Capítulo 18
V anessa lo estaba esperando apoyada sobre el marco de la puerta, justo en la misma posición en la que estaba la primera vez que había estado en su casa.
Y al igual que en aquella ocasión, llevaba puesto un pantalón de chándal con una sudadera un par de tallas por encima de la suya.
A pesar del leve resentimiento que tenía hacia la chica, no pudo evitar sentirse excitado al verla.
—Hola, chaval —dijo ella en cuanto le vio—. Te veo bien.
—Y eso que tengo un mal día —respondió Dani cuando alcanzó el marco de la puerta—. Si me vieras en uno de los buenos, alucinarías.
Dani se sentía más cómodo en compañía de la chica que la última vez que había estado allí.
Ahora que conocía su secreto era como si un velo hubiera caído y la viera de forma diferente.
Ya no se acercaba a ella como un gatito acobardado ante un león; la distancia entre los dos se había reducido, aunque sabía que ella seguía estando muy por encima de él. En muchos sentidos.
Después de saludarse, los dos chicos fueron al salón. Esta vez se acomodó en el sofá pasando los brazos por detrás del respaldo, adoptando una posición chulesca y relajada. Se sentía como una estrella del rock , aunque sabía que probablemente la estrella era Vanessa y él su fan.
—Bueno, ¿cómo sienta ser candidato para la orden? —preguntó Vanessa con tono juguetón.
—Pues, a ver. Acabo de enterarme de que la orden existe, de que tengo un raro gen que hace que mi cerebro piense más rápido y que tengo que pasar por dos pruebas para entrar.
—Dani apoyó la nuca para quedar mirando hacia el techo—.
Estoy esperando que en la cena me confiesen que soy descendiente de Da Vinci o algo parecido.
—Bueno, puedo confirmarte que no eres descendiente de Da Vinci —dijo Vanessa poniendo énfasis en el «no»—. Pero por lo demás sí, me temo que todo eso es cierto.
—Y todo este tiempo tú lo has sabido. —Dani se inclinó y giró el cuerpo para quedar mirando hacia la chica, apoyando su cabeza en la mano derecha—. Eres una actriz de primera. Me tenías bien engañado.
—Esa era mi misión: tenía que vigilarte y guiarte hacia la orden, pero sutilmente. No podía decírtelo sin más. Era parte de la prueba.
—¿Quién te dio la misión?
—Juan Carlos, por supuesto. Se había fijado en ti y quería saber si tenías madera para entrar en la orden. Y debo decir que sí, la tienes. Aunque también es verdad que aún estás un poco verde, pero ya lo iremos puliendo.
—Entonces, aquella historia que me contaste…
—Lo vas cogiendo, chaval. Todo es cierto: la opresión de la Iglesia, el robo del libro, el martirio de los hermanos de Santiago… Es nuestra historia; los orígenes de la orden. Ese día comenzó nuestra cruzada, y todavía hoy mantenemos la lucha.
—Vaya —dijo Dani con tono burlón—, ya me había creído la historia de la niña buena en el regazo de papá.
De repente, el rostro de Vanessa cambió drásticamente. La sonrisa, antes pícara, se volvió algo melancólica, y su mirada se perdió en la pared,
—No… Esa parte era cierta, me temo. Mi padre me la contaba cuando era pequeña. Era mi historia favorita.
—Debe ser un tipo encantador.
—Lo era, sí… Por desgracia falleció cuando yo era pequeña. Entregó su vida a la causa, como mucho otros antes que él.
Dani enmudeció. No sabía qué contestar. Era la primera vez que se encontraba en una situación así. Sentía que debía decir algo, pero no quería hacer una estupidez.
—Lo siento.
—No te preocupes —contestó ella, recomponiéndose—. Fue hace muchos años, y yo era muy pequeña. Estábamos muy unidos, y cuando me enteré de que fue miembro de la orden, quise continuar sus pasos.
—Entonces, esos táperes…
De repente, la sonrisa pícara de Vanessa volvió, para alivio de Dani.
—Los hice yo, pringao.
—Ah, pues no cocinas nada mal.
—Uy… Estaba a punto de darte un capón, si hubieses dicho cualquier otra cosa.
—Qué suerte la mía.
Vanessa había comenzado a juguetear con su pelo, recorriendo sus cabellos castaños terminados en mechas con los dedos, haciendo giros y formando pequeños tirabuzones.
Dani se estaba volviendo loco. Estar tan cerca de ella con el aspecto tan encantador que tenía ya era suficientemente excitante como para que además aumentara la tensión sexual de esa forma.
Se preguntó si ella era consciente de lo que sucedía en su interior, y si estaría jugando con él.
De repente, un pensamiento cruzó su mente e hizo que el ardor de la excitación se convirtiera en unos fríos celos.
—¿De qué conoces a mi hermano? —El corazón de Dani se aceleró. No tenía claro si quería oír la respuesta, pero sabía que quedarse con la duda sería mucho peor—. Quiero decir, supongo que le conoces por la orden, pero, ¿hace mucho? ¿Cómo os conocisteis?
—La historia de cómo nos conocimos es larga y turbulenta.
No me apetece contártela ahora —Vanessa suspiró lenta y profundamente, para darse tiempo a revivir el recuerdo—.
Pero sí, nos conocemos por la orden, desde hace mucho tiempo.
Yo iba a un instituto distinto, en otra ciudad, y nunca había visto a tu hermano, pero el centro de entrenamiento de la orden más cercano desde aquí, está en el sitio en el que crecí, así que él tuvo que adiestrarse allí.
Yo tenía más o menos tu edad, y él era algo mayor. Tenemos un par de años de diferencia.
—Entonces tú eres algo mayor que yo.
—No finjas sorpresa, chaval. Sé que lo sabías de sobra.
—Vanessa dibujó una sonrisa pícara en los labios antes de continuar—.
Vi cómo me mirabas de arriba a abajo el primer día que entré por la puerta de clase, y en tus ojos se reflejaba la duda de mi edad.
Tampoco era demasiado difícil de adivinar.
—Vanessa se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
El corazón de Dani reaccionó con un fuerte latido al gesto—. El maquillaje no hace milagros.
—No pareces el tipo de chica que se pondría maquillaje —dijo Dani, en un increíble acto de templanza tras el rubor.
—¿Ah, no? ¿Y qué tipo de chica parezco?
—Del tipo que te arrastra a una orden secreta.
Los dos chicos rompieron a reír. Las carcajadas no hicieron desaparecer del todo el rubor ni el leve bochorno del chico, pero ayudaron a relajar un poco la situación, dándole nuevas energías.
Se sentía orgulloso por haber mantenido la calma ante el descarado ataque de la chica.
Dani aceptó el reto. Ya habían tenido un duelo verbal y estaba dispuesto a volver a batirse con ella.
Qué diablos, deseaba volver a hacerlo, y más después de todo lo que acababa de descubrir.
Estaba deseando ver hasta dónde llegaban sus supuestas capacidades.
Se preguntó hasta dónde llegarían las de la chica.
—Y dime —dijo por fin el Dani tras las risas—. ¿Tú también tienes un gen mutado como el mío?
—Tengo una leve mutación, sí. Pero no es como la tuya. Yo no soy tan guay.
—¡Increíble! ¿Y cuál es tu poder?
—¿Mi qué? —Vanessa arqueó una ceja ante la pregunta—.
No sé qué te han contado, pero esto no es un cómic, chaval.
No somos superhéroes. Ni volamos, ni tenemos superfuerza ni nada por el estilo.
Y no todos los miembros de la orden tienen una mutación, aunque sí muchos de nosotros. Somos un activo muy valioso.
—Pues vaya decepción me acabas de dar. Aunque, por otra parte, me alegro. Tenía miedo de que pudieras leerme la mente.
—No necesito leerle la mente para saber lo que piensa, señor Inclán.
—¿Ah, sí? —Dani trató de controlarse para no dar señales del rubor que volvía a apoderarse de él—. ¿Y en qué pienso ahora mismo?
—Pues, déjame ver —dijo Vanessa mientras acercaba la cara a la suya, tan cerca que Dani casi pudo rozar su nariz. Sintió por un segundo el calor de la respiración de la chica sobre su piel—. Sí, tus ojos dicen que tienes hambre. Son casi las tres de la tarde y aún no has comido.
Vanessa de separó de él para su decepción y se levantó del sofá para dirigirse a la cocina.
Dani sentía un sofoco intenso por todo su cuerpo.
Nunca había estado tan cerca de ella, y ahora tenía miedo de no volver a estarlo nunca.
El corazón le latía tan fuerte que le dolía.
Ni siquiera se había puesto tan nervioso la noche que estuvieron en casa del Chaleco.
Dudaba de si ella se habría dado cuenta de lo rojo que se había puesto, pero estaba seguro de que sí notaría el bulto en sus pantalones si se levantaba inmediatamente.
Sacó el móvil y fingió comprobar sus mensajes cuando ella le invitó a seguirle.
—Dame un segundo, que tenía que haber escrito a Tommy hace un rato.
—No se te ocurra contarle nada de esto.
—Ya, ya lo sé. «Ellos» se enterarían y no me dejarían entrar en la orden —dijo Dani mientras escribía banalidades en su conversación con Tommy—. Ya me han dado la charla.
—No solo por eso, chaval. No podemos permitir que nadie se entere de nuestra existencia.
Lo hemos conseguido durante varios siglos y no vamos a parar ahora.
Nos hemos vuelto extremadamente eficaces en esa tarea.
No dejamos cabos sueltos, y un crío de diecisiete años que supiera cualquier información es un cabo muy muy suelto.
—Algo tengo que decirle. —Dani pensó en la noche en que le contó a Tommy todo lo que había descubierto hasta ese momento. Iba a costarle arreglar aquello, pero ya cruzaría ese puente cuando llegara a él—. Es mi mejor amigo.
—Te entiendo. Cuando yo era pequeña también tenía gente así en mi vida, pero entré en una hermandad y gané nuevos amigos, tu hermano entre ellos. Me ayudó mucho tenerle cerca.
—Sí, mi hermano sabe cómo hacer sentir bien a la gente —dijo Dani con ironía y una pizca de celos—. Seguro que los dos os cuidasteis mutuamente. Pobre Toni, dejando atrás a sus amigos para unirse a una orden supersecreta.
—No te creas. Tu hermano era un chico muy solitario cuando era joven. Creo que empezó a tener amigos a raíz de entrar en la orden. Era una persona totalmente distinta entonces.