Capítulo 9 #2
—Soy mayor que tú. Voy a recogerte para que no te pierdas, je, je, je.
—¿Y me vas a llevar de la manita?
—Ya te gustaría, chaval. En media hora llamo a tu puerta.
—Mejor mándame un mensaje cuando estés abajo, en lugar de llamar. Mis padres están acostados ya. —Una gran mentira, pero no le apetecía que alguno de sus padres contestara al portero y tuviera que dar explicaciones.
—Vale, vale. Te aviso.
Se quedó en silencio tumbado sobre su cama.
A lo lejos podía oír a sus padres hablando, aunque sin poder distinguir nada de lo que decían.
No tenía sentido arriesgarse a otra incursión en busca de información.
Se había ganado una bronca de su madre la última vez, y no había sacado demasiado.
Solo alguna conjetura que se había visto confirmada tras la partida de ajedrez con su hermano.
El Chaleco se había suicidado. Con una pistola nada menos. ¿De dónde habría sacado un arma? No era algo que se soliera tener en casa. En la suya sí, por supuesto, pero su padre era guardia civil y su hermano trabajaba para el CNI. Eran un caso excepcional.
En realidad siempre había habido armas de fuego bajo ese techo, pero Dani solo las había visto de lejos, aunque había sostenido una en una ocasión de pequeño. Su padre se estaba duchando y él registró su habitación en su busca. Sabía que tenía que estar allí, y sentía mucha curiosidad por ella.
En los quince minutos de tiempo que tuvo logró encontrarla en una caja de caudales que su padre guardaba bajo la cama, y la llave en la mesita de noche. No era un gran escondite, pero probablemente nunca pensó que su hijo se dedicaría a intentar encontrarla. Al menos no a tan temprana edad.
El arma era pesada, y estaba fría al contacto.
Dani fue consciente en ese momento de que tenía una herramienta en sus manos que, al menor descuido, podía arrebatar una vida.
La suya propia si no tenía cuidado. Una sensación sobrecogedora se adueñó de su cuerpo.
El frío, el peso, el tacto rugoso de la culata…
Solo aguantó unos treinta segundos antes de volver a guardarla en su sitio y dejarlo todo como estaba.
Más tarde supo que el arma se encontraba descargada, con el seguro puesto y que su padre guardaba los cargadores en una caja diferente en su armario.
Sin embargo, nunca pudo olvidar la sensación que tuvo en esos instantes. El poder y el miedo a partes iguales.
Por fin llegó la hora esperada. Dani se despidió de sus padres con la promesa de no volver demasiado tarde y salió de casa.
Estuvo tentado de bajar las escalera a toda prisa, pero pensó que eso solo le aceleraría más el pulso, y ahora necesitaba mantener la cabeza fría.
Así que llamó al ascensor y fue contando mentalmente los segundos que tardaba el habitáculo en subir hasta su piso.
Un pequeño truco que había aprendido para despejar la mente antes de un examen.
Es fascinante la cantidad de información que se puede encontrar por Internet, si se tiene el interés suficiente en lo que se está buscando.
Y ser la mejor nota de la clase era algo en lo que Dani había puesto mucho interés.
Por fin llegó abajo. Vanessa le estaba esperando en el portal, apoyada en la pared de la misma forma que había estado esa misma mañana mientras el microondas calentaba la pasta.
Su pelo castaño parecía casi moreno a la luz de la luna, y apenas podían verse las mechas californianas que decoraban las puntas de sus cabellos.
Sin embargo, sí que pudo distinguir la sonrisa que se dibujó en su rostro cuando vio salir al muchacho del portal de su casa.
—¿Te has puesto guapo para quedar conmigo? —dijo la chica mientras recorría su cuerpo con la mirada.
—Era lo primero que había en mi armario —se apresuró a responder Dani—. Tú sí que te has puesto guapa para verme.
La chica vestía un atuendo un poco más formal que el chándal que llevaba esa mañana.
Unos vaqueros azul oscuro deshilachados, con una camisa vaquera, de un tono mucho más claro que el de los pantalones, bajo la cual se podía ver una camiseta blanca.
Debía de haber cogido un sujetador mucho más ajustado que el de esa mañana, ya que su busto quedaba mucho más marcado.
Dani se preguntó si ella estaría analizando su figura de la misma forma que él lo hacía con la suya.
—Bueno, ¿nos vamos, o vas a seguir mirándome? —dijo Vanessa de repente.
—Claro —respondió él saliendo de su ensoñación—. ¿A dónde te apetece ir?
—Tú eres de aquí, chaval —Vanessa esbozó una sonrisa—. Dímelo tú.
—Por el centro hay un par de bares por donde solemos salir. Si te apetece…
—Uf… Mira, nos hemos pasado todo el día metidos en mi casa. No me apetece meterme en otro sitio. ¿Te parece si damos un paseo? Hace muy buena noche.
—Sí, claro. Por mí perfecto.
Los dos chicos se pusieron a andar sin rumbo fijo, simplemente calle abajo.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
La cabeza de Dani estaba funcionando a miles de revoluciones por segundo, buscando temas de conversación y preparando posibles situaciones. Esta vez no le pillaría desprevenido.
—¿Qué has cenado? —Fue Vanessa la que rompió el hielo. La pregunta había sido sorprendentemente sencilla y eficaz.
—Ah, un par de filetes que ha hecho mi madre. No tenía mucha hambre.
—Normal. Después del plato de pasta que te has comido…
—Te dije que me lo comería todo, mami. Y eso he hecho.
—Y por eso te has ganado el postre.
—No recuerdo haber tomado postre.
—¿Y cómo llamas a esto? —Vanessa revolvió el pelo de Dani con su última frase. Se estaba acostumbrando a ese gesto.
Dani hizo un gesto dubitativo y volvió a reinar el silencio unos instantes. Vanessa volvió intentar iniciar una conversación.
—¿Qué enseñaba el profesor?
—¿Qué profesor?
—El del entierro.
—Ah, el Chaleco… Era profesor de Química.
—¿«El Chaleco»?
—Sí. —Dani esbozó una sonrisa con un ligero toque de melancolía—. Le empezamos a llamar así porque siempre iba con un chaleco de punto encima de la camisa. Ya sabes, como si fuera un jersey, pero sin mangas. Era muy gracioso.
—¿Te caía bien?
—Pues la verdad es que sí. No era mal tipo, y siempre se portaba bastante bien con los exámenes. Era muy duro a veces, eso sí. Pero buena gente.
—¿Le echas de menos?
—Pues… Un poco, sí. Te acabas acostumbrando a tus profesores. Será el síndrome de Estocolmo. Ahora se me va a hacer raro cuando venga otro. Pero ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos.
—Entonces debiste de pasarlo mal en el entierro.
—Bueno, a ver. Habría estado mejor jugando a la play con los amigos, pero no fue para tanto. Podría haber sido peor. Podría haberle visto morir.
—¿De qué murió?
Dani enmudeció. Había estado a punto de revelar un detalle que, en teoría no debería saber.
Y si se lo dijera tendría que explicarle a Vanessa de dónde había sacado la información.
No es que le causase demasiado desasosiego meter a su hermano en un lío, pero tenía la sensación de que al final aquello le acabaría salpicando.
Además, aún no conocía lo suficientemente a la chica como para entrar en esos temas.
Y tampoco tenía demasiado interés en contarle cómo había perdido estrepitosamente contra su hermano.
—Pues creo que de muerte natural —dijo Dani al fin—. O eso he oído. Tampoco nos han dicho mucho en el instituto. ¿Y a ti?
—No, no he oído nada. Tenía curiosidad. ¿Era muy mayor entonces?
—Pues… —Dani tardó unos segundos en contestar, intentando calcular su edad mentalmente—. Entre unos cincuenta y sesenta años. Tampoco era muy mayor.
—Qué raro que haya muerto, entonces, ¿no?
—Es un poco raro, sí. Pero estas cosas ocurren, supongo. Siempre se oyen historias de chicos jóvenes que han aparecido muertos en sus camas sin motivo aparente. Por un infarto o similar. Siempre parece que no te va a tocar… Hasta que le ocurre a alguien cercano.
—¿Y no te pareció raro cuando te lo contaron? Quiero decir… —Vanessa miró directamente a Dani cuando le hizo la pregunta—, ¿no sentiste como un escalofrío cuando te lo dijeron?
—Pues… El caso es que sí.
Dani recordaba el vacío que había sentido la mañana en la que el director había entrado por la puerta a comunicarles la muerte del profesor.
Había pensado que sus sentimientos eran el fruto del shock de aquel momento, junto con la falta de sueño debido al examen.
Pero ahora se preguntaba si no habría algo más detrás.
De repente, volvió a sentir el mismo escalofrío subiendo por su espina dorsal.
Algo no estaba bien en aquella situación.
¿Sería Vanessa? No, había estado todo el día con ella y no se había sentido así.
Se había puesto nervioso, claro. Incluso le sudaban las manos.
Aquella chica le imponía bastante, pero esa sensación era otra cosa.
Era fría, y se le estaba clavando en el cuerpo por todos sus poros, como si tuviera unas garras que se cernieran alrededor del muchacho y le estuvieran atrapando lenta y dolorosamente.
En ese momento, Dani fue consciente de dónde se hallaban.
Habían llegado a la zona alta del pueblo.
El barrio en el que el Chaleco había residido antes de morir.
Desde allí podía divisar su casa, justo en medio del camino que habían tomado.
A medida que se iban acercando, la sensación iba creciendo más a su alrededor.
Algo volvía a estar mal en ese sitio. Todos sus sentidos se agudizaron de repente.
Todo su ser le pedía a gritos que se alejara de allí.
De repente se paró en seco. Vanessa lo estaba mirando.
—¿Estás bien, chaval? —dijo Vanessa escudriñando el rostro de Dani con el ceño fruncido—. Te veo un poco pálido.
—¿Cómo hemos llegado aquí?
—Pues, no lo sé… Hemos empezado a andar y hemos llegado aquí. Este es un pueblo pequeño. Supongo que nunca estamos demasiado lejos de nada. —Vanessa frunció el ceño—. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Ves aquella casa de allí? —Dani la señaló con el dedo—. Ahí vivía el Chaleco.
—No me jodas… ¿En serio? —Vanessa soltó una carcajada—. Vaya un sitio para llevar a una chica. Tienes un humor muy raro, chaval.
—No era mi intención venir hasta aquí, créeme. —Dani sonrió. La broma de Vanessa le había alejado un segundo de la extraña sensación que seguía sintiendo a su alrededor.
—¿Nos acercamos a mirar?
—Si quieres…
«Pero tú no quieres. Sal de ahí. ¡Lárgate!
Hay algo raro en esa casa. Esta tarde era una casa normal.
Ahora… Pero tampoco puedes echarte atrás.
Si intentas convencerla de iros podría pensar que eres un miedica, y no queremos eso.
Solo vamos a mirar, y nada más. Desde fuera no pasará nada.
Solo es una casa, de todas formas. Una casa blanca, con ventanas negras y oscuras. Pero una casa como cualquier otra».
Finalmente, dio el primer paso. Le hizo falta mucho valor para hacerlo, y Vanessa le siguió.
Los dos muchachos se encaminaron hacia la residencia.
En ese momento, Dani se encontraba ante las dos cosas que más había temido en esa semana: la casa del Chaleco y Vanessa, la chica nueva.
Si su corazón iba a explotar a causa de la taquicardia, ese habría sido un buen momento.