Coat (La llama de tres puntas 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

L a bicicleta de Dani se detuvo frente a un bloque de pisos de unas siete plantas.

Un edificio más grande de lo habitual en la pequeña población en la que residía.

Recordaba haberlo visto construir a lo largo de los últimos años.

Probablemente todavía no estuviera del todo ocupado.

Había pasado por ahí alguna vez cuando salía a montar en bicicleta con Tommy, pero nunca se había detenido demasiado tiempo.

El bloque quedaba relativamente cerca de la zona en la que había vivido el Chaleco.

Había pasado por allí de camino. La puerta estaba sellada por un cordón policial, indicando que aún no se podía penetrar en el edificio sin la debida autorización.

Dani se había parado delante de la fachada durante un par de minutos.

Era extraño, pero en esa ocasión la morada no le había causado la misma sensación que la vez anterior.

Era simplemente una casa blanca, como cualquier otra.

De hecho, le parecía un lugar en el que le gustaría vivir: la casa era enorme, con mucho espacio para entrenar, pasearse escuchando música, quizás tomar café por las mañanas los fines de semana mientras veía la televisión…

Incluso pensó en que era un buen barrio para vivir.

Ahora, el rostro que había intuido en la fachada días antes le resultaba hasta amigable, como la misma cara del Chaleco.

Redonda y amistosa, invitándole a entrar a su cálido interior.

Lo que fuera que había provocado la fría sensación de vacío había desaparecido por completo.

Pero ahora se encontraba frente al portal del piso de Vanessa.

Había llegado la hora, temida y ansiada a partes iguales, de estar a solas con ella.

Dejó la bicicleta anclada a una farola cercana con una cadena que llevaba en la mochila y se dirigió a la entrada.

Antes de llamar al portero automático, se detuvo unos segundos.

Por un lado, por estirar unos segundos más el momento antes de subir y, por otro, para poder saborearlo bien. Finalmente pulsó el botón.

—¿Sí?

—Hola, soy Dani. ¿Me abres?

La puerta se abrió con un zumbido, indicando que la chica había pulsado el botón del telefonillo. Dani entró en edificio y se metió en el ascensor. Vanessa vivía en el último piso. Seguramente desde allí arriba se podría contemplar todo el pueblo.

«Menudas vistas tiene la niña nueva. Esto es saber elegir bien…».

El ascensor llegó a la séptima planta. Una puerta abierta le esperaba al final del pasillo.

La silueta de Vanessa tapaba el torrente de luz que se proyectaba desde el interior de la vivienda hacia el ascensor.

Dani tuvo la sensación de haber visto esa escena antes.

La chica tenía puesto un pantalón de chándal y una sudadera blanca, aparentemente un par de tallas por encima de lo que le correspondería. Al chico le encantó cómo le quedaba.

«La verdad es que le queda genial, como en esas películas en las que una pareja acaba de tener sexo y la chica se pone la ropa del chico. Un outfit muy de andar por casa. Está muy mona así vestida».

—Has sabido encontrar mi casa —dijo Vanessa, cuando Dani se encontraba a apenas unos metros de la puerta.

—Este es un pueblo pequeño. —Dani entró el piso y dio dos besos a la chica—. Así que esta es tu casa. No está mal.

El piso era algo más pequeño que el suyo. Desde el hall tras la entrada se podía ver un modesto salón y un pasillo con dos puertas y un baño. Vanessa debía de ser hija única, a no ser que compartiera habitación, aunque algo le decía a Dani que ese no era el caso.

Los dos chicos pasaron al salón y se acomodaron en torno a una mesa en la que había desperdigados varios cuadernos, bolígrafos y un portátil con la página principal de Google en pantalla.

—Lo he dejado todo preparado para que busquemos información de Lewis Carroll —dijo Vanessa mientras se sentaba en la silla que había justo delante del ordenador—. Aunque me conozco sus obras y prácticamente toda su vida. Me gusta mucho.

—Qué chica tan organizada. —Dani dejó la mochila en el suelo y cogió la silla que había a su lado. Le dio la vuelta de tal forma que el respaldo quedara entre los dos y se sentó en ella.

—Bien, ¿por dónde empezamos?

Sentado en esa posición, Dani podía apoyarse en el respaldo y mirar a la chica más de cerca.

Cuanto más la miraba, más le gustaba mirarla.

El rostro de la muchacha le devolvía la mirada a través de unos ojos ligeramente entornados, como si escudriñaran el rostro del chaval en busca de sus pensamientos, mientras que los labios expresaban una ligera sonrisa picaresca.

A pesar de la básica capa de maquillaje que se había puesto, se podía intuir el contorno de unas ojeras bajo sus ojos.

«Parece ser que no eres el único que se pasa las noches estudiando».

Se habría quedado horas mirando su cara si hubiera podido.

Su corazón comenzó a acelerarse. Allí sentado notó cómo de repente le faltaba el aliento, como si hubiera subido las escaleras a toda pastilla para poder verla.

Casi pudo notar un poco de sudor en las palmas de las manos, apoyadas en la silla.

Por fortuna para él, consiguió salir de ese trance a tiempo para salvar la situación.

—Eh… Pues, no lo sé —empezó a decir apartando la mirada de la muchacha—. ¿Su infancia?

—Claro. Empecemos por el principio. —Dani pudo percibir una puntilla de sarcasmo en sus palabras.

—De repente he pensado lo gracioso que tenía que ser el tipo que escribió Alice in Wonderland cuando era pequeño. ¿Qué clase de estupefacientes le echarían en el desayuno?

—Seguramente le echaban cocaína en vez de azúcar —respondió Vanessa, continuando la broma de Dani con elegancia—. O quizás le hacían leer la biblia antes de desayunar.

—¿Porque la religión es el opio del pueblo?

—Has estado rápido, joven Inclán. —Vanessa rio.

Dani pudo contar cada uno de los dientes de la chica. Tenía una sonrisa preciosa.

«Tío, ¿qué diablos te pasa?».

Respondió con tono de falsa indignación

—¿Ya me has puesto un mote?

—Anda, céntrate. —Vanessa se volvió hacia el ordenador cambiando radicalmente de tema—. Vamos a darle caña a esto, que si no, no lo acabaremos hasta mañana.

—Bah, no te preocupes. He visto Alicia en el país de las maravillas varias veces. —Dani hizo un gesto de despreocupación con la mano—. Esto en media hora está acabado. No como Tommy, el chico que se sienta conmigo. Creo que él ha cogido un autor con muchas obras.

—¿A cuál?

—Oscar Wilde.

—Qué ironía. —Vanessa soltó una carcajada—. Bueno, vamos al lío —dijo mientras escribía en el buscador el nombre de su autor favorito, arrebatando a Dani la posibilidad de preguntar acerca del comentario.

El resto de la mañana lo dedicaron a investigar y tomar anotaciones sobre la vida del autor y algunas de sus otras obras, además de las relacionadas con la famosa niña británica.

Dani consiguió mantener bastante bien la calma, a pesar de estar tan cerca de Vanessa.

El nerviosismo de los primeros minutos se había ido disipando a la vez que la conversación fluía entre los dos.

La chica resultaba muy interesante a la par que graciosa, lo que había hecho que el muchacho se fuera relajando.

Tenía que reconocer que le encantaba estar con ella.

Por fin dieron las dos de la tarde. Las tripas de Dani emitieron un rugido que le hizo ruborizarse. Un atisbo del nerviosismo inicial pareció aflorar en ese momento. Vanessa se dio cuenta a tiempo de quitar hierro al asunto para que no surgiera tensión de repente.

—Se nos ha hecho un poco tarde —dijo la chica mientras miraba la hora en el móvil—. ¿Quieres comer aquí? Mis padres han dejado hecha mucha comida. O podemos pedir algo si quieres.

—Hum… Comer aquí o darme un paseo hasta mi casa y volver… —Dani hizo un gesto con las manos imitando una balanza en la que colocaba una opción en cada lado—. Creo que elegiré comer aquí.

—Sabia decisión, chaval.

—Dame un segundo. —Dani sacó su móvil—. Tengo que avisar a mi familia para que no me esperen.

Buscó la última conversación con su madre.

Sería más fácil tratar con ella que con su padre.

No le apetecía tener que dar explicaciones de con quién o qué iba a comer.

Su padre tendía a ser más inquisitivo, mientras que su madre solía darle más libertad.

Quizás fuera el resultado a partes iguales del instinto protector de un guardia civil sumado con la confianza de una madre que conoce el carácter de su hijo.

Sea como fuere, Dani contactó con su madre.

—Mamá, estoy en casa de un compañero de clase haciendo un trabajo. Me quedo a comer aquí, que se nos ha hecho tarde, ¿vale?

—¿En serio? —Su madre añadió algunos emoticonos indicando sorpresa—. Habíamos pensado en comer todos por ahí, para despedirnos de Toni que se va mañana. Casi no has visto a tu hermano entre las clases y los deberes.

—Bueno, seguro que vuelve pronto. Además, así podéis aprovechar para que os cuente cómo le ha salvado la vida al rey o cómo se ha sacado su quinto doctorado.

—Daniel, no empieces. Haz lo que quieras.

Dani guardó el móvil. Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que Vanessa tenía los ojos fijos en él.

Parecía que estuviera estudiando cada uno de sus gestos mientras tecleaba en el teléfono.

Sin embargo, se dio cuenta de que su cabeza estaba pensando en otras cosas, pues no apreció cambio alguno en su expresión mientras guardaba el teléfono.

Solamente cuando se dirigió a ella consiguió sacarla de sus pensamientos.

—Bueno, todo arreglado —dijo Dani mientras volvía a apoyarse sobre el respaldo de la silla—.¿Qué ha preparado para comer la chef Carroll?

—A ti no se te da tan bien poner motes, chaval. —Vanessa tardó unos segundos en reaccionar, pero la puya le salió tan natural como si llevara preparada largo rato, cargada y lista para ser disparada hacia su adversario—. Vamos a la cocina. Veamos qué tenemos.