Capítulo 11 #2
Casi había comenzado a quedarse dormido cuando el ascensor emitió un pitido, indicando que su hermano estaba de vuelta.
Toni salió del habitáculo portando dos guantes de boxeo, rescatados del armario de su época de instituto.
Se había colocado unas vendas rojas en ambas manos alrededor de los nudillos.
Esas vendas servían, por un lado, para proteger su mano con cada puñetazo y para no dañar en exceso al rival.
No es lo mismo que te golpeen con el hueso de la mano desnuda que cuando está forrada de tela.
El vendaje amortigua un poco el golpe. Una doble protección.
También cumplían las funciones de sujetar la muñeca, en caso de dar un mal golpe.
Con la suficiente fuerza, un puñetazo mal ejecutado podía causar graves daño a la articulación.
Dani había aprendido algo del boxeo a partir de la información que había extraído de conversaciones con su hermano.
Nunca le habían atraído los deportes de contacto.
Se mantenía en forma por salud y, aunque no lo confesara, también por estética.
Sin embargo, no le interesaban demasiado las peleas.
Una de las diferencias que le enorgullecía mantener con su hermano.
—¿Me vas a pasar el testigo? Gracias, pero no me gusta el boxeo.
—Qué más quisieras. —Toni empezó a atarse los guantes—. Ha llegado el momento de que te dé una lección. Esto no te lo van a enseñar en el colegio.
—No me gustan las peleas. No quiero aprender nada de boxeo.
—Mientes. Estás deseando pegarme. —Toni había terminado de atarse los guantes. Tenía una pinta curiosa con ellos puestos sobre la camisa y la americana—. Te lo veo en los ojos.
—Pero no estoy loco. Me darías una paliza.
—De eso se trata.
Con un movimiento rápido del brazo, Toni le atizó un golpe en la cara.
Dani se tambaleó y dio unos pasos hacia el lado contrario del que provino el golpe.
A pesar del acolchamiento del guante, el golpe le desorientó durante unos segundos.
Sus reflejos no estaban preparados para ese ataque, y las altas horas, sumadas al cansancio físico y mental, no ayudaban precisamente.
—¿Qué coño te pasa? —dijo Dani en cuanto pudo recuperar la compostura.
—Ha sido un golpe suave, con un guante reglamentario.
Ni siquiera he movido el cuerpo, solo he estirado el brazo.
¿Te ha dolido? —Toni se abalanzó sobre su hermano.
Lanzó otro puñetazo. Esta vez Dani lo esperaba y lo esquivó—.
Dime, ¿qué esperabas hacer contra el hombre de la casa? Ese no llevaba guantes.
—No esperaba que hubiera ningún hombre.
—Ese es tu problema. No piensas en las consecuencias de tus actos. Actúas y punto.
—Eso no es verdad.
—Demuéstralo.
Toni volvió a lanzarse contra él. Dani se había despertado completamente, y empezaba a sentir un deseo irrefrenable de pegar a su hermano.
Una vez más iba a quedar por detrás de él.
Un conjunto de recuerdos empezaron a arremolinarse en su cabeza.
Todas las veces que su hermano le había humillado.
Cada vez que sus padres lo habían comparado con él.
Las imágenes desfilaron en un instante por delante de sus ojos, y algo en su interior se encendió.
Un sentimiento de impotencia se apoderó de él.
¿Por qué no podía estar a su altura? ¿Por qué nunca había podido superarlo en nada?
No importaban las horas de estudio. No importaba el número de flexiones seguidas que pudiera hacer.
Cuando creía que empezaba a tomar la delantera, Toni aparecía para hundirlo y destruir sus esperanzas.
A pesar del esfuerzo que estaba realizando, su hermano no perdía su sonrisa.
Podía ver esa odiosa curva cada vez que un haz de luz cruzaba su cara.
Dani fue retrocediendo con cada golpe esquivado hasta que finalmente notó la pared a su espalda.
Estaba contra las cuerdas. Su hermano se detuvo delante de él.
—Siempre te has conformado con poco. Como eres inteligente, te bastaba un vistazo al libro para aprobar. —Toni dio un paso adelante—. Nunca has tenido que esforzarte de verdad.
—¿Cómo dices? —Dani estalló. Ese comentario de su hermano fue la gota que colmó el vaso—. ¡Me he pasado toda la vida viviendo a tu sombra! ¡Toda la puta vida oyendo lo genial que es Antonio Carrasco!
Dani no pudo contenerse más. En una décima de segundo, cerró su mano derecha apretando cada uno de sus dedos con fuerza y la lanzó hacia la cara de su hermano. La sonrisa de Toni se agudizó aún más.
Un paso atrás fue suficiente para esquivar el golpe de su hermano pequeño.
Dani pasó a la ofensiva y siguió atacando con furia.
Ahora estaba cegado por la ira. Ya no le importaba nada más que no fuera encajar un golpe donde fuera.
El cansancio y el sueño habían desaparecido por completo y en su lugar solo quedaba un fuego interno que le hacía mover sus puños hacia el cuerpo de Toni.
Sus piernas se movían frenéticas con cada esquiva, impulsando sus puños hacia su cuerpo sin lograr alcanzarlo.
Los golpes de Dani eran rápidos y potentes, pero torpes ante los expertos ojos de su hermano.
Toni ni siquiera hacía el esfuerzo de bloquearlos, sino que se limitaba a apartarse del lugar en el que se suponía que debían impactar.
Pronto el subidón de adrenalina alcanzó su límite, y su sistema nervioso comenzó a pasarle la factura de un combate al final de un día tan estresante. Estaba completamente agotado. Su cuerpo ya no daba más de sí. Lo único que lo mantenía en pie era la rabia que sentía por dentro.
Dani se percató rápidamente de este detalle.
De repente, se dio cuenta de lo mucho que le costaba respirar.
El pecho le dolía debido al esfuerzo. Notó cómo cada uno de los músculos de su cuerpo pesaba el doble de lo normal.
Tuvo que apoyarse sobre una pared para no caer de rodillas.
Clavó la vista en su hermano. No quería darle la oportunidad de cogerle desprevenido por segunda vez.
—Mírate. —Toni bajó los puños—. Me has atacado con todas tus fuerzas y no has conseguido ni rozarme.
¿Esa es tu motivación? ¿Superarme? ¿Quedar por encima de mí?
Quizás estoy equivocado, y lo que te falla es que tienes los motivos equivocados, en lugar de falta de ellos.
Tienes el espíritu de un dragón, pero la mente de un niñato. Qué pena me das. Eres un mediocre.
Dani volvió a estallar. Sintió que nuevas fuerzas le inundaban.
Las palabras de Toni hicieron que el fuego volviera a arder en su interior.
No pensó, simplemente actuó. Tensó cada fibra de su cuerpo y puso su alma en el puño.
No le importó seguir forzando su cuerpo.
Apretó con todas sus fuerzas la mano derecha y la lanzó hacia el cuerpo de su hermano.
Y entonces Toni hizo el movimiento más inesperado de todos: permaneció quieto.
El puño desnudo de Dani se estrelló contra el torso de su hermano, unos cinco centímetros por debajo de su esternón.
La zona debía haber estado blanda, pero los abdominales de Toni resultaban como una pared de roca contra el inexperto brazo de Dani.
Sus nudillos resbalaron y su muñeca se dobló provocando un dolor insufrible en el mismo instante del impacto.
Un grito de dolor subió desde el estómago de Dani hasta su boca, y estuvo a punto de salir disparado al exterior si no fuera porque otra cosa lo detuvo.
El golpe de Toni fue tan rápido como el primero, pero diez veces más contundente.
A Dani le parecieron simultáneas la sensación del guante en su mejilla derecha, y la del suelo en la mejilla izquierda.
La cabeza le daba vueltas. Durante unos segundos perdió el control de su cuerpo.
No pudo ni respirar. Notó una presión en sus pulmones.
Luchó por dar una bocanada de aire, pero su cuerpo se negaba a responder.
Su visión comenzaba a nublarse cuando por fin su cuerpo se relajó y pudo respirar.
Su pecho se llenaba y vaciaba de aire con rapidez.
Intentó apoyar el brazo para ponerse de pie, pero sus extremidades aún no le respondían.
Una fatiga como no había sentido nunca se había apoderado de él.
Solamente podía sentir el dolor en su muñeca derecha.
El resto de su cuerpo parecía haber sido desconectado de su cerebro.
Estuvo a punto de cerrar los ojos y quedarse dormido, pero entonces oyó la voz de su hermano casi dos metros por encima de su cabeza
—Solo cuando nos vemos forzados a llegar al límite sale a la luz nuestra auténtica naturaleza.
Solo entonces puedes estar seguro de si lucharás hasta el final, o si te dejarás hundir por la situación.
Tienes que aprender a mantener la cabeza fría, valorar si tienes un buen motivo para luchar o si es mejor abandonar.
Toni se acercó a su hermano y se puso de cuclillas a su lado.
—Nunca te has visto llevado al límite. Ni en el colegio, ni en la vida. Nunca has tenido que luchar con todas tus fuerzas. Tampoco has tenido motivos para hacerlo, aunque tú creyeras que sí. Te falta perspectiva.
Toni guardó silencio, esperando que su hermano se recuperara.
Dani por fin pudo moverse. Apoyó la mano derecha en el suelo para levantarse, pero en cuanto cargó un poco de peso sobre ella, una corriente de dolor procedente de la muñeca recorrió su brazo y le hizo imposible continuar.
Ya iba a apoyar la otra mano cuando Toni le ofreció la suya.
Dani la cogió con la izquierda y se puso en pie.
—Tienes tantas ganas de hacerme daño que solo te lo haces a ti mismo —continuó Toni—.
No piensas lo que haces. No usas la cabeza.
Has llegado a tu límite en un par de minutos, y solo me has alcanzado con un golpe.
Yo he necesitado dos para mandarte al suelo.
¿Qué habría pasado si el tío de la moto te hubiera dado una paliza?
No la habrías aguantado. Ahora podríamos estar teniendo esta conversación en el hospital. O no tenerla.
Los dos hermanos guardaron silencio. Dani quería replicar, pero no tenía fuerzas. Apenas podía tenerse en pie, mucho menos discutir con su hermano. Le dolía la cara en el lado que había besado el suelo.
Un cúmulo de sentimientos se retorcían en su estómago.
La rabia que había sentido por perder contra su hermano aún seguía quemándole las entrañas.
La emoción por el discurso de Toni se cerraba sobre su corazón.
La resaca emocional por la excitación y la angustia de la tarde todavía le cortaban la respiración.
Pero, sobre todo, lo que más sentía era una sensación de vergüenza en el estómago que le impedía mirar a los ojos a su hermano.
Vergüenza porque sabía que Toni tenía razón.