Capítulo 12
L a mañana del domingo llegó demasiado pronto para Dani.
Cuando el sol entró por la ventana de su habitación, apenas produjo ningún efecto sobre él.
El día anterior le había dejado demasiado extenuado como para que un poco de luz lo sacara del coma en el que había caído en cuanto se metió en la cama.
Había llegado tan casando que no tuvo tiempo de bajar del todo la persiana de su habitación.
La estancia se fue iluminando poco a poco revelando la figura de un adolescente dormido bajo las sábanas de su cama.
El chico estaba tumbado de costado con la ventana a su espalda, lo que dificultaba que la inminente falta de oscuridad le despertara.
Dani se había dormido en posición fetal, abrazando la almohada por debajo de esta con el brazo, pensando en las últimas palabras que le había dicho su hermano antes de que los dos subieran en silencio hasta su casa.
Su mente racional le había hecho reflexionar sobre la lección que le había dado Toni aquella noche, en lugar de pasarse la noche ofuscado por la rabia, como normalmente hubiera ocurrido. Quizás hubiera madurado un poco aquella noche.
En los escasos minutos que tardó en conciliar el sueño estuvo dándole vueltas a las palabras de su hermano.
Se sentía como un niño: torpe e inexperto.
Con muchas cosas que aprender sobre la vida.
Cada vez que le parecía que iba a superar a Toni, este le sorprendía mirándolo desde kilómetros de altura.
Era una montaña que nunca sería capaz de superar.
«Aunque quizás eso sea bueno. Una montaña que no pararás de escalar en toda la vida.
Quizás eso sea la vida: entrenar y prepararse continuamente para alcanzar una meta a la que nunca llegarás, pero de la que cada día estarás más cerca que el anterior.
Creo que es un discurso parecido al que me dio el Chaleco».
Absorto en estos pensamientos se fue quedando poco a poco dormido.
No fue hasta nueve horas después cuando unas voces provenientes de su cocina lo despertaron.
Era domingo, y, por lo tanto, ningún habitante de la casa debería tener planeado levantarse demasiado temprano aquel día.
Tardó un par de segundos en recordar la conversación con su madre la noche anterior, en la que le hizo prometer que no volvería muy tarde para desayunar todos juntos antes de la marcha de Toni.
Dani remoloneó unos minutos más en la cama antes de levantarse.
Ni siquiera movió un músculo bajo las sábanas.
Podía sentir la cara dolorida justo donde se había golpeado contra el suelo.
También notaba una ligera molestia en la muñeca con la que había golpeado a Toni, pero no tanto como la noche anterior.
Probablemente se habría ido recuperando durante la noche.
Pensó que, en perspectiva, no era tan malo.
Esperaba no tener demasiadas marcas como para que sus padres hicieran preguntas.
Finalmente, Dani se rindió a la evidencia: tendría que levantarse tarde o temprano.
Se sentía reparado después de tantas horas de sueño.
No estaba acostumbrado a dormir tanto, pero tras haber forzado a su cuerpo a llegar a su límite de resistencia el día anterior, nueve horas parecían incluso pocas.
Con un esfuerzo sobrehumano, sacó los pies de la cama, se puso en pie y salió de la habitación.
El resto de la familia Carrasco se encontraba desayunando en la cocina. El rostro de Toni se encontraba detrás de un periódico abierto, con una taza de café y los restos de un plato de huevos a la sartén delante. Dani se preguntó de dónde diablos habría sacado su hermano un periódico un domingo.
—¿Qué te ha pasado en la cara? —Su madre detectó la hinchazón en el pómulo de su hijo en cuanto este entró en la cocina y se acercó inmediatamente para palparle el rostro con la mano—. Anoche no te oímos llegar.
—Me tropecé y me caí por las escaleras viniendo. —Dani miró de reojo a su hermano mientras decía esa mentira. Toni ni se inmutó con la conversación—. Era tarde y estaba ya cansado. Me duele la muñeca también por la caída.
Dani pensó en lo conveniente que le resultaba de repente haberse dañado la muñeca para construir la historia.
Si solo tuviera el golpe de la cara habrá resultado sospechoso, pero no había razón para hacerse daño en la muñeca en una pelea.
A no ser que seas tan estúpido de golpear un bloque de hormigón con el puño, o el torso de Antonio Carrasco.
—Madre mía, hijo. ¿Por qué no me avisaste? A ver si te vas a haber roto algo…
—Estoy bien mamá, no te preocupes.
—Ven que te mire.
Esta vez habló su padre. Aún estaba en pijama, al igual que su madre. El único que se había vestido era Toni. Al ser fin de semana no iba tan formal como de costumbre, pero que no tuviera que trabajar no le eximía de llevar una camisa.
—Solo ha sido un golpe de nada. —Dani se acercó a su padre para que viera su cara más de cerca—. Ya ni lo noto casi.
—Deberías haberte puesto hielo, estarías mucho mejor. ¿Verdad, Toni? A ti tuvimos que ponerte alguna vez cuando venías de alguna competición.
Toni respondió a la pregunta de su padre con un gruñido de afirmación, y pasó la página del periódico.
Parecía estar concentrado en lo que estuviera leyendo.
Claramente, no tenía ninguna intención de revelar a su familia que él había sido el autor del golpe, y Dani coincidía con esa opinión.
No le apetecía averiguar si sus padres apoyarían el comportamiento de su hermano. Conociéndolos, no le extrañaría.
—¿Y cuándo te vas, Toni?
—Dentro de un rato, Dani. —Ni siquiera levantó la vista para contestar—. Estaba esperando para saludarte. Tengo cosas que hacer en Madrid.
—¿Un domingo?
—La vida de adulto. Ya te pasará. Incluso a ti.
Dani no hizo caso a ese comentario y comenzó a prepararse el desayuno.
Había tenido suficientes discusiones con su hermano para los próximos seis meses.
Mientras metía la taza de leche en el microondas, cayó en la cuenta de que aún no sabía nada de Vanessa.
Había metido el móvil en el bolsillo de su pijama sin comprobar si tenía mensajes esa mañana.
Estaba demasiado preocupado por inventarse una excusa para el golpe de su cara como para pensar en otra cosa.
Su corazón se aceleró cuando vio el icono de WhatsApp con un globo de notificaciones encima, indicando que tenía mensajes sin leer. El ritmo aumentó cuando comprobó que, en efecto, Vanessa había contestado a sus mensajes del día anterior.
—Sí, sí, estoy bien. Perdona que no te escribiera. ¿Tú cómo estás? El tío salió corriendo un poco después de mí, pero yo estaba lejos ya.
«¿“Perdona que no te escribiera”? ¿Podrías estar muerto y a esta chica le da igual? Desde luego, sabes elegirlas, Dani. Qué raro, parecía una chica muy atrevida ¿Sería solo fachada? Entrar en la casa fue idea suya y ahora esta reacción…».
Dani se percató de que tenía también un mensaje de Tommy.
El sábado se lo había pasado entero con Vanessa y el domingo había dormido hasta tarde.
Probablemente su amigo empezaba a echarle de menos.
No sería mala idea quedar con él esa tarde, si acababa pronto de estudiar.
Aunque, por otro lado, lo vería al día siguiente en el instituto. Cris, en cambio…
Hacía varios días que no veía a su amiga.
A ella sí que empezaba a echarla de menos.
¿O quizás sería solo su cuerpo lo que extrañaba?
Debía ser esto último, porque en cuanto empezó a plantearse la idea de ir a verla, comenzó a invadirle una pereza tremenda, al imaginarse cara a cara con su impasible mirada.
El calor bajo las sábanas no era rival para la frialdad que podían llegar a desprender sus palabras.
Le apetecía más contarle su aventura del día anterior a Tommy, pero las hormonas pesaban demasiado.
Quizás consiguiera sacar tiempo para ambas cosas, si empezaba ya con los estudios.
Las energías volvieron al cuerpo del muchacho en cuanto hubo terminado su desayuno. Mientras mojaba las galletas con una mano, escribía a Tommy con la otra. La excitación del momento le hizo planear las palabras con las que le iría describiendo el día anterior a su mejor amigo. Luego pasó a Cris.
—Buenos días, señorita. ¿Tienes planes para hoy?
—Estaría bien que me hablaras para algo más que para quedar para follar.
—Tan encantadora con siempre, je, je, je. ¿Por qué crees que te escribo para eso? Qué creído te lo tienes.
—De acuerdo. ¿Y por qué quieres saber si tengo planes?
—Por si te apetecía que nos tumbáramos en el jardín de tu casa a hablar toda la tarde, hasta que salieran las estrellas.
—No te pega ese tono romántico.
—Me estaré haciendo viejo, je, je.
—Luego te digo algo.
Cris se estaba cobrando su venganza por el abandono del sábado, y Dani no podía reprochárselo.
Finalmente, ¿estaría celosa? Dani tendría que ocuparse de ese asunto más adelante, ahora tenía mayores preocupaciones en su vida con para prestarle a sus amigos la atención que merecían.
Su mente de adolescente masculino había estado ocupada por Vanessa, una chica que le ponía los pelos de punta cada vez que estaba con ella, pero que a la vez le atraía cada vez más.
Una chica tan madura y experta le resultaba excitante. Casi como reto.
Sintió una punzada de culpabilidad. ¿Sería cierto que solo quedaba con Cris para el sexo?
Repasó mentalmente las últimas veces que se habían visto.
Hacía un par de semanas habían ido al cine porque sus padres estaban en casa.
Y recordaba al menos otra ocasión en la que habían estado toda la tarde tirados en su sofá hablando de chorradas.
Claro que eso había terminado con los dos sin ropa sobre el mismo sofá.