Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Apoyado sobre la pared, al lado de las estanterías, había un saco de arena, el típico que se podía encontrar en los clubes de boxeo.

Era negro y estaba recubierto de parches de cinta americana.

Debía de haberse roto varias veces y se había improvisado un arreglo para evitar que se vaciara.

A juzgar por la cantidad de polvo que tenía encima, no se había usado en mucho tiempo.

—Joder, está igual que siempre —dijo Toni una vez que hubo cerrado la puerta con llave por dentro.

—¿Venías mucho por aquí con el Chaleco?

—Venía todos los días, varias horas al día. —El rostro de Toni estaba serio—. Alguna vez vine incluso con papá. No se mueve mal para su edad.

—¿Cómo hacías para sacar todo sobresalientes y entrenar tanto?

—Encontré la forma.

—¿La orden tiene muchos sitios como este?

—Tenemos muchas propiedades por todo el mundo.

Oficialmente, este garaje pertenece a la empresa de uno de los miembros, por lo que no hay peligro de que alguien haga preguntas sobre él.

Por supuesto, en Madrid tenemos muchos más recursos.

Si pasas las pruebas, puede que algún día te lleve a la biblioteca Prim, o al archivo Serrano.

Depende de cómo te portes. —Toni se sacó las llaves del bolsillo, la cartera y el móvil y los dejó sobre la estantería—.

Anda, no te enfríes que vamos a empezar.

Dani le imitó y le siguió hasta el centro de la sala, bajo un tubo de luz fluorescente.

Los dos hermanos quedaron uno frente al otro, mirándose a la cara.

Toni le contemplaba desde las alturas, con su traje deportivo que permitía adivinar parte de su musculatura.

Dani sintió un poco de intimidación, mezclada con una pizca de admiración.

Estaba empezando a ver su hermano de una forma totalmente distinta a como le había visto durante toda su vida.

—Veamos —empezó a decir Toni—. No te puedo contar mucho sobre la prueba, ya sabes.

Basta decir que vas a tener que pelear, y mucho.

Tienes que aprender a utilizar los puños y las piernas para defenderte.

Quiero que a partir de ahora dediques un par de minutos a ver videos de artes marciales en Internet, y te vayas mentalizando de lo que supone un combate.

—¿Las piernas? —dijo Dani entornando los ojos con incredulidad—. Creía que habías practicado boxeo en el instituto. He visto tus trofeos.

—Y lo practiqué, pero era una tapadera. En realidad practiqué muchos tipos de artes marciales.

—¿Y por qué me dijisteis siempre que era boxeo?

—Porque en este pueblo no hay gimnasios de artes marciales, pero sí un club de boxeo.

—Pero…

—Dani, céntrate, por favor —dijo Toni con impaciencia—. Vamos a empezar por unos ejercicios básicos. Establezcamos una base y trabajemos sobre eso. Levanta la guardia.

Dani cerró los puños y los alzó lo mejor que pudo, imitando la clásica posición de combate que se podría ver en una película, con alguien a punto de enzarzarse en una pelea. Su hermano no dudó en corregírsela apenas hubo cerrado los puños.

—Más cerca de ti. No, no tanto. Se trata de que puedas proteger tu cuerpo de golpes.

Eso es, así. Mantén la tensión. Bueno… —dijo Toni mientras le contemplaba cómo si mirara un lienzo que acabara de pintar y estuviera decidiendo si así estaba bien o si debía añadir algún trazo más—, bueno, así está bien.

A medida que avancemos te irás dando cuenta de cómo te viene mejor tener la guardia para protegerte.

Bien, ahora voy a lanzarte golpes, despacio, y quiero que los bloquees o los esquives. Iré poco a poco.

Toni se quitó la chaqueta del chándal y la lanzó unos metros a su derecha para descubrir que debajo también llevaba una camiseta de tirantes.

Esta vez Dani pudo apreciar mucho mejor las fibras musculares que componían los brazos de su hermano.

Debía de pasar mucho tiempo de su día a día en el gimnasio.

Nunca hubiera imaginado que bajo su traje habitual podrían encontrarse unos bíceps de ese tamaño.

Ahora entendió cómo se había hecho tanto daño al golpear el torso de Toni.

Su hermano debía tener unos abdominales igual de bien trabajados que los brazos.

Aparte de que no sabía apretar la muñeca correctamente, el puñetazo había sido como golpear un bloque de hormigón.

No había tenido ninguna posibilidad desde el principio. Un error que no volvería a cometer.

Dani imitó su hermano y acto seguido este levantó los brazos formando su posición de combate y comenzó a lanzarle puñetazos. Eran rápidos y le costaba mucho seguirlos, pero pudo notar la diferencia con la noche de hacía un mes, cuando le destrozó el orgullo y la muñeca.

Los golpes de Toni venían de todas direcciones y Dani no podía sino esquivarlos todos mientras retrocedía. Por suerte ninguno llegó a impactar en su destino, lo cual le dio algo de confianza. De pronto vio unos nudillos a dos centímetros de sus ojos y levantó el brazo para bloquear el ataque.

—No, no, así no —dijo Toni interrumpiendo el ejercicio—. No intentes bloquearme con la mano, o te romperás los dedos. Tienes que usar todo el brazo. Mira, ataca tú.

Dani obedeció y lanzó un puñetazo a la cara de su hermano. Sin demasiada fuerza, aunque hubiera deseado devolverle el golpe de la última vez. Su hermano movió el brazo golpeando el antebrazo de su hermano pequeño con el propio, y desviando el golpe de su trayectoria.

—Si puedes elegir, esquiva en lugar de bloquear. Cuanto menos contacto tengas, mejor. Además, tu rival estará acostumbrado a pelear y es probable que te hagas más daño bloqueando que él. Venga, seguimos.

Toni retomó el entrenamiento atacando de nuevo.

Esta vez subió un poco la intensidad. Dani se sentía bastante cansado después de la carrera que acababa de hacer, pero aun así aguantó el tipo todo lo que pudo.

Los golpes de su hermano le hacían retroceder y podía sentir la pared acercándose a su espalda.

Era un ejercicio muy demandante, y el aire comenzaba a faltarle de nuevo.

Finalmente notó el muro con sus talones.

—Suficiente —dijo Toni cuando Dani llegó al final—.

Ahora ataca tú. Iremos haciendo series de atacar y defender, para que te vayas acostumbrando.

Primero que todo, tienes que aprender a dar un puñetazo.

Si los das como la otra vez, te romperás la mano con el primer puñetazo que consigas encajar.

Y eso sí lo consigues. Mira, tienes que ir cerrando la mano así, poco a poco.

Toni fue cerrando uno a uno todos los dedos de la mano derecha, comenzando por la primera falange de cada uno desde el meñique hasta el índice, después continuó con la segunda cerrando el puño y finalmente doblando el pulgar sobre el conjunto.

—Una vez que lo tengas así, aprieta la mano al golpear.

En esta posición, tu mano será dura como una piedra, y si golpeas con los nudillos aplicarás toda la fuerza del brazo.

La otra vez me golpeaste con la parte baja de los dedos y por eso se te resbaló la mano y te hiciste daño.

No creas que no me di cuenta de tu cara de sufrimiento.

Dani no respondió. Todavía sentía una mezcla entre culpabilidad y rencor por esa charla.

—Adelante, ahora tú.

Dani no esperó una segunda confirmación y se lanzó al ataque.

Ahora estaba mucho más centrado que la vez anterior.

En lugar de lanzar golpes a lo loco, intentó ser más analítico.

Probó a apuntar a zonas distintas cada vez.

Un puñetazo a la cara para que subiera la guardia seguido de un golpe al estómago aprovechando que los brazos estaban arriba, continuando por uno a las costillas…

Su hermano los iba esquivando sin problema, añadiendo algún bloqueo cuando se veía muy apurado.

Toni avanzaba mucho más despacio que él hacia la pared, ya que era capaz de esquivar sin moverse demasiado del sitio y sin perder terreno.

Dani tomó nota para imitarle cuando volviera a ser su turno de defenderse.

Apenas había llegado a la mitad del garaje y Dani estaba ya agotado.

No estaba seguro de poder aguantar muchas más series como aquella.

Hacer flexiones en su habitación era una cosa, pero aquello era totalmente distinto.

Apretó los dientes y siguió atacando, poniendo cada vez menos energía en cada ataque, en parte por ahorrar energía, en parte porque estaba perdiendo fuelle.

De pronto y sin previo aviso, Toni le lanzó un golpe que acabó en un guantazo con la mano abierta sobre su mejilla.

Dani se quedó tan perplejo ante el ataque que no se movió.

No sabía qué se esperaba de él en aquella situación.

Se suponía que era su turno de atacar, y no estaba preparado para defender.

—Has bajado la guardia —dijo Toni ante la expresión de asombro de su hermano—.

Nunca bajes la guardia, y menos cuando estás atacando.

Cuando defiendes la vas a tener alta porque no te quedará más remedio, pero si no tienes la guardia alta cuando ataques, te puede pasar lo que te acaba de pasar: que te puedes llevar un golpe. Nunca bajes la guardia. Sigue.

Dani volvió a la carga. Los ojos comenzaron a picarle por las pequeñas gotas de sudor que bajaban por su frente.

Por primera vez en su vida, vio sudar a su hermano.

En su cara comenzaban a aparecer pequeñas perlas que cubrían su rostro y los hombros.

No podía fijarse demasiado, ya que su atención estaba centrada en los ataques, pero era imposible no verlas cuando reflejaban la luz del techo.

Después de lo que a Dani le parecieron varias horas, consiguió alcanzar la pared por la que habían entrado.

—Muy bien —dijo Toni levantando una mano para indicar a su hermano que parara de atacar—. Vamos a hacer un descanso de unos segundos y volvemos. Tampoco conviene fatigarse demasiado la primer vez, pero ve acostumbrándote.

—La primera vez siempre duele, dicen —dijo Dani con una media sonrisa, tratando sin éxito de provocar una carcajada en su hermano. Le hubiera gustado volver a sentirse tan cerca de él como cuando hizo el chiste sobre el gen heredado de su padre.

—Te sorprenderías, chaval —contestó Toni, sin una respuesta emocional aparente—. No te distraigas, que tenemos que hacer un par de series más antes de volver a casa. Corriendo, por supuesto.

—Por supuesto —dijo Dani con tono sarcástico—. Pero tendrás que correr más rápido. Me estaba aburriendo de ese ritmo tan lento.

—No te pases ni un pelo, chaval —dijo Toni con tono seco—. Esto va a ser así todos los días, Dani. Vendremos corriendo, entrenaremos y nos iremos corriendo, así que tómatelo en serio y acostúmbrate.

—Vamos, Toni —dijo Dani con tono de indiferencia—.

No te hagas el interesante. Mamá y papá intentaron asustarme, pero no creo que sea para tanto.

Soy joven y no estoy en tan mala forma, joder.

No creo que haya demasiado problema. Además, Juan Carlos no me habría propuesto entrar si no fuera posible.

Te está encantando torturarme, pero nada más.

Y me encanta que me entrenes, ¿eh? Estoy aprendiendo mucho de ti.

Toni no dijo nada. Observó a Dani sin mover ni un músculo con el rostro serio hasta que este hubo terminado su discurso.

Su respuesta se manifestó en forma de un movimiento, tan rápido que el ojo de Dani no fue capaz de captarlo.

En menos de un segundo, su mano cerrada en un puño recorrió la distancia que les separaba, formando una parábola perfecta, bajando y subiendo para terminar impactando contra el estómago de su hermano.

El golpe fue tan fuerte que Dani sintió cómo sus pies se separaron del suelo por un instante, para caer de rodillas inmediatamente después.

Con los ojos clavados al suelo, se llevó ambas manos al lugar del impacto. Había podido sentir la energía de Toni recorriendo su cuerpo desde el torso hasta la espalda. Sintió náuseas en ese momento. Los puñetazos de su hermano empezaban a serle familiares.

—Eres un inconsciente, Dani —dijo su hermano—.

En la prueba puedes morir si no estás preparado.

No serías el primero, ni probablemente el último.

Si Juan Carlos te ha propuesto entrar ha sido porque me ve a mi reflejado en ti, pero no nos parecemos en nada.

Cree que lo harás como yo, pero si no te lo empiezas a tomar en serio te van a dar una paliza de muerte, y te van a hacer mucho daño.

Dani se puso en pie. Primero alzó una rodilla, y luego la otra.

Seguía sintiendo el potente ataque de su hermano en su interior, pero se esforzó por no mostrar signos de debilidad.

Un débil brillo apareció en sus ojos, pero las lágrimas no llegaron a brotar.

Su expresión se había tornado desafiante hacia su hermano.

En aquel instante, se hizo una promesa: no volvería a caer. Algo había cambiado dentro de él, y se lo iba a demostrar a sí mismo y a Toni con cuatro palabras que iban a dolerle más que mil puñetazos de su hermano, pero que necesitaba decir en alto para poder salir del capullo y volar:

—Perdóname, Toni —dijo con tono firme—. Tienes razón.

Toni no contestó inmediatamente, sino que se quedó mirándole con una expresión de incredulidad. Su boca se había abierto ligeramente por el asombro ante las palabras que su hermano acababa de decir en alto.

—Vaya, esto no me lo esperaba, la verdad.

—Tienes razón, Toni. Me he portado como un idiota. Me he dejado llevar por las emociones, y ahora no le doy importancia a la prueba. Te prometo que me voy a esforzar, y voy a dar el cien por cien —dijo Dani sin titubear—. Valoro mucho que te esfuerces por entrenarme.

Volvió a reinar el silencio durante unos segundos.

—Odio reconocerlo, Dani, pero has madurado en este tiempo. Quizás haya sido buena idea que Juan Carlos te ofreciera entrar en la orden. Muy bien. —Toni volvió a levantar los puños formando su guardia—. Demuéstrame que estaba equivocado contigo.