Capítulo 14 #2
Veinte minutos fueron suficientes para llegar al piso de Vanessa.
Normalmente, Dani solía andar bastante rápido.
En una población tan pequeña como aquella nunca había demasiada prisa por ir a ningún lado, ya que cualquier lugar quedaba relativamente cerca.
Todo lo opuesto a la misma situación en la capital.
Siempre que Dani tenía que ir a visitar a alguien en Madrid, acababa necesitando casi una hora para llegar a cualquier lado, a pesar de utilizar el metro y demás transportes públicos.
Recordaba la vez que fue a ver a su amigo Adrián.
Un gran muchacho. Se habían conocido en el colegio de pequeños, pero sus padres se fueron a vivir a la capital por motivos de trabajo.
Dani casi se pierde la quinta vez que hizo transbordo entre las líneas del metro.
Por suerte había repasado la combinación de rutas varias veces antes de salir de casa y conocía los itinerarios al dedillo.
Finalmente llegó a casa de Vanessa. Tocó al telefonillo y subió cuando esta le abrió. El atuendo de la chica era muy similar a la última vez que había estado allí. Le encantaba usar ropa cómoda al estar en casa. Por un segundo se la imaginó haciendo yoga en casa con el chándal y la sudadera.
La ropa, aunque suelta, estaba lo suficientemente ajustada como para marcar las curvas de la chica.
Dani no puedo evitar excitarse al verla.
Su mente era capaz de registrar una gran cantidad de pensamientos por segundos, y después del yoga pasó a una escena en la que la chica se cambiaba la ropa en su habitación.
Hacía menos de una hora que acababa de tener sexo con Cris, pero su joven cuerpo estaba dispuesto a volver a guerrear enseguida.
«Las hormonas de un adolescente no descansan», pensó.
Trató de pensar en otra cosa para que la chica no se diera cuenta.
—¿No tienes más ropa en el armario? —Dani intentó distraer su cabeza iniciando la conversación—. Sé que la economía no está muy bien, pero por lo menos una prenda distinta para cada tres días…
—Qué gracioso. —Vanessa no se rio de su comentario—. Tengo más ropa, pero no merece la pena elegir cuando vienes a verme. Anda, pasa.
Condujo a Dani hasta el salón. El estado era el mismo que las otras veces que habían quedado.
Además de la ropa, daba la impresión de que la chica tampoco había cambiado la disposición de la mesa principal, llena de apuntes y de bolígrafos como siempre.
El resto de la casa estaba impecable. Ni un cojín fuera de lugar.
Sus padres debían de ser bastante estrictos en ese sentido. Seguro que le habrían caído bien.
—Bueno, cuéntame. ¿Cuál es la emergencia? Porque tengo otro paciente esperando que…
—¿De qué me hablas?
—La emergencia con las mates. —Dani enmudeció ruborizado al ver que la chica no continuaba con la broma—. Que… ¿cuál es el problema?
—Mira que te tengo dicho que no intentes hacer chistes. Que no son lo tuyo. —Vanessa soltó una carcajada.
Dani estaba avergonzado, pero no pudo sino reír también.
Su habitual elocuencia siempre se evaporaba cuando estaba en su presencia dejando solo sitio para un nerviosismo mezclado con un poco de excitación que no le dejaba pensar con claridad.
A veces, ni siquiera le dejaba hablar y solo le permitía balbucear. Resultaba estresante.
—Bueno, vamos allá. ¿Qué ejercicio es? —Dani por fin se recompuso y decidió centrarse en los deberes.
—Mira este de aquí. —Vanessa cogió un folio en el que había estaba apuntado el enunciado del ejercicio y algunas ecuaciones—.
Lo he empezado unas quince veces y no soy capaz de pasar de aquí.
Ahora lo estaba intentando otra vez. Las puñeteras integrales.
Esta es muy compleja, y me pierdo en los pasos. ¿Tú ya la has resuelto?
—Pues no, la verdad es que no. Iba a ponerme al llegar a casa después.
—¿Estabas de fiesta con los amigos un miércoles? No es propio de ti.
—¡No estaba de fiesta! —Dani volvió a ponerse colorado—. Estaba con una amiga…
—Uy, uy, ¿el señor Inclán tiene novia?
—No es mi novia, es una amiga.
—¿Pero os habéis besado?
—No es de tu incumbencia.
—Eso es que sí.
—¿Volvemos al ejercicio? —Dani cogió el folio y un bolígrafo de la mesa y comenzó a escribir las ecuaciones—. Creo que sé cómo va. Vamos a verlo.
Dani se dio cuenta de que era imperativo cambiar de tema rápidamente.
Sabía que meter a otra chica en la ecuación desde luego no lo beneficiaría en nada, aun sabiendo que no tenía ninguna posibilidad de llegar a nada con Vanessa.
Era lo bastante listo para saber que si no creía tener posibilidades, no las tendría.
La chica le imponía demasiado como para intentar nada.
Se sentía como un ratón asustado ante un león, y un ratón jamás podría vencer a un león, a no ser que se sintiera tan fuerte como él.
Sin embargo, no podía evitar acudir a la llamada de Vanessa.
Dani fue desarrollando las ecuaciones con una facilidad que le resultaba insultante a Vanessa.
Estaba acostumbrado a que Tommy lo mirara asombrado mientras demostraba sus habilidades matemáticas, físicas o químicas.
Sin embargo, ella no era así. No iba a quedarse con la boca abierta ni a soltarle un piropo por mucho que lo pensara.
Estaba por encima de ello. No era orgullo, sino dignidad.
A Vanessa no le parecía que fuera necesario elogiar tanto a alguien, y Dani no iba a ofenderse por aquello.
Por fin, tras detenerse unos momentos a pensar y llenar todo el folio por ambas caras, terminó.
—Perdona que me haya extendido tanto. —Dani le pasó el folio a Vanessa. Estaba lleno de anotaciones en cada paso de la ecuación—. Me gusta ir explicando todos los pasos para que quede claro al profesor y esta vez lo he hecho por inercia. Mira a ver si lo entiendes, y te explico lo que necesites.
—Visto así, parece muy sencillo. —Los ojos de Vanessa recorrían el folio con avidez, estudiando cada uno de los pasos y leyendo las explicaciones de Dani—. Vaya, con que era así… Parece sencillo. Muchas gracias.
—Para eso estamos —respondió Dani con aire despreocupado—. No te preocupes.
—Me sabe mal haberte hecho venir solo para esto.
—Oh, tranquila, así cuando llegue a casa lo escribiré de memoria, y a otra cosa.
—Sí, pero te he quitado tiempo de estar con tu «amiga». —Vanessa pronunció esa palabra con un picaresco retintín.
Dani se recostó triunfal sobre su asiento.
—¿Te has puesto celosa?
—Muchísimo. Entre eso y lo mucho que te quiere el nuevo profesor de Química, estás que te sales.
—Vamos, solo ha dicho lo que estabais pensando todos.
—¿Qué te ha parecido? —Vanessa dejó el folio en la mesa y miró a Dani—. Ya sé que te ha caído bien, pero aparte de eso…
—No sé qué decirte. Solo le he visto una hora en mi vida. No tengo mucha opinión de él.
—Ya, entiendo, entiendo… —Vanessa desvió la mirada distraída mientras decía aquello—. Bueno, muchas gracias otra vez. No sé cómo agradecértelo.
—A mí se me ocurren un par de cosas.
—¿Ah, sí? —Vanessa cruzó los brazos por delante del pecho—. A ver, dime cuáles.
—Pues…
Dani palideció. Se arrepintió de haber dicho aquello. «¡Hay que asegurarse de estar armado, antes de asaltar el castillo, Daniel!».
—Podrías volver a invitarme a espaguetis. Estaban muy ricos —dijo finalmente.
—Mmm, buena salida. Pero se me ocurre algo mejor. —Vanessa se levantó de la silla y se sentó en el sofá—. Ven a sentarte conmigo.
—¿Ah, sí?
Dani seguía pálido. Tenía un nudo en el estómago.
«¿De verdad estaba a punto de suceder? ¿Iba a besar a Vanessa?
». No sabía si estaba preparado para aquello.
Su corazón se aceleró hasta tal punto que cada uno de los latidos le dolían tras el esternón.
Aunque no se vio en ningún espejo, sabía perfectamente que se había puesto rojo.
Lentamente se levantó de la silla y se sentó junto a Vanessa. La chica estaba repantingada sobre el costado derecho con la cabeza apoyada en un brazo. Dani la imitó quedando los dos chicos sentados simétricamente con los ojos fijos en el rostro del otro.
Ninguno habló. Dani estaba aterrorizado.
No sabía si tomar la iniciativa. Si se hubiera tratado de cualquier otra chica, la habría besado sin pensarlo.
Quizás se la hubiera llevado a su habitación y habrían hecho el amor hasta la noche.
Pero con Vanessa las reglas eran diferentes.
De repente, notó que tenía mucho calor. Sintió las gotitas de sudor surgiendo bajo su ropa.
Deseaba ponerle fin a esa agonía, pero le faltaba el valor para hacerlo.
Por fin, la chica habló con voz dulce:
—Te voy a contar una historia que me contaba mi abuelo cuando era pequeña.
—¿Esa es mi recompensa? —El tono de Dani era lento, casi arrastrando las palabras. Hacía eso para no hablar demasiado rápido y parecer nervioso.
—¿Te parece poco? Es una historia que significa mucho para mí. Me la contaba mi padre cuando era pequeña y nunca se la he contado a nadie.
—No, no, para nada. —Dani respiró aliviado. Aun se moría por besarla, pero reconocía que prefería ese final—. Procede.
—Érase una vez, hace mucho mucho tiempo.
En la España de los Reyes Católicos, vivía una familia muy humilde en Castilla.
El padre era jornalero. Se dedicaba a labrar las tierras del señor de la ciudad, mientras que la madre se dedicaba, como era habitual, a las labores de la casa.
Tenían un total de seis hijos. Los dos mayores se habían ido a la guerra para combatir a los musulmanes.
De los cuatro que se quedaron, tres de ellos trabajaban para que toda la familia pudiera comer.
El pequeño aún era demasiado joven para poder aportar. Una boca más que había que alimentar.