Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

E l invierno había llegado finalmente. El despertador sacó a Dani de su sueño para introducirlo sin piedad en un amasijo de mantas y sábanas que conformaban un entorno cálido y agradable. Se sentía como un bebé nonato en el interior del útero de su madre: cómodo, seguro y protegido.

Aquella mañana de diciembre, la cama parecía haberlo atrapado con sus garras de franela y poliéster sin darle posibilidad de escape.

Fuera de aquel lecho le esperaba un mundo frío y lleno de problemas al que no le apetecía enfrentarse.

Esto, unido al hecho de que tenía el cuerpo dolorido por los entrenamientos con su hermano, hizo que Dani retrasara todo lo posible su salida.

Hizo falta que la alarma sonara una tercera vez para que sacara los pies de la cama y se dirigiera hasta donde tenía enchufado el móvil para apagarla.

Había aprendido que era mejor dejar el teléfono enchufado lo suficientemente lejos de él como para que tuviera que levantarse a apagarlo, o corría el riesgo de caer en la tentación de desactivar la alarma y darse la vuelta en la cama.

Por el momento no le había ocurrido nunca, pero no quería averiguar lo que pasaría.

La diferencia de temperatura hizo que se le pusiera la piel de gallina en cuanto salió de la habitación hacia el baño.

Se había acostumbrado a dormir sin camiseta durante el último mes, y lo había mantenido a pesar de la bajada de las temperaturas.

Llevaba puesto tan solo el pantalón de un pijama sobre la ropa interior y unos calcetines cuando cruzó la puerta del baño.

Se contempló durante un instante en el espejo.

Su cuerpo, antes inmaculado, estaba ahora sembrado de moretones y arañazos fruto del entrenamiento.

La forma de los nudillos de Toni podía adivinarse fácilmente en torno a la barbilla de Dani.

Se había esforzado por moldearlo y forjarlo como el martilleo en un yunque de forma que pudiera aguantar una lluvia de golpes sin rendirse ni dejar de pelear.

Era asombroso lo mucho que había mejorado en tan solo unas pocas semanas.

Tenía que admitir que había sido un profesor excelente.

Incluso había ganado algo de peso y de tono muscular en consecuencia.

A pesar del cansancio y del dolor por los golpes, nunca se había sentido tan ágil y fuerte como en ese momento.

Se sentía con energía aquella mañana. Había conseguido encontrar el equilibrio perfecto entre el entrenamiento y los deberes del instituto como para poder incluso dormir casi ocho horas diarias.

Tampoco le había quedado más remedio, ya que era una orden directa de su hermano y no se atrevía a desobedecerla.

Esto, por desgracia, le había quitado tiempo para quedar con Cris o con Tommy durante la semana, así que su contacto se había limitado a ver a su amigo en clase y a algún encuentro casual con la chica en los recreos.

Ni siquiera había tenido oportunidad de volver a quedar con Vanessa en ese tiempo. Se contentaba con verla en la distancia desde su pupitre de clase.

Dani se estaba volviendo loco con la falta de vida social, pero pensó que merecería la pena pasadas las pruebas de ingreso, lo cual debería ocurrir de forma inminente.

Habían pasado varias semanas desde que Juan Carlos le comunicó que había sido aceptada su solicitud y que pronto se le comunicaría el lugar y la hora de la primera prueba.

Su profesor no se había implicado demasiado en su entrenamiento, pero era compresible debido a su edad, su trabajo y su posición dentro de la orden.

Dani lo había disculpado por su falta de atención y tenía la esperanza de que se involucrara más una vez que él fuera miembro de pleno derecho de la orden.

Empezó a hacerse el desayuno mientras sus padres se levantaban en su habitación.

Uno de los aspectos con los que más satisfecho estaba acerca de su nueva condición era que por fin sus padres le habían permitido tomar un desayuno como a él le gustaba.

Desde que su preparación había comenzado, Dani había estado desayunando un café junto con una tortilla de huevos y atún cada mañana.

Una vez más, las ordenes de Toni eran incuestionables.

Nunca se había alegrado tanto de la influencia que ejercía su hermano sobre sus padres.

Encendió la cafetera y puso en el filtro la cantidad necesaria para poder hacer tres tazas de café mientras batía los huevos en un bol de cristal.

Se había acostumbrado a realizar ese ritual con mucha facilidad.

Cuando llevas tanto tiempo deseando desayunar en condiciones, no te resulta nada molesto tener que cocinarlo todas las mañanas, por mucho que te duela la cabeza al levantarte.

El humor de Dani era tan bueno que ni siquiera le importó que su madre le hablara al entrar en la cocina.

—¿No tienes frío sin camiseta? —Su madre habló con tono de urgencia ante la semidesnudez de su hijo—. Estamos en diciembre, Daniel, ponte algo que te vas a resfriar.

—Estoy bien, mamá —dijo Dani en tono conciliador—. Me he acostumbrado a dormir así y no me he dado cuenta al hacerme el desayuno. Después me pondré algo.

—Madre mía, cómo te ha dejado Toni… —Su madre pasó la mano con delicadeza por el moretón que decoraba la barbilla de su hijo—. Me tienes preocupada, hijo, de verdad.

—Es menos de lo que parece, de verdad. Ni siquiera lo noto. —Dani se apartó para poner la sartén al fuego mientras seguía hablando—. Toni también se llevó un buen golpe. De las pocas veces que he conseguido darle. Me estaba enseñando unos movimientos de win chun y se nos fue de las manos.

—Qué ganas tengo de que pase todo esto. No duermo pensando en que cualquier día puede ser la prueba.

—Tú pasaste por lo mismo hace años.

—Sí, y por eso no duermo por las noches, Daniel. —Cogió el bol que contenía los huevos mezclados con la lata de atún de las manos de su hijo—. Vete a poner algo encima anda. Ya te hago yo la tortilla.

Quince minutos después, los tres miembros de la familia Carrasco se encontraban desayunando en la cocina.

A Dani le parecía un sueño estar compartiendo un café con sus dos progenitores.

Aquel día ninguno de los tres rompió el silencio.

Él había vuelto a su estado mañanero de enclaustramiento dentro de su propia mente.

La ligera hiperactividad que había experimentado minutos antes se desvaneció en el momento en el que se acomodó en la silla de la cocina, y en su lugar emergió una modorra que le tentaba a volver a meterse bajo las sábanas.

En aquellos momentos agradeció que sus padres se tomaran por primera vez la consideración de no perturbar su tranquilidad, aunque probablemente también ellos estuvieran aún intentando encender sus procesos mentales.

Tras el desayuno, tardó poco más de cinco minutos en vestirse.

Una de las ventajas de ser Daniel Carrasco era que solía dejar elegida el día anterior toda la ropa que iba a ponerse al día siguiente, así como la mochila preparada con todo el material que iba a necesitar.

El proceso de entrar en la habitación y salir listo para ir a clase resultaba casi automático.

Muy útil en caso de ir con prisas. Solo le quedaba un pequeño detalle que solventar, antes de enfrentarse al frío viento de diciembre.

—¡Mamá! —gritó Dani desde la habitación—. ¿Has visto mi abrigo negro? No lo encuentro, y quería ponérmelo ahora que hace frío.

Su madre tardó unos segundos en aparecer desde su habitación, todavía con cara soñolienta.

—Estará en tu armario, con toda tu ropa.

—¡Mi armario! ¿Cómo no se me habrá ocurrido? —respondió con tono sarcástico.

—A que lo buscas tú… —La madre entró en la habitación de su hijo tras la amenaza.

Dani adoraba aquel abrigo. No solía disfrutar demasiado del invierno.

Prefería una estación más cálida. Le encantaba recorrer el pueblo con su bicicleta en primavera y pasarse las tardes en la piscina con Tommy.

El frío, sin embargo, le producía una sensación de cansancio constante; no tenía la misma energía que en el resto de las estaciones.

La piel se le irritaba cuando entraba en contacto con el aire frío, se ponía enfermo con más frecuencia…

La única parte buena que tenía aquella estación era poder ponerse su maravilloso abrigo de pana negro.

Le llegaba casi hasta los tobillos el año anterior, aunque Dani estaba seguro de haber crecido.

No dejaba de preguntarse hasta dónde alcanzaría ahora.

Parte del buen humor de aquella mañana se debía a la perspectiva de ir a clase con él aprovechando la bajada de temperaturas y, con suerte, causar algún elogio por parte de Vanessa.

Conscientemente, sabía que poco podía hacer él para impresionarla, pero el subconsciente era una parte que todavía era incapaz de controlar, y por desgracia algo dentro de él seguía incitándole a intentarlo.

Una vez más, el corazón juvenil había vencido al cerebro indiscutiblemente.

—Pues tienes razón, no lo encuentro —dijo su madre tras invertir unos minutos en buscarlo por el armario—. ¿Dónde lo habrás puesto?

—No lo habrás lavado o algo…

—No lo sé, Dani, pero ahora no me puedo poner a buscarlo. Ya lo buscaré luego. Ponte un anorak para ir a clase de momento.

A Dani no le quedó más remedio que obedecer.

A pesar de su buen humor, no estaba en condiciones de iniciar una discusión con su madre, ni de ponerse a buscar la prenda.

Tampoco estaba seguro de poder encontrarlo a tiempo.

Cogió un anorak azul del armario y salió para clase, con la promesa de encontrarlo aquella tarde antes de que su hermano pusiera un solo pie en la casa.

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