Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 15 #2
57%

Capítulo 15 #2

De repente, tuvo una idea. Se sentía un poco culpable por lo que estaba a punto de hacer, pero, por otro lado, tampoco podía ocultarle todo aquello.

Se sentiría aún peor si lo hacía. Pensó que de esta forma mataría dos pájaros de un tiro.

Se aseguró de que sus padres estaban lo suficientemente lejos y cerró la puerta de su habitación.

Después sacó el móvil y marcó el número de Tommy.

Tres tonos de llamadas fueron suficiente para que su mejor amigo contestara.

—¿Qué pasa? Estaba estudiando. —La voz de Tommy sonaba bastante nerviosa.

—¿Te he pillado «dándole al tema»?

—No, no, estaba estudiando. Pero llevo unas tres horas con el mismo tema de Biología. Los temas de inmunología no me entran en la cabeza…

—Ojalá pudiera ayudarte, pero no es mi campo. —Dani aprovechó para tumbarse sobre la cama mientras sostenía le teléfono con la mano derecha—. Te llamo por otra cosa. ¿Tienes… Un par de horas y un cinturón de seguridad?

—No me digas que te has vuelto a meter en la casa de un muerto.

—Acabo de acostarme con Vanessa.

Hubo una pausa

—¿En… serio? —La voz de Tommy sonaba temblorosa. Al otro lado del teléfono se escuchó cómo el chico tragaba saliva antes de continuar—. Estás que te sales, ¿eh? Primero Cris, ahora…

—No me he acostado con Vanessa. —Dani cortó a su amigo antes de que terminara—. Solo quería captar tu atención.

—Ah, vale, vale. —Un claro tono de alivio había sustituido al anterior enmudecimiento—. ¿Entonces qué quieres? Estoy bastante liado.

—Si no estás sentado, siéntate. —Se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos antes de continuar—. Esto es largo de contar, y te vas a quedar de piedra.

Durante la siguiente media hora, Dani relató a su mejor amigo los hechos más relevantes que había descubierto.

No le quedó más remedio que contarle la partida de ajedrez con su hermano, aunque una vez más pasó por alto el combate de boxeo, si es se le podía llamar «combate» a la paliza que le dio.

Tommy no le interrumpió en ningún momento, aunque casi podía sentir cómo a su amigo se le encogía el corazón cuando iba mencionando las partes relacionadas con la muerte de su antiguo profesor.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

—Pues esa es la cuestión, compañero. No sé qué hacer con esta información. —Dani se levantó de la cama y comenzó a caminar por la habitación—. Se me ocurren varias ideas, pero también puede ser que esté equivocado, y sea todo una cadena de coincidencias. Necesito una prueba clara.

—¿Y cómo la vas a conseguir? Quizás le puedas sonsacar algo a Vanesa…

—No, no lo creo. —La simple idea de intentar sacarle información a Vanessa le hacía temblar, a la par que le parecía ridícula. Dani seguía viendo a la chica como una especie de ser superior.

—Pues entonces no se me ocurre nada, Dani.

—Hay otra persona a la que podría intentar sacarle información, y parece estar mucho más dispuesta a dármela.

—Mmm. —Tommy guardó silencio unos segundos—. ¿Quién?

—Oh, vamos, piensa un poco, Tomás. —Dani fue rebuscando con la mano que tenía libre en su mochila—. No te lo puedo dar siempre todo mascado.

—Es que no se me ocurre a quién, a no ser que hayas aprendido a hablar con los muertos.

—Caliente, caliente. —Dani finalmente extrajo el horario de clase de su mochila—. Sigue por ahí.

—¡Ostras! ¿Vas a ir a hablar con Juan Carlos?

—Ah, muy bien, muy bien. —Dani ocultó su sorpresa. Lo cierto era que no esperaba que su amigo lo dedujese tan rápido. Quizás le estuviera subestimando—. Creo que es la mejor opción.

—¿Y cuándo? ¿Vas a ir mañana a hablar con él?

—Mañana no tenemos Química, según veo en el horario.

Pero de todas formas, solo nos hemos visto una vez.

No es conveniente que ataque tan rápido.

Lo mejor será que deje pasar un tiempo. Que me coja confianza.

—Dani hizo una pausa para estirar los brazos por encima de la cabeza—.

Hay que darle tiempo para que vea lo genial que soy.

—No tardará en darse cuenta, a este paso.

—Joder, Tommy, deja ya de hacerme la pelota.

—No, si yo quería decir…

—Ya sé lo que querías decir —dijo con impaciencia—. Te dejo, que tengo que cenar y revisar si lo tengo todo hecho. Nos vemos mañana.

Colgó el teléfono sin darle tiempo a despedirse y lo lanzó sobre la cama.

La conversación con su mejor amigo le había dejado agotado.

Se sentía incapaz de pensar en nada más en ese momento.

Ni siquiera podía imaginar una simulación de una conversación con Juan Carlos.

Literalmente, había agotado toda su capacidad cerebral.

Era la primera vez ese día que se arrepentía de haber salido de la cama de Cris.

¡Cris! No había caído hasta ese momento en que la había dejado «de morros» en su casa y no había vuelto a saber de ella.

De repente se sintió fatal. La euforia desapareció dejando paso a la culpa.

Lo había vuelto a hacer. Había utilizado a su amiga para desfogarse y, cuando pudo satisfacer sus necesidades, la dejó sola en su casa para ir a ver a otra chica.

Cierto que no ocurrió nada en casa de Vanessa, pero podría haber ocurrido.

Deseaba que hubiese ocurrido. Por muy mal que se sintiera, no podía evitar el deseo de perderse entre los labios de Vanessa cada vez que imaginaba su rostro.

Dani rompió radicalmente con ese hilo de pensamientos.

Apenas tenía fuerzas para concentrarse, pero no podía perder el tiempo con eso.

Volvió a sentarse de espaldas a la pared y cerró los ojos.

Trató de vaciar su mente, como hacía habitualmente.

Necesitaba liberar la tensión producida por el enorme esfuerzo deductivo que acababa de hacer.

Apartó sus sentimientos por las chicas de su vida para poder centrarse en el asunto que le ocupaba.

Menos de un minuto fue necesario para reiniciar su cerebro y dejarlo a punto para volver a pensar. Probablemente, al día siguiente tuviera un fuerte dolor de cabeza debido a la resaca mental tras el enorme trabajo que estaba realizando.

Comenzó a diseñar la estrategia para obtener la información que necesitaba.

Si quería averiguar el secreto que estaban guardando prácticamente todas las personas de su entorno excepto él, necesitaba un plan.

Debía ser sutil, pero implacable. Si era demasiado directo, se le quitarían de encima con alguna excusa e incrementarían los esfuerzos por ocultarlo.

Si no era lo suficientemente inquisitivo, podría no llegar a enterarse nunca.

Solo podía pensar en alguien que pudiera llegar a hacerle partícipe de todo el complot.

Juan Carlos, su nuevo profesor de Química, era la única persona con la que había llegado a conectar, en el breve periodo de tiempo que se habían conocido.

Tendría que empezar a acercarse a él. Ganarse su confianza, y, poco a poco, llevarle a su terreno.

Solo le quedaba cruzar los dedos y esperar que el resto de las clases fueran como la de ese día.

Dani se levantó del suelo. Volvía a sentirse excitado.

Ahora tenía un nuevo objetivo, más allá del escaso reto que le suponían los estudios.

Tenía un problema que realmente estimulaba su curiosidad y su mente.

Lo único que le preocupaba en ese momento era cómo iba a enfrentarse a sus padres aquella noche en la cena, después de lo que acababa de descubrir.

Tendría que disimular su emoción para que no lo notaran.

Por otro lado, le encantaba la sensación de que, por una vez, era él quien llevaba la sartén por el mango.

Siempre se había sentido de alguna forma superior al resto del mundo, menos en su familia.

Por un lado, su madre, aunque le quería muchísimo, siempre había sabido de qué pie cojeaba su hijo.

Él no era muy propenso a mentir, pero cada vez que intentaba poner alguna excusa, su madre siempre sabía cuándo estaba adulterando la verdad.

Por otro lado, su hermano siempre había ejercicio una influencia sobre él, haciéndole sentir minúsculo a su lado.

La última vez demasiado recientemente, y las constantes comparaciones de su padre no habían ayudado precisamente.

Pero ahora iba un paso por delante de ellos.

Por primera vez, Dani estaba a punto de dejarles boquiabiertos haciendo un movimiento que ninguno de ellos estaría esperando.

Si el esfuerzo mental no era suficiente para provocarle la resaca, sin duda el cúmulo de emociones que estaba experimentando terminaría de producirle la jaqueca al día siguiente.

Probablemente incluso no pudiera dormir en toda la noche debido a la emoción.

«Tendrás que arriesgarte a hacerte un café para aguantar el día. Y para lo que te espera a partir de ahora…».

Casualmente, su madre lo llamó desde la cocina para cenar. Agarró el manillar de la puerta y lo giró. Abandonó la habitación para reunirse con el resto de su familia con una sonrisa en los labios.