Capítulo 14 #3
»Uno de los medianos trabajaba en un convento.
Allí los monjes se dedicaban a copiar libros que les llegaban de otras ciudades.
Generalmente eran libros religiosos. Historias de la Biblia, el Antiguo Testamento…
Otras veces también llegaban libros heroicos.
El cantar del Mío Cid , o Le Chanson de Roland . Los libros típicos de ese momento.
»Sin embargo, en contadas ocasiones también caían en las manos de los monjes libros más didácticos.
Algunos tratados de la poca medicina que se conocía en ese momento, textos de arquitectura, planos de la construcción de algunas de la catedrales más famosas…
El chico mediano, como aprendiz, se dedicaba a copiar los textos que los monjes le ordenaban.
No sabía leer ni escribir demasiado, pero sí lo justo que había aprendido en la escuela.
Lo más normal habría sido que solo los monjes se dedicaran a esa tarea, pero en aquel convento había siempre demasiado que hacer y se habían permitido el lujo de contratar al muchacho para el trabajo.
»Sin embargo, antes de que comenzara, el chico debió jurar sobre la Biblia, la palabra santa y las Sagradas Escrituras, que bajo pena de quema en la hoguera por herejía, jamás revelaría ni una sola de las palabras que copiaba día tras día.
Pues esos textos estaban prohibidos para toda persona ajena al monasterio.
El chico, aunque nunca contó ni una palabra a sus amigos y familiares, iba memorizando las historias que leía.
A veces tarareaba para sus adentros los cantares que copiaba, o recitaba en secreto los poemas de algún romancero.
A pesar de su pobreza y de los severos tratos de los monjes, se sentía muy afortunado por disfrutar aquellas obras.
»Hubo un día, llegado el invierno, en que su madre cayó enferma.
Entre toda la familia reunieron todo el dinero que tenían, pero no fue suficiente para poder pagar al médico.
El chico estaba desesperado, pero vio en los síntomas de su madre algo que le resultaba muy familiar.
Había leído al respecto en uno de los libros, estaba seguro.
El chico suplicó a los monjes que le prestasen el libro para poder curar a su madre, pero el prior se negó, alegando que aquellos conocimientos estaban restringidos a las personas mundanas, y que su madre sanaría si así Dios lo quería, y moriría si esa era su voluntad.
»Desesperado, el chico trazó un plan con sus hermanos: entrarían por la noche en el convento, buscarían el libro y lo llevarían a la casa para intentar curar a su madre.
Por desgracia, el plan fracasó y los monjes atraparon a casi todos los hermanos del chico.
Su madre falleció, y sus hermanos, incluido el pequeño, fueron ejecutados públicamente por herejía al intentar difundir conocimientos secretos en contra de la voluntad de Dios.
»Ese muchacho, llamado Santiago, decidió dedicar su vida a proteger el conocimiento de las codiciosas manos de la Iglesia y los nobles, y ponerlo a disposición de todas las personas.
Tomando como símbolo las llamas que habían quemado a sus tres hermanos, para que le recordaran por qué luchaba y le iluminaran el camino, fundó una sociedad dedicada a entregar el conocimiento a sus legítimos dueños: todas las personas. Y así ha sido hasta ahora…
Vanessa terminó su relato y guardó silencio.
A medida que se sumergía en la historia, su mirada había ido abandonado los ojos de Dani y se había posado distraídamente en el horizonte de su hogar.
El chico estaba fascinado con la historia.
La voz de Vanessa había tenido un efecto sedante y a pesar del interés por el relato, se sentía bastante adormecido.
Sacó el móvil para comprobar la hora. Se había hecho tarde.
—¿Te ha gustado? —Vanessa rompió el silencio y volvió a centrar su atención en el chico.
—Sí, la verdad es que sí. Ha merecido la pena venir a verte.
—Me alegro.
—Va siendo hora de que me vaya. —Dani se puso en pie—. Se ha hecho tarde y tengo que terminar varias cosas antes de mañana.
—Claro, chaval. ¿Quieres que te acompañe a casa?
—No… No hace falta.
Dani estuvo tentado de acceder a la propuesta de Vanessa, pero no se atrevió.
Había tenido suficientes emociones por ese día.
Además, temía cruzarse con Cris en un pueblo tan pequeño y tener que enfrentarse a una situación incómoda.
Bastante culpable se sentía ya. Además, tenía algo en lo que pensar…
—Como quieras, chico.
Los dos fueron hacia la entrada. Dani se despidió con un beso en la mejilla antes de salir por la puerta. El contacto de sus labios con la piel de Vanessa le provocó el último rubor de la tarde.
Al llegar al ascensor, se giró hacia la puerta del piso. Vanessa seguía allí apoyada mirándole. Sin embargo, su mirada volvía a estar perdida, como si tuviera la cabeza en otras cosas. Quizás fuese verdad que aquella historia significaba mucho para ella.
Durante toda la historia, Dani había estado muy concentrado en sus labios.
Al principio estaba nervioso por si se decidía a besarle de repente, utilizando la historia como una excusa para distraerle.
No sería la primera vez que una chica había hecho algo parecido, aunque antes de llegar a ese punto el chico solía haber notado las intenciones.
En esa ocasión, los nervios le habían jugado una mala pasada.
Una vez que superó los nervios, se concentró en la historia que estaba escuchando. Le había parecido un cuento típico de la Edad Media. Casi esperaba el momento en el que apareciera el caballero andante que salvara la situación. Pero fue en el final cuando atisbó un detalle que le puso nervioso.
«“… tomando como símbolo las llamas que habían quemado…, fundó una sociedad dedicada a…”. Llámame loco, pero… ¿dónde hemos visto eso antes? Podría ser que… No, debe ser una coincidencia. Además, cómo iba Vanessa a saber… Tenemos que asegurarnos. Tenemos que averiguarlo. ¿Pero cómo?».