Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Después de cincuenta minutos de intensas explicaciones, finalmente sonó el timbre indicando el final de la sesión.

El corazón de Dani se encogió. Ahora sí que sí había llegado el momento.

No podía echarse atrás, aunque todavía debía mantener las apariencias hasta que el aula estuviera vacía.

Empezó a recoger como el resto de sus compañeros.

Sin prisas, tomándose su tiempo para guardar cuidadosamente los apuntes, los bolígrafos, las hojas…

Todo a salvo en su mochila. Tommy estaba ya de pie cuando él cerró la cremallera.

—¿Nos vamos?

—Ve tú, que tengo que preguntarle una cosa a Juan Carlos.

—Pelota. —A regañadientes, Tommy salió de la clase con el resto de sus compañeros.

Dani se dirigió a la mesa del profesor. Juan Carlos estaba de pie, de espaldas a él, mirando las últimas fórmulas que había anotado en la pizarra. Como si estuviera contemplando su obra maestra, antes de destruirla por completo y borrar todo rastro de su existencia.

En ese momento, una persona se cruzó en el camino de Dani.

El último alumno que quedaba por salir de clase aparte de él.

Vanessa se detuvo en la puerta antes de salir y le dirigió una mirada de complicidad.

Su cara parecía decir: «A por todas, campeón».

Teniendo en cuenta que ella bien podría estar en el ajo, Dani se lo tomó como un gesto para desearle buena suerte.

Hecho esto, la chica salió y él pudo oír cómo sus pasos se alejaban por el pasillo. Se habían quedado solos al fin.

—¿No te parecen preciosas, Daniel? —dijo de repente su profesor, sin siquiera girarse para mirarle—.

Miles de átomos de carbono junto con oxígeno, hidrógeno, azufre…

Y muchos más elementos se unen formando estructuras como estas.

Millones de ellas hasta llegar a ser una persona como tú.

Estamos contemplando una parte infinitesimal de ti, y, aun así, no es lo más pequeño a que podemos llegar.

Cada una de esas ces enormes que ves ahí están formadas por un montón de protones, neutrones y electrones.

Y estos por cosas aún más pequeñas. Somos seres muy muy complejos.

Somos maquinarias formadas por millones y millones de piezas que trabajan en perfecta sincronía.

—Y, aun así —le interrumpió Dani—, somos diminutos si se nos compara con un planeta. Con una galaxia, o con el universo. Y podemos ser destruidos con mucha facilidad. Una combinación equivocada de esas ces, una pequeña chispa, y esta sala saldría volando por los aires.

—Metano, propano… Sí, te entiendo. —Juan Carlos se volvió hacia él—. Pero creo que no te has quedado después de clase para hablar de química, ¿o sí? Eres un chico muy brillante. No necesitas sacrificar el recreo para hacerme preguntas. Aun estás a tiempo para irte con tus amigos, si quieres.

—No quiero.

—Entonces, dime.

Dani cogió aire, el momento había llegado.

—Juan Carlos, ¿qué es la sociedad del conocimiento?

—¿Disculpa? —Juan Carlos arqueó una ceja.

—Así la he oído llamar. —Dani cruzó los brazos por detrás de la espalda—. «Una sociedad dedicada a proteger el conocimiento». La sociedad del conocimiento.

—¿Dónde has oído eso? —dijo dibujando una sonrisa burlona, mientras cruzaba los suyos por delante.

—He oído una historia, acerca de un chico en la Edad Media que lo pasó mal.

Como todos los que no eran nobles por esa época.

Pero el caso es que este fundó una especie de sociedad.

Un grupo de personas dedicadas a proteger el conocimiento de aquellos que querían quedárselo para ellos. La Iglesia, por aquel entonces.

—No te creas que solo era la Iglesia —dijo Juan Carlos, interrumpiendo a Dani—. Pero sigue. ¿Por qué me cuentas esto?

—He oído también que el símbolo de esa sociedad es una llama.

Como la llama que está en el anillo de mi hermano, y en el de tu hermano.

Como la que encontré en el libro que me diste.

—Dani descruzó los brazos, los cruzó por delante y se apoyó en una mesa para decir sus últimas palabras—.

Como la que hay en el anillo que guardas en tu maletín.

Se había arriesgado mucho con ese comentario.

La jugada podría salir bien, o podría ser desastrosa.

Sin embargo, Dani estaba demasiado seguro de lo que hacía.

Había invertido mucho tiempo meditando todo aquello.

Las piezas encajaban demasiado bien. La casualidad no podía haber hecho que todos esos hechos ocurrieran delante de sus narices, guiándole hacia ese momento.

Si estaba en lo cierto, había sido manipulado para llegar hasta allí, y estaba dispuesto a morder el anzuelo con tal de descubrir la verdad.

Si erraba, estaba haciendo un ridículo increíble y se arrepentiría el resto de su vida.

Era el momento de ser valiente, y después de haber allanado la casa de un muerto, aquello le pareció una cuestión mínima.

—¡Menuda historia, Daniel! —Juan Carlos se sentó en su silla—. Pero no sé de qué me estás hablando.

—Yo creo que sí. —Dani intentó poner en esa frase su mejor tono de seguridad.

Se estaba tirando un farol, pero debía sonar convincente.

Aun así, tenía que darle una prueba irrefutable para que Juan Carlos se rindiera y confesara—.

Me diste un libro con una llama enorme dibujada en la primera página.

Casi me estabas gritando que viniera a preguntarte.

Y me juzgaste bien desde el primer momento: sabías que captaría el mensaje. Pero si eso no te basta…

—¿Sí?

—Tu hermano me contó la misma historia hace años.

Me dijo que él y mi hermano eran miembros de esa sociedad, y Toni lo confirmó.

Además, la persona que me lo ha contado más recientemente ni siquiera estaba aquí entonces.

—Dani cambió su voz añadiendo un poco de tono de súplica—.

Por favor, Juan Carlos, dime qué está pasando.

Dani pensó que se merecía un Oscar por esa interpretación.

Solamente le faltaba hablar con voz temblorosa y soltar alguna que otra lagrimilla.

Su actuación le estaba quedando muy convincente, combinando la cantidad adecuada de seguridad con un poco de pena, añadiendo algunas pinceladas de ficción para darle credibilidad a su discurso.

Y ese elogio apelando a su ego… Si Juan Carlos no le creía, al menos le serviría para sacar un diez si lo usaba como redacción en clase de Lengua.

—Qué pena, Daniel, casi lo tenías. Pero ese último apunte te ha sobrado. —Juan Carlos cambió su tono a algo más serio. La sonrisa había desaparecido de su rostro, aunque aún mantenía una ligera mueca en los labios—. Sé de sobra que Silvestre no te habló de esto. De haberlo hecho, yo lo sabría.

—¿Y eso por qué?

—Porque si te hubiera hablado de la Orden del Conocimiento —dijo poniendo énfasis en la palabra «orden»—, teniendo en cuenta tu potencial, ya serías miembro y no estaríamos teniendo esta conversación.

—Juan Carlos suspiró antes de continuar—.

Sin embargo, estoy impresionado por tu valor y por tu inteligencia.

Has conseguido atar muchos cabos rápidamente.

Esperaba que tardaras un par de meses más antes de sacar las agallas necesarias para venir a hablar conmigo.

Los dos se miraban ahora a los ojos. Ninguno quería romper el silencio.

Dani no estaba seguro de si Juan Carlos estaba estudiando sus reacciones, si quería ponerle nervioso, o si simplemente le estaba dando tiempo para asimilar lo que acababa de oír.

Y aunque no era mucha más información de la que él ya poseía, se sentía algo abrumado por la situación.

Acababa de descubrir que ensayar la charla en su cabeza y vivirla en persona eran dos cosas muy diferentes.

—Y… ¿a qué se dedica la Orden del Conocimiento, hoy en día? —dijo Dani rompiendo el silencio y poniendo énfasis en el nombre de la orden.

—A lo mismo que se dedicaba cuando se fundó.

Seguimos protegiendo el conocimiento de aquellos que pretenden ocultar la verdad y quedarse con la información para ellos.

Somos los reporteros que se juegan la vida para informar del daño que causan las guerras.

Somos los hackers que entran en las bases de datos del Gobierno y liberan los expedientes que no quieren que se sepan.

Somos los que roban las fórmulas de los medicamentos que las farmacéuticas quieren vender por millones, a costa de la vida de la gente.

—Juan Carlos hizo una pausa—. Somos todo eso, y mucho más.

—¿Sois los Illuminati? —dijo Dani con un tono sarcástico.

Juan Carlos respondió con una sonrisa al chiste de Dani.

—Alguna vez nos han confundido con ellos.

Pero no, somos una orden distinta. Independiente de las religiones, las ideologías políticas o las etnias.

A todos nos une el mismo deseo de compartir el saber.

Por eso, muchos de nosotros somos también profesores.

—Bajó la mirada para enfocarla en las manos que tenía cruzadas encima de la mesa.

Su expresión se tornó algo melancólica—.

El conocimiento debería ser de todos, y todos deberían poder tener acceso a él, aunque no tengan recursos económicos.

De nuevo volvió a haber una pausa, algo menos incómoda que la primera vez. Dani tenía la sensación de que había tocado un tema sensible, a juzgar por cómo había cambiado la expresión de su profesor, así que prefirió dejarle con sus pensamientos unos segundos.

—Bueno, y aquí estamos ahora —dijo Dani, rompiendo finalmente el incómodo silencio—. ¿Y ahora qué?

—Esa es una buena pregunta. —Juan Carlos volvió a sonreír—. ¿Qué quieres hacer ahora?

—¿Cómo que qué quiero hacer ahora? —Dani sabía perfectamente a qué ser refería su profesor, pero prefirió que él se lo confirmara—. ¿Qué opciones tengo?