Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

El día en el instituto pasó más lentamente de lo normal.

Todavía quedaban las dos últimas horas de clase y Dani se encontraba en el recreo con Tommy.

Los chicos estaban sentados en unas pequeñas gradas que había situadas junto al típico campo de futbol, improvisado en suelo de grava, que se puede encontrar en cualquier patio de instituto.

Una docena de adolescentes de varias edades jugaban sobre el terreno un partido rápido para liberar algo de tensión entre las horas de clase, mientras Dani y Tommy los observaban junto con un par de chicos más repartidos entre las gradas.

A ninguno de los dos le había interesado nunca el fútbol, o cualquier otro deporte en realidad.

Dani había roto esa tradición recientemente, para sorpresa de Tommy, al haber empezado a entrenar con su hermano.

—¿Y realmente te compensa entrenar con tu hermano? —Tommy le había preguntado por la marca en su barbilla en cuanto le vio entrar por la puerta de clase. Esta era al menos la octava vez que sacaba el tema a colación—. No sé si merece la pena solo para estar más bueno de lo que ya estás…

—La verdad es que me está enganchando —contestó Dani con sinceridad—. Nunca me habían interesado mucho los deportes, pero desde que practico con Toni… No sé, me gusta. Todas las tardes estoy deseando que llegue para entrenar.

—Y aun así has sacado un notable en mates… No sé cómo lo haces, de verdad.

—Es un don. —Dani rio para sus adentros, mientras dibujaba una media sonrisa en la cara apreciando la ironía.

—Bueno, si a ti te funciona… Pero, madre mía, menudo golpe tienes.

—Y ese es solo el que ves. Si vieras cómo tengo el pecho...

—¿En serio? —El rostro de Tommy reflejaba preocupación—. Madre mía…

Se hizo el silencio. Los dos chicos observaron durante unos instantes a los jugadores con la mirada perdida, sin fijarse en ninguno en particular.

—Se acercan las Navidades —dijo finalmente Tommy—. ¿Tendrás tiempo para que vayamos a ver el mercadillo de Madrid?

Desde pequeños, Tommy y Dani habían ido todos los años al mercadillo navideño que se forma en la plaza de Madrid.

Más que por los adornos, a los dos les gustaba salir de su rutina para visitar la capital.

Solían ver todos los puestos y luego merendar en alguna cafetería.

Siempre habían ido acompañados por sus padres a pasar el día, pero desde hacía un par de años iban solos en el autobús.

Se había convertido en una tradición anual que compartían solo ellos dos, sin involucrar a ninguno de sus otros amigos.

La última vez que estuvieron fueron desde por la mañana hasta las últimas horas de la tarde.

El sol se había ocultado hacía rato cuando los dos llegaron a casa.

La combinación de un bocadillo de calamares en el almuerzo con un chocolate con churros en la merienda había sido devastadora para sus estómagos, pero estaban ansiosos por repetir.

Era algo íntimo entre ellos dos, y aquel podría ser su última oportunidad de consumar la tradición antes de que ambos emigraran para estudiar sus correspondientes carreras.

—Pues claro —respondió Dani—. ¿Cómo no?

—No sé. Entre tus entrenamientos y los exámenes de fin de trimestre…

—Tranquilo, nos darán las vacaciones con tiempo suficiente para que vayamos.

«Además, la prueba será pronto. Hace ya tiempo que te aprobaron la solicitud.

El momento será inminente, y cuando todo pase no será necesario que entrenes tanto.

De hecho, no hará falta entrenar más, aunque…

Te están gustando los entrenamientos. Casi da pena que Toni deje de apalearte.

No, no es eso… Lo necesitas. Necesitas el subida de adrenalina que te da cada pelea.

Además… Parece que tu hermano por fin se abre.

Va a resultar que tiene un lado humano y todo.

Vanessa dijo que de pequeño era un chico muy solitario.

Cualquiera lo creería, viendo lo fácilmente que consigue relacionarse con las personas, y cómo logra llevárselas a su terreno… ».

— Bueno, será mejor que me vaya —dijo Tommy de repente.

—¿Y eso?

—Cris se dirige hacia aquí —dijo mientras hacía un movimiento ligero con la cabeza indicando la dirección por la que se acercaba la chica—. Y seguramente quiera hablar con su chico.

—Pues si ves a su chico, avisa.

—Ya sabes a qué me refiero… Creo que he visto a Sara sola. Voy a ver si…

—Ya, ya… —dijo Dani con aire cansado—. Anda, largo.

Tommy salió de la gradas por el lateral contrario por el que estaba entrando Cris, probablemente para no cruzarse con ella.

Un detalle que a Dani no le pasó inadvertido, pero al que no dio demasiada importancia.

Dirigió todos sus esfuerzos mentales a prepararse para la batalla que iba a librar en unos segundos.

No sería tan difícil como la pelea verbal que tuvo con Vanessa meses antes, pero podría ser igual de agotadora.

Y lo peor era que las consecuencias podrían ser el doble de dolorosas.

—¿Te han dejado solo tus amigos? —Cris había recorrido finalmente la distancia que les separaba y se encontraba delante de él.

—Ya ves. Se han cansado todos de mí.

—¿Todos todos? —dijo con un tono pícaro.

—Bueno, hay cierta chica de cabellos plateados que me hace caso de vez en cuando.

—¿Y te mereces sus atenciones? —dijo Cris mientras se sentaba a su lado y soltaba una ligera carcajada ante su comentario.

—No, la verdad es que últimamente no demasiado.

—Y aun así te hace caso. —Cris cambió a un tono de resignación—. No sabes la suerte que tienes.

Dani cruzó los brazos sobre sus rodillas y apoyó su cabeza sobre ellos.

Solía repetir ese gesto para tranquilizarse a menudo, en contraposición a recostarse sobre el asiento cuando se sentía en una posición de superioridad.

En clase le resultaba fácil hacerlo sobre el pupitre, pero en aquella posición tampoco le supuso demasiado problema.

—Hacía tiempo que no hablábamos a solas. Cara a cara —empezó a decir Dani.

—¿Y de quién es la culpa?

—No creo que sea culpa de nadie, Cris. Simplemente nos hemos distanciado —dijo Dani, intentando mantener la calma todo lo que pudo—. Pero te echo de menos.

—Podrías haberme escrito. Hubiéramos quedado.

—Tú también podrías haberme escrito, Cris.

—Después de cómo te fuiste de mi casa la última vez… —empezó a decir la chica, elevando la voz a ligero tono de enfado—, no era a mi a quien le correspondía acercarse al otro. Esperaba una disculpa, la verdad.

—No entiendo por qué.

—¿No lo entiendes? —Cris se había enfadado. Ahora su rostro era un claro reflejo de ello—. Si no lo entiendes, quizás es que a pesar de ser tan listo, no eres más que un gilipollas.

—Mira, Cris. —Dani giró la cabeza para mirarla directamente a los ojos, con tono conciliador—. Es verdad que hace mucho que no nos vemos, pero creo que eso no es algo tan malo. He estado pensando, y nuestra amistad se había… Estropeado con el sexo. Se estaba volviendo complicada.

—¿Complicada por qué?

—Bueno, tú misma lo dijiste. Solamente quedábamos para acostarnos. No hacíamos cosas de amigos.

—¿Y ahora sí? —A pesar del enfado, Cris sabía mantener la cabeza fría en cualquier situación.

—Ahora nos hemos distanciado.

—Dani, no me creo que me vengas ahora con estas. —El rostro de Cris se ensombreció—. ¿Hay otra?

—¿Otra qué?

—Otra… chica —Cris arrastró esa última palabra, como si le diera miedo pronunciarla.

—No me he acostado con nadie más, Cris.

—No me refería solo al sexo. —La expresión del rostro de Cris no cambió, pero su voz sonaba algo más aliviada—. ¿Entonces quieres que dejemos de acostarnos? ¿Me estás dejando?

—No hay nada que dejar, Cris. Ese es el asunto. Creo que si seguimos con el sexo, la cosa va a ir a más y alguno de los dos se va a hacer daño.

Cris fue a decir algo, pero Dani hizo un gesto con la mano para que le dejara continuar.

—Te tengo mucho aprecio, Cris. Eres una chica increíble. Eres muy inteligente, sacas unas notas altísimas. Pintas genial y algún día tus cuadros van a dar la vuelta al mundo. Y qué coño, estás buenísima. Follar contigo ha sido increíble. Pero…

—Pero ¿qué? —La frialdad había vuelto a apoderarse de los ojos de Cris—. Dilo.

—Pero, Cris, no te quiero. No como tú me quieres, o cómo me puedes llegar a querer.

Creo que si seguimos por este camino, vamos a acabar mal.

Y prefiero hacerte daño ahora, y que te enfades conmigo, a hacértelo dentro de unos meses y que me odies el resto de tu vida. No quiero perder a una amiga como tú.

Volvió a reinar el silencio. Ninguno de los dos parecía percibir ni uno solo de los sonidos que les rodeaban. Por un segundo, ni siquiera captaron el ruido de los chicos dándole patadas al balón que tenían a unos pocos metros de donde se encontraban. Los dos jóvenes tenían el corazón encogido.

Dani había dicho la verdad, solamente a medias.

Era cierto todo lo que acababa de declarar: sentía mucho cariño por Cris, le parecía una de las personas más maravillosas que había conocido nunca, y no quería dejar de ser su amigo nunca.

En su cabeza, había imaginado muchas veces cómo sería si siguieran acostándose juntos como hasta ahora, y el resultado siempre era el mismo: al final, ella querría más de lo que él estaba dispuesto a darle, y entonces sería demasiado tarde para dar marcha atrás.

Había hecho muchas simulaciones mentales, y en ninguna de ellas acababa bien.

Sin embargo, no era la única razón que Dani tenía para poner fin a sus encuentros.

Estaba la razón importante. La que llevaba aquejándole desde hacía ya casi tres meses: Vanessa.

Una chica inalcanzable para él, pero que a su vez le impedía tener una relación, de la índole que fuese, con ninguna otra.

Dani se sentía horriblemente mal por haberse acostado con Cris cuando sus pensamientos estaban claramente centrados en otra persona.

No podía seguir permitiéndose hacer eso.

La decisión estaba tomada, y aquel era el momento de ejecutarla.

—Como quieras —dijo Cris mientras se levantaba.

—¿Estás bien?

—¿A ti que te parece?

Y entonces Dani lo vio. Algo que jamás se habría imaginado.

Si le hubieran preguntado, habría dicho que tenía más posibilidades de ver a un animal mitológico antes que lo que tenía delante: una lágrima diminuta había brotado del ojo de Cris y ahora se deslizaba descendiendo por su mejilla.

Aquella chica tan fría, a la que parecía no afectarle nada, con quien él había compartido tantos momentos ardientes, ahora se estaba derrumbando.

El velo de hielo había caído, y la persona detrás estaba emergiendo a la superficie.

Dani trató de levantarse para consolarla.

De repente sintió el deseo de abrazarla, de protegerla.

Quería decirle que no pasaba nada, que todo iría bien y que serían siendo amigos a pesar de todo.

Pero ya era tarde. El daño estaba hecho y el corazón de Cris, roto.

En su interior sentía que nunca le había hecho tanto daño a una persona como en ese momento.

Cris se dio la vuelta y echó a correr. Él quiso seguirla, pero sus pies no reaccionaron.

Algo dentro de él sabía que debía quedarse donde estaba.

Sabía que a pesar de todo el mal que había causado, era un daño colateral y menor comparado con el daño que podría hacerle si seguía manteniendo aquella mentira.

Cuanto más tiempo mantienes una ilusión, más daño hace cuando esta se rompe.

Ocurre cuando despiertas de un sueño profundo por la alarma del móvil.

Ocurre cuando te pasas la infancia creyendo en el ratoncito Pérez, y ocurre cuando te tiras a una persona que te quiere, pero por la que tú no sientes nada.

Dani acababa de aprender una lección que no olvidaría durante el resto de su vida. Aquella experiencia había hecho mella en él, y le había cambiado de un modo que aún no alcanzaba a ver, alejándole un poco del niño que había sido, y acercándole al gran hombre que estaba destinado a ser.

La alarma sonó, indicando el fin del recreo. Dani fue a moverse para volver a clase, cuando algo se lo impidió. Una mano se posó en su hombro y detuvo su movimiento. Se giró para ver a quién pertenecía el miembro, para descubrir a Mike justo detrás de él.

—Es la hora, Dani —dijo con su habitual tono de simpatía juvenil.

—Ya, ya lo sé, Mike. Ya iba para clase

—No, Dani —dijo mientras apretaba la mano con la que le sujetaba el hombro—. Es «la hora».

Dani no lo entendió inmediatamente, no hasta que miró la mano que le apretaba el hombro y comenzaba a hacerle daño.

Allí, sobre el dedo anular de su profesor, descansaba un anillo de resplandeciente tono plateado.

Grabado en el anillo, una llama redondeada por abajo, ligeramente inclinada hacia la izquierda, terminada en un tridente puntiagudo.