en todo lo que haces.

—Coat se mordió el labio—. Me metí en su cabeza de una forma en la que Toni no habría podido meterse nunca.

—Bueno, pues, enhorabuena, señor Inclán —dijo ella—.

Si sigues trabajando duro, podrías llegar a ser tan bueno como Toni, o incluso más.

Pero recuerda: está bien que intentes superar a tu hermano, y que esa sea tu motivación, como si fuera una montaña que debiera escalar, pero no dejes que el rencor se apodere de ti, o acabarás como Juan Carlos.

—Uf. En serio, hoy estás inspirada, ¿eh?

De repente, el móvil de la chica sonó. Tenía un particular tono de llamada, perteneciente a un tema de Beethoven a piano. Parecía muy melancólico. Coat se preguntó si lo habría cambiado recientemente para que acompasara a la situación del momento. Vanessa contestó.

—¿Sí? Aquí V. —Hubo un silencio. Se escuchaba una voz al otro lado, pero Coat no pudo entender ni una palabra—. Ya veo… Sí, sí, sí, iré en cuanto pueda. Sí, hoy mismo saldré para Madrid. No os preocupéis, yo me encargo.

Vanessa colgó el teléfono.

—Así que… ¿Tu nombre en clave es V.?

—Pues sí. —Respondió la chica arqueando una ceja—. ¿Algún problema?

—¿Elegiste como nombre en clave la primera letra de tu nombre? Menuda forma de ocultar tu identidad.

—Pues sí que lo es, porque en realidad, Vanessa no es mi verdadero nombre.

—Y… —Coat tragó saliva antes de preguntar— ¿cuál es tu verdadero nombre?

—Violetta.

Se hizo el silencio por unos segundos. Luego los dos chicos comenzaron a reír a carcajadas.

—Claro, ahora entiendo el cambio de nombre. ¡Oculta mucho mejor tu identidad!

—¿No te gusta Victoria? Pues a mí Valeria siempre me ha gustado. De hecho, creo que Verónica es un nombre con mucha personalidad, y estoy orgullosa de llamarme Virginia.

Coat no podía parar de reír. De la boca de V. no dejaban de salir nombres que comenzaran por la dichosa consonante ¿Cómo podían siquiera existir tantos?

Y de repente, sin previo aviso, ocurrió. Dani pudo sentir cómo el chute de adrenalina subió desde su estómago y se estrelló en su garganta, acelerándole el corazón a su paso. Casi podría haber vomitado.

La chica de sus sueños lo cogió por la cintura atrayéndolo hacia sí para fundir sus bocas en un suave y delicado beso.

El tiempo se detuvo para Coat. V. iba rozando sus labios con los suyos lentamente, tomándose su tiempo para disfrutar del momento.

Su mano derecha se deslizó por su brazo ascendiendo hasta llegar tras la cabeza del chaval para acariciar su nuca.

Cada uno de sus besos era como un sueño para Coat.

Podría haberse pasado horas recreándose en esa experiencia.

Sabía que no podría olvidar el sabor de esos labios jamás.

Sintió dulzura y cariño, pero a la vez fuego y pasión.

Empezó a desear más, cuando la chica se apartó de él lentamente, con un pequeño mordisco a su labio inferior.

—Lo sabía… —dijo V. en voz baja, mientras se separaba de él.

—¿El… qué? —preguntó Coat, todavía paralizado por la experiencia.

—Besas mejor que tu hermano.

****

Coat había estado ensayando ese momento en su cabeza desde que terminó todo el asunto de Juan Carlos.

Sin embargo, todos sus planes se vinieron abajo en cuanto vio a Tommy aparecer, por la calle donde siempre lo esperaba para ir al instituto.

Cuando tuvo a su mejor amigo delante, no pudo pensar en todos los planes que había estado trazando en su cabeza, ni en todos los escenarios posibles que había estado contemplando.

Ahora debía dejar sus sentimientos atrás, y mantener su cabeza fría para lo que venía a continuación.

Él le necesitaba, y no le iba a fallar. Otra vez no.

Llevaba puesto su anorak rojo, y su tradicional gorro en la cabeza.

Esa imagen, que tantas veces le había producido familiaridad y serenidad, ahora le aterrorizaba.

Cómo podían las cosas cambiar de tal manera, de la noche a la mañana, para que una persona que antes era un amigo, un hermano, ahora pasara a ser casi un extraño.

Tommy, su mejor amigo, su mano derecha. Cómplice de tantas aventuras cuando eran pequeños. En muchos aspectos, se sentía más unido a él que a muchos miembros de su familia, incluido su hermano Toni.

Ahora, sin embargo, sabía que, si bien siempre habían tenido un vínculo muy especial, para su amigo había sido algo más profundo.

Coat se sentía avergonzado por no haberse dado cuenta antes.

Se había centrado tanto en sí mismo, en su relación con Cris, sus sentimientos por V.

, que no se había dado cuenta de que su mejor amigo le necesitaba.

—¿Qué tal el brazo?

Fue Tommy el primero en hablar, tan pronto Coat hubo llegado a su altura.

—Bien —respondió Coat con indiferencia—. Podría haber sido peor.

—Sí, te podrías haber roto los dos.

—O peor, me podrían haber roto el corazón.

Hubo una breve pausa. Ninguno de los dos se atrevía a hablar. Después de tantos años de amistad, resultaba muy raro que ambos estuvieran incómodos en presencia del otro.

Finalmente Coat rompió el silencio.

—Tommy, yo…

—No —interrumpió Tommy—, déjame hablar a mí.

Creo que he estado callado durante demasiado tiempo, y ha llegado el momento de ser valiente.

—Tommy tomó aliento, y continuó—: Durante mucho tiempo he tenido todo esto guardado dentro de mí.

Cada vez que tú salías con una chica, y me decías que tenía que intentar besar a esta o aquella, yo solo quería abrazar y besar a chicos.

Jorge, David, Fran… Pero nunca me atreví.

Quería contártelo, a ti más que nadie. Eres la persona que mejor me entiende, eres como un hermano para mí…

—Yo siento lo mismo, Tommy.

—Déjame terminar, por favor.

Coat asintió con la cabeza, y Tommy continuó:

—Tenía tantas ganas de contártelo, y no sabía cómo.

Tenía todos estos sentimientos en la cabeza, y tú eres tan…

genial. Eres un luchador, nada te para, siempre vas a por tus objetivos y nunca paras hasta conseguirlo.

Te conozco desde siempre y… te quiero. Joder, te quiero.

Al final no pude soportarlo más, y la única forma en la que pude contártelo fue hacer lo que hice.

Volvió el silencio. Tommy respiraba con mucha rapidez, pero parecía más calmado, como si acabara de quitarse un gran peso de encima. Tenía los ojos vidriosos, pero no había roto a llorar. Coat creyó que era hora de echarle una mano a su amigo.

—Y ahora, ¿cómo te sientes?

—Mejor. Genial, de hecho. Siento que por fin puedo ser quien soy delante de ti, y delante de todo el mundo. Pero también tengo miedo, muchísimo miedo.

—¿Miedo de qué?

—¿Cómo que de qué? De que todo cambie, Dani. Entre nosotros. De que esto sea el final de nuestra relación. De… —unas lágrimas brotaron de los ojos de Tommy— de perder a mi mejor amigo.

—Tío —Coat puso la mano del único brazo que le quedaba sano encima del hombro de Tommy—, eso nunca pasará. Eres mi mejor amigo, ahora y siempre. Lo único que siento es no haber podido estar a tu lado cuando me necesitabas.

Tommy no pudo soportarlo más, y le abrazó con todas sus fuerzas, mientras rompía a llorar.

Coat le rodeó con el brazo bueno, tratando de hacer sentir bien a su amigo.

Desde ese momento, se prometió a sí mismo que jamás volvería a dejar que nadie cercano sufriera de esa manera porque él estuviera demasiado preocupado por sus propios problemas para darse cuenta.

Después de este tiempo, había madurado, se había convertido en otra persona distinta.

Podía sentirlo dentro de sí mismo, en sus entrañas.

El entrenamiento, las pruebas, las montañas rusas emocionales…

Todo ello había martilleado el frágil trozo de metal que era antes para convertirlo en un nuevo material.

Un acero tan duro como para soportar cualquier golpe, y tan afilado cómo para penetrar en cualquier lugar.

Daniel había quedado atrás, era el turno de Coat.