Capítulo 13
D ani cruzó los brazos sobre su pupitre y apoyó la cabeza en ellos.
Aún seguía algo adormecido aquel día. Era tercera hora y acababan de tener Matemáticas.
Lo normal sería que después de tres horas de clase estuviera ya sobradamente despierto y con todos sus sentidos alerta, pero no era así.
Había vuelto a trasnochar las dos últimas noches de esa semana y su cuerpo de adolescente de nuevo se resentía.
Pero tenía motivos, los exámenes finales del trimestre se aproximaban lenta pero inexorablemente y la mayoría de los profesores comenzaban a incrementar los deberes a sus alumnos.
Había pasado un mes desde que su hermano pisara su casa por última vez.
El tiempo pasaba volando y las cosas no dejaban de salirle bien a Dani.
Quedaba con Cris con frecuencia. Los apetitos sexuales de su amiga rivalizaban con los suyos propios, y eso le venía demasiado bien.
Además, había empezado a conectar con ella emocionalmente.
Siempre la había visto como una persona fría y monotemática, pero había descubierto que, a pesar de ello, era una chica bastante interesante.
Además de pintar, Cris solía leer libros de filosofía por puro placer.
Desde la ESO se había hecho con un libro de texto de Filosofía de bachiller, y a partir de ahí se había aficionado a leer a Nietzsche y algunos escritos de Sócrates y Epicúreo.
Dani había empezado a disfrutar con ella tanto en la cama como fuera de ella.
Se había convertido en una de sus mejores amigas, aunque su falta de humanidad en ocasiones le resultaba bastante agobiante.
A veces solo había sitio para un psicópata en la sala.
En el ámbito académico tampoco podía quejarse.
El instituto había encontrado un sustituto temporal para el Chaleco.
Jorge, el nuevo profesor interino de Química.
Era un joven recién salido de la carrera con apenas veinticinco años de edad.
Se había dejado barba para parecer mayor de lo que era y aparentar madurez delante de sus alumnos, pero no había conseguido el efecto deseado.
Su cara de niño evidenciaba demasiado su edad a pesar del vello de que poblaba su cara.
El intento de aparentar madurez contrastaba con el método de enseñanza del profesor, que intentaba convertir las clases en un juego para sus alumnos.
Había dividido a la clase en equipos y establecido un sistema de puntos para que sus alumnos se esforzaran por estudiar y llevar los deberes al día, recompensando las respuestas a preguntas en clase por puntos para el equipo del miembro que respondiera correctamente.
Para fastidio de Dani, Vanessa no había acabado en su equipo, ya que estos habían sido distribuidos acorde a las columnas de pupitres.
En cuanto a Vanessa, Dani y ella habían seguido quedando fuera del instituto.
Primero para terminar el trabajo pendiente en Inglés, y más adelante para continuar con lo que parecía una bonita amistad.
Paradójicamente, no solía dedicarle tanto tiempo como a Cris.
Si la falta de sentimientos de una le parecía cargante en ocasiones, las charlas con la otra llegaban a ser agotadoras.
Al ser mayor que él, presentaba una madurez y experiencia mucho más alta que la suya.
Y a Dani no le gustaba nada quedar por detrás.
A pesar de lo mucho que le atraía, no se había atrevido a besar a Vanessa.
Se había imaginado la escena en su cabeza miles de veces, y ninguna de ellas había salido bien.
A pesar de todo, estaba deseando hacerlo.
Abrazarla, recorrer sus caderas con las manos, atraerla hacia sí, fundir sus bocas…
Pero entonces llegaba el desenlace. En todas las simulaciones que había realizado en su mente, la chica se apartaba de él.
A veces más dulcemente, otras con violencia.
Una vez incluso se imaginó cuánto debía doler un guantazo suyo.
En cualquier caso, siempre había una inminente conclusión: Dani se iría avergonzado y no volverían a quedar como hasta el momento.
Prefería no arriesgarse con Vanessa. Valoraba demasiado su amistad con ella.
Si solamente fuera un poco menos increíble…
De repente se sintió cansado de su postura y probó a recostarse sobre la silla manteniendo los brazos cruzados.
Tommy le estaba contando cómo había quedado ese fin de semana con Sara.
Su amigo no había avanzado demasiado en la vida amorosa.
No dejaba de comentar las ganas que tenía de poder acostarse con alguna chica y de la suerte que tenía Dani.
Esa faceta tampoco había avanzado demasiado.
Dani sabía que en algún momento tendrían que tener una charla al respecto.
Tommy dependía demasiado de él, y no podría seguir así siempre.
Quería mucho a su amigo, pero ya empezaba a fastidiarle verle siempre así. Casi parecía que lo idolatrara.
—Jo, tío, ¿tú que hubieras hecho?
—¿El qué, perdona? —Dani dejó sus cavilaciones y miró a su amigo—. Tenía la cabeza en otras cosas. ¿Qué decías?
—Sara, tío. Que quedé ayer con ella, y estuvimos en un banco hablando. Y un montón de rato, pero nada.
—Y no la besaste porque… —Dani acompañó su burla con un gesto de la mano.
—Jo, tío, porque yo no soy como tú. No… no soy capaz.
—Tommy, no puedes esperar siempre a que sea ella quien te bese. Tienes que lanzarte algún día.
—Pero ¿y si se aparta? ¿Y si me da un tortazo y se enfada?
«Je, a ver cómo le dices que se tiene que arriesgar cuando estás tú igual o peor con Vanessa.
No, pero a ver, son cosas totalmente distintas.
Tú ya has estado con más chicas, y Tommy ha dado cuatro besos tontos.
Además, a Sara ya la ha besado. Según él, al menos.
Igual se estaba tirando el pisto. Además, han sido amigos desde hace años.
Si la chica no quiere nada con él, le apartará y punto.
No va a romper una amistad tan antigua por un beso tonto.
¿Qué demonios le asustará tanto? ¿Y a ti, Dani? ».
—Tío, tienes que tirarte a la piscina. Nunca va a ser el mejor momento, pero algún día tiene que ser el momento. A este paso, te vas virgen a la universidad. Y ahí ya no podré cuidar de ti.
—No me lo recuerdes.
—Ah, venga ya. —Dani miró a Tommy cabreado. Iba a añadir algo demasiado borde cuando la puerta del aula se abrió.
Ricardo entró por la puerta. Llevaba puesto una de sus habituales combinaciones de camisa y corbata.
Siempre había sido un hombre elegante, tanto cuando daba clase como ahora, que ocupaba la dirección del centro y había tenido que reducir sus actividades docentes.
Algunos alumnos habían llegado a temerle por la severidad con la que los trataba.
Nunca pasaba una. Parecía pensar que si cedía con un alumno, sembraría un precedente y el resto se rebelaría. No iba a darles esa oportunidad.
—Buenos días, chicos. —Se dirigió a la clase con el estoicismo habitual, aunque llevaba una especie de sonrisa en la cara. O al menos, lo más parecido a una sonrisa que ese hombre podía dibujar—. Os traigo una sorpresa.
Un hombre entró en clase portando un maletín marrón oscuro cuando Ricardo acabó de pronunciar esas últimas palabras.
Dani, que seguía recostado con los brazos cruzados sobre el pecho, estuvo a punto de caerse de la silla cuando vio entrar al individuo.
Durante unos segundos, su mente se abstuvo de producir ni un solo pensamiento.
Mientras el hombre recorría la distancia entre la puerta y Ricardo, se hizo el silencio en toda la clase, y ni uno solo de los alumnos se atrevió a romperlo.
El Chaleco, su último profesor de Química, que había muerto hacía algo más de un mes y a cuyo entierro habían asistido, se encontraba de pie enfrente de ellos.
No llevaba un chaleco, como cabría esperar, pero tampoco debería seguir vivo.
Había perdido algo de peso, y tenía la barba afeitada. Pero era él, no cabía duda.
Dani no podía pensar con claridad. Y, de repente, una nube de pensamientos inundó su mente. Miles de hipótesis se apelotonaban en su cabeza pugnando por ser la elegida. Decidió no dedicarle demasiado tiempo a estas ideas, ya que la respuesta probablemente sería revelada en los próximos segundos.
—Chicos, os presento a Juan Carlos, el hermano pequeño de Silvestre.
Va a ser vuestro nuevo profesor de Química.
—Ricardo hizo una pausa para que los chicos procesaran la noticia—.
Ya tiene el plan de estudios que siguió su hermano, así que no deberíais tener problemas para continuar con el programa.
Ha estado trabajando en Madrid en un centro de investigación estos últimos años, y ahora va a ocupar el puesto de Silvestre.
Huelga decir que espero el mismo comportamiento y respeto que con el resto de los profesores. Os dejo con él.
Ricardo salió de clase y cerró la puerta tras de sí. Le encantaba dar esos discursos a sus alumnos. Cualquier persona que escuchara una descripción de su trabajo dicha por él bien podía pensar que dirigía un centro penitenciario en lugar de uno de enseñanza.
Juan Carlos, que había permanecido todo el tiempo con las manos cruzadas detrás de la espalda, cogió una tiza y apuntó una fórmula en la pizarra en cuanto se quedó a solas con sus alumnos: CaSO 4 .
—Bueno, ya me ha presentado Ricardo. —Empezó a decir—. No hace falta que os cuente mucho más de mí. El que quiera saber más que me busque en Instagram. —Hizo una pausa para las risas provocadas por su chiste—. ¿Quién puede decirme qué acabo de formular?
—Sulfato de calcio. —Dani no esperó a que nadie contestara. Se había acostumbrado a responder lo antes posible debido al juego de Jorge y la respuesta le salió automáticamente.
—Muy bien. —Juan Carlos cogió una lista de alumnos—. Tu nombre es…
—Daniel Carrasco.
—Ah, sí, el hermano de Antonio. Ya me han hablado de ti.