Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

D ani estaba sentado en el suelo de su habitación.

A veces le gustaba sentarse con la espalda pegada a la pared y las piernas cruzadas, en lugar de tumbarse en la cama a pensar.

El resultado solía ser el mismo, y de vez en cuando le apetecía variar.

La postura horizontal del cuerpo podía hacer que se quedara dormido si se relajaba bastante, y aguantar la postura sentado le ayudaba a mantenerse despierto y no perder el foco de atención.

Había terminado los deberes de Matemáticas en un tiempo récord cuando llegó a casa.

Tenía mucho en qué pensar antes de meterse en la cama aquel día.

La charla con Vanessa había trastocado demasiado sus pensamientos.

Lo que iba a ser una tarde estudio y repaso se había convertido en una sesión de cavilaciones y deducciones que se desarrollaban bajo la forma de un debate mental consigo mismo.

La muerte del Chaleco le había intrigado en un principio, pero había sido relegada a un rincón de su mente en el que había estado acumulando polvo.

En las últimas semanas había tenido la cabeza ocupada entre los estudios, el sexo y la chica nueva de clase.

Ni siquiera había pensado demasiado en el incidente en la casa del profesor hacía ya varias semanas.

Simplemente había intentado eliminar aquel recuerdo de su memoria.

Sobre todo después de la pelea con su hermano de la que había salido tan humillado.

Ahora, sin embargo, se daba cuenta de que estaba ante algo más grande que aquello.

En su cabeza empezó a surgir una estructura fragmentada formada por una multitud de eventos que habían ocurrido durante los últimos meses.

Como un puzle en el que se podían distinguir cada una de las piezas por sus bordes.

Todos los acontecimientos que habían sucedido, que llevaban años ocurriendo a su alrededor, se fueron colocando en orden delante de él, y por primera vez tuvieron sentido.

Pudo sentir que todo estaba relacionado: Toni, el Chaleco…

Pero ¿y Vanessa? ¿Qué tenía que ver ella en todo aquello?

Aún le faltaba la última pieza del puzle.

Sentado en la soledad de su habitación, acompañado tan solo por su conciencia, comenzó a ordenar mentalmente los datos con los que contaba.

—Deberías tomar notas —se dijo a sí mismo en voz alta.

Pero sus padres solían entrar en su habitación cuando él no estaba a dejar ropa o a ordenarla, y temía que las encontraran. Nunca habían respetado tanto su habitación como lo hacían con el templo que Toni tenía por dormitorio.

«Primero, la muerte del Chaleco. Al principio te pareció extraño que hubiera muerto, era demasiado joven para ello.

Juan Carlos no aparenta ser demasiado mayor tampoco, aunque es más pequeño.

Luego Toni nos confirmó que se había suicidado, hecho que constatamos cuando fuimos a su casa.

¿Por qué Toni dejó escapar ese detalle? En ese momento no te pareció importante, un descuido.

Pero Toni jamás cometería ese descuido. Esa información estaba ahí a posta.

Quería que lo supieras. ¿Pero por qué? Además, la nota de la que oíste hablar a tu padre bien podría referirse a una nota suicidio.

Pero también habló de un niño. ¿Qué niño?

Sea lo que sea, papá y mamá están al tanto.

Ahora bien, ¿qué relación pueden tener papá, mamá, Toni y el Chaleco?

Y por último, el hombre de la casa. Fuese quien fuese, de algún modo debía de estar implicado».

La mente de Dani era un torbellino de pensamientos, y comenzaba a costarle mantener el hilo de sus propias ideas. Al final se rindió a la evidencia, y comenzó a apuntar los hechos más relevantes en un papel.

Sus notas consistieron en una sucesión de siglas, aparentemente sin sentido, distribuidas a lo largo de la hoja.

En columnas pequeñas colocadas aleatoriamente por el folio.

Así evitaría cualquier sospecha por parte de su familia.

A sus ojos sería un borrador de ecuaciones para resolver algún ejercicio.

Al final tuvo una lista de los hechos ocurridos cronológicamente.

Sin embargo, había algo que no se quitaba de la cabeza.

Vanessa. Ella había sido el detonante de aquella situación.

Su relato había sido la causa de que ahora se encontrara devanándose los sesos por encontrar algún sentido para todo aquello.

La llama, la misma llama que había visto en los anillos de Toni y el Chaleco, ahora aparecía en la historia de la chica, de forma casual.

Esa llama no dejaba de aparecer una y otra vez a su alrededor.

Era demasiada coincidencia. De repente, tuvo una idea.

Se levantó de donde estaba y cogió el libro de química que Juan Carlos le había dado.

La palabra «Química» estaba grabada con letras doradas sobre la tapa marrón.

Apreciándolo de cerca, pudo observar que había pequeñas grietas entre las letras.

Unas manchas marrones revelando que el dorado original había ido degradándose a lo largo de los años.

Dani lo abrió y lo ojeó. Las hojas amarillentas tenían ese olor peculiar de los libros cuando se han pasado años en una estantería de madera, absorbiendo la humedad del ambiente.

Las páginas eran tan finas como las de una biblia; casi transparentes.

Algunas incluso estaban pegadas a la siguiente, lo que obligaba a despegar una de la otra antes de continuar leyendo.

Podían verse varias fórmulas químicas a lo largo de ellas, acompañadas de párrafos de explicaciones, algunas escritas a mano al lado del texto impreso.

Decidió que lo más sensato sería echar un vistazo al índice.

1- Introducción a la química

2- ¿Qué son los átomos?

3- ¿Qué son los elementos?

4- ¿Qué es una sustancia?

5- Reacciones químicas

6- Espines

7- Cuantos

El índice seguía, pero Dani captó el mensaje: se trataba de un manual básico para entender la química.

Desde lo más fundamental hasta cosas más complicadas.

Ciertamente, el título le venía perfecto.

Tenía la pinta de haber sido un libro de texto o de consulta para un alumno de instituto o de primero de alguna titulación universitaria científica, pero que debido a la falta de necesidad había sido abandonado como tantos otros antes, aguardando el momento de volver a serle útil a alguien.

«¿Por qué te lo habrá dado Juan Carlos? ¿Será una indirecta para que te pongas las pilas?

Igual no es tan adulador como pensabas. No, seguramente solo sea un detalle cariñoso que ha querido tener contigo, y no haya ningún motivo concreto detrás.

Aunque, siguiendo el orden los hechos, si hay tanta gente implicada en esta trama, es lógico pensar que Juan Carlos esté al tanto.

Es hermano del Chaleco. Además, mencionó que conocía a Toni.

Claro que esto último es algo habitual».

Dani volvió a repasar el índice. No había nada extraño.

Pensó en comenzar a leer el primer capítulo, pero después cambió de opinión.

Una corazonada le hizo pasar las páginas hasta la primera de todas.

La hoja que estaba justo después de la portada.

Justo allí, en la esquina inferior derecha, se encontraba escrito un nombre con tinta de bolígrafo, bajo una firma: Silvestre Pérez.

El nombre de su profesor, el hermano de Juan Carlos. El Chaleco.

Y, sin embargo, eso no fue lo que hizo que el corazón de Dani diera un vuelco de excitación, sino lo que había apenas unos centímetros más arriba.

En el centro de la hoja, dibujada con tinta del mismo color que el nombre, se encontraba una llama de tres puntas.

No podría haber asegurado si se trataba del mismo símbolo que había visto en los anillos, pero no necesitó confirmarlo.

Ahora sabía que sus sospechas eran ciertas.

Ahora podía entender cómo Toni había conocido al Chaleco fuera de clase.

Curiosamente, excitación no fue lo primero que sintió.

Más bien le invadía un sentimiento de satisfacción en ese momento.

Como un niño que lleva toda la tarde intentando resolver un puzle y se para a contemplarlo después de todo el trabajo invertido.

Por una vez le había tomado la delantera a su hermano.

Sin embargo, la euforia le duró muy poco.

Enseguida se dio cuenta de que no sabía qué hacer con esa información.

Si se lo contaba a sus padres, ellos podrían negarlo y tomar precauciones, sin que él llegara siquiera a enterarse, para apartarlo de esa vía de razonamiento.

Si se lo contaba a su hermano, el resultado podría ser el mismo, pero añadiendo una paliza física y/o mental.

Dejó el libro sobre la cama y se tumbó a su lado.

La emoción había desaparecido y una sensación de impotencia había ocupado su lugar.

Se encontraba perdido, sin saber cómo continuar a partir de ese punto.

Necesitaba contarle todo lo que había descubierto a alguien.

Tenía demasiados sentimientos dentro como para guardárselos, y necesitaba desahogarse.

Además, pensó que si expresaba sus ideas en alto, podría ocurrírsele de alguna forma cómo continuar.

En ese momento recordó la técnica del patito de goma, que había leído por Internet.

Era una técnica empleada generalmente por desarrolladores de software , pero pensó que en esa situación le serviría igualmente.

Consistía en contarle tus problemas a un objeto inanimado para, al explicarlo en voz alta, dar tú mismo con la solución.

Se supone que al realizar la explicación en alto se te puede ocurrir una posible solución.

Alguna vez la había aplicado para recordar el temario contándole sus apuntes a algún libro o explicándole a alguna foto de su habitación cómo se había atascado con algún problemas de matemáticas.

Y lo realmente impresionante era que solía funcionar la mayoría de las veces.