Capítulo 11
L os dos hermanos se encontraban en el coche del mayor en dirección a su casa. Ninguno se atrevía a romper el silencio. El Chrysler negro no llegaba a los treinta kilómetros por hora a pesar del enfado de su conductor.
Dani seguía en el mismo estado de shock en el que se había quedado cuando vio a Toni.
Ni siquiera había sido capaz de responder a su hermano, sino que simplemente se quedó de pie mirándole, con el corazón todavía en taquicardia.
Era irónico —pensó más tarde—, que había estado a punto de enfrentarse a cualquier desconocido, pero no a su hermano.
Finalmente, Toni había perdido la paciencia: cogió a su hermano por el brazo, lo arrastró por la calle hasta el lugar donde había aparcado y lo metió en el vehículo violentamente y sin mediar palabra.
Ahora el rostro de Toni reflejaba una seriedad a la que Dani no estaba acostumbrado.
Su hermano siempre había representado una figura fría a la vez que autoritaria.
Delante de sus familiares y amigos jugaba el papel de una persona risueña con cierto tono irónico.
Una máscara a través de la cual él siempre había podido ver.
Cuando creces al lado de una persona aprendes a distinguir entre la cara que le enseña al mundo, y la que se muestra cuando baja la guardia en su casa.
Quizás el rencor que le guardaba lo estuviera cegando.
Alguna vez incluso se lo había planteado.
Sin embargo, por mucho que sus sentimientos enturbiasen su juicio, Dani había visto demasiadas veces a su hermano valerse de su carisma para conseguir salir de situaciones difíciles.
Era un toque sutil, ya que nunca llegaba a cambiar del todo su personalidad, y nunca renunciaba a defender su postura, tuviera a quien tuviera delante.
Ya fueran sus tíos, el director del CNI o su hermano pequeño.
«Y, sin embargo, es muy diferente la crudeza con que te trata a ti de la cortesía con la que se dirige al resto del universo.
Lo que más rabia te da es que a veces te pareces a él.
Siempre sabe qué decir en el momento oportuno.
¿Será cosa de familia? No, precisamente a la familia es a la que nunca eres capaz de engatusar.
A esos se los ganó Toni hace tiempo. Ojalá el resto del mundo le viera como le ves tú…
—¿No vas a decir nada? —Toni rompió el silencio sin despegar la vista de la carretera.
—¿Qué quieres que diga? —respondió Dani, algo más calmado.
—Podrías decirme qué coño hacías en la casa del Chaleco.
—Estoy pensando en comprarme la casa. ¿No te gusta?
Toni pisó el freno hasta abajo y el coche desaceleró bruscamente.
A pesar de la poca velocidad que llevaban, la inercia hizo que Dani saliese disparado hacia delante en ese mismo instante.
De no haber llevado el cinturón puesto se habría estrellado contra la guantera del coche y aquella noche habría dormido con unos moretones.
Una técnica que Toni había empleado alguna vez para intimidar a su copiloto.
—¿Eres imbécil? —Toni reanudó la marcha un instante después—. No te lo volveré a preguntar, Dani. ¿Qué hacías allí?
—No te lo voy a decir. —Dani dibujó su media sonrisa tras contestar. Aquello le encantaba. Por una vez sabía algo que su hermano no. Era una sensación increíble. Iba a saborearla y a estirarla en el tiempo todo lo posible.
—No creo que fueras allí solo. —Toni se tranquilizó—. No eres de los que harían una cosa así. Te gusta el riesgo hasta cierto punto, pero allanar una casa no es tu estilo. Además, no tienes ningún interés ni ninguna razón para ello. Alguien te ha arrastrado. ¿Quién?
—Qué listo eres, Toni. Sigue tirando del hilo, seguro que lo adivinas.
—No ha sido Tommy —continuó su hermano, sin reaccionar al comentario de Dani—. Ese chico tampoco tiene ningún interés en meterse en casas ajenas. Ni ningún chaval de tu edad. ¿Alguien nuevo? ¿La chica nueva de tu clase? Ha tenido que ser ella. ¿Así es como ligáis ahora los chicos de tu edad?
—Bravo, Toni. Sí, exacto. Pensé que le daría morbo si la llevaba a casa de mi profesor muerto. La típica casa encantada donde ha habido una muerte violenta. A las chicas las vuelve locas.
—Te crees muy listo.
—Sí, es cosa de familia.
—Yo me creo listo porque lo soy. —Toni no sonrió al decir aquello.
Si cabe, endureció aún más su expresión—.
Soy consciente de mis capacidades, pero también de mis limitaciones.
Tú eres imprudente. Te has metido en una situación de la que podrías no haber salido.
¿Y si hubiera ido la policía? ¿Y si os ve algún vecino?
¿Y si el tío de la moto os hubiera descubierto?
Dani palideció por un segundo. No era de los que dejaban pasar una cosa así en medio de una conversación.
Podía parecer distraído a veces, pero su cerebro estaba concentrado al cien por cien en la conversación con su hermano, analizando todo cuanto decía en busca de un resquicio por donde poder atacar.
Estaba seguro de que ese fragmento de conversación había sido puesto ahí intencionadamente.
—¿Cómo sabes tú que había un hombre con una moto?
—Estaba allí cuando se fue. Le vi irse.
—Qué conveniente. Podrías haber sacado el arma y reventarle las ruedas de la moto para que no escapara.
—Ves demasiadas películas, Dani.
Acababan de llegar a la puerta del garaje de su bloque. Toni detuvo el coche mientras la puerta automática se iba abriendo.
—¿Qué habría conseguido con eso? Los vecinos se habrían alterado, habría llegado la policía.
Quizás no le hubiera dado. O podría haberle herido de gravedad.
Todo para poder verle la cara a un hombre que salía con una moto de una casa desocupada.
No era necesario. Luego me acerqué a echar un vistazo por si había robado algo o hecho algún desperfecto, antes de que me lo preguntes.
—¿Sabías que era la casa del Chaleco entonces?
—Claro que lo sabía. Ya había estado antes.
—Qué buen alumno eres. ¿Le cortabas el césped también?
—Ese tono sarcástico no te va a funcionar conmigo. Hoy has estado en peligro, ¿y para qué? Tienes que empezar a pensar antes de actuar. Yo no voy a estar siempre para sacarte las castañas del fuego.
—Yo no te lo he pedido.
—Pero es verdad de todas formas. Hay un momento para ser valiente y otro para ser inteligente.
—Qué listo eres, Toni. De mayor quiero ser como tú.
Toni hizo caso omiso a su comentario. El coche entró en el garaje.
Se trataba de un garaje comunitario, compuesto por varias filas de plazas de aparcamiento, ninguna de ellas cerrada.
Las luces se encendieron y una colección de coches apareció ante ellos.
La familia Carrasco contaba con dos plazas de aparcamiento.
Debido a la visita de Toni, sus padres habían dejado una de las dos libres para que su hijo pudiera dejar el Chrysler dentro en lugar de a la intemperie.
El coche se detuvo en la plaza correspondiente y los hermanos se bajaron.
—Voy arriba —dijo Toni una vez los dos se encontraron fuera del vehículo—. Espérame aquí.
—¿Por qué? —Dani estaba cansado, y no tenía ganas de discutir más con su hermano—. Lo que quieras decirme me lo puedes decir mañana.
—Haz lo que te dicen, por una vez en tu puñetera vida.
Toni se metió en el ascensor. La puerta se cerró y Dani se quedó a solas, apoyado sobre el coche de su hermano.
La luz se apagó. Ni siquiera se movió para encenderla.
Era tarde y estaba cansado. Además, la oscuridad siempre le había resultado tranquilizante.
Sus ojos claros le permitían ver sensiblemente mejor en la oscuridad que al resto de sus compañeros.
Pronto sus ojos se habían acostumbrado a las sombras.
El garaje quedó únicamente iluminado por unas rendijas situadas alrededor, en la parte alta de la pared, que dejaban entrar parcialmente la luz de la luna. Los pocos haces permitían al chaval vislumbrar los coches que había allí aparcados y el pequeño pasillo que se formaba en medio de ellos.
Toda la excitación que había sentido minutos antes se había desvanecido y, de repente, se sentía terriblemente cansado.
Como si estuviera sufriendo una resaca debido al torrente de adrenalina que había inundado su cuerpo mientras estaba en la casa de su profesor.
Apoyado sobre el coche, trató de recordar los acontecimientos que acababan de ocurrir.
Había estado a punto de pasar por un mal trago.
Quizás hasta podría haber muerto. Y Vanessa…
Dani sacó su móvil del bolsillo.
«¡Vanessa! ¿Cómo no se te ha pasado por la cabeza?
Dios… ¿Estará bien? Será mejor que le escribas ahora mismo, a ver cómo está.
No tenemos ningún mensaje suyo. ¿Eso es buena o mala señal?
Veamos, lo lógico sería que se hubiera puesto en contacto contigo enseguida, después de una experiencia así.
¿La habrá cogido el hombre de la moto? No, no…
Él estaba arriba cuando la puerta se abrió y ella salió.
Tuvo tiempo de correr por toda la calle antes de que él siquiera alcanzara la puerta y la localizara fuera de la casa.
Ha tenido que escapar, pero… ¿Por qué no te ha escrito?
¿Habrá llamado a la policía? Será mejor que le escribas y esperes a que te conteste. Es pronto para sacar conclusiones».
Dani tecleó a toda pastilla.
—¿Cómo estás? ¿Estás bien?
No hubo respuesta. Volvió a guardarse el móvil, no sin antes activar las notificaciones.
Si contestaba al menos le vibraría el bolsillo y podría enterarse de la respuesta inmediatamente.
Se apoyó de nuevo en el coche. Tardó unos segundos en volver a acostumbrarse a la oscuridad después de que sus ojos recibieran el fogonazo de la pantalla del móvil.