Capítulo 17
C uando Dani finalmente llegó a casa, lo primero que se encontró fue a su padre pasando la aspiradora.
Habitualmente, José Luis solía trabajar por las mañanas y parte de las tardes.
Sin embargo, de vez en cuando debía cambiar el turno, cuando tenían que montar algún dispositivo, controles de carretera o porque su presencia era necesaria para algún evento.
Hubo una vez incluso que el rey fue a visitar el pueblo.
Dani era bastante pequeño, pero podía recordar perfectamente el agobio que había tenido su padre aquella ocasión.
Había estado muy ocupado y estaba bastante malhumorado por casa.
Por suerte, su madre sabía manejar bastante bien la situación, y consiguió que su marido se relajara lo suficiente como para afrontar la tarea.
La paciencia de aquella mujer era infinita.
En aquella ocasión, parecía probable que hubiera tenido que cambiar el turno con algún compañero, o que tuviera que pasarse la noche en controles de alcoholemia, dejándole la mañana libre para estar en casa.
En cuanto Dani entró por la puerta, su padre le hizo una señal para que se quitara las zapatillas.
Cuando José Luis se encargaba de aspirar o fregar, era muy cuidadoso con todo lo que hacía.
Le gustaba que la casa se mantuviera limpia el mayor tiempo posible, y que su hijo entrara con las zapatillas llenas de barro no era precisamente la mejor forma de conseguirlo.
Dani estaba ya acostumbrado a esta actitud, y no esperó a que su padre se lo repitiera, a pesar del resentimiento que llevaba dentro tras la noticia que había descubierto horas antes de boca de su profesor.
Sin embargo, prefirió no discutir y hacerle caso de momento.
Mientras se quitaba las zapatillas y las guardaba en el mueble zapatero que tenían en la entrada, Dani pensó en lo familiar que le resultaba aquella escena: su padre pasando la aspiradora, y su madre sentada leyendo en un sofá.
De niño siempre había oído en el colegio o en la televisión que, tradicionalmente, era la mujer la que se encargaba de las tareas domésticas y el hombre quien simplemente iba a trabajar, y que la gente debía hacer un esfuerzo por cambiar esta situación para que el trabajo se igualara para ambos géneros.
Fue algo que él no entendió cuando lo escuchó por primera vez, y seguía sin entender años después.
Desde que le alcanzaba la memoria, en su casa las cosas siempre habían sido así.
Las tareas las hacía quien tuviera tiempo de hacerlas.
En ocasiones era su padre, y en otras su madre.
Y de vez en cuando, incluso Dani tenía que hacer alguna.
Era difícil concebir un hogar que funcionara de otra manera.
Si bien era verdad que cocinar no se le daba nada bien a su padre, había otras muchas cosas que hacía a la perfección: con la limpieza de la casa era especialmente meticuloso.
Le gustaba repasar varias veces lo que hacía para asegurarse de que quedaba bien.
Además, no soportaba ver ningún tipo de mancha en el suelo o en la encimera de la cocina.
Planchar era otra de las cosas que solía hacer.
Teniendo en cuenta la cantidad de lavadoras que se ponían en su casa, había un flujo continuo de ropa arrugada lista para ser planchada, y una sola persona no podía dedicarse a eso siempre.
Y menos cuando tu teniente te obliga a ir al trabajo con la ropa inmaculada.
Debido al historial culinario de su padre, la comida habría sido probablemente obra de su madre y por eso se encontraba descansando y leyendo en ese momento.
María era adicta a la lectura. Era capaz de sumergirse en un libro a pesar de que hubiera alguien a su lado viendo la televisión, escuchando música o, como en esta ocasión, pasando la aspiradora.
Su capacidad de concentrarse era increíble, y cuando agarraba una novela, era imposible que la soltase hasta que terminara con ella.
Ni toda la fuerza del universo habría podido arrancarle ese libro de las manos.
Y, sin embargo, un beso en la mejilla de su hijo fue suficiente para que pusiera un marcapáginas entre las hojas y levantara la vista un segundo para devolver la muestra de afecto.
—¿Qué tal el instituto, cielo?
Dani no contestó inmediatamente. Había estado meditando cómo llevar la conversación durante el camino de vuelta a casa.
Lo tenía esquematizado en la cabeza, pero empezar iba a ser la peor la parte, y él lo sabía.
Una vez que hubiera arrancado, el resto iría solo.
Tenía que ser valiente una última vez ese día.
—Mamá, he entrado en la Orden del Conocimiento.
Y lo soltó así, sin ningún tipo de anestesia. Era la mejor forma: ser directo sin dar rodeos.
Por un momento, la expresión de su madre no varió, como si no entendiera de que le estaba hablando su hijo.
Poco a poco, su rostro se fue tornando más serio.
Dani pudo ver a través de sus ojos cómo en su cabeza empezaban a formularse conjeturas e ideas, tan rápidamente como lo habrían hecho en la suya propia.
Se dice que los ojos son el espejo del alma, y, desde luego, los de su madre lo eran.
Siempre lo habían sido para Dani. Desde pequeño había compartido esa conexión con ella.
Nunca había podido mentirle ni ocultarle nada, y, a cambio, él podía contemplar su mente a través de esas pupilas marrones.
—José Luis, ven un momento al salón, por favor —dijo su madre, elevado la voz para que su marido pudiera oírla a través del ruido.
—¿Qué pasa? —Su padre no se hizo de rogar. Apagó la aspiradora y se acercó al primer llamamiento—. Aún me queda un buen trozo que aspirar.
—Siéntate conmigo. —María hizo un gesto con la mano señalando el hueco a su lado en el sofá—. Tu hijo tiene que contarnos algo.
José Luis obedeció y se sentó al lado de su esposa. Ahora sus dos padres le miraban expectantes. Había llegado el momento de lucirse por un lado, y el momento de los reproches por otro.
—Como le estaba diciendo a mamá —empezó a hablar Dani, sin ocultar un tono de satisfacción en sus palabras—, he entrado en la Orden del Conocimiento.
O mejor dicho, estoy a punto de entrar. Me han dicho que tengo que superar otras dos pruebas.
Por ahora he solicitado mi acceso. Me he enterado de muchas cosas en estos días: una sociedad secreta que se dedica a proteger el conocimiento, un grupo de personas que llevan actuando y trabajando juntos en la sombra delante de nuestras narices, y nosotros sin verlo.
Pero, lo más importante —Dani no pudo contener la emoción al decir estas últimas palabras— es que mis padres y mi hermano llevan años siendo miembros, y me han estado excluyendo toda mi vida.
Ninguno dijo nada, y esa fue la peor parte.
El silencio que se había creado al dejar Dani de hablar era sobrecogedor.
El chico estaba esperando a que sus padres dijeran algo para justificarse.
Un «lo siento». Un abrazo. Ninguno de los dos dijo nada.
Simplemente lo miraban impasibles desde el sofá.
Sus rostros eran la viva imagen de la seriedad.
No hubiera sabido decir si estaban enfadados, preocupados o si simplemente no le daban importancia al discurso que acababan de escuchar.
—¿No tenéis nada que decir?
—¿Qué quieres que te digamos? —Fue su madre la que rompió el silencio.
Jamás la había escuchado hablar en un tono tan serio, mezcla de enfado e indiferencia—.
¿No dices que ya lo sabes todo? Te has enterado de todo.
Has solicitado el acceso por tu cuenta, sin consultarnos ni nada.
Ahora vas a tener que asumir las consecuencias de tus actos. Espero que estés preparado.
Dani estaba perplejo. Sus padres no solo no pretendían disculparse, sino que encima le estaban reprochando que hubiera actuado a sus espaldas.
Justo lo que ellos llevaban haciendo años.
Al igual que la noche que se enfrentó a su hermano, la ira se apoderó de su ser.
Podría esperarse ese comportamiento de su padre y de Toni.
Pero su madre… Había sido traicionado por una de las personas en quien más confiaba del mundo.
Y, para colmo, parecía que la culpa de la situación iba a recaer sobre él.
—¿A vuestras espaldas? —Dani no pudo contenerse más—.
¿Cómo puedes ser tan hipócrita? ¿Y qué es lo que lleváis vosotros haciendo todos estos años?
Me lo habéis estado ocultando todo. Vosotros dos y Toni, como una puta familia feliz, y mientras tanto yo, aquí, ignorante.
Como si fuera estúpido. ¿Qué pasa? ¿No era lo bastante bueno para ser uno de vosotros?
—Dani —empezó a decir esta vez su padre—, estás muy contento ahí de pie contándonos que has entrado en una organización secreta, como si ahora fueras una estrella de rock o algo parecido.
Pero no sabes lo que has hecho. Nunca te hemos contado nada porque queríamos protegerte, por muy clásico que suene.
Nuestra vida es una vida dura. Tu hermano tuvo que pasarlo muy mal cuando tenía tu edad.
Tú eras muy pequeño para acordarte, pero tenía que viajar mucho por sus misiones.
Nosotros te lo contábamos como si fuera a torneos de boxeo, pero…
—¿Qué misiones?
—¿Cómo que «qué misiones»? —Su madre le cortó con tono de indignación—.
¿A qué te crees que nos dedicamos? ¿A rezar con túnicas y adorar al diablo?
¡Protegemos el conocimiento, Daniel! Si se necesita que alguien monte una manifestación en la puerta del ayuntamiento de Madrid para crear una distracción, vamos y nos peleamos con los antidisturbios si es necesario.
O si se necesita que alguien se vaya hasta Perú a ayudar a construir un colegio para llevar el conocimiento a aquellos que no tienen acceso a él, te pueden llamar perfectamente y tienes que dejarlo todo e ir. ¿Estás dispuesto a llevar esa vida?