Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

D ani yacía tumbado sobre la cama de su habitación, contemplando el universo a través de las pequeñas motas de polvo que se acumulaban sobre los libros de su estantería.

Se sentía agotado mentalmente. Se había pasado la tarde adelantando todo el trabajo posible del instituto.

Quería tener su agenda despejada cuando comenzara su entrenamiento con Toni.

Para cuando llegó a su casa, después de ver a Tommy aquella tarde, su cerebro ya había asimilado toda la información que había adquirido acerca de la orden y había podido trazar planes de futuro: un horario de estudio que le permitiera llevar los deberes al día y dejar tiempo para entrenar con su hermano.

Tendría que sacrificar algún que otro sobresaliente, pero si había hecho los cálculos correctamente, tendría el tiempo justo de estudiar, entrenar y dormir.

Había concluido que debía esforzarse especialmente en exprimir su capacidad cerebral sobre el escritorio, ya que con Toni solo tendría que explotar su resistencia física y podría dejar descansar la mente. Era el equilibrio perfecto entre mente y cuerpo. Su plan no podía fallar.

Aquel día, por lo visto, había infravalorado sus posibilidades. A las seis en punto de la tarde ya había terminado todos los deberes de los dos días siguientes, y había tenido tiempo de hojear todo el temario para el siguiente examen de Física.

Quizás la emoción del momento le habría hecho ir más rápido de lo normal.

Se había sentido capaz de continuar por varias horas más sin decaer el ritmo.

Ahora, sin embargo, se sentía frustrado tumbado sobre la cama, imaginando la cantidad de cosas que podría estar haciendo mientras esperaba a su hermano.

Por suerte, su mente racional acudió al rescate.

«Tampoco puedes hacer nada para evitarlo, y es mejor que te sobre tiempo a que te falte.

Hoy ha sido fácil, y aunque hemos adelantado el trabajo de varios días, probablemente las cosas se vayan complicando conforme se vayan acercando los exámenes y la selectividad.

Es mejor que te acostumbres a este ritmo de vida cuanto antes, y lo sabes.

Por otro lado, enfadarte ahora está bien.

Así podrás liberar toda esa rabia contenida contra Toni.

No podemos repetir los fallos de la otra vez ni atacar a lo loco.

Por muy fuerte que golpees, no servirá de nada si no le aciertas ningún golpe».

Dani rebuscó en el bolsillo del pantalón para consultar el reloj del móvil.

Su hermano le había escrito un mensaje esa mañana para decirle que su adiestramiento comenzaría a las cinco y media de la tarde.

No le había contestado a Toni, y esas líneas eran lo último que se podía leer en la conversación.

Por fin escuchó desde su habitación el sonido de las llaves girando en la puerta principal.

Toni había llegado desde Madrid. A pesar de que llevaba largo rato esperándole, Dani no pudo evitar sentir una punzada de pereza cuando oyó los pasos de su hermano acercándose por el pasillo.

Se había amodorrado allí tumbado, y después del esfuerzo que había hecho para terminar los deberes, una sesión de entrenamiento era lo que menos le apetecía en esos momentos.

Tomó nota mentalmente de no volver a esperar sobre su cama en un futuro.

Alguien llamó a la puerta de su habitación. Dani se tomó unos segundos para contestar.

—Adelante.

—¿Qué haces ahí tirado? —Toni apareció al otro lado de la puerta—. ¿No te he dicho que entrenamos hoy?

—Sí, pero me he cansado de esperar.

—Estupendo, Dani. —Toni se cruzó de brazos delante del pecho con una expresión de impaciencia—. Ponte un chándal, que vas a sudar. Y date prisa, que andamos justos de tiempo.

—Por tu culpa —dijo Dani mientras se levantaba de la cama y se quitaba la camiseta—. Si hubieras llegado antes ya estaríamos entrenando.

—Aunque no te lo creas, tengo mejores cosas que hacer que perder el tiempo intentando que pases las pruebas de la orden. Y, por lo que veo —dijo Toni mientras señalaba el torso desnudo de Dani—, tenemos mucho trabajo por delante.

—¿A qué te refieres?

—Pesas menos que una pluma, compañero. Aunque tienes los abdominales más o menos visibles, calculo que no podrás ni hacer veinte flexiones seguidas.

Voy a tener que hacerte una dieta especial también.

Tenemos que meterte fuerza y resistencia.

Y tenemos que hacerlo rápido. —Toni chasqueó la lengua—.

Joder, Dani, ¿es que nunca te ha dado por hacer ejercicio?

Dani ignoró el comentario. Sabía que su hermano conocía perfectamente su rutina de entrenamiento, por lo que aquello era sin duda un intento de provocarle. Y no estaba dispuesto a dejarse arrastrar a la trampa.

Por un segundo, hasta se enorgulleció de haberse percatado de ello, pero mucho más de mantener la calma. Se sintió con cierto poder respecto a su hermano. Con la capacidad de mantener la cabeza fría. Quizás se estaba engañando a sí mismo, pero la sensación era genial, y pensaba disfrutarla.

Buscó un conjunto cómodo, que le permitiera moverse con facilidad. Cualquier chándal hubiera servido a ese propósito en realidad, pero Dani eligió una camiseta de tirantes negra y unos pantalones deportivos con unos tonos grises.

Completó el atuendo con una sudadera gris, algo más oscura que el pantalón, con capucha, como las que Vanessa solía llevar en su morada.

Probablemente de la misma talla que usaba ella.

La imagen de la chica con su ropa de estar por casa apareció en su mente tan rápida como un relámpago.

Era inevitable que de los aproximadamente ciento veinte mil pensamientos que era capaz de producir su cerebro diariamente, al menos ciento diecinueve mil estuvieran relacionados con ella.

Había leído en una ocasión que «las hormonas lo controlan todo». Y Dani no podía estar más de acuerdo.

Cuando estuvo listo, los dos hermanos abandonaron el piso.

Dani se percató de que su hermano también llevaba ropa deportiva.

Una persona que hubiera vivido con Toni podría esperar que su chándal incluyera una americana con camisa y corbata, pero nada más lejos de la realidad.

De repente le vino a la cabeza una imagen de Toni levantando pesas con traje, camisa y corbata, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no echarse a reír en ese momento.

—¿A dónde vamos? —dijo Dani una vez que los dos estuvieron en la calle.

—Vamos a un garaje que tiene la orden por aquí cerca. Es bastante grande, y hay espacio para entrenar. Lo he reservado durante un par de semanas, para que podamos estar solos. Esperemos que sea bastante. Iremos hasta allí corriendo, así que ponte las pilas.

En cuanto hubo terminado la frase, Toni aceleró el paso. Al principio era un trote suave. Nada demasiado fuerte, para que los dos comenzaran a entrar en calor. Dani no tuvo problemas en igualar su paso. La modorra había desaparecido y una ligera euforia ocupó su lugar.

Apretó el paso para ponerse por delante de su hermano. No tenía especial interés en hacer deporte, pero reconocía que se sentía genial cuando lo practicaba. Su cuerpo liberaba endorfinas que, combinadas con sus hormonas juveniles, le animaban a continuar. Más rápido, más fuerte.

—Relájate, o no llegarás —gritó Toni, unos metros por detrás de él—. Es un ejercicio de resistencia, no de velocidad.

Enseguida supo a qué se refería. Pasados un par de minutos fue incapaz de mantener el ritmo que había tomado.

Sus pulmones no recibían el aire suficiente, por mucho que se esforzara en respirar.

Se sintió sin aliento. El corazón le latía con tanta intensidad que casi podía oírlo en su pecho.

Sintió cómo el sudor inundaba su cuerpo bajo la sudadera y deseó poder quitársela.

Tosió un par de veces mientras reducía la velocidad.

—Te lo advertí —dijo Toni cuando le alcanzó—. Tienes que aprender a medir tus fuerzas y a dosificar tus energías. En eso vamos a centrarnos. Intenta aguantar, anda, que ya queda poco.

Pero era mentira. Habían empezado a correr por la acera desde su casa, bordeando la carreta principal que cruzaba el pueblo hasta llegar a la vía que lo bordeaba, y se mantuvieron allí.

Dani pensó que quizás Toni quería hacerle dar un par de vueltas a todo el lugar antes de llevarle al garaje.

Un sentimiento de desasosiego comenzó a apoderarse de él, creciendo con cada metro que recorrían sin llegar a su destino.

Sintió que llegaba al límite de su capacidad física.

Ahora Toni era el que había acelerado y se había puesto por delante.

Dani esperaba que fuera el último esfuerzo antes de llegar a su destino.

Finalmente llegaron al polígono industrial que se encontraba a las afueras del pueblo.

Toni tomó la calle principal que se ramificaba en pequeñas vías a lo largo de todas las naves y almacenes que había allí.

Fueron aminorando la marcha hasta detenerse ante una puerta de garaje metálica color verde, con aspecto viejo y oxidado en algunas zonas.

Un lugar apartado de miradas indiscretas, a la distancia suficiente como para hacer un calentamiento previo y con el espacio suficiente para entrenar.

Dani no podía haber pensado en un lugar mejor.

Toni se sacó una llave del bolsillo, abrió la puerta e invitó a Dani a pasar. El interior estaba oscuro por la ausencia de ventanas. No había ni una rendija por la que pudiera colarse un mísero haz de luz, y no pudo ver nada hasta que Toni pulsó el interruptor de la pared.

Se encontraban en una sala amplia, con algunas manchas antiguas de aceite en el suelo. Había unas cajas de cartón apiladas en una esquina y unas estanterías metálicas en una pared. Una puerta abierta al fondo dejaba ver un pequeño cuarto de baño con lo esencial, justo al lado de una puerta cerrada.