Capítulo 21
E ra la primera vez que había montado en el coche de un profesor.
Lo normal hubiera sido que un chico de su edad se hubiera sentido un poco cohibido por la situación, pero la temprana edad del docente unido a la cercanía que este se había empeñado en tener con sus alumnos hacían imposible cualquier tipo de tensión dentro del vehículo.
Dani se encontraba únicamente excitado por la prueba que le aguardaba en el destino al que se dirigían.
Mike conducía con un ritmo pausado, mucho más tranquilo que su hermano.
Debían de ser el coche más lento de toda la carretera en esos momentos.
Dani se entretenía mirando por la ventana.
No había opuesto ninguna resistencia una vez que se percató de la situación.
Había llegado el momento para el que llevaba semanas preparándose.
La primera prueba para ingresar en la orden del conocimiento.
La noticia le había pillado por sorpresa y ahora no podía pensar en otra cosa.
Por suerte, estaba seguro de que la agonía no se perpetuaría demasiado en el tiempo.
No sabía dónde iba a ser la prueba, pero suponía que no tardarían demasiado en llegar en un pueblo tan pequeño.
Mientras trataba de serenarse a sí mismo, se imaginó lo que diría Cris en su cabeza:
«Míralo por el lado bueno. Al menos hoy no tendrás que entrenar. Tienes la tarde libre».
Cris siempre sabía ver el lado bueno de las cosas.
De todas las cosas. A pesar de la frialdad que tanto la caracterizaba, también tenía esos pequeños detalles que la hacían parecer humana de vez en cuando.
Esa falta de sentimientos había desaparecido totalmente hacía menos de media hora, cuando había intentado cortar con ella.
«¿Cortar? No se puede cortar algo que nunca ha existido, Dani.
Era y es una amiga. Por eso has hablado con ella, para no dejar de ser amigos.
Aunque tienes la “ligera” sensación de que ella no lo ha visto así.
Ha llorado. Has hecho llorar a Cris. ¿Qué clase de monstruo eres si puedes hacer llorar a una criatura tan maravillosa como ella? ».
— ¿Estás nervioso? —dijo Mike sin despegar los ojos de la carretera, sacando a Dani de sus pensamientos con su habitual tono jovial.
—Qué va. Tengo ganas de llegar.
—Tranquilo, ya estamos cerca. Oye… Siento haberte apretado el brazo antes. Pensaba que ibas a salir corriendo, y no podía permitírtelo. Tenía órdenes.
—¿Órdenes de quién?
—¿Tú qué crees, Daniel? —dijo Mike con tono sarcástico—. Órdenes directas de Juan Carlos.
—Vaya, órdenes directas del gran maestre. Debe de ser… Intimidante que te dé órdenes el jefe-jefazo.
—No te creas —respondió Mike con indiferencia—. De hecho, soy algo así como su asistente personal, igual que lo fui de su hermano. Estoy acostumbrado.
—¿Eres el chico de los recados de Juan Carlos? —bromeó Dani, tratando de acercarse más a su profesor.
—No te pases, niñato —respondió Mike entre risas—.
Pero sí, algo parecido. Después de unos años de trabajo de campo, me destinaron aquí.
Como soy profesor, tenía la tapadera perfecta para estar cerca de Silvestre, y ahora Juan Carlos ha ocupado su puesto en el instituto, y teniendo en cuenta la experiencia que tengo con su hermano, era bastante conveniente mantener mi puesto.
—¿Y echas de menos el trabajo de campo?
—La verdad es que no —respondió Mike con una mueca de indiferencia—.
En esta era digital, no hay tanta necesidad de trabajo de campo, y soy mucho más útil y eficaz delante de un ordenador.
Todos pasamos por el trabajo de campo, pero es un alivio dejar de viajar tanto, y no tener que ponerte en situaciones límite.
Mike giró la cabeza para mirar a Dani y le guiñó un ojo.
—Ahora solo tengo que sacar a algún muchacho de vez en cuando del instituto,
—¿Me has secuestrado?
—Ah, no, nada de eso. Tengo autorización de tu padre, tu madre y tu tutor —dijo Mike, parafraseando la clásica retahíla que rezaba bajo el espacio para firmar en toda autorización escolar.
Los dos soltaron una sonora carcajada. A Dani le pareció increíble cómo Mike podía reír con esa vehemencia y aun así no vacilar en la sujeción del volante ni perder el contacto visual con la carretera.
De haber sabido que pertenecía a la orden, habría intentado sacarle información a él en lugar de a Juan Carlos.
Le resultaba mucho menos intimidante, aunque nunca le hubiera hecho halagos, como el profesor de Química.
—Bueno, pues no he traído ni boli ni calculadora —dijo Dani mientras se recostaba con su postura habitual sobre el asiento del coche—. Espero que me los dejen para el examen.
—Para tu primera prueba no vas a necesitar nada de eso, tranquilo.
—¿Ah, no? ¿Y qué voy a tener que hacer?
—No puedo decirte nada de tu prueba, Dani. Aunque sé que ya tienes alguna idea.
—¿Ah, sí?
—No estoy ciego, y reconozco los puños de tu hermano cuando los veo reflejados en tu cara.
Pero tranquilo —dijo Mike en tono tranquilizado al ver que Dani se tensaba—.
Ya contábamos con que te entrenarías. No hay razón para no decirte que tu prueba va a ser una especie de combate, pero hay ciertas cosas que no te puedo decir. Aún.
—Creía que la orden se encargaba de proteger el conocimiento. Y tú quieres alejarme de él.
—La orden se encarga de defender el conocimiento de aquellos que quieren monopolizarlo y explotarlo para su beneficio.
El conocimiento debería ser de todos, y no de unos pocos afortunados.
Sin embargo, hay ciertas cosas que se deben…
saber, en el momento apropiado y no antes. Podría haber consecuencias.
—¿Y quién decide cuándo se pueden saber? ¿Vosotros?
—¿Quién si no? Somos los únicos capacitados para decidir cómo y cuándo se deben dar a conocer.
—Creía que la orden se encargaba de liberar el conocimiento. Todo para todos y sin importar sus procedencia, su dinero o su lengua. Y ahora, de repente, me suena más a una dictadura autoritaria.
—Es una delgada línea la que separa uno de otro, sí…
Pero tampoco exageres. Piensa en nosotros como en los padres afligidos que no saben cuándo contarle a su hijo que el ratoncito Pérez es un cuento.
En este caso, el niño puede ser un país entero y su berrinche podría originar una guerra mundial.
El conocimiento es de todos, pero la responsabilidad de administrarlo es nuestra.
Dani tuvo que conformarse con esa explicación.
Sabía que acababa de descubrir toda esa sociedad y que probablemente habría cosas que no entendería hasta que no tuviera más experiencia en el terreno.
Le estaba cogiendo el tranquillo a eso de pensar antes de actuar.
En aquella ocasión, probablemente era mejor callar y parecer tonto que hablar y confirmarlo.
De repente, algo llamó la atención de Dani y todos sus sentidos se encendieron.
Reconocía el lugar por el que estaban pasando.
Había estado allí hacía unos meses, en uno de los días más extraños de su vida.
Iba con su padre en coche y aquel lugar le había helado el corazón con tan solo una mirada a su fachada blanca.
Mike acababa de detener el coche en la puerta de la casa del Chaleco.
Juan Carlos estaba en la puerta, apoyado sobre el marco escudriñando el horizonte.
Su rostro era la definición de la impaciencia en esos momentos.
Se notaba que llevaba un rato esperando que llegaran.
Dani se preguntó cómo se las habría arreglado para sacar a la mitad del claustro de profesores del instituto sin levantar sospechas.
Aunque, por otro lado, una clase de adolescentes a los que se les dice que no van a tener más clases hasta el día siguiente seguramente no opondría mucha resistencia.
Se preguntó si Vanessa habría venido a ver su prueba, o si siquiera se le permitiría verla.
—¡Ya pensaba que no llegabais! —dijo su padrino en cuanto se encontraron a unos tres metros de la entrada.
—No me dejaban salir de clase. Mi profesor de Química es un cabrón enfermo que no nos deja irnos hasta que no recitamos la tabla periódica de memoria. —Dani se arrepintió enseguida de haber soltado ese taco, pero decidió que era mejor continuar la broma que pararse en seco—. Lantánidos incluidos.
—Voy a tener unas palabras con él. —Juan Carlos no le dio importancia y se hizo a un lado entre risas para invitar a pasar a los recién llegados—. Vamos dentro. Será mejor que empecemos si quieres estar en casa a la hora de comer.
La sensación de ver la casa por dentro a plena luz del día fue indescriptible.
Todo el interior le resultaba familiar, pero a la vez le pareció estar en el lugar por primera vez, redescubriendo cada uno de los rincones.
En su mente no dejaba de revivir el momento exacto en el que subió aquellas escaleras huyendo de la persona que podría haber sido la causante de su muerte.
Ahora simplemente iba a enfrentarse a Dios sabía quién para poder pasar a formar parte del grupo de personas más selecto del que había oído hablar en su vida.
—Bueno, espero que hayas desayunado bien esta mañana —dijo Juan Carlos cerrando la puerta una vez que estuvieron todos dentro.
—Sí, estoy siguiendo una dieta muy estricta que me ha pautado Toni.
—Entonces no habrá problema. Antonio sabe lo que se hace. —Juan Carlos consultó su reloj—. Bien, pues, vamos abajo. Los demás ya han llegado.