Capítulo 7 #2
—Verás, Daniel. Cuando te pongo un examen, o un trabajo, espero que des el cien por cien de tu esfuerzo.
Quiero que saques lo mejor de ti, y quiero que saques un 10.
Quiero que desarrolles todo el ejercicio y te asegures de que el resultado esté bien.
—El Chaleco entrelazó las manos sobre el escritorio—.
En este examen no te has esforzado. Has confiado en tus sensaciones y no te has asegurado de que los cálculos estuvieran bien.
—Pero es que no era necesario que lo comprobara. —Dani dejó su examen sobre la mesa. Su tono de voz comenzaba a elevarse junto con su impaciencia—. ¿Para qué voy a perder el tiempo asegurándome cuando ya sé que va a estar bien? A cualquier otro le habrías puesto 3,5 puntos en ese ejercicio.
—Será que tengo más fe en ti, entonces.
—No te entiendo.
—A ver, Daniel —empezó a decir el Chaleco, sin perder la tranquilidad en su voz—. ¿Tú sabes cómo se trabaja el acero?
—Sí, claro. —Dani se recostó en su asiento antes de contestar—. Al elevar la temperatura, las partículas del hierro adquieren más velocidad, por lo que hay menos cohesión entre ellas. Esto hace que su estado pase de sólido a líquido y que se pueda alear con…
—No, no. —El Chaleco interrumpió a Dani—. No me des una explicación científica. Algo mucho más básico y rudimentario.
—Bueno… Se deshace el hierro, se mezcla con la cantidad adecuada de carbono, se le da forma a martillazos y se enfría. Básicamente.
—Sí, exacto. Para poder convertir un bloque de hierro en una letal espada, hay que calentarlo para que pierda su forma. Hay que fortalecerlo con carbono. Hay que golpearlo para darle forma y luego enfriarlo y dejarle descansar. —El Chaleco hizo una pausa—. Eso es lo que intento hacer contigo.
—No lo comprendo. —Dani se sintió contrariado—. ¿Quieres decir que intentas hacerme pasarlo mal?
—En cierto modo. Si te pusiera un 9 con tu examen, sería como haber martilleado el acero dos veces, sin haberlo calentado apenas. La espada tendría una forma irregular, no estaría bien equilibrada y se partiría al primer choque.
El Chaleco hizo una pausa y continuó.
—Es ahora, en la adolescencia, cuando os estáis forjando.
Sois como un bloque de hierro sin forma.
En función de vuestras experiencias, de lo que aprendáis y de lo que os esforcéis os convertiréis en unas personas o en otras.
Y tengo fe en que tú serás un gran hombre algún día.
Pero pasa eso, tienes que luchar por llegar a serlo.
Dani se quedó mudo en su asiento. Durante unos segundos no supo qué decir.
Si estaba entendiendo bien a su profesor, de entre todos sus compañeros, era a él al que estaba exigiendo más.
Le hacía esforzarse más que al resto para sacar la misma nota.
Quería que explotase sus capacidades. Por un lado, se sentía mal por no haber podido sacar un sobresaliente, pero por otro se sentía excitado ante el reto que se le planteaba.
«Me pregunto si a Toni también le habrá hecho lo mismo.
Él sacó sobresaliente en todas las asignaturas, incluida Química.
Si el Chaleco le exigió un examen perfecto al igual que a ti, quiere decir que una vez más tu hermano ha ido un paso por delante y ha vuelto a ganarte.
Joder, aun sin estar aquí me sigues haciendo la vida imposible.
Esta vez te has relajado, Dani, es verdad.
Pero si la motivación de escalar a tu hermano ya no te resulta suficiente, aquí tienes una nueva.
Hasta deberías darle las gracias por haberte bajado la nota. Qué ironía…».
—Creo que puedes dar más de ti Dani —dijo finalmente el Chaleco—. Así que no me decepciones.
—Haré lo que pueda. —Dani se levantó del asiento—. Muchas gracias por tu tiempo. Te veo luego en clase.
Y entonces fue cuando lo vio. Sabía que lo había visto en algún lado, y ahí estaba.
Dani volvía a estar sobre su cama. El cubo de Rubik había detenido el movimiento en su mano. Se quedó de piedra, con la mirada fija en el techo. ¿Cómo no se había dado cuenta?
Ese día, en el despacho del Chaleco, al terminar la conversación, el hombre se había quitado un anillo plateado del dedo y lo había guardado en un cajón.
A esa distancia, había estado lo bastante cerca como para reconocer el grabado del sello.
Era una especie de llama, ondulada hacia la izquierda con tres puntas.
El mismo símbolo que había visto en el dedo de Toni dos días antes.
Su profesor lo llevaba en el mismo dedo.
«Así que era cierto que teníais una relación más allá del instituto. ¿Le regalabas ese anillo a todos los alumnos a los que exigías más? ¿Tenías un club de chicos listos? No puede ser. ¿Por qué no tienes tú uno, Dani? Quizás no seas tan listo como te crees».
Su móvil vibró en su bolsillo de repente, sacándole de sus pensamientos. Su corazón latía con fuerza después de la revelación que acaba de tener, pero no tanto como cuando vio el motivo de la alerta del dispositivo.
Acababa de recibir un mensaje de Vanessa.
—Buenos días, guapo.
—Hola, ¿qué tal? —se apresuró responder. Su mente se había llenado de excitación con la misma velocidad con la que un niño se lanzaba a por un caramelo cuando se lo enseñaba uno de sus padres.
—Bien, bien. Te escribía por si querías quedar para hacer el trabajo de Inglés.
—Claro. ¿Cuándo te viene bien?
—Pues por mí, ahora mismo. Mis padres no están, así que podemos hacerlo en mi casa. Te puedes quedar a comer si no acabamos a tiempo, y seguimos esta tarde.
—¿Me invitas a tu casa sin padres? Esto parece el comienzo de una película de adolescentes.
—Eso te encantaría, ¿verdad, chaval?
—Te encantaría más a ti. —Dani no se lo terminó de creer según lo estaba escribiendo. Tenía el corazón en un puño, y aun así le venían a la cabeza unas frases tan geniales. Seguro que en persona se habría quedado mudo en esa situación.
—Tú no tienes abuela, ¿verdad? Je, je, je. ¿Te apetece el plan entonces?
—Sí, claro. Mándame la dirección y voy para allá.
Se levantó de la cama de un salto y abrió el armario en busca de algo que ponerse ese día.
Necesitaba su mejor armadura para la batalla que le esperaba, aunque no había mucha variedad entre la que escoger.
Todo su vestuario se basaba en camisas, sudaderas y camisetas.
Había pensado ir en bicicleta, así que eligió algo cómodo para el paseo.
Unos vaqueros y una camisa estarían bien. Hizo la cama y se dirigió a la cocina.
No había nadie en casa. Algo extraño, para la hora que era. Al menos alguno de sus progenitores debería estar preparando la comida para el día. Encontró una nota en la cocina.
«Nos hemos ido a desayunar. Estamos en el café de Mati. Ven si quieres cuando te despiertes.
Te quiero, mamá».
Su madre siempre había sido muy particular para las notas que escribía cuando tenía que dejarle un mensaje a sus hijos.
Siempre añadía una firma cariñosa al final de todas ellas, algo que el chico agradecía bastante.
Aunque no lo expresara en alto, siempre supo que su madre lo sabía aunque no lo dijera. Razón por la cual siempre lo hacía.
Las notas eran algo bastante habitual, ya que Dani solía compensar la falta de sueño durante la semana con dormir hasta altas horas los fines de semana. Aun así, ese día era una pequeña excepción, ya que las diez de la mañana no podían considerarse «altas horas». Al menos no para un sábado.
Dani no se lo pensó. Echó leche en una taza y la metió en el microondas.
Para una vez que podía hacerse un café para desayunar, no iba a desperdiciar esa preciosa oportunidad.
Quizás no era el desayuno más adecuado, teniendo en cuenta su actual estado de euforia, pero era lo que más le apetecía.
Mientras se calentaba la taza metió dos rebanadas de pan en la tostadora. Hoy iba a desayunar como un rey.
Veinte minutos más tarde salía de casa montado en su bicicleta en camino a la dirección que le había enviado Vanessa. Aún no se podía creer la suerte que tenía.