Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

L os dos chicos se encontraban delante de la casa, uno al lado del otro.

El corazón de Dani había decidido no explotar, y él no acababa de decidir si eso era bueno o malo.

La noche haba caído, y no había demasiadas farolas cerca para iluminar la casa.

La única fuente de luz provenía de la luna, que reflejaba perfectamente la pared de la vivienda y le daba un aspecto cadavérico.

El aire se había vuelto más frío de lo habitual en esa época del año, o al menos eso le pareció a Dani.

Podría haber pasado perfectamente por una noche de diciembre.

Se arrepintió de no haber cogido una chaqueta antes de salir de casa, aunque probablemente no hubiera habido ninguna diferencia.

La terrible influencia que esa casa ejercía sobre él le habría hecho temblar de todos modos.

El chico que no se achantaba ante nada, ante ningún examen, ante ninguna prueba física o mental, ahora estaba aterrorizado por una casa y por una chica.

Miró de reojo a Vanessa. Estaba observando con curiosidad la fachada de la residencia, recorriendo con la mirada cada milímetro.

De vez en cuando, sin embargo, sus ojos se desviaban hacia él.

Como si intentara estudiar la casa y a la vez compararla con su rostro.

La tercera vez que lo hizo, Dani tuvo que intervenir.

—¿Tengo algo en la cara?

—¿Dices aparte de todo eso? —Vanessa acompañó sus palabras con un gesto con el dedo señalando el contorno de su cara repetidas veces.

—Qué graciosa. ¿Nos vamos ya?

—¿Qué prisa tienes, chaval? —Vanessa dio unos pasos a su derecha, sin dejar de mirar la casa—. ¿No quieres echar un ojo?

—Pues… ¿No? Es la casa de un muerto. No tengo especial interés.

—Vamos, señor Inclán. No te me acobardes ahora.

La casa estaba rodeada por un pequeño muro de piedra vista, de casi cuatro metros, que cubría las otras tres paredes de la finca, separándola de las casas vecinas.

El lado derecho permitía el acceso a un oscuro túnel, que probablemente rodearía la casa, mientras que el lado izquierdo consistía en una pared unida a la casa, lo que sería el fin del camino.

Vanessa había comenzado a aventurarse en el pasillo formado por el lateral derecho y su lado de muro correspondiente cuando se giró para mirar a Dani.

«Habíamos acordado no acobardarnos ante nada con Vanessa.

La casa está vacía. Su anterior dueño está muerto.

Hay un cordón policial, pero si no armáis jaleo, no vendrá nadie.

No es una escena de un crimen ni nada. No dejes huellas por si acaso, pero no pasará nada.

Además, te está llevando a un callejón oscuro.

¿Te acuerdas de cuando te enrollaste con María?

Era un sitio parecido. A lo mejor Vanessa quiere tema.

Maldita casa… ¿Qué demonios tendrá este sitio?

Esta tarde parecía una puñetera casa normal.

Deberías haber quedado con Cris. Ahora mismo estarías bajo las sábanas de su cama, haciéndole caricias en su espalda. Te has lucido, chaval…».

Finalmente echó a andar detrás de Vanessa.

—Supongo que no está bien que una chica ande sola por un callejón oscuro.

—Qué caballeroso —dijo ella en tono sarcástico—. Pero tu momento de ser valiente ya ha pasado. Vamos, anda, solo será un momento. Me mola mucho esta casa, y quiero verla por detrás.

Dani no podía culparla. La casa tenía unas proporciones gigantescas.

A ojo se podían calcular unas tres plantas.

Quizás habría hasta una cuarta con un sótano subterráneo.

Todo ello rodeado por un jardín en el interior del muro.

Ciertamente, el Chaleco debía haber acumulado una pequeña fortuna para poder vivir en un sitio como ese.

Todo ello le daba el aspecto de una fortaleza inexpugnable.

Como si se tratase de un castillo medieval.

Solamente le faltaba un foso entre el muro y la casa con un puente levadizo en la puerta.

Parecía poco probable que el resto de sus profesores vivieran en casas similares.

Los dos chicos se internaron en la sombra que proporcionaba el muro.

Una capa de césped cubría toda la superficie del exterior de la casa.

Dani podía sentirlo bajo los pies. Reinaba una calma en toda la calle que habían dejado atrás.

Dentro de la propiedad, sin embargo, dada la estrechez de las paredes, ambos podían percibir la respiración del otro, así como sus pasos.

Vanessa parecía estar calmada. Llevaban un ritmo lento, por lo que Dani apenas podía oír su respiración.

La suya, en cambio, comenzaba a ser bastante rítmica, aumentando por momentos la frecuencia de cada exhalación.

Hizo un esfuerzo por dominarse cuando llegaron al final del túnel.

Una vez que dejaron el lateral, se encontraron con un pequeño patio que separaba el muro de la parte trasera de la casa. Aunque había un par de farolillos apagados en las paredes, la luna proporcionaba la luz suficiente para que los dos chicos pudieran ver la totalidad de la escena.

En la pared posterior había una puerta que sin duda permitía acceder al lugar sin necesidad de rodear la vivienda como habían hecho ellos. El patio estaba prácticamente vacío. En una esquina había una pequeña barbacoa de piedra, forrada de ladrillos y un par de sacos de carbón al lado.

La otra cosa que llamó la atención de los chicos fue una Harley que se encontraba aparcada a pocos metros de la pared contraria a aquella por la que habían entrado.

Dani nunca había visto al Chaleco ir montado en ella, pero estaba descubriendo tantas cosas que no sabía de él después de su muerte que ya nada podía sorprenderle. O eso pensaba.

—No me imagino al viejo montado en eso —susurró Dani.

—Parece que era un señor al que le iba la marcha.

—Tú no le conocías. Esto no le pega nada.

—Parece ser que tú tampoco le conocías mucho. —Vanessa se volvió hacia Dani—. ¿Y por qué susurras?

—No quiero que nos oiga nadie.

—No creo que nadie pudiera oírnos aquí.

—Al contrario. Estamos dentro de una estructura lo suficientemente cerrada como para que actúe de caja de resonancia. Si hablamos un poco más alto los vecinos podrían oírnos.

—Tendrías razón si siguiéramos en el túnel del lateral de la casa.

Pero esta zona es mucho más amplia. —Vanessa comparó sus palabras con un gesto del brazo recorriendo todo el patio—.

De hecho, diría que está diseñada para dar cierta intimidad al dueño.

Seguramente muchos de los vecinos tengan niños pequeños que se pasen horas jugando en sus patios y no quieran que el resto de los vecinos los oigan.

—Ahora que lo dices… Creo que tienes razón. Habría que hablar muy alto para que las voces resonaran en las paredes.

«Mierda, Dani, has querido hacerte el listo y has fallado.

No le vas a convencer con cuentos de física o con cuatro fórmulas que hayas aprendido en clase.

Esta chica te viene grande, y le encanta demostrártelo.

La próxima vez que quieras alardear piensa bien lo que vas a decir antes de hacerlo.

Es verdad que nadie os oiría desde aquí.

De hecho, parece el lugar perfecto para cometer un asesinato, ahora que lo pienso.

Pero, por supuesto, no con una pistola. Por muy aislado que quede esto, los vecinos habrían oído semejante estruendo».

De hecho, se dio cuenta de que esa zona parecía estar aislada totalmente.

No se podía percibir ninguno de los sonidos del exterior.

Ni siquiera se oía a los grillos cantar, ni las voces alejadas de la gente.

Era cierto que ya era de noche, y que no debería haber demasiado bullicio por las calles, y menos en una zona residencial como aquella.

Sin embargo, no era solo eso. Parecía haber una ausencia total de sonido.

De repente, tuvo la sensación de encontrarse en un punto totalmente fuera del pueblo.

Incluso del mundo. Como si un portal les hubiera transportado a ambos a una dimensión fuera de la que se encontraban, alejados del resto del mundo que conocían.

Debido a la tranquilidad que estaban experimentando en ese momento, los dos chicos se dieron la vuelta a la vez, sobresaltados, cuando oyeron el primer ruido.

Provenía del interior de la casa. Era como si algo se hubiera caído.

No llegó a romperse. No era el sonido típico de jarrón que se hace pedazos al estrellarse contra el suelo, sino más bien el de un golpe seco, como una bola de bolos o algo macizo.

El segundo fue mucho más claro: el sonido de una ventana cerrándose de golpe.

Dani se quedó paralizado, pero Vanessa no perdió el tiempo.

Agarró al muchacho de la muñeca y tiró de él hasta el pasillo por el que habían entrado.

En cuanto los dos se zambulleron en la oscuridad, empujó a Dani con la palma de la mano sobre su pecho para que se quedara pegado a la pared.

Ella hizo lo mismo, quedándose entre el muchacho y la luz del patio.

—¿Qué cojones ha sido eso? —El momento de pánico había pasado, y una gran rabia le invadía por no haber reaccionado a tiempo. Aun así, no dejó de susurrar como hasta ahora.

—No tengo ni idea, pero provenía de la casa. —Ahora Vanessa también susurraba—. El sonido era demasiado claro como para que viniera de alguna de las casas vecinas.

—Esta casa debería estar vacía. El Chaleco vivía solo, y aún hay un cordón policial en la puerta.

—Nosotros estamos aquí, ¿no?

—Deberíamos salir. Cuando estemos fuera llamaré a mi padre. Es guardia civil y puede llamar a la policía.

—Me parece buen plan. Vamos despacio, yo vigilaré que nadie venga por aquí…